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El salto culinario de Orlando Duque

 

El 14 de septiembre de 2019, este caleño, que había establecido dos Récords Guinness en su disciplina deportiva y en cuyo palmarés brillan varios títulos de alcance global, se retiró con un último salto en Bilbao, España. Había hecho lo propio frente a la Estatua de la Libertad y también había caído con elegancia en las aguas gélidas de la Antártida. Pero, sobre todo, se había ganado el corazón de Colombia a lo largo de 20 años de carrera.

Hoy, Orlando Duque sigue saltando, pero ya no desde esos veintitantos metros de altura, sino como líder deportivo, pues acaba de ser nombrado director de la Serie Mundial de Clavados de Altura, una iniciativa de Redbull, su eterna marca patrocinadora. Pero no solo eso: también como empresario gastronómico.

Gracias a él y a dos socios estratégicos, el restaurante La Guacharaca abrió recientemente sus puertas en Santa Marta, un lugar cuya oferta turística demuestra, cada vez más, su vocación como ciudad anfitriona. Y que, en palabras de Duque, “tiene una conexión tremenda con la naturaleza, donde puedo disfrutar del mar, de la Sierra y sentirme en mi entorno”.

Trazos en papel

Las ilustraciones de María Fernanda Ponce son, en realidad, esculturas. Y si queremos ir más allá, pueden también verse como paisajes, como topografías microscópicas.

 

DOS COSAS hacen que el trabajo de esta artista y diseñadora bogotana tenga ese carácter. En primer lugar, que exalta lo que, quizá, es más bello del papel, aquello que enamora a los amantes de ese material milenario: los relieves de sus fibras, honestas con respecto a su origen vegetal. Los patrones en sus tejidos podrán ser casi imperceptibles, pero, si se miran con calma suficiente, las superficies revelan lo dicho: son como paisajes tridimensionales, con sus colinas y sus valles.

 

En segundo lugar, el carácter escultórico de la obra de Ponce es acentuado por las capas de profundidad de cada ilustración, una serie de planos que, suspendidos unos sobre otros en muy estudiada medida, generan sombras suaves a lo largo y ancho de esa imagen que se convierte en un universo de textura, sombra y color.

 

“Adoro cuando la gente ve una de las ilustraciones en vivo, porque la explora desde distintos ángulos; incluso de manera lateral”, comenta Ponce, quien reconoce que la paciencia requerida por la técnica del papercut es infinita. “Debo tener las manos absolutamente limpias —dice—, hacer movimientos cuidadosos y con la presión adecuada; estudiar la cantidad correcta de pegamento y, claro, haber descifrado el orden exacto en el que iré ensamblando las piezas”.

 

 

Su amor por el oficio y por el material no solo ha llevado a sus ilustraciones hasta las páginas de revistas y publicaciones digitales. También ha suscitado un llamado a enseñar. La revista Bacánika realizó con ella un tutorial en vídeo que lleva de la mano al aprendiz por el universo del papel para que realice sus propias propuestas.

Por lo pronto, esperamos con curiosidad el proyecto editorial Let it be, un libro infantil ilustrado por Ponce, que se encuentra en paciente y dedicada realización desde hace meses y, como dice ella, “tomará muchos meses más”, dada la complejidad de la técnica. En las siguientes páginas, REVISTA CREDENCIAL incluye, entre otras cosas, un asomo de cómo se verá y se sentirá esa publicación.

—La piel de la Tierra—

 

Puede que leer ensayos sea un placer, pero ¿qué tal apreciarlos cuando están dibujados a lápiz?



ALEJANDRO GARCÍA Restrepo (Medellín, 1983) sabe exponer a los seres humanos como meros componentes en ese tapiz de vida que cubre el planeta y que llamamos naturaleza. Según sus lápices, conformamos una amalgama de materia orgánica en la que la piel de nuestro cuerpo se funde con escamas y con plumas; en la que alzamos vuelo en vez de caminar, los caballos son en realidad ramas secas y los animales tienen extremidades humanas.

Este artista paisa reparte el grafito sobre el papel con tal precisión en los aspectos del volumen, la luz y la sombra, en las texturas y la composición, que sus obras casi tienen un halo de ciencia. Algo así como lo que ocurre con las ilustraciones en esos tratados botánicos de antaño. Pero ese rigor hiperrealista, preciosista incluso, no sirve en sus obras a un propósito meramente ilustrativo ni conceptualmente vacío, sino que está allí en función de un surrealismo personal.

“El dibujo es una técnica que está al alcance de todos, sus requerimientos son muy asequibles”, dice García Restrepo. “Y a pesar de la simpleza de sus procedimientos, los resultados pueden ser muy sofisticados”.

Estas páginas funcionan a veces como las paredes de una galería de arte, como aquellas en las que el artista ha expuesto en Medellín y otras ciudades. Lo buscamos para exhibir en ellas una muestra representativa de su postulado gráfico. 

 

 


 

 

 

 

 


Una frontera entre dos mundos

Abrebocas de Bosques entre la tierra y el mar, el más reciente libro sobre ecología del Banco de Occidente.

EXISTE UNA FRANJA de bosque que separa el universo terrestre del marítimo y que lejos está de ser una línea divisoria simple. Al revés: esas zonas frondosas donde las olas bailan entre árboles que parecen diseñados por un artista sin moderación, donde la fauna es de seres impredecibles que nadan, caminan y vuelan según interactúan con una flora caótica, y donde las comunidades aledañas encuentran una buena parte de aquello que llevan a la olla, están entre los ecosistemas más complejos del mundo. Para empezar, estos bosques no se quedan quietos: incluso en el lapso de unas cuantas horas, pueden cambiar tanto que allí donde se nadaba, luego se camina, y viceversa.


“El viento, la acción de las olas y el flujo y reflujo de las mareas se suman para movilizar los sedimentos y contribuir a esculpir una gran variedad de geoformas —playas, playones, dunas, islas de barrera, bocanas, espigas, deltas, albuferas, tómbolos, escarpes, entre otras— que no son más que esculturas efímeras”, se lee en el libro Bosques entre la tierra y el mar, editado por IM Editores y gestado por el Banco de Occidente como parte de una estrategia de sensibilización medioambiental que este adelanta desde hace casi 40 años y en la que se destaca la colección de libros sobre ecología a la que se suma este lanzamiento. Dichos bosques están repartidos en los 620.000 kilómetros de costa que hay en los cinco continentes e islas del planeta, y hoy en día, más que nunca antes, los seres humanos somos conscientes de su valor en términos de servicios ecosistémicos. Además de que dos terceras partes de la humanidad dependen de su buena gestión –pues es esa la cantidad de personas que habitan a menos de 100 kilómetros de las costas–, los litorales son una pieza clave en la lucha por mitigar los efectos del cambio climático. Y no solamente por su capacidad de captura de carbono, que es excepcional, sino también porque constituyen una barrera física efectiva para quienes son más vulnerables al crecimiento del nivel del mar.


REVISTA CREDENCIAL ofrece un abrebocas de este lanzamiento, dirigido por el biólogo Juan Manuel Díaz Merlano y engalanado con imágenes capturadas por un grupo numeroso de fotógrafos. 


 

El selfie museum de Medellín

MUCHOS han reclamado la autoría de la selfie. Paris Hilton, por ejemplo, sostuvo que ella, junto con Britney Spears, había dado inicio al fenómeno en 2006. Una afirmación desmentida de inmediato por cientos de internautas que se remitieron a antecedentes con más de un siglo de antigüedad, como aquel de 1839, cuando Robert Cornelius, empresario estadounidense y pionero en el campo de la fotografía, hizo uno de estos autorretratos en su tienda de lámparas en Filadelfia.

 

O como el de 1914, cuando la duquesa Anastasia Romanov dio paso a las selfies de espejo con una foto de sí misma que luego envió a su padre acompañada de una carta que decía: “Fue muy difícil (tomar la foto) ya que mis manos temblaban”. A ellos dos se sumaron el fotógrafo neoyorquino Joseph Byron, quien en 1920 se autorretrató en una azotea, y nada menos  que Frank Sinatra, quien también hizo uso de este recurso en 1938.

Parece ser que son, entonces un fenómeno desarrollado de manera gradual y colaborativa. El caso es que la selfie es una cápsula comunicativa de tal poder en nuestro tiempo, que en varias ciudades del mundo –Miami, Nueva York, Barcelona, Los Ángeles, Berlín, entre otras– se han erigido o adaptado espacios para que la gente se las tome. En ese mapa de museos de la selfie ahora aparece Medellín, gracias a la iniciativa de un grupo de amigos. 


*Publicado en la edición impresa de diciembre de 2021.