Retrato de Schubert a la edad de 17 años, realizado por Josef Abel a principios del siglo XIX. Foto: Creative Commons
Retrato de Schubert a la edad de 17 años, realizado por Josef Abel a principios del siglo XIX. Foto: Creative Commons
3 de Julio de 2024
Por:
Emilio Sanmiguel: emiliosan1955@gmail.com

En el universo de las sinfonías, son pocos los compositores cuya disciplina y talento les ha permitido conquistar esos dos números. 

De la Novena a la Décima

CON SU NOVENA, Beethoven les complicó la vida a sus sucesores. Porque muy pocos, después de semejante monumento que es la Sinfonía Coral, se han atrevido a titular con un ordinal tan comprometido. Antes, eso no generaba temor. La Novena de Franz Joseph Haydn (1732- 1809) no lo es cronológicamente. Su Sinfonía en do mayor Hob 1:9 es de 1762, y la nº 10 en re mayor Hon 1:10 puede ser de 1757. Mal contadas, escribió 104 oficialmente, de manera que el "numerito" no lo intimidaba. 

Lo mismo con Wolfgang Amadeus Mozar (1756 - 1791), que escribió las n.º9 en do mayor K.73 y n.º10 en sol mayor K.74 entre 1769 y 1772, durante su primer viaje a Italia, al parecer, o a su regreso a Salzburgo; la cronología tampoco es precisa. Menos prolífico que Haydn porque murió prematuramente, pero dejó 41: nada mal. 

Las últimas de Haydn y Mozart son importantísimas. Magistrales en realidad: influeron a Beethoven (1779 - 1827), quien se tomó tan en serio el asunto que solo compuso nueve. El intento de una décimo quedó en esbozos que otros han intentado, sin mucho éxito, reconstruir. 

Habría que hacer una aclaración: aunque la sinfonía como forma musical es una invención italiana, a partir de mediados del siglo XVIII se volvió germánica y de las regiones influidas por su cultura. Con excepciones, por supuesto, la sinfonía es ajena a la sensibilidad francesa, italiana, británica, española y a la del nuevo mundo. 

A la muerte de Beethoven, en 1827, su condición de "coloso" intimidó. Numerar una obra como "Novena" llegó a ser visto como un sacrilegio y una osadía intolerable. Las excepciones confirman la regla. 

SCHUBERT SE ATREVIÓ

Franz Schubert (1797 - 1828) era 27 añosmenor que Beethoven y murió un año después que este, a la edad de 32. Aunque vivían en Viena, parece que no se conocieron, aunque se cree que asistió al estreno de la Novena y tomó parte en el cortejo del funeral de su antecesor. 

La nmeración de sus sinfonías es todo un galimatías, pues una está perdida. Lo cierto es que, luego de la famosísima Inconclusa, escribio, entre 1825 y 1826, su Novena en do mayor D. 944, conocida como La grande, una de las cumbres del género. 

La Inconclusa y La grande son las únicas de su tiempo que la historia instala al lado de las de Beethoven. 

Aunque, deniño, Feliz Mendelssohn (1809 - 1847) escribió 13 sinfonías para cuerdas, estas son interesantes, pero apenas anecdóticas. En grandes creaciones sinfónicas solo llegó a cinco. También murió prematuramente. 

Robert Schumann (1810 - 1856) solo se permitió cuatro y su legendario protegido, Johannes Brahms (183 - 1897), que idolatraba a Beethoven, cuatro también, aunque Hans von Bullow dijo qe la n.º1 en do menor Op. 67 era la Décima de Beethoven. 


BRUCKNER Y MAHLER

Por esas cosas inexplicables de la música, aunque el bohemio Gustav Mahler (1860 – 1911) era 34 años menor que el austriaco Anton Bruckner (1924 - 1896) y que su manera de aproximarse a la forma sinfónica es muy diferente, los ponen en el mismo saco. Quizá porque ninguno de los dos le teme a la expansión ambiciosa de sus sinfonías: muchas de ellas duran más allá de la hora, usan la orquesta en los límites mismos del virtuosismo instrumental y llevan el romanticismo tardío a estadios imaginados a principios del siglo XIX.

El maniático Bruckner, porque lo era, resolvió emprender su Novena en re menor, en agosto de 1887. Completó los primeros tres movimientos en 1894, pero su mala salud no le permitió terminar el cuarto que otros han intentado acabar: se quedó “inconclusa”; nada qué hacer.

Mahler, que tampoco era un personaje fácil, tras la monumental octava, Sinfonía de los mil, decidió hacerle el jueguito al destino, y a la que debería ser su novena la tituló como Canción de la tierra, por cierto, una obra maestra. No se aguantó, emprendió su Novena en re mayor de casi hora y media de duración, otra magistral, y tampoco alcanzó a terminar la que sería la n.o 10 en fa sostenido menor porque lo sorprendió la muerte en Viena.

NOVENAS DEL NACIONALISMO

Seguramente, de los compositores nacionalistas, el más importante es el checo Antonín Dvořák (1841 – 1904) que por un golpe de suerte no terminó de carnicero como su padre y tenía una fijación con los trenes. Prácticamente, toda su música lleva la impronta del folclor de su país, pero por cuenta de un jugoso contrato de tres años fue a los Estados Unidos, donde compuso su Novena en mi menor, última de sus sinfonías, subtitulada Del nuevo mundo, de 1893. Fue puesta en tela de juicio por algunos, entre otras por la especulación de si unos de sus temas provienen o no de la música negra o de los nativos de Norteamérica, asunto que él negó categóricamente. Lo cierto es que se trata de una de las piezas más populares del nacionalismo y jamás ha salido del repertorio orquestal.

Jean Sibelius (1865 – 1957), el nacionalista finlandés por excelencia, dejó inconclusa una octava. Al noruego Edvard Grieg (1843 – 1907) no lo desveló el asunto, apenas escribió dos.

Aunque algunos la abordaron, la sinfonía no fue el medio de expresión del grupo nacionalista de Los Cinco.

NOVENAS RUSAS

Aunque algunos la abordaron, la sinfonía no fue el medio de expresión del grupo nacionalista de Los Cinco. Piotr Ilich Tchaikovsky (1840 – 1893) fue un neurótico y un sinfonista de primer orden, pero solo llegó a la n. o6 en si menor Patética”. Tampoco lo consiguie- ron Alexander Scriabin (1872 - 1917) ni Sergei Prokofiev (1891 - 1953). Sí lo logró Dimitri Shostakovich (1906 – 1975), seguramente el más prolífico de los sinfonistas del siglo XX que llegó a la asombrosa cumbre de quince. Su Novena en mi bemol mayor Op.70, la más breve de todas, entraña una provocación, porque fue escrita apenas terminada la guerra, cuando el régimen del temible Stalin esperaba una pieza grandiosa y monumental para celebrar el triunfo.

Escribió la n.o10 en mi bemol mayor Op. 93 ocho años más tarde, poco después de enterarse de la muerte de Stalin –ocurrida el 5 de marzo de 1953–, a quien Shostakovich temía con fundadas razones porque había hecho de su vida un infierno. El primer movimiento le costó mucho esfuerzo, pero luego la música fluyó con rapidez. Según él mismo, el segundo movimiento es un retrato del criminal tirano. Lo cierto es que la atmósfera es pesimista durante los primeros tres, pero el último resuelve los planteamientos musicales propuestos a lo largo de todo el discurso en medio de un innegable optimismo.

Sobran los comentarios y esta historia de Novenas y Décimas llega a su final.