04 de diciembre del 2022

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Cuando el patrimonio se resiste al olvido

El Museo Romántico de Barranquilla conserva cerca de 20 mil objetos, cada uno de los cuales relata un episodio de la historia local. Su reto más grande: sobrevivir a las mareas financieras.

Abrir las puertas de esta casona construida hace un siglo es como iluminar el baúl de los recuerdos. O mejor: de lo que está a punto de olvidarse. Es visitar los rincones llenos de partituras, fotografías, trajes, documentos y memorias que, sin importar su antigüedad, mantienen la esperanza de ser conservados para siempre.

En ella vivieron, desde 1920, Clementina Strunz y su esposo Julius Freund, en ese entonces, cónsul de los Estados Unidos en Barranquilla. Fue heredada por las hermanas Carmen y Ester Freund Strunz, quienes la donaron hacia 1980 para que fuera un espacio de tradición y divulgación cultural de la ciudad.

Pero la mansión no ha sido ajena al paso del tiempo. En 2018 cerró sus puertas por falta de financiación y el deterioro no se hizo esperar. Sin embargo, a inicios de este año y gracias al trabajo de voluntarios, se reabrió esta joya patrimonial que, incluso cuando no cuenta con energía eléctrica, sueña con ser restaurada. Hoy tiene los brazos abiertos a donaciones y aportes que ayuden a salvaguardar las tradiciones de la Puerta de Oro de Colombia. Fotos: Vanexa Romero, Revista Credencial.  

 

¿Qué son los Urban Sketchers?

Si el cuerpo humano es una musa inagotable, un sistema de formas, texturas, relieves y expresiones con el que los artistas han estado obsesionados desde tiempos inmemorables, algunos dirán que hay otra musa mil y un veces más compleja: las ciudades. El cúmulo de códigos que ofrece una urbe no solo es visual, emotivo y táctil. Es social, cultural e histórico. Económico y político.

Por eso, no es de extrañarse que exista un club planetario de dibujantes cuyo objeto de estudio es el entorno urbano. Y eso es justamente Urban Sketchers: una ONG que, en 2009, oficializó la iniciativa que había tenido años antes el periodista e ilustrador Gabriel Campanario, en Seattle (Estados Unidos) y que pronto se convirtió en una red global que hoy tiene 345 ‘capítulos’. En igual número de ciudades, estos están compuestos por miles y miles de dibujantes urbanos, quienes, cada vez que pueden, se reúnen en algún parque o alguna esquina a realizar un ritual de observación y de interpretación del entorno.

Sean hechas con tinta negra o de colores, a lápiz, plumilla o pincel, sus obras hoy componen un coloso álbum con imágenes de cómo se ven y cómo se sienten cientos de ciudades del mundo en 66 países. REVISTA CREDENCIAL contactó a un grupo de líderes dentro de la organización (en Instagram @urbansketchers) para que, desde sus distantes latitudes, nos dieran una muestra de su oficio.

El espíritu del paisaje

 

La artista Ana González toca el alma de los territorios y captura lo que de ellos es intangible.

LA NOCIÓN de ‘enfoque territorial’ no es nueva en algunas ciencias sociales, pero en cambio sí lo es para otras esferas de la ciudadanía. En el diseño de la política pública, por ejemplo, esta perspectiva implica tener en cuenta las variables que sean necesarias para no excluir los intereses de ningún actor que se pueda ver afectado por dicha política. Esos actores son comunidades humanas en su dimensión demográfica, naturalmente, así como instituciones. Pero el enfoque territorial va mucho más allá, pues contempla también la cultura, la etnia, la salud, así como el bienestar de la fauna y la flora del lugar en cuestión, que es la que le provee de servicios ecosistémicos. Por lo anterior, quienes diseñan la política acceden a una comprensión integral del entorno.

Y luego, hay quienes van más allá. Para elaborar su obra, la artista Ana González adopta una mirada igualmente holística, solo que con un ingrediente adicional: ella se involucra con todo lo intangible de los lugares y fenómenos que aborda. Lo hace en su obra fotográfica, por ejemplo, que mezcla imágenes de ecosistemas colombianos —algunos de ellos amenazados, como los páramos o la Amazonía— con la materialidad de la tela. Esa combinación, a su vez un homenaje a sus abuelos —tejedora y fotógrafo—, le da a la imagen un aire de recuerdo, pero luego esta parece deshilvanarse en un extremo para convertirse en materia llana. Ocurre también con las porcelanas inspiradas en flores y frailejones, entes del ‘allá’ —de la naturaleza, de los territorios— que traemos para el ‘acá’ —la metrópolis—, y que, en ese trayecto, pierden significados y ganan otros.

González (Bogotá, 1974) trabajó recientemente en colaboración con el fotógrafo Ruvén Afanador en el laureado proyecto de las Hijas del agua, expuesto en el Museo Santa Clara, pero su obra ha llegado a foros y vitrinas de alcance global: es el caso de la serie Mutuum, vista —entre otros lugares— en la alcaldía de Oslo, Noruega, en el marco del Premio Nobel de Paz de 2016. Y también el de la instalación Nymphaea Salvaje, que llegó a la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en Cartagena. REVISTA CREDENCIAL buscó a Galería La Cometa, una de las representantes de la artista —con sedes en Bogotá, Medellín y Madrid (España)— para que nos permitiera colgar en estas páginas, como si fueran las paredes de una exhibición, una muestra representativa de la obra de Ana González, una de la artistas más influyentes del presente en Colombia.

Fotos cortesía: Galería La Cometa. 

Un albergue para el arte

La Morada Rosada es una casona en Honda (Tolima) que, poco a poco, se convierte en un dinámico centro cultural para ese bello pueblo.

La escritura de 1939, que es la más antigua examinada hasta el momento por Lina Restrepo, dueña de la casa —en una investigación que está en curso y que, con toda seguridad, desenterrará más secretos en torno a este enclave en el barrio histórico de Honda, en Tolima—, daba cuenta de otra propietaria. Una que, en ese entonces, tenía una inclinación similar a la suya por los oficios manuales, así como por el arte. Lina se sintió identificada; acompañada, de alguna manera.

Administradora de empresas pero con inquietudes profundas por el bienestar, el medioambiente y la cultura, Restrepo llegó a Honda hace 13 años en busca de “una vida tranquila, conectada con la naturaleza y de ritmos más lentos”, dice y añade: “siento que los pueblos ofrecen dinámicas de vida distintas de las del afán y la productividad en la ciudad. Además, soy una enamorada de la historia y una nostálgica de las formas antiguas de vivir”.

Cuando compró esta casona de fachada rosa y 800 metros cuadrados de áreas interiores, floreció un propósito en el camino de Restrepo, una misión personal que no era solamente la de habitar el inmueble y restaurarlo —de manera gradual, claro está, por lo coloso de la tarea—: estaba, también, ante una oportunidad para dejar huellas positivas, tanto en la comunidad que la había acogido con cariño como en el entorno ambiental del pueblo, rebosante de biodiversidad. Así nació La Morada Rosada, allí, en uno de los rincones más cálidos de los Andes colombianos.

Fotos cortesía: La morada rosada. 

La bruma contra el olvido

En 2009, la artista bumanguesa intervino los columbarios del Cementerio Central con su obra Auras Anónimas. Lo hizo con 8.957 serigrafías con la silueta de hombres cargando cadáveres. Estas fosas, sin restos humanos pero con cuerpos de memoria viva, se mantienen firmes tras 60 años de haber sido construidas, e incluso después sobrevivir a varios intentos por derribarlas. Hoy, de hecho, se encuentran protegidas bajo la figura de Bien de Interés Cultural de Bogotá.

A principios de este año, la artista Doris Salcedo invitó a Beatriz González a exhibir en Fragmentos, Espacio de Arte y Memoria cerca de 900 lápidas de Auras Anónimas, pero por dificultades de traslado y conservación fue imposible. Sin embargo, con el deseo de extender las siluetas simbólicas a este lugar, la maestra creó A posteriori, una intervención donde seis de los ocho dibujos originales se repiten en pinturas de papel de colgadura con tonos envejecidos por el tiempo. El arco de las lápidas enmarca las imágenes de los cargueros que continúan su marcha fúnebre por la sala principal del lugar. 

A esta gran instalación se le suman más de 20 pinturas recientes y seis libretas de dibujo de la artista. Todos estos elementos de memoria conforman BRUMA, una exposición que “es una imagen ‘prerretiniana’ en la que Beatriz González cuenta, desde adentro, con una iconografía que ha interiorizado tanto que ya no corresponde a una representación, sino a una encriptación de la memoria”, explica María Belén Sáez de Ibarra, curadora de la muestra. “Esto hace que estas pinturas sean eternas”.

“Aquí se retoma la intención que tiene mi obra, que es la repetición, porque en Colombia hay que insistir mucho en ciertas frases, en ciertos pensamientos; es una insistencia en la situación del país, en que no se repita más”, señaló Beatriz González a los medios de comunicación cuando la muestra fue inaugurada.

Las capas y capas de pintura que se observan en sus obras son el reflejo de una memoria cubierta por la bruma, y esta, a su vez, es una metáfora de lo desconocido en torno al conflicto armado colombiano: tantas historias humanas, tantos nombres, tanta verdad. A sus 89 años, la artista, con plena lucidez, se encarga de recordarnos que los hechos traumáticos nunca son claros y que los cuerpos atravesados por la guerra tienen huellas incomprensibles e irreversibles. Huellas perpetuas sin alas de olvido.

 Fotos Andrea Moreno / Fotos obras: cortesía Museo Nacional de Colombia.