12 de agosto del 2022

Galerías

Un alambique andino



En esta finca no solo se aprende sobre destilación. También se descubren licores con un colorido sello local.

 

EN LA VEREDA San José I, y en una finca que se llama El Paraíso, en Guasca, Cundinamarca, se cumple a diario el sueño de Walter Rode-Burchard. Este ciudadano alemán, en compañía de su hija, Luisa Rode, fundó lo que hoy se conoce como 472 Spirits, una destilería inspirada  en algunos recuerdos con los que él llegó de Berlín: especialmente, en la imagen de su padre que destilaba, de forma artesanal, frutas y papas de su propia cosecha. Por entonces solo un niño, Walter no pudo participar muy de cerca en esa actividad familiar, pero esa nostalgia dio a luz al proyecto de destilación de licores premium, solo que muy diferente a como se habría materializado en Europa: 472 Spirits, fabricante de un eau de vie de primera calidad —o fruit brandy en Estados Unidos—, echa mano de lo que hay en su entorno natural en el mal llamado “Nuevo Mundo”: el agua de los altos Andes, allá a 2.700 m s. n. m., y las frutas que se dan en estas tierras, entre otras materias primas. REVISTA CREDENCIAL habló con Luisa acerca de su negocio familiar. 

Nuestro rincón cafetero

 

 

El aroma que identifica a los colombianos tiene forma de semilla y es de color marrón. Ese granito, que alegra el alma y los días de millones de personas en el mundo, tiene un representante tan laureado en concursos internacionales que sus medallas se apilan, como si se tratara de un atleta victorioso. Ese granito de café es resultado de 40 años de historia en la Hacienda San Alberto, en el departamento del Quindío, una tierra milagrosa que Gustavo Leyva adquirió en 1972 y que, gracias a sus consecutivas inversiones, así como a las de sus descendientes, está indicada muy clarito en los mapas de café premium en el mundo. En 2017, con la intervención de Juan Pablo y Gustavo Villota –tercera generación de esta familia de caficultores–, el café que allí se produce se convirtió en el más premiado de Colombia. Y para apreciar su calidad y para aprender de la mística agrícola típica de quienes tratan al café como si se tratase de buen vino, existe un lugar perfecto, enclavado en las verdes montañas quindianas: la Terraza San Alberto.

 

 


 

Ellas por ellos


El Museo de Arte del Tolima revisó su colección de obras para entender una cosa: la manera en que lo femenino ha sido representado por los hombres a lo largo de casi dos siglos.


EN EL DEBATE público de hoy es frecuente que aparezca un tema apasionante: la función creadora del lenguaje. “Aquello que no tiene nombre, no existe”, se dice, pero eso es nomás la punta del iceberg, pues el nombre adjudicado determina no solo la existencia de aquello nombrado —es decir, que se le reconozca—, sino también su posición con respecto a todo lo demás. La manera como nos referimos a algo tiene, entonces, la capacidad de otorgar bien sea ventajas o desventajas en este mundo. Si decimos “la señora De Pérez”, por ejemplo, de alguna manera privamos a una mujer de su identidad individual y, en cambio, la asociamos a la de su pareja masculina.




Si eso pasa en el mundo de las palabras ¿cómo no iba a ocurrir lo mismo con las imágenes? La cultura visual de una sociedad también crea ideales, refuerza estereotipos e incluso adjudica roles sociales, una dinámica en la cual la mujer es una víctima recurrente: que lo digan las víctimas de los estándares de belleza propagados por el mundo vía Instagram.

Por eso, resulta pertinente y oportuno el ejercicio curatorial realizado en el Museo de Arte del Tolima (MAT) para su exposición Ellas x Ellos, pues la muestra descifra cómo un grupo nutrido de artistas hombres —principalmente colombianos, pero también de otras nacionalidades— han representado a las mujeres. En una serie de 21 obras de arte de los siglos XIX y XX que pertenecen a la colección del museo, aparecen y reaparecen arquetipos de feminidad como, por ejemplo, el de las “buenas maneras” y el de la “alta cultura” para mujeres de la burguesía. Así mismo, la de una supuesta “pureza” negadora del cuerpo. Y el del cuerpo sexualizado.

REVISTA CREDENCIAL presenta una selección de obras incluidas en la muestra, con dos invitaciones para el lector: la primera es a que las examine a través del lente descrito, y descubra así aquellos modelos sociales que delimitan a la mujer, así como la evolución de estos. Y la segunda, a que se desplace hasta el Museo de Arte del Tolima para apreciar las obras presencialmente. 

El anillo de Cruz-Diez

 

CARLOS CRUZ-DIEZ fue uno de los artistas plásticos latinoamericanos que mejor exploraron lo cinético: sus obras tienen movimiento o parecen tenerlo. El artista también investigó el color como pocos, como consta en sus ocho investigaciones publicadas al respecto. Y es que no todos saben ver ni producir el color... quizá solo aquellos que le aman, como Cruz-Diez, cuyo padre creó una fábrica de gaseosas. Allí, las vidrieras lucían el reflejo de la luz y los rayos del sol, que se desperdigaban en tonos cromáticos.

 

 

 

Y ahora, a sus obras emblemáticas como Inducción cromática por cambio de frecuencia doble faz, ubicada en Mérida, Venezuela; Cámara de Cromosaturación, expuesta en la Galería Hayward de Londres, en 2013; Cromointerferencia de color aditivo, instalada en el Aeropuerto de Maiquetía desde 1978 y una de sus más recientes, Pasarela Cromática, ubicada en el Museo de Arte Moderno Fundación Ludwig de Viena, Austria, se suma un tesoro para Bogotá. La razón: en la plazoleta pública de la Universidad Jorge Tadeo Lozano fue instalada la obra Anillo de Inducción Cromática (2012). Con ello, Cruz-Diez irrumpe en el entorno e interactúa con una ciudadanía que camina sobre su creación: con ello, la gente se convierte en coautora de su obra.

 


El salto culinario de Orlando Duque

 

El 14 de septiembre de 2019, este caleño, que había establecido dos Récords Guinness en su disciplina deportiva y en cuyo palmarés brillan varios títulos de alcance global, se retiró con un último salto en Bilbao, España. Había hecho lo propio frente a la Estatua de la Libertad y también había caído con elegancia en las aguas gélidas de la Antártida. Pero, sobre todo, se había ganado el corazón de Colombia a lo largo de 20 años de carrera.

Hoy, Orlando Duque sigue saltando, pero ya no desde esos veintitantos metros de altura, sino como líder deportivo, pues acaba de ser nombrado director de la Serie Mundial de Clavados de Altura, una iniciativa de Redbull, su eterna marca patrocinadora. Pero no solo eso: también como empresario gastronómico.

Gracias a él y a dos socios estratégicos, el restaurante La Guacharaca abrió recientemente sus puertas en Santa Marta, un lugar cuya oferta turística demuestra, cada vez más, su vocación como ciudad anfitriona. Y que, en palabras de Duque, “tiene una conexión tremenda con la naturaleza, donde puedo disfrutar del mar, de la Sierra y sentirme en mi entorno”.