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Galerías

Luz Lizarazo, desde su interior

La Galería Casas Riegner representa a esta artista, una de las más destacadas del país en el último año. Su obra se centra en los contrastes entre lo visible y lo invisible, lo poético y lo político, y el grito y el silencio. 

POR MÁS DE 30 AÑOS, Luz Lizarazo se ha dedicado a hablar del cuerpo: interno y externo. Lo hizo en Piel, una serie de obras confeccionadas con medias veladas que se estiran y encogen, que cambian de tono, que se quiebran y adornan con palabras bordadas. Lo hizo en La mesa de tus órganos, donde un riñón, un pulmón, un estómago y un útero hechos en vidrio soplado evidencian la fragilidad de lo interno. La artista bogotana usa como puente el vidrio, la arcilla, la madera, los huesos, la lana y hasta el cabello humano para redefinir la feminidad. Lo delicado se vuelve crudo, lo frágil es resistente y la mujer es una musa creadora que se extiende sin límites.  

“Soy una intérprete incansable del cuerpo femenino, buscando poéticas que nos representen a nosotras, las mujeres, y deseo a través de mi obra sentar un precedente, tal vez un acto político, imponiendo mi propia mirada sobre la mirada de los otros, sobre nuestro cuerpo y nuestro lugar en el mundo”, aseguró la artista en Cicatrices, la primera exposición institucional dedicada a su obra multifacética que ahora se exhibe en el Museo la Tertulia, en Cali, hasta inicios de este año. Su trabajo es promovido por la Galería Casas Riegner, por lo que también puede apreciarse en Bogotá cuando allí se expone. Luz Lizarazo hace alusión a su nombre sobre el mat cuando dicta clases de Kundalini yoga, cuando escribe sobre tinta roja: “Soy las niñas sin voz” y cuando exhibe sus cicatrices sin miedo. Su obra es el reflejo de lo que implica habitar un cuerpo de mujer, el grito de lo que calla el corazón y la esperanza de florecer en un mundo carente de sensibilidad.

Fotos cortesía Galería Casas Riegner.. 

La esquina del papel

Entre las calles empedradas de Barichara se encuentra un taller donde las fibras naturales se transforman en arte.

CORTAR LA PENCA de fique, pasarla por la máquina desfibradora, lavar las fibras, secarlas durante tres días y sumergirlas en una vasija de barro con agua y cal por tres meses. Esperar. Cocinar en ollas de cobre por 24 horas, retirar y lavar. Macerar, golpear y golpear. Llevar la fibra menuda a la pileta, sumergir el marco en el agua y retirar el rectángulo húmedo sobre la tela blanca. Pasar por la prensa y secar al sol. Este es el proceso para elaborar el papel artesanal que se convertirá en libretas, collares, portarretratos, lámparas y hasta gatos o jirafas. De ello se encargan las más de 10 mujeres cabeza de familia que trabajan en el Taller de Papel de Barichara. Mujeres convencidas de que detrás de este material hay personas, tiempo y mucho amor por el oficio. Desde 2001, el lugar queda en una esquina colorida de este, uno de los pueblos más lindos del país; una donde, en su día, quedaban las antiguas instalaciones de las bodegas de la Compañía Colombiana de Tabaco. Visitar el taller es deambular por entre plantas de fique, caña de azúcar, carrizo, morera y piña. Sus jardines son tan protagonistas como las cientos de hojas que se secan sobre palos de caña y que adornan el espacio como escenografía de teatro. Los secretos detrás de cada lámina se descubren durante el recorrido: las artesanas explican todo el proceso con paciencia —la misma que tienen cuando trabajan— y, al final, los productos elaborados con fibras y tintes naturales se exhiben sobre repisas y vitrinas. 

 

Fotos: Cortesía Mateo Pérez @Ojo_Rasgao. 

Diana Gamboa, pliegue a pliegue

Homenaje a una artista colombiana que, gracias a una inusual confluencia de sensibilidad, meticulosidad y persistencia, se cuenta entre las artistas más adiestradas del origami en el mundo.

Transformar materia con las manos tiene una poderosa propiedad meditativa. El contacto de los dedos con el soporte físico —sea arcilla, hilo, madera, metal, pintura, fique o cualquier otro— le envía un mandato al cerebro que es bendito: el de salir de las mareas mentales, esas que son más fantasía que realidad, y a que esté atento, más bien, a todo aquello que sí resulta real: la corporalidad del aquí y del ahora.

Y de esa manera, el presente físico de Diana Gamboa tiene lugar entre láminas de papel de múltiples fibras y gramajes, junto con reglas y cortadores. Y aunque así es instante tras instante, la artista bogotana ya suma varias décadas de oficio, con apariciones en Tokio, Madrid, París, Londres y Moscú, entre otras ciudades anfitrionas para su obra. Una obra en origami, múltiple en tamaños y destinos: hasta en pasarelas de alta costura han aparecido sus estructuras de papel.

Eso sí, hay un cúmulo de escenas del pasado, de cuando era una niña, que Diana nunca olvida: los rituales creativos de su padre, Gonzalo Gamboa, hoy considerado un maestro del origami, incluso en Japón.

“Hago meditación en acción”, dice Gamboa acerca de sus sesiones de trabajo en el taller que tiene en casa. A este último puede entrar a las siete de la mañana y, salvo una que otra pausa, permanecer allí casi hasta la misma hora del día siguiente. “Mi relación con el oficio es la vida entera”, añade. “Las obras se van develando en el camino; yo no las conozco, sino hasta en el momento de ensamblarlas, y entonces se develan. Por eso, todos los días hay regalos con este oficio. Y el proceso es igual de importante a la pieza final, porque vas teniendo la oportunidad de conocerte en vida”.

Al indagar con Diana sobre la relación entre el soporte físico de su trabajo y su trasfondo conceptual, responde con la sencillez de un artista maduro: “Mi obra va más allá de los conceptos, pues estos se van manifestando, con intuición, a medida que desarrollo la obra. Ambas cosas van de la mano, pero no trabajo con ideas predeterminadas para construir”.

Estas páginas ofrecen nomás un asomo del trabajo de Gamboa, cuyas obras pueden ser composiciones hasta de 1.500 figuras de papel, y quien también ha incursionado exitosamente en el arte textil. Hace poco, sus piezas pudieron admirarse en la exposición La ciudad de la púrpura – Tansui no (agua dulce), montada en el Museo Santa Clara, a contados pasos de la Casa de Nariño, en Bogotá, dirigido por Constanza Toquica. La curaduría estuvo a cargo de Marcela Caldas Mantilla. Allí, los pliegues del origami, con su delicada ornamentación y su lógica geométrica compleja —que nos recuerda a la mente matemática de M.C. Escher—, dialogaron de manera elegante con el entorno barroco del templo. Fotos: Diana Prada, Cortesía: Diana Gamboa.

Cuando el patrimonio se resiste al olvido

El Museo Romántico de Barranquilla conserva cerca de 20 mil objetos, cada uno de los cuales relata un episodio de la historia local. Su reto más grande: sobrevivir a las mareas financieras.

Abrir las puertas de esta casona construida hace un siglo es como iluminar el baúl de los recuerdos. O mejor: de lo que está a punto de olvidarse. Es visitar los rincones llenos de partituras, fotografías, trajes, documentos y memorias que, sin importar su antigüedad, mantienen la esperanza de ser conservados para siempre.

En ella vivieron, desde 1920, Clementina Strunz y su esposo Julius Freund, en ese entonces, cónsul de los Estados Unidos en Barranquilla. Fue heredada por las hermanas Carmen y Ester Freund Strunz, quienes la donaron hacia 1980 para que fuera un espacio de tradición y divulgación cultural de la ciudad.

Pero la mansión no ha sido ajena al paso del tiempo. En 2018 cerró sus puertas por falta de financiación y el deterioro no se hizo esperar. Sin embargo, a inicios de este año y gracias al trabajo de voluntarios, se reabrió esta joya patrimonial que, incluso cuando no cuenta con energía eléctrica, sueña con ser restaurada. Hoy tiene los brazos abiertos a donaciones y aportes que ayuden a salvaguardar las tradiciones de la Puerta de Oro de Colombia. Fotos: Vanexa Romero, Revista Credencial.  

 

¿Qué son los Urban Sketchers?

Si el cuerpo humano es una musa inagotable, un sistema de formas, texturas, relieves y expresiones con el que los artistas han estado obsesionados desde tiempos inmemorables, algunos dirán que hay otra musa mil y un veces más compleja: las ciudades. El cúmulo de códigos que ofrece una urbe no solo es visual, emotivo y táctil. Es social, cultural e histórico. Económico y político.

Por eso, no es de extrañarse que exista un club planetario de dibujantes cuyo objeto de estudio es el entorno urbano. Y eso es justamente Urban Sketchers: una ONG que, en 2009, oficializó la iniciativa que había tenido años antes el periodista e ilustrador Gabriel Campanario, en Seattle (Estados Unidos) y que pronto se convirtió en una red global que hoy tiene 345 ‘capítulos’. En igual número de ciudades, estos están compuestos por miles y miles de dibujantes urbanos, quienes, cada vez que pueden, se reúnen en algún parque o alguna esquina a realizar un ritual de observación y de interpretación del entorno.

Sean hechas con tinta negra o de colores, a lápiz, plumilla o pincel, sus obras hoy componen un coloso álbum con imágenes de cómo se ven y cómo se sienten cientos de ciudades del mundo en 66 países. REVISTA CREDENCIAL contactó a un grupo de líderes dentro de la organización (en Instagram @urbansketchers) para que, desde sus distantes latitudes, nos dieran una muestra de su oficio.