FOTOGRAFÍA DAVID MICOLTA, CORTESÍA PAOLA ESPAÑA PRESS
20 de Mayo de 2021
Por:
Diego Montoya Chica

La ganadora del más reciente Masterchef Celebrity es, también, una de las más queridas cantautoras del Caribe Colombiano. En plena cuarentena, se conectó con Revista Credencial para hablar de activismo, de música y, sobre todo, de qué cocinar cuando es mejor quedarse en casa.

Adriana Lucía Recetas y canciones para el confinamiento

Adriana Lucía López Llorente es una portadora de tradición. Quizás a los puristas no les guste mucho este apelativo en su caso, pues los discos de la cordobesa tienen –no se niegan, al revés, se disfrutan– elementos de rock y pop contemporáneos. Es cierto también que ella, con sus 37 años dedicados de lleno al arte, ha actuado para oídos y audiencias distantes de las que escuchan y ven, en la Colombia rural, a los músicos tradicionales: las cantadoras de arrullos en el Pacífico, los gaiteros de Bolívar y los arpistas llaneros, entre tantos otros. Pero es que, así como ellos mantienen vivo nuestro patrimonio inmaterial, así como ellos transmiten la identidad comunitaria de generación en generación –y lo hacen de manera heroica, contra el viento y la marea de la inseguridad social y el orden público colombiano– Adriana hace lo propio para nosotros, los citadinos con sed de arraigo pero que, por desgracia, tenemos el oído más sintonizado para las frecuencias del sintetizador que para los de la sabana cordobesa. Adriana Lucía acomoda el rock y el pop a las lógicas del folclor del Caribe, pero no al contrario. En el corazón de su proyecto está el porro, un género que a su vez mantiene vivo el sincretismo colonial de lo precolombino, lo español y lo africano. También están la cumbia, el bullerengue y el vallenato. A este último género, de hecho, aportó desde que tenía catorce años, cuando su éxito Enamórate como yo contagió audiencias en varios países de habla hispana.

 

Pero ¿cómo trasladar el mismo principio, el del rescate de lo local, a otros lenguajes no musicales? Adriana Lucía ofrece una respuesta a este interrogante en la cocina, y la sirve en la mesa del comedor, pues encuentra en la gastronomía otra provechosa herramienta para rescatar su identidad. Al fin y al cabo, es artista no obstante los códigos que utilice: sonoros o gustativos. Y no en vano los platos con los que ganó el primer puesto en la más reciente edición del concurso Master Chef Colombia fueron, todos, exaltaciones de su identidad regional: una deconstrucción del mote de queso costeño, una composición de arroz con fríjol cabecita negra y carne frita a la que bautizó Montes de María y, de postre, un baklava con la que recordó su herencia de Oriente Medio, y que no solo tenía pistachos, nueces y miel, sino también corozo. “Así como he sido de fiel con mi identidad en los sonidos, también lo soy con mis platos”, dijo desde su casa, en una entrevista realizada por internet, como tantas en tiempos de confinamiento. Su pequeño hijo Salomón se asomó para saludar y luego huyó rápidamente. Qué envidia: era él quien iba a disfrutar los amasijos y el pan que, ese día, preparaba su madre.

 

  • En el MasterChef usted adquirió aprendizajes que quizás aplica en casa y en su restaurante en Bogotá, La tienda del porro. Pero ¿quizás el programa también tuvo un impacto en su disciplina artística?

El programa supuso, para mí, dos cosas: primero, una oportunidad para darme cuenta de que en todo lo que yo haga –sea música o gastronomía– puedo contar historias. Y segundo, una lección: incluso cuando yo he sido también esa artista que “espera a la musa”, en el programa me tocaba sacar resultados, sí o sí. En una hora o en pocos minutos había que entregar un plato. Y en la música esa dinámica tiene un valor, aunque parezca que no tenga que ver: hoy me presiono un poco más a sacar el resultado. Obviamente, no para que la cosa salga a las malas, sino porque sé que es mejor que ‘la musa’ llegue cuando uno está trabajando.

 

  • Hablando de aprendizajes, ¿qué reflexiones le ha suscitado la cuarentena?

He reafirmado que la prioridad es la familia. Para mí, el éxito no es sumar más dinero en el banco ni tocar más conciertos, sino estar con la gente que amo, con mi esposo y con mi hijo. Otra cosa que he aprendido es que nada era tan, tan urgente. Además, aprendí a respetar más el dolor, algo fundamental para sanar. Colombia es un país eufórico que dice: “me está dando tristeza, entonces canto, canto y canto. ¡Pa’rriba! ¡que se me vaya!”. Esta pandemia debe enfrentarnos a nuestros sentimientos negativos, que también son maravillosos, pues existe un llanto que nos conduce a la alegría, no siempre a la tristeza.

 

  • Para hablar de amor es un emotivo llamado a no olvidar a las víctimas del conflicto y, dice, para recordar a “quienes no tienen voz”. ¿Cómo se gestó esa canción?

No es únicamente sobre las víctimas del conflicto. Para mí es importante visibilizar, en general, a los más vulnerables. Compuse Para hablar de amor después de reflexionar mucho sobre la importancia de la voz, pero no la que se usa para cantar sino a la necesaria para participar en una conversación de todos con todos. Siento que, en este país, las grandes decisiones se toman en un computador en Bogotá, sin tener ni idea de cómo funcionan las regiones de Colombia, regiones que no están representadas en las leyes. Por eso allí, en las zonas rurales o lejanas de nuestro país, tan presentes en esta canción, a uno siempre le dicen cuando se va a ir: “no me olvides”. Yo nací en una de esas regiones, en El Carito, un corregimiento del municipio de Lorica, en Córdoba. Y pese a que llevo más años viviendo en Bogotá que allí, soy una mujer con un corazón de campo.

 

  • La relacionan con el activismo social por el apoyo que, el año pasado, les dio a las protestas del 21N. Pero, según entiendo, usted siempre ha sido dada a temas sociales. ¿Cuándo nació ese interés?

Quizás la gente no conoce ese lado mío porque nunca me interesó publicitarlo. Pero el trabajo social siempre ha estado ahí. Entre los años 2001 y 2008 yo me alejé de la industria de la música para participar en proyectos sociales y de no violencia. Trabajé en una campaña con César López, en las épocas de su famosa ‘Escopetarra’, pero también fui a las favelas brasileras y a las comunas de Medellín. Hice trabajos con desmovilizados. Estuve en las Naciones Unidas, en Nueva York, y en congresos de control de armamento pequeño. Fue una labor muy linda porque, aunque yo conocía cosas del conflicto armado, tenía una sola visión de él. Esto me permitió cambiar la perspectiva. Empecé a ver que toda la gente que yo veía como malvada, era también víctima. Y por primera vez pensé cosas como: “¿y si fuera yo? Si yo no hubiera tenido los privilegios que tuve, ¿quién sería?”. La música también estuvo presente, pero yo sabía que eso no era lo único que quería. Primero, buscaba hacer otros sonidos. Y segundo, me frustraba no poder servir a través de la música. Quizás todo esto también tiene que ver con que hay un despertar de Colombia en general, y más desde el año pasado con las manifestaciones sociales. Hoy estamos en una sociedad más interesada en hacer control político, incluso cuando nuestros dirigentes nos han mostrado la protesta como algo anárquico, como algo perverso, de ‘tirapiedras’, algo que destruye. Nos acostumbraron a ese discurso. Pero la protesta social es un derecho constitucional.

 

  • El activismo le ha costado tranquilidad e incluso obstáculos en su carrera musical. ¿Dónde encuentra la fuerza para seguir?

Sí, he vivido momentos muy difíciles. De pronto sería más fácil quedarme callada. Yo me he dicho: “¿en qué momento se me ocurrió hablar a mí?” He sentido miedo y un poco de culpa de haber metido a mi familia allí: me han llegado amenazas de muerte y en términos que no quiero ni decir. También, en tiempos del plebiscito, yo apoyé públicamente la paz y entonces me acusaron de ‘enmermelada’, ‘castrochavista’ y todas esas estupideces que le dicen a uno. Y te confieso otra cosa: los medios de comunicación también han sido duros. Termina uno defendiéndose de ellos y jamás piden explicaciones a los políticos. Un país que exige más explicaciones a una reina de belleza o a un músico que a un político está grave. ¿Dónde encuentro la fuerza? Siempre termino por pensar que no quiero que se apague mi voz. Que nos debe alcanzar la vida para hablar de amor, de esperanza, de perdón, y –sobre todo– para contar una nueva historia de este país, pues lo merecemos. Además, lo que te dicen en redes sociales no es la Colombia de verdad: vas a la calle y te das cuenta de que hay una Colombia que te agradece.

 

  • Si le digo “invite a cuatro o cinco músicos a una ‘comilona’ hecha por usted”, ¿a quiénes invitaría?

¡Difícil pregunta! A Antonio Carmona, sin duda, porque con él me divierto mucho y lo siento como un primo mío. También a Rosana, otra española, que es como mi hermana. Y hablando de hermanas, no faltaría mi hermana Martina, porque es la más divertida del mundo, la más ‘echadora’ de cuentos. Y me gustaría tener a un músico de Córdoba que se llama Julio Castillo. Es un saxofonista y profesor que, tras hacer un estudio riguroso, toca porro y otros ritmos tradicionales en jazz. ‹ 

 

Artículo publicado en la edición impresa de mayo de 2020.