17 de octubre del 2021
Fotografías: Camilo Devis
1 de Octubre de 2012
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Empezó mucho antes de la era cristiana entre los pueblos celtas. El fin del verano marcaba el inicio del Año Nuevo Céltico, que se celebraba ofreciendo sacrificios al Señor del Cielo y de la Tierra (Samhain o Saman). El 1º de noviembre era la fecha en que los celtas celebraban el Día de la Muerte; se creía que el día anterior, el 31 de octubre, Samhain se reunía con los espíritus de todos los que habían muerto durante ese año para que en esa fecha ―así fueran buenos o malos― pudieran regresar a sus antiguos hogares a visitar a los vivos. 

Por Alejandro Cuéllar

Halloween: recetas embrujadas

Para protegerse, la gente participaba en ceremonias en las que quemaban como ofrenda cosechas, caballos, gatos, ovejas negras, bueyes y seres humanos, para apaciguar a Samhain y evitar que los espíritus de los muertos los lastimaran. Durante estas ceremonias la gente a menudo usaba disfraces hechos de las cabezas y las pieles de los animales como parte del ritual para ahuyentar a dichos espíritus.

Un dato curioso: la imagen de ese dios pagano (Samhain) era la de un esqueleto sosteniendo una hoz o guadaña en su mano, la misma imagen que más tarde llegó a ser conocida como la Muerte.

Cuando el emperador Constantino decretó que los habitantes de su imperio se convirtieran al cristianismo, muchos ritos paganos se introdujeron, incluyendo el festival de Samhain. Hacia el siglo VIII, la Iglesia cristiana cambio el día de Todos los Santos (para rendir homenaje a todos aquellos que no tuvieran un día particular de celebración) de mayo al 1º de noviembre. Eventualmente, estos festivales se combinaron y se llamaron All hallowmas (Masa de todos los Santos). La noche anterior se conoció como All Hallows Eve (Víspera del Día de Todos los Santos). Con el tiempo, su nombre se convirtió en Halloween.

El 2 de noviembre, Día de los Muertos, los cristianos iban de pueblo en pueblo mendigando ‘pasteles de difuntos’ (soul cakes), que eran trozos de pan con pasas de uva. Entre más pasteles recibían los mendigos, mayor era el número de oraciones que rezaban por el alma de los parientes muertos de los que daban los pastelillos. En esa época se creía que los muertos permanecían en el limbo algún tiempo después de su defunción y que las oraciones conseguían acelerar el ingreso del alma al cielo, así fueran hechas por mendigos extraños.

Hacia fines del siglo XIX, inspirados por la ‘noche traviesa’ (Mischief Night), que formaba parte de la cultura irlandesa y escocesa, algunos sectores de la población pensaban en la noche del 31 de octubre como un día para divertirse a costa de los demás. Aunque la diversión consistía en travesuras inocentes, como derribar cercas, enjabonar ventanas o taponar chimeneas, paulatinamente llevó a actos de crueldad contra personas y animales, llegando a su punto máximo en los años 20 con las masacres cometidas por el Ku Klux Klan. Es por esto que la práctica de pedir pastelillos se difundió en Estados Unidos como un intento de las autoridades por controlar los daños producidos durante la noche de Halloween; aparecieron los grupos de la comunidad proponiendo alternativas de diversión familiar para contrarrestar el vandalismo: concursos del mejor disfraz o la mejor calabaza tallada, o fiestas para niños y adultos. De este modo se inculcó la tradición de ofrecer una tregua: trick or treat quiere decir truco o tregua: o me das un dulce o te hago alguna pilatuna.

Colombinas 

Para 30 unidades
500 gramos de azúcar
2 pliegos de papel celofán transparente
30 pinchos de madera de 25 centímetros
4,5 metros de cinta negra

Preparación 

Ponga el azúcar en una olla o sartén a fuego bajo (es importante que el azúcar sea bastante refinada, entre más blanca mejor). A medida que los bordes se caramelicen, vaya girando la sartén para que los cristales de azúcar se vayan disolviendo con el caramelo y de esta forma no quedenamargos ni muy oscuros. No se debe revolver con cuchara ya que se cristalizaría el caramelo arruinando el proceso. Una vez se haya derretido todo el azúcar y el caramelo esté color miel, retire del fuego. Si hay grumos de azúcar se pueden romper con una cuchara. En una bandeja de silicona para pastelería o una hoja de papel parafinado, disponga los pinchos y en cada punta una cucharada del caramelo; cerciórese de que ninguna colombina se toque con otra. Si todo se vuelve muy sólido para manejarlo, caliéntelo unos segundos en el fuego: volverá a quedar totalmente líquido. Una vez frías, ponga las colombinas en una lámina de celofán de cinco por veinte centímetros con las dos cintas debajo, doble el papel y haga un nudo de zapato con las dos cintas. Ya están listas para regalar en la puerta. También puede cortar los palos de diferentes tamaños y clavar las colombinas en un vaso lleno de azúcar para hacer un centro de mesa.

Sopa de calabaza con queso de cabra y orégano

La costumbre de ahuecar y tallar una calabaza para convertirla en un farol tiene su origen en el folclor irlandés del siglo XVIII. Según dice la leyenda, Jack era un borrachín, jugador y holgazán que pasaba sus días tirado bajo un árbol de roble. En una ocasión se le apareció Satanás con intenciones de llevarlo al infierno. Jack lo desafió a trepar al roble. Cuando el diablo estuvo en la copa del árbol, él talló una cruz en el tronco para impedirle descender. Entonces hizo un trato con el diablo: le permitiría bajar si nunca más volvía a tentarlo con el juego o la bebida.
La historia dice que cuando Jack murió no pudo entrar al cielo por sus pecados en vida pero tampoco pudo ingresar al infierno por haber engañado al diablo. A fin de compensarlo, el diablo le entregó una brasa para iluminar su camino en la helada oscuridad por la que debería vagar hasta el día del Juicio Final. La brasa estaba dentro de una cubeta ahuecada llamada ‘nabo’, para que ardiera como un farol durante mucho tiempo.
Al llegar a Estados Unidos, estos irlandeses que solían fabricar sus ‘faroles de Jack’ con nabos, se dieron cuenta de que las calabazas eran mucho más abundantes que los nabos. Surgió, entonces, la costumbre de tallar calabazas para la noche de Halloween y transformarlas en faroles, introduciendo una brasa o una vela en su interior. El farol no tenía como objetivo convocar espíritus malignos sino mantenerlos alejados de las personas y sus hogares.

Ingredientes para 4 Personas
800 gramos de auyama
1 rama de puerro grande
100 gramos de mantequilla
1 atado de orégano
250 gramos de queso de cabra
2 tajadas de pan integral
Aceite de oliva

Preparación 

Pele la auyama con un cuchillo y despepite con una cuchara. Corte en cubos de dos centímetros y reserve. Aparte, limpie el puerro bajo agua fría y corte en rodajas de medio centímetro. Sofría en una olla con bastante mantequilla a fuego bajo para que ablande. Agregue agua y deje que hierva, adicione la auyama y cocine hasta que esté blanda. Una vez cocida, licue bien (se le puede agregar un chorrito de crema de leche) con la cebolla, un chorrito de aceite de oliva y su caldo de cocción. Salpimiente y reserve.
Corte el pan en cubos pequeños y dore en mantequilla con unas hojas de orégano, sal y pimienta. Corte el queso de cabra en pedazos pequeños. Caliente la sopa.
Ponga los pedazos de queso de cabra en el fondo de un plato hondo. Cubra con la sopa y termine con unos crotones, hojas de orégano y unas gotas de aceite de oliva.