28 de octubre del 2021
FOTO CORTESÍA PENGUIN RANDOM HOUSE
4 de Octubre de 2021
Por:
JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO*

 

El reino de la posibilidad es un conjunto de ensayos que marcan un giro en el tono de Yolanda Reyes y plantean preguntas sensibles frente a la infancia, la educación y la política.

 

 

Un refugio de papel

 

HACE CASI treinta años Yolanda Reyes tenía una pequeña librería donde daba talleres para niños y una hija que estaba a punto de cumplir la edad para entrar al jardín infantil. Sin embargo, ninguno de los sitios que buscaba la convencía: “Quería algo que tuviera que ver con la cultura de la infancia y no con el preescolar, los aprestamientos y todo eso; quería algo más divertido y creativo”, dice.

 

Con el tiempo, Reyes se convirtió en una persona con varias facetas: la directora de ese refugio para niños y libros que hoy es un jardín infantil en Bogotá; la escritora de libros como El terror de sexto B o Qué raro que me llame Federico; la educadora que promueve la lectura desde la primera infancia, y la columnista que los lunes, cada 15 días, lanza afilados puntos de vista sobre la cultura y la política en la página de opinión de El Tiempo. Pero en El reino de la posibilidad, su nuevo libro, plantea a través de la escritura un espacio donde sus oficios se unen y se traslapan para crear preguntas iluminadoras sobre la sociedad en la que vivimos.

El reino de la posibilidad habla de la infancia, de la historia colombiana, de las mujeres en Colombia... Pero también es un testimonio sobre lo que para usted significa la escritura.
Este iba a ser un libro que recogía ensayos que habían sido artículos, ponencias o conferencias que había dictado en diferentes momentos. Los ejes eran la infancia, la literatura... Pero cuando comenzó la pandemia, cerré la puerta de mi casa y empecé a recoger materiales, dije: no, esto no es así. Con el tiempo volví a escribir sobre lo que ya había escrito y ese proceso significó volver a habitar esos textos. Al habitarlos aparecen otras ideas y conexiones y todo se va a convirtiendo en un collage al que había que añadir muchas cosas, muchos recuerdos personales, para que volviera a tener un sentido. Se convirtió en un ejercicio de cortar y pegar la vida, rarísimo. Y en ese momento tan incierto en el que parecía que nada podía funcionar, fue para mí reafirmar que había algo por lo cual valía la pena salir y seguir haciendo lo que había hecho durante todo este tiempo.

Usted ya había hecho ensayos, como La casa imaginada o La poética de la infancia... Pero acá se dio la oportunidad de hablar desde una postura más personal.
En esos ensayos anteriores yo decía: “Miren, esto es importante”, y debía ser clara, para que me entendieran. En cambio, con este libro siento que pude ser más indulgente conmigo: todo el tiempo sentí que podía ser vulnerable, que la escritura era mi terreno de la vulnerabilidad. Eso 
me gustó y no sabía que lo estaba haciendo... Pero no había contundencia. Cuando escribo columnas siento que debo llevar ideas de un lado a otro y cerrarlas, de cierta forma. Acá no estaba esa obligación.

El libro empieza con Mi lugar, un ensayo donde usted declara un espacio desde donde parten sus reflexiones: una librería que es también un jardín infantil. Ese sitio marca totalmente sus puntos de vista.

Hasta que escribí este ensayo yo trataba de esconder ese lugar y de ofrecer disculpas: “Sí, soy escritora, pero por la mañana trabajo con niños”, decía cuando era la columnista. Y luego, cuando estaba en el jardín, tenía que decir: “Disculpe, no puedo seguir acá porque tengo que irme a escribir”. Cuando en 2016 escribí Qué raro que me llame Federico empecé a pensar en que la infancia es un motivo para crear ficción para adultos y a tratar de juntar esas dos partes que estaba agotada de separar. Ahora descubrí que todo lo que yo he vivido, todo lo que me han contado los niños que he visto crecer y los adultos que están alrededor de esos niños son la materia central de mi trabajo. Eso es lo que yo tenía para contar a través de la escritura, la riqueza de ese mundo. Además, gracias a la infancia, he podido entrar en los lugares más increíbles de Latinoamérica: cuando me llevan a las ferias del libro a veces no veo ni la plaza central de la ciudad a la que voy, pero sí una escuela recóndita en donde hay un maestro que me da una clave, por ejemplo, para entender el Perú rural. Estar con los niños y con los maestros me ha permitido entender los conflictos y las inequidades... Entonces por fin siento que lo que yo tengo para decir es eso, que no tengo que buscar nada distinto, que ahí está todo.

En su libro hay otro momento en el que habla de la historia de Colombia, pero lo hace desde la memoria familiar. ¿Cómo resolvió esa tensión entre la historia y los recuerdos?

Yo siento que la historia con mayúsculas siempre ha estado separada de las emociones y de las repercusiones que tiene en la vida privada. Como que siempre está primero la memoria histórica y luego la emocional. Pero las vidas también están construidas de pequeñas cosas y esas bisagras me interesan. Yo no sé de historia, sé de historias, de las historias que me contaron y que están escritas en mi ADN. Yo empecé con mi columna en El Tiempo porque una vez le escribí una carta a una amiga que empezaba diciendo que mi hijo estaba sentado, calcando en un mapa un croquis de Colombia y Venezuela, que el sol entraba por la ventana a las 6:05 p.m., que estábamos bien, que habíamos pasado por el sitio en el que había estallado una bomba... Y esa carta terminó en manos de Enrique Santos Calderón, quien me pidió publicarla. Yo le dije que me esperara porque tenía que preguntarle a mi hijo. Esto fue hace 20 años y en esa época todos los columnistas eran líderes de opinión del acontecer político, pero resultaba interesante una persona que miraba calcar el mapa de Colombia y Venezuela a la luz de una ventana mientras el mundo se estaba cayendo.

Esa reflexión política en donde también entran los recuerdos ha estado muy presente entre los autores anglosajones. ¿El ensayo personal se está convirtiendo en una tendencia en América Latina?
Siento que ahora hay un permiso para explorar y no estar etiquetado. Yo siempre me he preguntado ¿dónde pongo este libro que no es para niños ni para adultos? ¿Dónde pongo esto, que es un ensayo, pero que también es tan personal? Me gusta que podamos hacer esto y que sea un tejido de muchos, sobre todo de muchas mujeres, en femenino, porque esto está pasando mucho en el plano de las mujeres: yo tengo una gran maestra que es Siri Hustvedt, que habla desde las neurociencias y es muy rigurosa, pero también está todo el tiempo implicándose y cuestionándose frente a lo que escribe, pero también están Carolina Sanín, Cristina Rivera Garza, Lina Meruane... Me parece que hay que seguir tratando de habitar el lenguaje con esa subjetividad que permite la literatura y permitirse hablar una lengua que no es la de la contundencia: el “sí, pero ¿por qué?”, el “esto no me lo creo del todo”, el “esto podría ser así” y el “de pronto”. Pero hay otra cosa: también siento, no sé, que tenemos que volver a pensar los libros y me refiero a los libros impresos, porque las historias que cuentan las novelas ahora están siendo contadas en otros formatos: si esto lo puedo decir en una serie de televisión ¿qué es lo diferente que se puede decir en un libro? El libro de papel se ha convertido en un refugio aislado de los timbres y los efectos sonoros que permite la introspección. Y yo siento que el ensayo, es propicio para hacer esa exploración.

 

*Periodista cultural, exeditor de Revista Donjuan.