06 de octubre del 2022
 
Archivo Hernández de Alba
Febrero de 2022
Por :
AURA LISETTE REYES GAVILÁN*

Gregorio Hernández de Alba, un etnólogo hecho a pulso

 

LA ANTROPOLOGÍA colombiana fue un campo que se labró a lo largo del siglo XX. Paulatinamente, esta pasó de ser una preocupación compartida por algunos miembros de las élites intelectuales a un espacio de formación académica. La vida y obra de Gregorio Hernández de Alba (1904-1973) atestiguan los cambios en las formas de hacer y pensar la disciplina. Inicialmente su interés por la Colonia, los pueblos indígenas y el pasado prehispánico provino de su familia, colegas y amigos, más que de una formación especializada. Estudió en la Escuela de Comercio y desde su juventud se inclinó hacia las letras. En 1923 publicó la novela Lucecita y poco tiempo después una serie de cuentos inspirados en el periodo de la Conquista, los cuales circularon en revistas como El Gráfico y Senderos.

 
 

De la mano de su hermano Guillermo (1906-1988), destacado en el ámbito de la historia, Gregorio accedió a valiosos documentos del Archivo de Indias y a un amplio conjunto de fuentes que le permitieron realizar sus primeras interpretaciones literarias sobre las vivencias de los indígenas durante la Colonia. La amistad cercana de los hermanos Hernández de Alba con Gustavo Santos, Rómulo Rozo, Germán Arciniegas y otros intelectuales, que durante los años treinta participaron de la gestión cultural y educativa, le permitió a Gregorio hacer parte en 1935 de la expedición etnográfica a la Guajira del Museo Universitario de la Universidad de Pennsylvania. Durante ese año se realizaron varias investigaciones supervisadas por el Ministerio de Educación, en las que participaron jóvenes colombianos interesados en asuntos antropológicos pero que carecían de una formación profesional en el campo. Para Gregorio, dicha expedición fue la oportunidad de conocer y relacionarse con reconocidos antropólogos como Vicenzo Petrullo, Paul Kirchhoff, Louis Korn, Gwyneth Browne Harrington y Lydia du Pont. Se acercó además a la práctica disciplinar norteamericana y, de forma amateur, construyó una mirada etnográfica.

 

Gracias a ello, al año siguiente fue contratado por el Ministerio para inspeccionar los trabajos arqueológicos en la región de Tierradentro y San Agustín que dirigía el español José Pérez de Barradas. Aunque la relación entre ambos fue complicada, Gregorio levantó información útil para su proceso posterior de formación académica en etnología. Aunque quiso estudiar en Estados Unidos, para él era tan importante su vida profesional como su vida familiar. Por lo tanto, esperó para poder viajar con su esposa Helena Ospina y sus hijos, Gonzalo y Carlos. Cuando organizó la Exposición Arqueológica Nacional de 1938 conoció al etnólogo Paul Rivet, quien había sido invitado al país por el presidente Eduardo Santos. Rivet y Santos conversaron sobre la posibilidad de realizar intercambios estudiantiles entre Francia y Colombia, ello para incentivar la profesionalización y el avance de los estudios antropológicos en el país.

Del grupo de postulantes fue seleccionado Gregorio, quien viajó con su familia a Francia, donde estudió en la Universidad de París. La Segunda Guerra Mundial condujo a que retornara a Colombia, donde rápidamente se vinculó como docente e investigador del naciente Instituto Etnológico Nacional. Luego de un año de trabajo renunció al ien y decidió retomar su idea de ir a Estados Unidos, donde estuvo entre 1943 y 1944. Cuando regresó al país participó de la creación del Instituto Indigenista de Colombia y viajó al suroccidente para reemplazar a Henri Lehmann y asumir la dirección del Museo Arqueológico de la Universidad del Cauca. Este cargo le permitió crear el Instituto Etnológico del Cauca, adscrito al ien, el cual mantenía una independencia que le permitió continuar sus relaciones con investigadores estadounidenses.

Las últimas décadas de su vida las dedicó a la política indigenista de la mano del Estado. Luego de un periodo de inestabilidad laboral, se hizo cargo de la dirección de la Sección de Negocios Indígenas, luego División de Asuntos Indígenas. En estos años las propuestas de integracionismo se mezclaron con las de protección y asistencia. La vida de Gregorio Hernández de Alba no hace parte de una antropología, sino de diversas formas de pensar y hacer antropología que estuvieron presentes, se encontraron y se enfrentaron a mediados del siglo XX.

 


 

* Doctora en antropología americana. Docente de la Universidad de Antioquia.