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UN GRUPO DE MUJERES se reúnen en una casa en San Juan, un corregimiento en todo el centro del Sumapaz, para hablar de libros y de memoria. Una de ellas es la líder del taller: les propone hacer un diario, contar lo que hicieron el día anterior, así como sus inquietudes y sus miedos.

EN LA DIVISIÓN de Walt Disney Animation Studios, que acumula 63 largometrajes a lo largo de su historia, han explorado la cultura latinoamericana en apenas cinco de ellos.

Terminaba el año 1985 con la imagen de Omayra Sánchez, la niña que marcaría la vida de los colombianos como símbolo de una de las tragedias naturales más devastadoras que ha registrado el mundo: la provócada por la avalancha que literalmente desapareció al municipio de Armero, Tolima, y que arrastró a la muerte a cerca de 23.000 personas.

 

Fue un año muy importante para mí y para el país. En 1986 fue elegido presidente Virgilio Barco. Yo tuve el gran honor y la oportunidad de ser la primera mujer en ocupar la Dirección del Departamento Nacional de Planeación y, más adelante, ser ministra de Desarrollo.

 

Ahora lo sé: el cerebro trabaja más al servicio del olvido que en pro de la memoria. Por fortuna. Pero también sé que algunos de los momentos y algunas de las imágenes que se empeña en guardar le dan sentido al pasado. Por eso, quizás, cuando miro al 86, en la efervescencia de los veinte, lo primero que se me viene a la cabeza es un libro, un poema y una página en rojo. A la postre, casi todo lo demás podría no haber sucedido.

 

En 1986 estaba yo en el Deportivo Cali. Tenía 25 años en esa época y estaba jugando bien chévere, bien bacano en ese equipo. Lo viví con alegría, aprendí y me enamoré de la hinchada del Cali, y de esa linda ciudad. Conocí mucha gente buena con la que aún tenemos amistad.

ES TAN AMPLIA la gama de posibilidades que ofrece Google Maps, que se puede crear una ruta en el computador de escritorio y, con un clic, enviarla a su teléfono celular o tableta, que es donde realmente se utiliza. Más de 13 años después de haberse creado, la herramienta no deja de sorprender.

Quizás no haya una mayor congruencia que la que hay entre lo que Antonio Caballero escribe en sus columnas y la cara que pone cuando habla. Mírenlo y digan si es una exageración: el ceño fruncido dibuja en la frente algo similar a un árbol en otoño, cuyas ramas son la marca de antiguas elucubraciones que reflejan cierta preocupación perenne o un genio de los mil demonios. Sus ojos melancólicos, o más bien su mirada impaciente, delata un genuino fastidio con la pose, o mejor, con que lo inviten a posar.