27 de noviembre del 2021
Fotografías Nicolás Cadena Arciniegas.
10 de Septiembre de 2012
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Las más prominentes orquestas del mundo tienen hoy contrabajistas colombianos gracias a las enseñanzas del maestro Hernando Segura. Perfil de uno de los grandes músicos del país, a quien sus alumnos recuerdan como un padre cariñoso.

Por Nicolás Cadena Arciniegas

Las lecciones de Hernando Segura, un maestro del contrabajo (Web)

No me acordaba muy bien de su cara, pero sí de su nombre. Cuando yo era niño, Hernando Segura le dictaba clases de contrabajo a mi papá. Por esos tiempos, el paisaje estudiantil de la facultad de música de la Universidad Nacional era sobrio y místico. Después de veinte años, la cosa no ha cambiado mucho. 

Segura, ayudado por un bastón, se acerca tan rápido como puede. El rostro de alegría y expectativa logra opacar el dolor que siente mientras se recupera de una cirugía de cadera. Él, el maestro de contrabajo, que aún se derrite escuchando el concierto de Kusevitzky, todavía guarda la esencia de ese hombre amante del contrabajo.

Esta vez no habrán clases, no habrá métodos, ni contrabajos; sólo quiero saber de ese hombre que poco a poco se fue convirtiendo en el único y más prominente maestro de contrabajo en el país.

La música, el Voto Nacional, niñez y juventud

Esta iglesia, construida como símbolo de paz en los últimos años de la Guerra de los Mil Días, se convirtió para Hernando Segura en su segundo hogar. En esa capilla encontró el lugar donde conocería ―como dice él― “mi afición por la música”. Sus primeras notas las cantó a sus escasos diez años en el coro de esta iglesia. Gracias a la ayuda del padre español que dedicaba gran parte de su tiempo a la música, logró pertenecer al grupo de cantores por más de cuatro años, amenizando esos servicios en los que los feligreses sentían felicidad y éxtasis al escuchar un coro de ‘voces blancas’. Fue esta experiencia, la de cantar en el coro de niños de la iglesia de su barrio, la que desató dentro de él una necesidad enorme, una sed insaciable por conocer y profundizar en el mundo de las melodías, ese mundo que a pesar de tropiezos terminaría siendo una puerta al reconocimiento entre los músicos clásicos de Bogotá.

Al terminar la segundaria decidió indagar más sobre la música. Optó por inscribirse en un centro nocturno distrital donde enseñaban tiple y guitarra, pero terminó estudiando mecánica en busca de un futuro. Fue hasta el tercer año de estar entre tuercas, tornillos y aceite ―y tras salvarse de un accidente donde por poco se rompe los dedos de la mano― que se afirmó que estar al lado de las cuerdas, las clavijas y las notas musicales era definitivamente lo suyo.

El encuentro con el instrumento 

Fue en su juventud ―cuando toda la gente tenía la obligación de ver la prensa― que salió en El Tiempo la convocatoria oficial que invitaba a la gente que cantaba a presentarse a una audición para agrandar el coro del conservatorio de la Universidad Nacional. Se necesitaba el apoyo de más gente para la presentación de la Novena Sinfonía de Beethoven y el Réquiem de Verdi. Hernando, recibió esta invitación con emoción y decidió presentarse acompañado de su primo que hacía parte de la Banda Nacional. 

Jaime León, que por esa época era director del conservatorio, lo escuchó, y no remedió en aceptarlo con una única condición: que se matriculara en el conservatorio de la Universidad Nacional. Hernando Segura afirma: “Allí empezó la cosa”.

Él por esas épocas no sabía qué era un contrabajo, nunca lo había visto y mucho menos sabía cómo interpretarlo. Sin embargo, como si fuera una orden divina, el director Jaime León le dijo que, por su estatura, el instrumento que tenía que aprender era el contrabajo. “Yo no seleccioné mi instrumento, él me lo seleccionó porque hacían falta contrabajistas en la ciudad”, añade Segura. Así fue como cantó en el coro, y gracias su talento pudo ingresar al conservatorio a estudiar en la facultad de música de Universidad Nacional de Colombia con el maestro José Tomás Posada, un profesor que aunque no conocía mucho de música clásica, tenía un amplio conocimiento en la técnica instrumental.

Del coro a la Sinfónica de Colombia

En 1963, el compromiso musical de Hernando Segura ya era evidente, no sólo porque tenía que hacer sonar el instrumento más grande de la familia de las cuerdas, sino porque además debía hacer esfuerzos sobrehumanos para conseguir un contrabajo y ensayar.

Fue en ese año cuando se abrió al público otra convocatoria. Esta vez no era para conformar un coro: tenía el fin de organizar la nueva Sinfónica de Colombia.

Su vida comenzaba a verse perfilada para tocar en este importante proyecto musical que más adelante se convertiría en toda una institución. Aunque no era uno de los mejores en su especialidad tenía todas las de ganar: la mayoría de los contrabajistas de la época eran personas mayores, ‘banbuqueros y pasilleros’ que venían de otras bandas del país o de la antigua orquesta. Pero Segura era joven, y sin duda alguna estaba dispuesto a pelearse a punta de escalas un puesto en la Sinfónica Nacional. “Cuando me presenté sólo toqué escalas, me pusieron a leer la quinta sinfonía y lo hice, y como a los ocho días me llamaron y me dijeron: ‘Lo felicitamos, señor Segura, usted fue seleccionado para tocar en la Sinfónica’”, añade.

Segura apenas había cumplido 23 años y ya ganaba quinientos pesos, unos dos millones quinientos mil de hoy. Además, ya comenzaba a codearse con importantes músicos de otros países, algunos de procedencia europea como el contrabajista alemán Otto Stiglmayer y el español Manuel Verdeguer (que más tarde se convertiría en su mentor en la universidad). El maestro de contrabajo recuerda con nostalgia y orgullo haber tocado junto a otros contrabajistas colombianos que, aunque no contaban con buena técnica, tenían mucha experiencia en la escena musical, una experiencia que se convirtió para él en un sueño hecho realidad.

“Yo fui el primer graduado de contrabajo en el país”

A muchos de los músicos colombianos de esa época parecía que sólo les importara sentir el peso de las monedas en sus bolsillos. Cuando ellos sentían que tocaban bien, desertaban de sus estudios musicales y se comprometían de lleno con las orquestas o con la misma banda y veían sin importancia la opción de terminar sus estudios universitarios. Pero Hernando Segura fue la excepción.

 (Placa ubicada en el conservatorio de la Universidad Nacional frente a los salones de contrabajo (Fotografías Nicolás Cadena Arciniegas)).

Aunque él trabajaba en la banda más importante del país y aún era estudiante del conservatorio, nunca acunó la posibilidad de fallarle a sus convicciones, lo que lo llevó a convertirse en el primer graduado de contrabajo del país.

Su tesón para hacer las cosas había hecho que la universidad donde entró por casualidad le otorgara una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Rochester, donde no sólo estudió, sino que también tuvo la oportunidad de pertenecer a la Filarmónica de esta ciudad ubicada en el condado de Monroe .

Este es un pequeño reflejo de la vida del maestro de contrabajo. Un homenaje a la historia de un hombre que optó por una vida entre bajos, partituras y arcos; un personaje que nunca se casó y jamás tuvo hijos, y sin embargo, es considerado entre los contrabajistas colombianos como un padre, un amigo y un hermano.

Hablan sus alumnos

Mónica Suarez, contrabajista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá
“A pesar de sus años tiene un espíritu muy joven, eso es algo que me encanta de él.”

“En 1993 yo conocí al maestro Hernando Segura. De él tengo muchos recuerdos porque ha sido para mí como un segundo papá, siempre ha estado conmigo, ha sido mi mejor amigo, mi mejor maestro. Tiene una mística increíble: cómo le encanta la música, cómo la conoce y sobre todo el amor que siente por enseñar. Yo jamás le vi una actitud de pereza con sus alumnos.

“Algo que me sorprendía de él era cómo se sabía las partes de orquesta de memoria. Yo podía tener el libro al frente y él se sabía los silencios, los matices, casi todo de memoria, entonces si uno quería hacerle alguna trampa él la descubría”.

Jorge Cadena, contrabajista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá
“Nosotros éramos como los hijos de él. Nunca tuvo familia, pero de alguna manera nosotros terminamos siendo sus herederos musicales”.

“El recuerdo más bonito que tengo del maestro Segura es que, a pesar de que algunos de sus alumnos éramos desaplicados, él nunca perdió la fe en nosotros. Hernando Segura se convirtió para mí en mi padre bogotano, los regaños y haladas de oreja fueron bien recibidos y finalmente dieron fruto. Si no, míreme donde estoy, viviendo en mi propio sueño, ése que, desde cuando llegué de Pasto, quería hacer realidad”. 

Julio Rojas, contrabajista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá)
“Él fue como un papá, me aportó la música”.

“Recuerdo al maestro como un señor muy bravo; me hablaba muy duro, era muy gritón, muy regañón; una vez me sentenció desde el comienzo de semestre, me rajó y me tiré el semestre.

“Se ha convertido en el papá de todos los contrabajistas. Gracias al maestro es que ahora siento ese amor por la música, por interpretar bien el instrumento. Siempre estoy esperando la oportunidad de que lleguen las novenas para ir y compartir con él en su casa”.

Orlando Donado, contrabajista pensionado de la Orquesta Sinfónica de Colombia
“Conocí al profesor Segura en el conservatorio, cuando yo todavía no había pensado en la música como un proyecto de vida”.

“Yo tocaba el contrabajo sólo buscando un acercamiento con la música clásica, era estudiante de ingeniería, sin embargo mi gusto por la música era tal que ubiqué un amigo en el conservatorio y él me llamaba y me decía que él ya había desocupado el instrumento, que podía ir a practicar. Entonces yo cogía el contrabajo y comenzaba a estudiar. Un día Hernando me pilló; yo estaba estudiando en un salón a escondidas de él, no quería que nadie se enterara porque no quería problemas, entonces entró en el salón donde yo estaba estudiando y me quedé paralizado. Él lo único que me dijo fue: “¡Siga, siga, siga!”. Sacó unos papeles, hizo una cosa que tenía que hacer y se fue, yo realmente me preocupé porque ya me había descubierto. Después me enteré de que él a veces se paraba afuera, en la puerta del salón, sin abrirla y se quedaba escuchando qué era lo que uno estaba tocando, y después de un rato sí entraba.
“Para mí Hernando es una persona muy amorosa con sus estudiantes, siempre lo fue. Era de esos profesores que peleaba por el beneficio nuestro, por los salones, los horarios, por sacar adelante a sus alumnos, que eran lo que más le importaba”.