20 de septiembre del 2021
 
[1] Vista superior y anterior de una vértebra lumbar perteneciente a una mujer cazadora- recolectora, de entre 30 y 35 años, que vivió hace 6.000 años © María Antonieta Corcione Nieto Los bordes de las vértebras presentan espolones óseos.
Agosto de 2021
Por :
MARÍA ANTONIETA CORCIONE NIETO*

Saberes y técnicas médicas y de cuidado entre las sociedades prehispánicas del actual territorio colombiano

Hace al menos un año circuló por redes sociales y diversos periódicos una anécdota sobre Margaret Mead (1901-1978) y uno de sus estudiantes, quien en una de sus clases preguntó cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización. La respuesta de la antropóloga estadounidense fue que el primer signo de civilización en una cultura antigua era la evidencia de un fémur sanado de una fractura. De acuerdo con Mead, en el mundo animal si te rompes una pierna estas condenado a morir, pues no puedes proporcionarte por tu cuenta alimento o agua ni resguardarte de las diversas amenazas del medio ambiente. El hueso, entonces, no alcanza a sanar antes de que el animal fallezca. Por lo tanto, un hueso sanado en una persona es indicio de que otra le ha cuidado, ha atendido su herida y le ha asistido durante su recuperación. Aunque la autenticidad de la anécdota es incierta y mi interés no es reflexionar acerca del carácter civilizatorio de los grupos humanos del pasado, su evocación permite preguntar por los saberes y técnicas medicas, de cuidado y de sanación como una cuestión primordial de las sociedades humanas y su sobrevivencia.

 

El cuidado de la enfermedad y las técnicas medicas permitieron el tratamiento de padecimientos generados por la interacción constante de los individuos del pasado con el medio que habitaron (geográfico, animal-humano y humano–humano). Como efecto de esta interacción, los grupos humanos sufrieron de diversos padecimientos resultado de actividades y labores, traumatismos o enfermedades. Estas últimas fueron causadas por la exposición a diversos agentes infecciosos, como virus y bacterias, entre otras causas.  Desde el Neolítico los grupos humanos establecieron un sistema integral de conocimientos acerca de la salud y la enfermedad, así como un conjunto de técnicas para su tratamiento que fue evolucionando a medida que estas se complejizaron y se adaptaron a los diversos ambientes. Con el desarrollo de la arqueología moderna, los estudios bioarqueológicos y paleopatológicos –de restos esqueléticos, dentales y material momificado– han confirmado diversas condiciones patológicas y de enfermedad, así como evidencias de cuidado y sanación: un gran signo de humanidad.

 

En el territorio de lo que hoy es Colombia se reporta presencia humana desde hace 14000 años. Los primeros signos de cuidado frente a dolencias o enfermedades se observan entre los grupos de cazadores recolectores que habitaron todo el territorio nacional. Los individuos encontrados en diversos yacimientos arqueológicas muestran de forma frecuente lo que se conoce como enfermedad articular degenerativa. Esta enfermedad se caracteriza por la perdida de cartílago entre los huesos, especialmente entre las vértebras de la columna. Mientras el cartílago se pierde, en los huesos adyacentes se desarrollan sobrecrecimientos óseos, conocidos como espolones (imagen 1). Esta enfermedad está asociada con los esfuerzos que los individuos realizaban en un medio ambiente agreste y a su edad, correspondiendo esta patología a hombres y mujeres mayores de 30 años. Los espolones que se proyectan suelen ponerse en contacto entre ellos, causando dolor y limitando el movimiento del cuerpo. En casos raros, estos pueden llegar a fundirse, formando puentes calcificados que impiden el movimiento de las articulaciones.

 

Aunque no existe, ni existía, una cura para la enfermedad articular degenerativa, los cazadores recolectores cuidaron a los enfermos. La evidencia revela que estas personas fueron enterradas junto con otros miembros de la comunidad mediante rituales funerarios que evidencian el papel fundamental que cumplían en sus comunidades. Los enfermos estuvieron acompañados hasta el momento de su muerte. La enfermedad articular degenerativa fue la afectación más frecuente en las sociedades prehispánicas del territorio nacional. Por ejemplo, en el área del bajo Magdalena se encuentra que entre el 25% y el 66% de los habitantes padecían la enfermedad articular degenerativa. Por su parte, en las sociedades agrícolas de la sabana de Bogotá, más del 50% de las personas mayores de 15 años la sufrían en la columna vertebral.

 

A medida que los grupos humanos adoptaron nuevas estrategias de subsistencia, las actividades que realizaban fueron cambiando. Por lo tanto, aparecieron nuevos padecimientos y enfermedades, y, con ellos, se procedió a perfeccionar los saberes y técnicas medicas y de cuidado. Ciertos tipos de actividades tuvieron un papel fundamental en los cambios morfológicos de las articulaciones debido a las tensiones a las que las sometían. Actividades tales como cargar peso en hombros, cabeza y espalda y permanecer en cuclillas por tiempos prolongados en actividades de molienda. Cuando se adoptó la agricultura, aumentaron moderadamente los cambios morfológicos de las articulaciones de las muñecas de las manos, de las rodillas y los pies, esto al incrementarse el uso de herramientas para el cultivo, la preparación de alimentos y las actividades de tejido. Aunque no es muy frecuente encontrar lesiones patológicas en estas articulaciones, se han registrado algunos pocos padecimientos de artrosis en poblaciones agrícolas. La artrosis se caracteriza por el desgaste paulatino del cartílago de las articulaciones, el cual causa dolor cuando se realiza actividad física e inmoviliza y deforma la articulación, lo que conlleva a una pérdida de funcionalidad. La artrosis de rodilla suele afectar las articulaciones en las que recae el peso del cuerpo. Al incrementarse ese peso por cargas adicionales externas, se desgasta el cartílago, creándose fricción entre los huesos de la articulación y generándose intenso dolor e inmovilidad de la rodilla (imagen 2).

 

 

[2] Tibia izquierda de un hombre muisca de la sabana de Bogotá de 35 a 39 años
© María Antonieta Corcione Nieto
Detalle de la articulación de la tibia que presenta un caso severo de artrosis de rodilla.

[4] Costilla de un niño muisca de entre 5 y 8 años con un traumatismo por objeto cortante en proceso de sanación (arriba) y costilla de un hombre adulto de la sabana de Bogotá con una fractura completamente sanada (abajo)
© María Antonieta Corcione Nieto 

 

Al ser estos padecimientos muy raros entre los integrantes de las sociedades del pasado prehispánico, y, teniendo en cuenta que en esta área del continente no se domesticaron animales de carga, por medio de la etnoarqueología y las etnografías de comunidades campesinas e indígenas actuales se han determinado los saberes y técnicas para cargar pesos con el cuerpo que probablemente utilizaban dichas poblaciones. Para minimizar las lesiones y patologías que les impidieran la movilidad, los pesos se distribuían en cabeza, cuello y espalda con diversos amarres y turbantes de tela.

 

Los accidentes y las confrontaciones interpersonales fueron frecuentes entre hombres, mujeres y niños del pasado. Huella de esto son los signos de fracturas de diversos tipos que permiten comprender una pequeña fracción de estos eventos, ya que muchos no dejaron marcas en el registro óseo. Aun cuando podría exponer aquí las múltiples y espectaculares fracturas encontradas en el registro arqueológico y las técnicas de curación –consistentes en entablillados, vendajes y luxaciones para volver a posicionar el hueso en su articulación–, me detendré a exponer la evidencia de sanación de fracturas de costillas. Los traumatismos en las costillas tienen diversas causas: caídas o impactos del pecho con superficies duras. En algunos casos, los traumatismos son resultado de acciones violentas. Ya que los traumatismos en las costillas no pueden tratarse con las técnicas mencionadas previamente, se asume que las personas que los sobrevivieron debieron guardan reposo y limitar el movimiento del tronco del cuerpo. Solo así podía alcanzarse una sanación completa, evitando que las costillas fracturadas se desplazaran y pudieran hacer colapsar los pulmones, lo que habría ocasionado la muerte. Esta acción requirió el acompañamiento y cuidado de la comunidad (imagen 3).

 

[3] Diogène Maillart (1840-1926)
La escalada de la agonía
1879, grabado, Le Tour du Monde XXVII 

Otra de las afectaciones que padecieron los grupos del pasado se relaciona con los dientes. La alimentación en el territorio de lo que hoy es Colombia fue y es muy variada gracias a sus condiciones geográficas. Entre los primeros grupos humanos que habitaron el territorio, los alimentos excesivamente duros generaron una atrición dental severa que expuso la dentina y los nervios dentales, lo que generó sensibilidad dental y dolor permanente. En un estudio realizado en el sitio de Checua (Nemocón, Cundinamarca), datado hace 5000 años, se encontró que todos los individuos tenían algún tipo de atrición dental. Además de una alimentación dura, el uso de los dientes para otras actividades –como la masticación de pieles o su utilización como una tercera mano en las actividades textiles–, repercutió en la pérdida precoz de dientes, fracturas dentales y abscesos periapicales (imagen 4).

 

Cuando se adoptó una alimentación más blanda pero rica en carbohidratos, al incorporarse alimentos como el maíz (ya fuese consumido directamente o como chicha), se acrecentó el padecimiento de caries (imagen 5) y disminuyó el padecimiento de abscesos. Las caries iniciaron en edades tempranas. Para el caso de una muestra de la costa Pacífica Caucana, la totalidad de los 17 individuos analizados presentaban al menos una caries dental. Los tratamientos dentales en los que se usaban empastes de diversas yerbas y raíces, así como cera de abejas para aliviar el dolor, fueron reportados por los cronistas que documentaron el proceso de conquista. A estos les llamó la atención que para proteger la dentadura de caries se usaban de yerbas como el macamzo, hoja redonda de un árbol pequeño con olor y sabor a hinojo. La hoja de coca se mascaba por sus propiedades analgésicas y la jagua servía para teñir los dientes, acción que los protegía de las caries y permitía una exfoliación del sarro dental. Sin embargo, estos tratamientos paliativos no fueron suficientes, debido a lo cual la extracción dental fue una práctica común entre las sociedades prehispánicas.

 

[5] Maxilar de una mujer de entre 30 y 35 años que vivió en la sabana de Bogotá hace 5000 años
© María Antonieta Corcione Nieto
Presenta un absceso en su incisivo lateral y un alto desgaste de sus piezas dentales, producto de una severa atrición.

[6] Molar con caries de una mujer joven, de 27 a 30 años, que vivió a orillas del río Tunjuelo, en Bogotá, hace al menos 1000 años
© María Antonieta Corcione Nieto 

Los tratamientos médicos aplicados en la antigüedad fueron, en ocasiones, eficaces. Uno de los casos más estudiados es el de las trepanaciones craneales, práctica quirúrgica difundida globalmente que desde el Neolítico se aplicó en Europa y luego en el continente americano. El territorio peruano es donde se ha preservado mayor evidencia del uso temprano y recurrente de esta práctica por parte de grupos humanos americanos. Las trepanaciones tienen un objetivo común, acceder a la bóveda craneal, ya sea como una acción terapéutica o como un acto mágico que busca la liberación de espíritus reprimidos malignos o benignos. La evidencia de su aplicación por parte de los grupos del territorio colombiano es poca pero significativa. En la década de 1970 se describieron tres cráneos con trepanaciones craneales procedentes de Sopó (Cundinamarca), datado por carbono 14 en el siglo IV d.C., Nemocón (Cundinamarca) y Belén (Boyacá). Las intervenciones en los cráneos se debieron probablemente a prácticas quirúrgicas para solventar problemas médicos, como la hipertensión endocraneal, y, en uno de los casos, para tratar una fractura craneal.

 

Estos cráneos, al igual que los cráneos peruanos, evidencian la aplicación de técnicas de incisión y raspado con instrumentos elementales como buriles y hojas oblicuas de diversos minerales –obsidiana, cuarzo o sílex– en diversas zonas del cráneo. Las intervenciones más comunes fueron de forma circular u ovalada y se realizaron principalmente en los huesos parietales. El alto índice de sobrevivencia de las intervenciones quirúrgicas de la trepanación prehispánica es evidencia de los amplios conocimientos de anatomía craneal que tenían quienes practicaban las trepanaciones. Estos conocían la ubicación de vasos sanguíneos importantes, cuya afectación habría conducido al desangramiento, y prestaron especial cuidado para no comprometer el encéfalo y las meninges. Los casos prehispánicos colombianos abarcan intervenciones que van desde 1.5 hasta 8 centímetros de diámetro. Todos corresponden a personas adultas, un hombre y dos mujeres. En el caso de Sopó se encontró en el cráneo un tapón de arcilla que cubría el orificio de la trepanación. Además, los análisis detectaron regeneración ósea, lo que indica que la mujer sobrevivió al menos un par de meses luego de la intervención. Sin embargo, la mujer de Belén y el hombre de Nemocón no experimentaron un proceso de cicatrización ósea significativo sobre la intervención quirúrgica, lo que indicaría que pudieron morir durante la trepanación o poco tiempo después.

 

Los casos mencionados demuestran el desarrollo de saberes y técnicas médicas, así como de cuidado y sanación, por parte de los pobladores prehispánicos del actual territorio colombiano. Estos desarrollaron un gran conocimiento médico para la intervención quirúrgica, técnicas precisas y unos cuidados posoperatorios que permitieron la sobrevivencia de las personas. Como argumentaba Mead, el cuidado para la subsistencia de una persona es el signo primario de civilización, y, aún más importante, un signo de cultura.

 

* Antropóloga. Profesora, Facultad de Estudios del Patrimonio. Programa de Arqueología. Universidad Externado de Colombia.