30 de noviembre del 2022
 
Cuadro de la Plaza Mayor de Bogotá en el siglo XIX, hoy Plaza de Bolívar. Óleo de José S. Castillo. Colección Museo de la Independencia - Casa del Florero, Mincultura.
Octubre de 2011
Por :
Rodrigo Llano Isaza. Administrador de empresas de la Universidad EAFIT. Veedor nacional y defensor del afiliado del Partido Liberal Colombiano. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia, de número de la Academia de Historia de Bogotá

La independencia en Bogotá: El 20 DE JULIO DE 1810

El agitador del 20 de julio

José María Carbonell fue el gran agitador del 20 de julio y, además, participó en otros cinco hechos fundamentales de nuestra historia: el primer golpe de Estado, acompañó a Antonio Nariño cuando se destituyó del poder a Jorge Tadeo Lozano y se nombró como presidente de Cundinamarca a nuestro Precursor; en la segunda denominación de nuestros partidos políticos, cuando se llamaron “Carracos” y “Pateadores”; es el primer preso político de la historia republicana de Colombia, pues fue detenido el 16 de agosto de 1810 por la caballería que comandaba el presidente de la Junta Suprema santafereña José Miguel Pey; es el primer ministro de hacienda del país unificado por Bolívar en diciembre de 1814; preside la Junta Tumultuaria de San Victorino (como la llamó Pablo Morillo), primera expresión de la rebeldía del pueblo en la conformación de nuestra nacionalidad.

Nació Carbonell en Santa Fe de Bogotá el 3 de febrero de 1779 y murió en el patíbulo de Morillo el 19 de junio de 1816, a la edad de 37 años. Hijo de José Carbonell Rojas, español, y la santafereña Josefa Martínez Valderrama Díaz de Arcaya, tía del célebre “Padre Manuel”, aquel Manuel Benito de Castro; Carbonell contrajo matrimonio el 24 de febrero de 1800 con doña Petrona López Duro y Álvarez del Casal, prima hermana de Antonio Nariño y sobrina carnal del dictador de Cundinamarca Manuel de Bernardo Álvarez, matrimonio que no fue feliz y terminó en divorcio y embargo por alimentos del sueldo de don José María, en la tesorería de la Real Expedición Botánica del Reino que dirigía el sabio naturalista gaditano José Celestino Mutis y Bossio, empresa donde nuestro agitador desempeñaba el cargo de amanuense.

Se educó en el Colegio de San Bartolomé donde vistió la beca seminaria, fue tesorero y contador de hacienda de Cundinamarca, capitán de milicias de infantería, presidente de la Junta de Represalias ordenada por Nariño contra los federalistas, protector de naturales, ministro del tesoro y cuatro veces detenido por sus actividades revolucionarias; tuvo la peor muerte en el patíbulo, Morillo lo condenó a la horca, fue el único patriota al que se le aplicó esta pena. En medio del ajusticiamiento “el Pacificador” ordenó dispararle un tiro de mosquete, con tan mala fortuna que sus ropas se incendiaron y terminó su vida quemado. Sus pocos bienes fueron confiscados y rematados en pública subasta; vivía, a la hora de su muerte, a un costado, hacia el sur, del sitio donde hoy está ubicada la Universidad Libre.

Las autoridades españolas

A la cabeza del poder español en estas tierras, estaba el virrey Antonio Amar y Borbón, llegado a Santa Fe, capital del Nuevo Reino de Granada, a los 61 años, tenía 68 a la hora de la independencia y murió, aparentemente, en Zaragoza, en 1826, cuando alcanzaba la increíble edad de 84 años en tiempos en que la expectativa de vida al nacer apenas si superaba los 35 años; ya no era la persona para gobernar y, menos aún, para enfrentar una revuelta política que necesitaba una personalidad fuerte y no a un pusilánime y débil de carácter, sometido a los ímpetus y el amor al dinero de que hacía gala la virreina Francisca Villanova y Marco, quien fue acusada de vender los puestos del mercado público y adelantar tráfico de influencias con su marido, motivo por el cual el pueblo raso santafereño la llevó a la cárcel del divorcio, la insultó y rasgó sus vestiduras. Para protegerlos, la Junta Suprema debió inventarse una procesión a Nuestra Señora del Tránsito, con el fin de distraer a Carbonell y a los chisperos y poder sacar a los virreyes rumbo a Cartagena el 14 de agosto de 1810, 20 días después de haber sido depuesto del mando.

Recordemos que en un comienzo la Suprema nombró como presidente de la misma al hasta entonces virrey, pero lo depuso cinco días después. El poder armado estaba en ese momento en manos de un personaje siniestro, que cubrió de sangre nuestra geografía, de la cual habría de ser, de mano del “Pacificador” Pablo Morillo, virrey, mando que ejercía a la hora de la batalla de Boyacá: era Juan de Sámano de 56 años, nacido en Santander-España y llegado a Santa Fe de Riohacha donde fue gobernador y llevaba menos de un año en la capital del reino, el 20 de julio, como comandante del batallón auxiliar y tenía de segundo a José María Moledo, abuelo del regenerador Rafael Wenceslao Núñez Moledo el padre de la Constitución de 1886. Moledo y José María Baraya evitaron que Sámano atacara al pueblo o convenciera al virrey de reprimir a los manifestantes que respondían a las consignas de los chisperos. La otra autoridad importante era la de la Real Audiencia, integrada por los oidores, con funciones administrativas, de control político y administración de justicia.

Instituciones coloniales

El virrey era la cabeza del gobierno, por lo general militares en tiempos de los borbones que no podían casarse con gentes de la región ni tener allí negocios; los visitadores reemplazaban a la autoridad sujeta a la visita mientras comprobaban el correcto manejo de la cosa pública; la Audiencia representaba el poder judicial y estaba conformada por oidores; el Consulado, hacía el papel de Cámara de Comercio y regulaba los negocios privados; la Inquisición, con el título de “santa” perseguía la herejía y la brujería; el Cuerpo de Minería, tenía funciones administrativas y judiciales en lo tocante a la producción del oro; la Junta Superior de Hacienda, respondía por los asuntos económicos de la corona, el recaudo de impuestos era un oficio vendible a particulares; el gobernador, mandaba en las provincias y dependía del virrey o capitán general; el teniente de gobernador, era el reemplazo o suplente del gobernador; el corregidor, atendía los asuntos concernientes a los indígenas; el Cabildo, era la máxima autoridad del municipio, tenía 12 regidores, ocho por compra del cargo y cuatro nombrados por el rey, controlaba los recaudos y los gastos. La hacienda tenía cuatro tipos de funcionarios: tesorero, contador, factor (almacenista) y veedor (vigilaba la fundición de oro y plata). El municipio era manejado por: regidor, alcalde, alférez real, alcalde de la hermandad, fiel ejecutor, receptor de penas, escribano público, alguacil mayor, depositario general, síndico, procurador general, Cabildo y auditor de guerra.

La economía en 1810

La bonanza que vivió la economía de España y sus colonias en América, llegó a su fin por la invasión napoleónica en 1808. Los borbones habían hecho un gran esfuerzo para reducir la carga impositiva que golpeaba a los granadinos. El contrabando era casi una obligación ante las restricciones establecidas por la corona y representaba, aproximadamente, el 15% del comercio legal, lo que permitía comprar a ingleses, franceses y holandeses, utilizando el “camino de Jerusalén” que comenzaba en Riohacha y llegaba hasta Mompox, utilizando el oro en polvo que también se contrabandeaba en las minas, como sucedía con textiles, licores, calzado.

Salomón Kalmanovitz1 ha calculado que el producto por habitante de la Nueva Granada era de 27 pesos plata contra casi 42 de México y que la Nueva Granada exportaba, para la misma época, 2 millones de pesos plata, cuando el Perú exportaba 8 y México 18, lo que habla de la pobreza de este reino. El cultivo de la tierra estaba limitado por los latifundios y las propiedades eclesiásticas, que congelaban su uso y las sacaban del círculo comercial. El Estado no invertía en educación ni infraestructura, a pesar de ser muy costoso su mantenimiento y cargar con un montón de taras: esclavitud, privilegios de los nobles, mantenimiento de la iglesia, el ejército y los gremios. Muchas de las ciudades que marchaban a la vanguardia del país, colapsaron por esta época: Tunja, Cartagena, Santa Marta, Mompox, Girón, Pamplona, Honda, Cartago, Popayán, Santa Fe de Antioquia, Socorro y dieron paso a otras que cambiaron el mapa del desarrollo granadino, las relaciones de poder y la influencia política; con excepción del oro, poco más se podía exportar que fuera atractivo para los mercados externos. Antioquia, Cauca y Cundinamarca jalonan el crecimiento demográfico de la nación, en detrimento de la costa Atlántica y los santanderes; las regiones más ricas, en su orden, eran: Panamá, Bolívar, Antioquia y Cundinamarca y los últimos: Tolima, Santander y Boyacá; las vías de comunicación eran los ríos, sobre todo el Magdalena y el Cauca, y pare de contar, porque incluso el comercio de cabotaje en las costas era mínimo, y el Atrato apenas comenzaba a tener importancia después de 200 años de tener su navegación prohibida; la movilización de las personas necesitaba de pasaporte y era vigilada, controlada y restringida por las autoridades.

El llorente  del florero era González

Una costumbre muy española es la de llamar a las personas por su segundo apellido, éste es el caso de don José González Llorente, quien por el incidente del “florero” el 20 de julio de 1810, pasó a la historia, únicamente, por el apellido de su madre: Llorente y el florero que pudo ser el “florero de González”, quedó como “el florero de Llorente”. En esa fecha histórica, cuando respondiendo a una solicitud de préstamo de un florero para adornar una mesa que serviría para un homenaje al comisionado regio, el quiteño Antonio de Villavicencio, se fue de lengua y ofendió a los americanos con expresiones de grueso calibre; González era gaditano y había llegado en 1779 a Cartagena, pasando luego a Santa Fe donde contrajo matrimonio con María Dolores Ponce y Lombana, matrimonio del que hubo siete hijos y vivía, además, con un hermano menor, su suegra y once cuñados; tenía fama de caritativo y poseía el mejor almacén de la calle real, exportaba quinas e importaba telas, paños, porcelanas, básculas, etc. Su agresiva actitud del 20 de julio, provocada por un bien estudiado libreto de los revoltosos, aprovechando que era día de mercado y la plaza estaba llena de compradores y vendedores, ocasionó la revuelta que concluyó con la independencia de la Nueva Granada. Ese día González debió ser llevado a la cárcel para salvarlo del linchamiento del populacho; siguió viviendo en la capital, pero la presión política lo hizo salir del país acompañado de su numerosa familia, y dejó como albacea testamentario a Camilo Torres, cambiado luego por Ramón de la Infiesta; salió por Honda y Cartagena, paró en Jamaica, donde le escribió a Fernando VII una carta en la que consignó su versión de los hechos acontecidos en 1810, y pasó a Cuba, y murió en la ciudad de Camagüey.

Preparación del golpe

Al iniciarse el año de 1810 era regente Francisco Manuel Herrera, asesor Anselmo Bierna y Mazo y oidores Juan Hernández de Alba, Manuel Martínez Mancilla, Juan Jurado, Diego Frías, Francisco Cortázar y Joaquín Carrión y Moreno; y con el fin de reducir el poder de los criollos en el Cabildo, el virrey Amar nombró seis regidores añales (duraban un año), todos españoles, para que influyeran en el nombramiento de los alcaldes de primer y segundo votos, nombramientos que recayeron en José Miguel Pey y Juan Gómez, respectivamente. Los regidores eran Bernardo Gutiérrez, Ramón Infiesta, Vicente Rojo, José Joaquín Álvarez, Lorenzo Marroquín y Joaquín Urdaneta. Estaba completo el cuadro de las autoridades que acompañaban en el mando a Antonio Amar y Borbón.

A raíz de las reuniones del 6 y 11 de septiembre de 1809, convocadas por el virrey Amar para estudiar la situación de Quito, se abrieron causas secretas por desafección al régimen contra José Acevedo y Gómez, Camilo Torres, Frutos Joaquín Gutiérrez, José María del Castillo y Rada, Gregorio Gutiérrez Moreno, Andrés Rosillo, Manuel Pombo, Tomás Tenorio, Antonio Gallardo, Nicolás Mauricio Omaña, Pablo Plata y Luis de Ayala; el 21 de enero se trajo preso al magistral Andrés María Rosillo y Meruelo. La Audiencia pretendió derrocar al virrey Amar y reemplazarlo por el teniente del rey, Blas de Soria, y le abrió causa secreta que no se siguió porque las circunstancias señalaban el peligro que una acción de ese tipo podría significar para la vida institucional del Nuevo Reino y su posible desestabilización a favor de quienes conspiraban en la sombra. Luego fue el alzamiento de Salgar, Rosillo y Cadena en los Llanos, siguió la reyerta de Ignacio de Herrera contra el alférez real Bernardo Gutiérrez y los documentos “Memorial de Agravios” de Camilo Torres y el “Manifiesto de un americano imparcial” de Ignacio de Herrera. El plato estaba servido, sólo faltaba encender la mecha; los patriotas se reunieron en el Observatorio Astronómico que dirigía Caldas y prepararon minuciosamente el libreto que debían cumplir al día siguiente y pusieron como chivo expiatorio a un español bocón que tenía una tienda en una esquina de la plaza principal, don José González Llorente. Así comenzó la historia.

Los rebeldes criollos

El papel de las mujeres fue definitivo, no estuvieron en la primera línea de los nombramientos, pero fueron las que le pusieron el pecho a los cañones de Sámano e impidieron que las tropas les dispararan a los rebeldes, ellas merecen un gran monumento a las madres de la revolución. La voz cantante de la revolución fue don José Acevedo y Gómez, charaleño, conocido como “el Tribuno del Pueblo”, cuya casa fue protegida por el pueblo en la noche del 19 de julio porque corrió el rumor de que unos cuantos patriotas, encabezados por Acevedo, serían detenidos por los oidores; él fue quien se dirigió al pueblo y sugirió los nombres que debían hacer parte de la Junta Suprema, cuando pronunció la célebre frase “Si dejáis pasar estos momentos de efervescencia y de calor…” El otro baluarte de los criollos fue el militar santafereño Antonio Baraya, comprometido con el golpe y control efectivo de las pretensiones de Sámano, y fue quien entregó el parque a los patriotas, evitando un derramamiento de sangre; se le considera el primer militar granadino y jugó un papel muy importante en las luchas guerreras de la primera república.

La Bogotá de 1810

Según el autor consultado, Santa Fe de Bogotá tenía entre 25.000 y 30.000 habitantes, la bañaban cuatro ríos: Fucha, San Francisco, Arzobispo y San Agustín, dos quebradas, Las Delicias y La Vieja; y cuatro chorros, Belén, Fiscal, Botellas y Padilla. Apenas se estaban terminando las obras de reconstrucción por el terremoto del 16 de junio de 1805 que destruyó el 25% de la ciudad, que tenía unas 200 manzanas en las que abundaban los perros, no había acueducto ni alcantarillado y estaban divididas en ocho barrios, cada uno con su alcalde2, así: La Catedral, del Príncipe, del Palacio, San Jorge, Las Nieves Oriental, Las Nieves Occidental, San Victorino y Santa Bárbara; con el tiempo, los dos primeros tomaron el nombre de La Candelaria. No existían barrios linajudos, pero la gente de algún dinero se concentraba en la Calle Real, la única con construcciones de dos pisos, al pie de la plaza de las hierbas (actual parque de Santander) o cerca de la plaza mayor.

En la plaza principal había una fuente con una figura que se pretendió fuera san Juan Bautista, pero que la gente llamó “el mono de la pila”, quitado años más tarde para colocar a Bolívar y llevado al hoy Museo de Arte Colonial; la unidad monetaria era el castellano de oro y el peso dividido en ocho reales. Además, había onzas, escudos y doblones. En la construcción, la madera reemplazó a la piedra y el adobe a la tapia pisada. El vehículo de movilización era el caballo; la biblioteca pública contaba con más de 20.000 volúmenes, muchos de ellos verdaderos incunables producto del decomiso a los jesuitas. Se destacaba mucha gente culta y había varias tertulias literarias, como la Eutropélica de Manuel del Socorro Rodríguez, la del Buen Gusto de Manuela Santamaría de Manrique y la de Antonio Nariño. Los dominicos regentaban la Universidad Tomística, los jesuitas la Academia Javeriana y el Colegio de San Bartolomé (hasta 1767 cuando se produjo la “Pragmática Sanción” de Carlos III), los agustinos el colegio San Nicolás Bari, los seculares el Colegio Mayor del Rosario y las monjas de La Enseñanza el primer colegio femenino fundado en Latinoamérica. Las gentes se divertían fumando tabaco y jugando naipes; la bebida tradicional era el chocolate, cambiado por el café cuando llegó la Legión Británica; casi el 60% de la población estaba formado por mujeres; la ciudad la resguardaban muy pocas tropas, tenía dos mil casas y contaba con 28 iglesias.

La junta tumultuaria de San Victorino

El 21 de julio de 1810, a las cinco de la tarde, don José María Carbonell sentó el precedente revolucionario más importante de nuestra historia, desconoció a la Junta Suprema y estableció en un local del barrio San Victorino una Junta Popular que Morillo llamó “Tumultuaria”. Carbonell fue elegido presidente, el procurador Eduardo Pontón vicepresidente y los vocales fueron Ignacio de Herrera y Vergara, Manuel García, Juan José Monsalve, Antonio Ricaurte y Lozano, Manuel Posse, Domingo Rosas y Francisco Javier Gómez. Por primera vez el pueblo de Santa Fe elegía libre y soberanamente a sus conductores. Esta Junta se movilizó por las calles de la ciudad e impuso su ley durante 25 días. Infortunadamente careció de la conciencia política y la organización que le pudieran haber asegurado el triunfo.

¿Revolución o independencia?

¿El 20 de julio se produjo la independencia de la Nueva Granada o fue apenas un hecho revolucionario sin mayor significación? ni lo uno ni lo otro. En el primer momento, lo que el patriciado quería era tener mayor acceso al poder, sólo Carbonell habló de independencia y de financiarla con los bienes de la iglesia, pero nadie le paró bolas y a la cabeza de la Junta se nombró al virrey Amar. El 20 de julio, como en todos los movimientos ocurridos en el resto del continente, los criollos desplazaron a los españoles del mando, pero sin pretender la independencia de España, aunque los hechos y el papel jugado, tanto por la masonería como por las sociedades económicas de amigos del país, las teorías de la independencia norteamericana y la revolución francesa, y la formación de dirigentes en la Real Expedición Botánica del Reino, como la misma reacción de la corona española, obligaron a declarar la independencia absoluta.

Los grandes ausentes

Dos personajes fueron los grandes ausentes de las jornadas del 20 de julio de 1810: Antonio Nariño y Álvarez y Francisco José de Caldas. Nariño no estaba en la capital, había llegado preso a Cartagena el 2 de enero de 1810 (había sido detenido en Santa Fe el 23 de noviembre de 1809) y sólo vino a salir por las gestiones del comisionado regio Antonio de Villavicencio y fue acogido en la casa de Enrique Samoyar Griselli y Gómez, donde se recuperó; desde allí alzó su pluma para refutar a Cartagena su propuesta de hacer el Congreso del reino en Medellín, en un escrito que llevó por título “Consideraciones sobre los inconvenientes de alterar la convocatoria hecha por la ciudad de Santa Fe en 29 de julio de 1810”; le dio permiso a su hijo Vicente para contraer matrimonio con la antioqueña Eugenia Salazar y Morales y sólo el 20 de octubre de 1810 pudo iniciar camino hacia Santa Fe, donde lo esperaban el cariño del pueblo y las nuevas responsabilidades en las que dejaría su impronta de líder.
El otro ausente de los hechos revolucionarios del 20 de julio fue Caldas, no obstante que estaba en la ciudad, que había prestado su “oficina” del Observatorio para que se planeara el golpe, que fue quien pasó por la tienda de González Llorente en los momentos previos al comienzo de la trifulca, sin embargo, debió esconderse en el último retrete del Observatorio porque no participó en el cabildo abierto, no firmó el acta de independencia, ni hizo presencia entre las nuevas autoridades nombradas ese día; de acuerdo con su propio testimonio, en carta a su esposa, le contó que había preferido marginarse de los hechos. ¿Cuál fue la razón de su actitud?, ésta es una de las incógnitas históricas del momento. 

Referencias

  1. Salomón Kalmanovitz. Consecuencias económicas del proceso de independencia en Colombia. Bogotá, Universidad Jorge Tadeo Lozano, 2008, 46 pp.
  2. Antecedente lejano de los alcaldes menores.