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Fue un domingo del año pasado. El anticuario (especializado en documentos y fotografías antiguas) Julio Pérez Navarrete y su esposa, la artista contemporánea Johanna Calle, compraban unas viejas carpetas vacías en uno de los mercados de las pulgas del centro de Bogotá. “¿Les gustaron? Allá hay más”, les dijo el vendedor mientras señalaba unas bolsas de basura arrumadas contra una pared. 

Beatriz González
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Cuando las generaciones del futuro busquen en las enciclopedias –que para ese entonces quizá se implanten como un chip en el cerebro- información sobre Irlanda, probablemente encontrarán que fue una hermosa isla pintada de verde, habitada por guerreros celtas, gnomos, hadas, druidas y sobre todo por seres humanos fantásticos y sencillos, realmente talentosos para las letras, el teatro, el fútbol y sobre todo la música.

En 1951, el renombrado crítico austríaco Walter Engel registró que el joven Botero, casi un niño aún (tenía 19 años) había llegado de Medellín para montar su primera exposición en la galería de fotógrafo Leo Matiz, en Bogotá. Con llamativa clarividencia, el crítico escribió: “Fernando Botero se encuentra en vísperas de un viaje a España.