20 de septiembre del 2021
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3 de Septiembre de 2021
Por:
Diego Montoya Chica

 

La supervivencia de los negocios está estrechamente ligada con la de los ecosistemas. A la presión del consumidor se suman normas cada vez más estrictas. ¿Cómo incorporar la conservación del medioambiente en la estrategia de una compañía?

La sostenibilidad dejó de ser opcional

 

EMPECEMOS POR LOS HECHOS. El que los cobija a todos en este universo de la sostenibilidad es el consenso científico acerca del deterioro que sufren los ecosistemas planetarios a manos de la actividad humana: tanto, que se habla ya de que vivimos el “Antropoceno”: una era, con todas las tres letras de esa palabra, en la que el ser humano genera cambios geológicos significativos. Y de ellos, el más preocupante es el aumento gradual de la temperatura terrestre. A las fotos de osos polares famélicos y a los desastres naturales en el noticiero se suman ya las cifras: el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF, habla en su informe Planeta Vivo de que, desde 1970, ha desaparecido más del 60 % de la población de peces, aves, anfibios y reptiles, entre otras especies. Gran parte de la responsabilidad se la llevan las emisiones de gases de efecto invernadero, 70 % de las cuales se originan en las ciudades, según la ONU; también la tala de bosques, un frente en el que, según la FAO, se han perdido 81 millones de hectáreas de bosque primario en el mundo desde 1990 –la Amazonía se encuentra casi en el llamado ‘punto de no retorno’–, y asimismo la contaminación del océano por ejemplo con plástico, del que ya hay partículas en una porción increíble de fauna marítima.

 


La conciencia creciente sobre todo lo anterior ha sido cimentada en grandes foros de tomadores de decisión, como las COP, que tienen lugar cada año y que este noviembre es en Glasgow, Escocia. La de 2015 marcó un hito por haber gestado el Acuerdo de París. También en las Naciones Unidas, que en ese mismo año gestaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), una guía supremamente útil de metas adaptables a la gestión pública y privada, productiva, social o pública, a cualquier escala, y que involucra los tres pilares de la sostenibilidad: lo ambiental, lo social y lo económico.

Pero ya no hablamos de discursos lejanos con los que coquetean los líderes mundiales: la sostenibilidad ambiental pasó, muy rápidamente, de ser una preocupación del nicho, a ser un requisito en el core de negocios grandes y pequeños. De hecho, el concepto de “sostenibilidad” está evolucionando para darle paso a una conciencia adicional: la de la regeneración. “No se trata únicamente de ‘sostener’ al planeta y las empresas, de que sobrevivan y ya; eso no es suficiente”, indica la doctora Diana Trujillo, directora académica de la Maestría en Regeneración y Desarrollo Sostenible de la Universidad de los Andes. “Se necesita, además, que los sistemas socioecológicos mantengan su capacidad de regenerarse. Entre otras razones, porque eso garantiza que una empresa sea sostenible”.

La experta menciona ejemplos vistos en grandes multinacionales, una capa corporativa que, por convicción, pero también por fiscalización pública y ciudadana y por una estrategia de supervivencia a largo plazo, empieza a tener la sostenibilidad en el corazón de su estrategia. “Anheuser-Busch InBev (ABI, hoy dueña de Bavaria) sabe que no puede operar sin agua, pues el 90 % de la cerveza es agua; si esta se acaba, también se acaba la cerveza”, dice, y añade el caso de Unilever: “Allí hay, por ejemplo, una línea de jabones y detergentes, pero por otro lado tienen producción de alimentos en pesca –explica–. Y se dieron cuenta de que la primera línea tiene un impacto sobre la segunda”. A ese nivel, una empresa no se puede dar el lujo de posponer la consciencia de que es dependiente de los ecosistemas.


Otro caso ilustrativo de los riesgos asociados al cambio climático es el de las abejas. Este las impacta con dureza y, de reducirse su población sustancialmente, se afectarían gravemente los ciclos de producción de alimentos para millones de personas. 


De ello hace eco Lina Gamboa, ingeniera ambiental y quien ha navegado las aguas de la sostenibilidad corporativa durante varios años. Su 
próximo reto profesional es nada menos que el de ser Sustainability Lead en Bavaria. “Incluso el lema allí es: ‘La sostenibilidad es nuestro negocio”, comenta y recurre a una metáfora para explicar este esfuerzo: la de ponerse las gafas de la sostenibilidad para concebir, planear, ejecutar y medir cada paso que toma una compañía. “Ser más responsable le suma valor a una marca –dice–. Pero no se debe tener un área de sostenibilidad porque se tenga que escribir un informe para accionistas; más bien porque ahora esta área está involucrada en los pilares y en el propósito de una empresa y de las personas que trabajan con ella”.


En Alpina, donde Gamboa trabajó también como líder en sostenibilidad, existen esfuerzos trazados en enfoques diversos, a los que llegaron luego de arduos análisis, priorización de frentes e incluso ensayo y error –porque, como explica Trujillo desde Los Andes, esta apuesta es un camino, más que un switch que, de repente, se prende o se apaga–: primero, llegar a ser plástico neutro y trabajar con economía circular en empaques y envases; segundo, ser carbono neutro para contribuir en la lucha contra el cambio climático –con grandes avances por ejemplo en autogeneración de energía limpia, camiones eléctricos, etcétera–; tercero, reducir la extracción de agua al 50 % y cuarto, promover la ganadería sostenible.

Los expertos consultados coinciden también en que la concepción que tienen los consumidores de sostenibilidad ha evolucionado. “Ellos empiezan a demandar: ¿cuál es la posición de la compañía frente a este u otro tema? ¿Cuál es su responsabilidad frente a lo que está ocurriendo en el mundo?”, comenta Lina Gamboa y añade que existen estudios donde se sustenta la disposición a pagar más por productos ecoamigables, aunque en Colombia aún falta un trecho en ese sentido, tan ligado a las lógicas económicas locales.

Juan Camilo Padilla, gerente de sostenibilidad andina de Natura, ilustra la inminencia del criterio de la sostenibilidad en términos muy sencillos: “Una empresa que no se meta en esto tiende a desaparecer”, y no solo por la codependencia ecosistémica, que es lo más trascendental, sino también, dice, “porque van a aparecer más y más regulaciones ambientales, con toda seguridad”. Se refiere no solo a las recomendaciones no vinculantes de los foros internacionales, sino también a las normas ambientales que gradualmente se sofistican, a las leyes y, en últimas, también al juicio implacable del consumo consciente, que crece todos los días en todas las industrias.

Padilla añade que, de hecho, no se trata únicamente de que las grandes marcas aseguren su responsabilidad ante el consumidor por sí mismas, sino también de que sus cadenas de producción y sus piezas pasen el examen: no vale ya que, por poner un ejemplo, una compañía de juguetes ‘saque pecho’ porque en sus fábricas hay cero emisiones: si se encuentra que uno de sus proveedores deforesta en alguna otra parte del mundo, todo el andamiaje sufre. “Por ejemplo”, complementa Diana Trujillo, “Starbucks tiene unos guidelines de compra en donde el proveedor tiene que cumplir con unos criterios socioambientales o si no, no le puede vender a Starbucks”.

Con lo cual llegamos a los negocios de mediana y pequeña escala, que por lo anterior no están exentos de que su competitividad dependa, en buena medida, de esta apuesta.

ILUSTRACIÓN ISTOCK 

¿POR DÓNDE EMPEZAR?

“Si se habla de ‘macrotemas’ de sostenibilidad, son tres”, dice Juan Camilo Padilla, de Natura: “Medioambiente, personas (colaboradores, clientes, proveedores) y economía (desempeño de la organización para que sea rentable). El ambiental pasa por recursos hídricos, residuos, energía y emisiones”. Al interior de una empresa, se debería hacer inicialmente una evaluación del impacto que esta genera en cada uno de los frentes mencionados. Sin embargo, como lo indica Lina Gamboa, no se trata únicamente de pensar en los impactos inmediatos sobre los recursos naturales –que es un componente importante–: “Se debe entender el propósito, más allá del de generar valor económico”, dice. Preguntarse cuál es el impacto positivo que quiere legarle la compañía a la sociedad y al entorno natural.

A la pregunta de si se debe optar por abrir un área de sostenibilidad o si, por el contrario, esta debe ser una política que permee a todas las demás áreas de una compañía, Gamboa explica que no hay conflicto entre las dos opciones: “Sí es importante tener el área con profesionales para ello, pero al final los proyectos no se deben desarrollar solo ahí: debería ser algo transversal”, dice, y Diana Trujillo hace eco: “No hay una respuesta definitiva porque depende de la empresa y sus necesidades, así como de lo sectorial –explica–. Pero en un momento vimos que es mejor que la sostenibilidad esté integrada y permee todo, distinto a que estén los de sostenibilidad por allá y nadie más en la empresa piense en eso, caso en el que los encargados tienen entonces que ‘halar el barco”.

Sea en uno o en otro modelo, ¿qué hace el experto? Entre las funciones de un líder de sostenibilidad está realizar dicha evaluación, pero también traducir a la realidad de la compañía todo ese complejo marco normativo –vinculante o no– que es elaborado y publicado por entidades bien sea públicas o de la sociedad civil. En Colombia, como explica Padilla, existen normas ISO, regulaciones y leyes ambientales, pero también se deben tener en cuenta guías internacionales como los ODS o las del Global Reporting Initiative (GRI). Asimismo, existen metodologías ya trazadas para ayudarle al empresario en distintos frentes. Es el caso de las del Greenhouse Gas Protocol, para medir emisiones, por ejemplo, o las del Sistema B. Todo aquello resulta complejo –por más que las organizaciones hagan una apuesta por la pedagogía–, de manera que el experto será muy bienvenido.

Sin embargo, contratarlo de inmediato no es necesario. Hay un paso previo disponible gracias a que diversos entes prestan asesorías –a veces gratuitas– para proveer una guía inicial. “La Cámara de Comercio tiene muchas capacitaciones para microempresarios y la ANDI también para afiliados”, comenta Padilla. 

*Artículo publicado en la edición impresa de agosto de 2021.