28 de octubre del 2021
Ilustración Diego Montoya
13 de Junio de 2021
Por:
Paola Guevara*

En Mi padre y otros accidentes, la escritora Paola Guevara relató cómo fue conocer a su verdadero progenitor. En este texto, la caleña comparte valiosos aprendizajes posteriores a la publicación del libro.

 

Lo que aprendí sobre los padres

 

EN LOS ÚLTIMOS tres años me he convertido, sin planearlo, en un reservorio de historias sobre el padre. Haber contado la mía alentó a otros a contar la suya, a sacudir los esqueletos familiares ocultos en el clóset, a señalar con el índice de las palabras esa zona gris que en nuestra sociedad rota suele ocupar la figura del padre.


 

Semana tras semana llegan a mí los relatos escritos, a veces luminosos, a veces demoledores, que los lectores comparten de forma generosa a través de redes sociales. Pero otras veces las conexiones trascienden el confinamiento de las pantallas y entonces estrecho la mano, intercambio libros y regalos, comparto un café o simplemente me entrego a la escucha atenta de los portadores de estas historias, que tienen en común una ausencia, una herida, o la poderosa reinvención de un lazo paterno roto.

 

Alba me escribe por Instagram, explica que ha leído mi libro sobre el padre y necesita contarme algo. Es urgente. Dice que debe ser en persona y no puedo negarme, porque hay una fortaleza precoz en sus 19 años de edad, una determinación inusual en su rostro de facciones finísimas y sus palabras certeras.

 

Frente a un vaso traslúcido de café helado me confiesa, esa misma tarde, que sus padres son hermanos. Típica historia de hacinamiento familiar, condición marginal, adolescentes sin guía y en plena ebullición de sus hormonas. La fatalidad repite las viejas recetas.

 

Le dijeron todo tipo de mentiras para encubrir la identidad de su padretío, de su padre hermano de sangre de su propia madre. Alba ha sufrido depresión, ataques de pánico, intentos de suicidio desde temprana edad, desde que descubrió una noche de reunión familiar, a los 7 años de edad, que su madre y su tío hacían el amor en la cama contigua, creyéndola dormida. Hija del anatema. Hija del tabú. Alba canta, compone, quiere ser artista, quizá poeta.

 

Pero no es esta historia la que quiere contarme solamente, hay algo más. La razón por la que quiso buscarme: su padre biológico se puso en contacto con ella, tras muchos años de no verla. Él dice que quiere recuperar el tiempo perdido, que está dispuesto a todo para ganar su amor, para dejar la vergüenza del pasado atrás y ser, al fin, padre e hija.

 

Alba me alarga los chats que se han intercambiado en los últimos días, quiere saber lo que pienso. El hombre parece sincero. Han perdido tiempo. El odio es un lujo que solo pueden darse los que tienen tiempo.

 

Ximena es una mujer bellísima, de 26 años, está separada y tiene dos hijos pequeños. En el mismo café donde he visto a Alba me revela que su padre biológico es un hombre de la alta sociedad regional, un industrial reconocido, acaudalado, respetado, que siempre supo de su existencia. Recuerda incluso las muchas veces en que su madre la llevó de la mano, cuando niña, hasta las oficinas de la empresa donde aquel hombre poderoso, a la vez carismático e inasible, decidía el destino de muchos.

 

 

Pero no vino a hurgar entre sus recuerdos de infancia. Vino a contarme que hace un par de meses decidió buscarlo. Ella, que no es más esa niña dócil arrastrada por una madre sin pretensiones. Ella, la que ahora gobierna sus propios pasos, propuso una cita a la que él acudió; se presentó como su hija y él, sin alterarse, confirmó que ya lo sabía.

 

 

 

Alentada por este reconocimiento expreso, Ximena le preguntó si querría él, tal vez, ahora que el tiempo ha pasado, conocer a sus nietos, entrar a sus vidas como el padre que es, como el abuelo que es. Y este sujeto, con la misma frialdad con que firma y despacha órdenes de compra, le propuso algo distinto: no estaba interesado en una hija, pero sí en una amante.

 

Ximena le contó todo a su madre, quien no le creyó. “Él nunca sería capaz de algo así”, le reprochó desde la idealización absoluta por el hombre al que amó toda la vida, desde la distancia pasiva de quien nada pide ni espera. ¿Por quién sentir más rabia, por su madre o su padre, si los dos hacen parte del mismo desorden, del mismo caos?, se pregunta.

 

Lourdes me sigue en un colegio estatal al que he sido invitada a dar una charla, me aparta del grupo y entra conmigo a la oficina de la directora. Necesita hablarme, dice, ha leído mi libro y necesita contarme su caso. No tendrá más de 13 años, tiene uniforme escolar y carga sobre un solo hombro una maleta rosada donde parece llevar piedras y ladrillos.

 

Se echa a llorar y dice que su padre tiene dos familias: la principal, con hijos y esposa; y una paralela a la que ella pertenece y a la que este sujeto no dedica ningún tiempo, afecto o dinero. “No porque él no quiera –dice ella, quien lo defiende a pesar de todo–, es solo que en estos momentos de su vida no está listo para alterar su tranquilidad y debe dedicarse de lleno a su familia principal”. Ella repite la palabra “principal” con respeto, noto.

 

 

Pero Lourdes no es el tipo de niña que se rinde fácil. Está decidida a cambiar la forma de pensar de su padre, cueste lo que cueste. Ya le escribió una carta larga que no funcionó, ya ha hablado con él y tampoco obtuvo grandes logros, pero tiene un plan: le dará un ultimátum, explicará, presionará, argumentará, seguramente él no podrá resistirse a su amor, a su dulzura de niña; sí, seguro, él cederá y empezará a verla con más frecuencia. Tiemblan sus labios cuando lo dice.

 

Tomo su maleta pesada en mis manos. “Estos libros son todo el peso, el único peso que una niña como tú debería cargar”, le digo. No el peso de atraer a un padre esquivo, no el peso de ganar un amor que no quiere ser ganado y que jamás debería ser “ganado”, sino entregado libremente por él. El mundo al revés. Hijos convertidos en adultos a la fuerza, y padres que padecen un infantilismo endémico.

 

Claudia me escribe desde Nueva York, dice que confrontó a su madre, quien no quiso decirle la verdadera identidad o el paradero de su padre. Ella, que de él solo sabía el nombre y el apellido, lo buscó por Facebook hasta encontrarlo. Le escribió: “Estoy leyendo una historia sobre un padre y una hija, no sé si tenga final feliz, pero espero que la nuestra sí la tenga”.

 

Su padre respondió ilusionado desde Colombia. Claudia tiene cinco nuevos hermanos, varios sobrinos, y pronto vendrá a la ciudad para conocerlos a todos. Temo por su salud mental, ruego en silencio que no salga herida, que no la agobien con sospechas, que no insinúen que busca dinero o cosas semejantes, como he sabido que ocurre en casos similares.

 

No estoy tranquila hasta que Claudia me entrega su parte de tranquilidad: viajó con su esposo norteamericano y se encontró con su nueva familia colombiana, el amor fue instantáneo, sus cinco hermanos la aceptaron. Su padre le propuso un cambio de apellido, y ella dijo sí. Su sexta hermana, por supuesto sin vínculo de sangre, soy yo. Lectores y autora somos una especie de familia transversal, una “constelación”, como la llamo.

 

Victoria, también desde Nueva York, me escribe. Dice que leyó mi novela y animada por mi historia decidió buscar a su padre. Pero lo encontró muerto. Entonces imaginó que mi padre era el suyo, mi vida la suya, mi final el suyo; se apropió de mi historia para darle conclusión a la suya. Los poderes inesperados de las novelas.

 

Su caso contrasta con el de Martina: presentadora de noticias, independiente, talentosa, brillante, hermosa, que encontró vivo a su padre biológico. Pero este le advirtió que aquella sería la primera y la última vez que se verían. La suya es otra forma de muerte: no está interesado en tener una hija, ya tiene su propia familia y no necesita una persona adicional en su mundo. Demasiadas explicaciones que dar. Demasiadas molestias que afrontar.

 

Martina no encuentra, desde entonces, cierre o conclusión para su duelo. Su dolor es una herida abierta, un caminar en la bruma hacia ningún lado. Cómo asimilar el rechazo del padre, porque aun siendo adulta su desamor abrió una grieta de aguas amargas que contaminan las aguas limpias de las que brota su propia autoestima.

 

Lo que ignoran los padres: que es legítimo equivocarse, excepto en la provisión y el afecto. Que sus palabras pesan, no solo en la infancia sino en la vida adulta. Que las preferencias entre hijos, o entre familias, dejan una huella profunda de desamor y desequilibrio, un lastre de injusticia que los humillados intentarán compensar de otras formas.

 

 

Que los secretos no resuelven, solo postergan las cargas. Que las hijas siempre son hijas, no solo cuando son niñas. Que no basta realizarse como padres, si por causa de ustedes ellas no se realizan como hijas.

 

También conozco otro tipo de padres, los tardíos que saldrán a buscar a su hija de 40 años, o a una hija de dos años, cuya existencia conocían. También escriben otros, padres entregados y ejemplares, para decir que ahora más que nunca comprenden la importancia de su rol paterno y se alegran de haber estado allí para sus hijas desde siempre. O los padres a quienes esta sociedad considera descartables, desechables de la vida de sus hijos, por ese desequilibrio cultural y legal que asume a los hijos como propiedad exclusiva o preferente de la madre.


Cuando llevo a mi hijo menor al jardín de niños, y ahora al colegio, me quedo mirando. Hay una escena que se repite. Tiene un efecto hipnótico sobre mí. Un padre joven, apuesto, vestido para ir al trabajo, se baja del carro; abre la puerta trasera, descorre el seguro de la sillita de seguridad de su hija, ajusta sus colitas o ata el cordón de su zapato; carga a la niña, la acomoda sobre su pecho y ella desmadeja su cuerpo sobre él. El sol los baña en un manto de luz. Y sonrío por esa niña, la niña de papá, protegida y amada desde siempre.

 

Se me ocurre que quizá el rol materno es más uniforme en nuestra sociedad, mientras que el paterno es tan diverso, tan inabarcable, que en él caben los cretinos más grandes y los hombres más entregados y honorables. Estos últimos salvan el mundo. Cada vez que una niña se apoya en su pecho, cada vez que un niño se abraza a su cuello, cada vez que la pequeña figurita es descargada a las puertas de un colegio, en incontables ciudades, en innumerables países, algo del mundo se repara, algo del futuro se endereza, algo del sinsentido adquiere sentido.

 

 

* Escritora y periodista. Autora de las novelas Mi padre y otros accidentes (2016) y Horóscopo (2018). 

* Escritora y periodista. Autora de las novelas Mi padre y otros accidentes (2016) y Horóscopo (2018).