27 de noviembre del 2021
FOTOS ORLANDO AMADOR/ CORTESÍA EL HERALDO
24 de Noviembre de 2021
Por:
Diego Montoya Chica

 

El diario El Heraldo de Barranquilla celebra su aniversario 88 en cabeza de su nueva directora, Erika Fontalvo. Esta acuciosa reportera, testigo de verdaderos hitos de la historia colombiana reciente, habló con Revista Credencial sobre los desafíos del periodismo contemporáneo, sobre la Costa Atlántica y sobre las elecciones que se vienen encima.

 

 

“Las redes sociales son de extremo cuidado”: Erika Fontalvo

 

HAY VIRTUOSOS del dibujo que no hacen ningún boceto sobre el papel antes de trazar, con tinta, su obra final. Hacen bailar la plumilla sobre la superficie y revelan figuras de correcto volumen y proporción sin que sus manos –ni su mente– se detengan a dudar para dónde toca empujar las líneas. Así habla Erika Fontalvo: con una facilidad equivalente a la de aquel artista, solo que en el universo de la expresión oral. Sin casi titubeos ni dudas. Más bien, con sus 30 años de oficio ante teclados, cámaras y micrófonos, ahí, editándole las ideas para que salgan limpias, bien puntuadas y ordenadas. También con ese énfasis emotivo suyo que produce empatía inmediata.

 

Es por eso que, a lo largo de sus casi tres décadas de carrera, los colombianos hemos buscado a esta barranquillera para que nos narre el acontecer nacional, a veces tan enredado y tumultuoso. Para que nos haga digerible nuestra realidad noticiosa en esa voz cálida, sensata y familiar. Así fue con el proceso de paz de Pastrana, desde Caquetá, cuando este país, que nunca cambia, era en realidad otro. Con el asesinato de Jaime Garzón. Con las masacres de nuestra patria cuando la sangre venía en copiosas dosis diarias. Con los agitados procesos electorales de todo el continente, a veces explicados por ella desde humaredas de gas lacrimógeno. Y con esa bomba que detonaron frente al edificio de Caracol Radio en Bogotá, narrada segundos después de la explosión en compañía de Darío Arizmendi... Tantas cosas de las cuales Erika no se enteró mirando las noticias, pero sí que se enteró: “Yo estuve allí”, puede decir hoy, cosa que le confiere la autoridad del reportero que lleva décadas remangándose para sumergirse sea en el caos o en la euforia social.

“Esos eventos causan dolor, tristeza. Lo dejan a uno frágil”, explica Erika sobre los golpes de la profesión. Pero hoy sabe que pocos de esos golpes en lo periodístico han sido tan fuertes como el que sobrevivió, en la esfera personal, a causa de la pandemia. A la dicha de haber sido nombrada en febrero de 2020 como directora del diario El Heraldo –justamente la redacción barranquillera donde comenzó su carrera– le siguió el cierre de aeropuertos y vías, estando su familia aún en Bogotá. Solo después de nueve meses, Erika se pudo reunir de nuevo con sus hijos –Lucía, de 13 años y Alejandro, de 8– y con su esposo, el médico putumayense Carlo Vallejo. “Fortaleza, templanza y carácter –dice–. Eso es lo único que salva el ejercicio periodístico”.

¿Cómo ve ese dilema entre la guerra por los clics y la calidad periodística? ¿Cómo conseguir una audiencia grande sin otorgarle a esas famosas métricas de rating la batuta del contenido?
Hay que encontrar un equilibrio. Si bien es cierto que la dictadura del like hace un enorme daño, también es verdad que muchas personas están informándose a través de las redes sociales y plataformas digitales. Los medios no podemos ser ajenos a esa situación. Además, la pandemia ha acelerado ese consumo: encerradas, las personas no tenían más alternativas que estar pegadas a una pantalla buscando información. Pero es muy riesgoso que las redes sociales se hayan convertido en fuentes de información. Sí, prestan un servicio invaluable, pero son de extremo cuidado.

Existe también el fenómeno de las audiencias que acuden a los medios tradicionales para validar sus opiniones preexistentes. Y que, si decimos algo que no corresponda a esas ideas, reaccionan diciendo que respondemos a determinados intereses. Además, dentro de la desconfianza generalizada que existe –en algunos casos con sobradas razones– frente a las instituciones, los medios también nos hemos visto afectados.

Por todo ello, los medios tenemos una enorme responsabilidad: debemos actuar con muchísimo rigor, ser cada vez más precisos y confiables, ofrecer información contrastada y veraz, hacer un periodismo independiente, de servicio, comprometido con la gente. Solo así, las audiencias encontrarán en nosotros esas fuentes de información en las que, a través del pensamiento crítico, reflexivo, se conduce la opinión. Sobre todo, de cara a unas elecciones.


 

"Somos periodistas, no activistas. Eso es innegociable para no entrar en esas hogueras que se desatan en las redes en busca de likes". 

 

Usted tiene esa consciencia, pero ¿cómo hace que permee en la redacción digital? ¿Quizá tiene una política expresa de no morder cualquier anzuelo?
Claro. Es que somos periodistas, no activis
tas. Eso es innegociable para no entrar en esas hogueras que se desatan en las redes en busca de likes. En la redacción tenemos mucho cuida- do y abrimos una discusión permanente en la que se sopesa si deberíamos publicar algo o no. Y muchas veces la respuesta es “no”, después de preguntarnos: ¿esto en qué beneficia a la gente? ¿Nos vamos a sumar de manera gratuita a una situación de conflictividad social? No podemos dejarnos arrastrar porque esa es una dinámica peligrosa para la sociedad, ese maremágnum de rumores, desinformación, manipulaciones, militancias y activismos. Flaco favor le hacemos a la democracia, a las instituciones, si la misma prensa entra en esas dinámicas. Lo hacen algunos colegas: pues ellos asumirán su responsabilidad en ello. Pero la gente tampoco traga entero.

El Heraldo tiene un reto coloso al cubrir corrupción. ¿Usted cree que los medios regionales están haciendo esa fiscalización necesaria?
El propósito del periodismo es conseguir la verdad y difundirla. Ojalá en los medios regionales tuviéramos unos equipos de investigación mucho más robustos, pero aún con los que tenemos encontramos cosas verdaderamente increíbles. Nosotros, por ejemplo, recientemente destapamos corrupción en registradurías que favorecían la entrega de papeles a migrantes a cambio de dinero, entre otros hallazgos.

También es verdad que, en esta Colombia tan centralista, y a diferencia de lo que puede ocurrir con medios nacionales, a veces es difícil que funcionarios y demás instancias de poder atiendan las llamadas y las preguntas de los medios regionales.

Y otra cosa: con este tipo de denuncias llegan amenazas. Y señalamientos, cuestionamientos e incluso demandas. A mi teléfono han llamado a amenazar. Esos intereses suponen una presión permanente, y yo no tengo ningún esquema de seguridad: yo ando en bus. Así de sencillo. La labor de la prensa regional es dura. Aquí estamos muy solos.

¿Y es que ve ese contraste después de haber trabajado tantos años en medios nacionales?
Por supuesto. Yo escribo mis editoriales y luego los grabo en vídeo. Y a veces pienso: “¿Será que me van a dar un balazo?”. Hay un desamparo de la institucionalidad central frente a las denun- cias que hacemos nosotros. Es difícil. Pero es el rigor lo que nos salva. Porque una cosa es ha- cer denuncias desde la opinión, y otra cosa es hacerlas desde nuestro contenido. Por ejemplo, el tema de los tierreros, que aquí es brutal; o de aquellas pruebas PCR que vendían para salir, en una denuncia que motivó que la Aeronáutica se apersonara del caso y retirara a los funcionarios que cometían esas irregularidades. Pese al desamparo, no dejamos de hacer nuestro trabajo.

El nombramiento de Erika como directora de El Heraldo tiene algo de poético, por lo cíclico: fue allí donde, hace 30 años, comenzó su carrera periodística, cuando aún era estudiante de la Universidad Autónoma del Caribe. 

 

¿Cómo ve usted a la Costa Atlántica como arena política de cara a las elecciones de 2022? Allí hay un potencial electoral inmenso.
Estamos en una gran incertidumbre porque apenas se está decantando una serie de procesos. El Heraldo es un diario liberal –así se concibió hace 88 años, que cumple este año– pero ahora es liberal en todo el sentido de la palabra, es pluralista. Por eso, aquí han venido y pueden venir todos los precandidatos: Petro, Echeverry, Fajardo, Gaviria, Valencia, Nieto, etcétera. Bienvenidos: esta es su casa. Pero fíjese, el mayor desafío que tienen los candidatos es que los conozcan en la Costa, porque mucha gente no sabe siquiera quiénes son. Los pones en el Paseo Bolívar y muchísimos no los reconocerían. Yo creo que los grandes sectores políticos de la región están esperando a ver qué ocurre en ese escenario.

¿Cuáles cree que serán los mensajes que más llevarán a la gente a votar en la Costa? ¿Funcionarán los discursos polarizadores, apostarle al resentimiento, al miedo al opositor?
La Costa tiene una precariedad socioeconómica enorme: tenemos una prevalencia de la pobreza superior al 50 %, exacerbada por la pandemia. También una informalidad que en algunos casos supera el 70 % dependiendo de la zona: es dramático en Santa Marta, en Sincelejo...

A mí me gustaría escuchar propuestas que permitan garantizar mejores condiciones de vida socioeconómica para esa gran cantidad de población, que es extremadamente vulnerable, en vez de tantos discursos polarizantes que nos están invitando a votar con indignación. Deseo que lleguen las propuestas de fondo, no las generalidades y las palabras que contienen más de lo mismo: por su puesto que hay que generar empleo, pero ¿cómo? ¿Cómo fortalecemos la clase media? ¿Cómo reducimos la pobreza, que se disparó? ¿Cómo proteger el medioambiente? La Costa debe tomar una decisión informada, pensando en quién es ese candidato presidencial que puede mirarnos con el compromiso de ocuparse de nuestras realidades y vulnerabilidades. Le menciono únicamente un ejemplo: será imposible garan- tizar desarrollo sin atender los problemas en nuestras zonas de invasión, que, como en otras ciudades, son verdaderas bombas de tiempo.


El 80 % de su redacción es gente joven y hay un preponderante liderazgo femenino. En la foto, Erika durante una entrevista con la gobernadora del Atlántico, Elsa Noguera, y el alcalde de Barranquilla, Jaime Pumarejo. 


Barranquilla sufrió terriblemente al principio de la pandemia, pero ahora es una de las ciudades más avanzadas en recuperación del empleo y también en vacunación: 70 % de la población de la ciudad está vacunada. Pero ¿qué realidades cree usted que reveló la pandemia en esta zona?
La pandemia hizo que retrocediéramos en varios caminos en los que había avances. Le doy otro ejemplo, de los que hay muchos: Barranquilla siempre ha tenido índices de desempleo relativamente favorables –incluso de un dígito–, pero se perdieron 178.000 empleos, de los cuales aún nos falta por recuperar 68.000. Pero debe ser empleo de calidad y particularmente para jóvenes y mujeres, segmentos en donde la situación es particularmente difícil. Para ello hay que articular más estrategias entre el sector público y privado, y afortunadamente en Barranquilla hay un entendimiento importante entre esas dos esferas, contrario a lo que se ve en otras ciudades del país. Pero no fue que se revelaran co
sas nuevas con la pandemia, sino que se volvie- ron a poner al descubierto viejas fragilidades.

 

 

¿Cómo define su tipo de liderazgo? Y ¿qué evoluciones le gustaría dejarle al diario?
Yo creo en el liderazgo empático de las mujeres. Y por eso, mi mesa central está compuesta por ellas: mi segunda al mando es una mujer, así como la editora digital, la de redacción, la de fotografía, la de economía... y tengo muchísimas redactoras también. Tienen gran capacidad de trabajo, generosidad, empatía y solidaridad. Asimismo, fortaleza para resolverlo todo de manera organizada. Eso no significa que los hombres no sean capaces de hacerlo así, pero creo que hay que favorecer ese talento femenino.

En la redacción hay diversidad: tenemos venezolanos, afrodescendientes, personas LGBTI. Eso me gusta mucho. Es un equipo maravilloso, 80 % del cual es gente joven que merece oportunidades. Yo lloro cada vez que se me va un redactor...

Uno debe inspirarles el amor por el trabajo: aquello que se haga, hacerlo con pasión, con vehemencia. Ellos han entendido que tienen una directora que también es vulnerable, emotiva, aunque eso no signifique que a veces no tenga que poner los puntos sobre las íes. Pero con vocación didáctica: analizo todo con ellos. Es que yo tuve grandes maestros que se tomaron la molestia de explicarme.

¿A cuáles recuerda más?

A personas como Darío Arizmendi, Yamid Amat, Lucía Madriñán... ¡mi hija mayor se llama Lucía! Y he tenido compañeros maravillosos: Juan Roberto Vargas, Andrés Mompotes, hoy director de El Tiempo, con quien me acuerdo estando a las diez u once de la noche, sentados en la Cancillería, esperando a que nos atendieran y aguantando frío.

Haber cubierto masacres a finales de los noventa, pero también esa turbulenta posesión de Fujimori en el 2000 en Perú, de la que un compañero
suyo salió herido, y asimismo aquella bomba 
que pusieron en Caracol en Bogotá... ¿Qué efecto tienen esos y otros momentos de alta intensidad en su compromiso con la profesión?
Miro atrás y hay tantas situaciones... El secuestro del avión de Avianca, por ejemplo, la masacre de Bojayá, o la de Machuca. Lo de Jineth Bedoya, claro está, de cuyo padecimiento hemos sido testigos durante 21 años. [Hace una pausa para recomponerse]. Ahí se puede ver cómo una situación de estas, relacionadas con el ejercicio del periodismo, acaba con la vida de una persona. O cuando mataron a Jaime Garzón, por supuesto: qué duro fue. De los días más duros de mi vida. El periodismo es apasionante, pero es una profesión difícil, ingrata, y estas agresiones lo devastan a uno.

Pero aquí estamos. Con la entereza y la templanza para salir adelante. El periodismo siempre prevalecerá, es uno de los pilares de la democracia. Pero no el periodismo que está al servicio de unos u otros, ese que parece independiente pero que a veces tiene un interés oculto. Además, tú puedes ir a una universidad y formarte muchos años para hacer la mejor crónica o reportaje, pero el carácter, la fortaleza, la templanza, la claridad mental y sobre todo el corazón, eso solo te lo va a dar ir a hacer reportería pura: salir a la calle, encontrarte con la realidad, sentir el sufrimiento de la gente, entender que no puedes vivir mirándote el ombligo. Existe una cantidad de situaciones anómalas, adversas y desafortunadas que la prensa tiene la responsabilidad de visibilizar. Y hay también que tener optimismo: dejar de ver el punto negro en la sábana blanca.

 

 

"Recuerdo que Andrés Pastrana me dijo: 'Erika, secuestraron un avión. Eso es terrorismo internacional: tengo que acabar el proceso". 

 

Usted cubrió el proceso de paz de Pastrana desde San Vicente del Caguán. ¿Cómo vio luego lo sucedido en 2016, cuando el plebiscito?
Estábamos transmitiendo con Darío Arizmendi y D’Arcy Quinn el día que ganó el No. Y yo lloré... No podía ser que hubiéramos intentado hacer la paz y los mismos colombianos hubiésemos dicho: “No”. Vaya que somos un país jodido para entendernos. ¿Qué es lo que queremos realmente? ¿Queremos seguir viéndonos como enemigos y seguir agrediéndonos, o queremos transitar caminos que nos permitan reconocernos como distintos para, dentro del disenso, llegar a acuerdos? Me sentí muy frustrada después de haberle dedicado muchos años a cubrir este tema, siempre convencida de que la solución negociada es la única solución al conflicto. A cualquier conflicto.

 

Cuando el Caguán, recuerdo que Andrés Pastrana me dijo: “Erika, secuestraron un avión. Eso es terrorismo internacional: tengo que acabar el proceso”. Le dije: “Acábelo, presidente. Ya no más”. Porque en ese entonces no estaban dadas las condiciones para avanzar, eso se había convertido en algo indefinible. Y en cambio, en 2016, por supuesto que tenía toda la esperanza: entonces sí había razones para creer que se podía avanzar significativamente.

Pero insisto, más allá de Santos y Duque, el asunto es mucho más de fondo: cómo se articulan todos los esfuerzos para garantizar –cómo no– la seguridad territorial, pero sobre todo la presencia institucional. Porque si persiste esa inmensa debilidad de las instituciones allí –en regiones como el Catatumbo, el sur de Córdoba, el sur de Bolívar, el Pacífico, ni hablar del Putumayo, que es de donde es mi marido–, seguiremos reeditando perpetuamente las condiciones que no nos permiten salir de ese bucle de unas y otras formas de violencia. La violencia que siempre muta: serán en un momento las Farc, luego las disidencias de Gentil Duarte, luego el Clan del Golfo, los gaitanistas, etcétera. Y eso exige que miremos a los territorios. El centralismo hace mucho daño. 

*Artículo publicado en la edición impresa de noviembre.