06 de octubre del 2022
Más de 500.000 seguidores en TikTok tiene el personaje creado por Luis, una comunidad que se le  convirtió en el objeto de su trabajo. Por eso llegó a la más reciente temporada de MasterChef Celebrity.
Más de 500.000 seguidores en TikTok tiene el personaje creado por Luis, una comunidad que se le convirtió en el objeto de su trabajo. Por eso llegó a la más reciente temporada de MasterChef Celebrity.
5 de Septiembre de 2022
Por:
Rodrigo Rodríguez

 

Detrás del personaje que viralizó el ‘Toxitour gastronómico’ por los barrios más difíciles de Bogotá hay un publicista cuya propia experiencia de vida lo hizo sensible a las penurias de una población excluida. Fotos: Andrea Moreno / El Tiempo. 

Estiwar G, un sibarita de la calle

 

“UNA COSA es la historia de Estiwar y otra la de Luis”. Eso es lo primero que me dice Luis Fernando Arias cuando empezamos la entrevista. Por un lado, Estiwar G. es la personalidad de TikTok que, desde el 29 de mayo de 2021, nos da a conocer las máximas de la calle; los criterios para saber si uno es ‘ñero’ o no; las recetas criollas y, por supuesto, sus famosos tours gastronómicos en los barrios más populares de Bogotá. Esos que nos muestran los patacones más monstruosos, el chunchullo más grasoso y las salchipapas más llenadoras. “Yo lo bauticé Toxitour, pero no me intoxiqué, y si usted no se intoxica, pasa la prueba”, añade.

Estiwar G fue criado en el barrio Siete de Agosto de Bogotá. Vendió repuestos y anduvo con las barras bravas en su juventud. Fue adicto a las drogas e indigente antes de tener cédula. De no haber sido por su familia, seguiría perdido en una ‘olla’. Pero acá está, triunfando en redes y ahora en la televisión nacional con su aparición en MasterChef Celebrity. Es un ‘ñero’ a mucha honra, y aun si no todos los colombianos se identifican como tal, sí que conocen la vida en la calle, esa de la que habla Estiwar.

En un país en el que, según Fedesarrollo, más de 11 millones de trabajadores ganan menos del salario mínimo y en el que el DANE clasifica a más del 39 % de la población como “en situación de pobreza” —12 % en pobreza extrema—, ¿cómo no va a ser útil y entretenido el tour gastronómico que les dice dónde conseguir “un ‘barcado’ de arroz, pasta, ensalada roja y arriba carne desmechada en Corabastos por $3.500”, en lugar de conocer el nuevo restaurante de moda? ¿Cómo no querer aprender a preparar un almuerzo para cuatro con menos de diez mil pesos, en lugar de ver tutoriales sobre el uso correcto del azafrán?

Por su parte, Luis, el artífice de Estiwar G y quien lo encarna, parece una persona muy diferente, pero por momentos su historia y carácter se traslapan con el personaje. Nació en Cartagena. Luego, vivió hasta los ocho años en Argentina para después volver a Colombia, a la localidad de Barrios Unidos, en la capital. Estudió publicidad en la Universidad Central y aparte de trabajar con centros de rehabilitación y otras organizaciones, pasó años laborando de freelance frente a su computador, hasta que, en 2021, tuvo el ‘cabezazo’ de abrir TikTok y crear un personaje “de la calle”, con su icónico diente ennegrecido y singulares gafas oscuras.

“Eso sí Estiwar no está muy separado de Luis ni Luis de Estiwar”, añade el publicista. Ambos comparten la misma pareja —de la que presumen en sus redes sociales—; los dos comparten un pasado plagado de dificultades y pasaron su juventud rodeados de raperos y barras bravas. Y tanto el uno como el otro conoce la calle. “¡Ambos somos ‘ñeros’! —exclama Luis—. Estiwar es un personaje de ficción, pero transmite cosas reales que viven los colombianos. Y que también yo viví: yo podré no ser él en este momento porque el tiempo pasa, pero lo fui. Él está presente en todo lo que pienso y en todo lo que digo”.


"Yo no alcancé a delinquir, pero estuve en lugares en los que no debía estar", asegura Luis sobre su pasado.

Una de las cosas que marcó su adolescencia en Bogotá fue la música. Hasta grabó discos. ¿Cómo fue esa historia?

A mí siempre me gustó el hiphop. A los 13 años me metí en la cultura rap de Bogotá. Siempre fui a fiestas y conciertos; incluso montamos el Viernes de freestyle, que es una cosa simbólica en el barrio Modelo en la que se reúnen los pelados para hacer rap. Grabé mi primer CD a los quince años. Se llamaba The Drink Team.

¿Y acaso de qué hablaba ese primer disco?

¡De que nos gustaba mucho tomar! Algunas vivencias fuertes que tuve ocurrieron por el alcohol, porque siempre he tenido curiosidad por la bebida. Tal vez sea una predisposición genética, desde los ocho años me ha gustado tomarme los ‘cunchitos’ de la cerveza. Luego también tuve la curiosidad del adolescente. Y es que en el rap se experimenta de todo. Mi adolescencia y mi adultez temprana fue rock and roll, fue agitada.

Estiwar insiste en los peligros de las drogas, de los vicios. ¿Esa realidad le fue cercana?

El medio del rap siempre es un poco pesado porque está vinculado al mundo callejero. Y, en menor medida, al mundo delictivo. Yo no alcancé a delinquir como tal, pero estuve en lugares en los que no debía estar. Muchos amigos míos murieron. Tuve acceso a los dos mundos: al underground, ese pesado, y al de pelaos que tenían mejores estilos de vida; vi desde el parcero que se quedó indigente por consumir bazuco, o que lo mataron en una ‘olla’, hasta el que le dio una sobredosis.

“Trabajé en centros de rehabilitación y después en la correccional de menores El Redentor. Luego, en Bienestar Familiar”.

Yo mismo tuve que buscar ayuda terapéutica y, en esas, me interesé por ayudar también. Trabajé en centros de rehabilitación y después en la correccional de menores El Redentor. Luego, en Bienestar Familiar. Y si en el rap ve uno la realidad, allí es más profunda: muchachos que no tenían futuro, sin papás, que estaban en la cárcel o que desde chiquitos los usaban para vender drogas.

¿De todas esas experiencias es que nace Estiwar G?

Sí, él es el cúmulo de todo lo que yo he vivido, tanto en la parte artística como en la social. Incluso están las experiencias que viví con habitantes de calle. Toda la gesticulación, por ejemplo: sacar la mandíbula porque el consumo de bazuco te da mucha ansiedad y empiezas a mover la mandíbula, a ‘carraquear’. Y el diente que falta, porque esa droga te tumba la dentadura; no comes, no te lavas los dientes… Paila.

Fue espontáneo, pero también ‘craneado’. Yo estaba en redes sociales y hasta hacía lives cocinando, pero no tenía TikTok. Pensaba que era para puros peladitos bailando. Pero lo descargué y me quedé como dos meses analizando los formatos, la duración, los elementos que tal vez atraigan gente. A raíz de eso surgió mi personaje. Y es que hacía rato que yo quería comunicar algo, pero no sabía cómo hacer.

¿Y cómo se inventó el nombre?
Por el patrón de ponerle nombres anglosajones a los niños en los barrios más populares. Yo tenía una lista, y dije “¡Estiwar! ¡ese es el más ‘ñero’!”. Y el “G” es por lo pretencioso que muchos en el rap tienen de ser gánsters americanos.

Aunque Estiwar G intenta reivindicar la imagen del ‘ñero’, ¿alguna vez lo ha conflictuado u ofendido este término?

¡Sí, claro! Entre nosotros nos decimos ‘ñeros’, pero viene otro a decirnos así y ya se siente despectivo, porque el término es despectivo. La gente piensa que la vas a robar. Y uno no necesita que le digan cosas para sentirse excluido. No me pasa solo a mí, sino a muchas personas. Con los diferentes, digo yo. Por eso es que Estiwar G siempre trata de rescatar lo diferente y mostrar que detrás de un ‘ñero’ hay mente.

¿Pero ha sentido que su retrato con Estiwar ha tenido desaciertos y que quizá refuerza estereotipos?

El personaje en sí se ha ido puliendo. En un principio, empecé mostrando muchas cosas fuertes de la calle, de la droga, el consumo. Y quizá fue necesario, pero sí se sintió el estereotipo marcado de qué es un ‘ñero’. También pequé por juzgar lo ‘gomelo’ y eso divide. El mensaje que pretendo es el de unir, sea ‘gomelo’, ‘ñero’, del sur o del norte. Lo importante es ser caballero, ser humano.

Pero sí: dije chistes negros, chistes pesados. Es humor, pero uno tiene mucha responsabilidad al llegar a tantas personas. Una vez hice uno y todos se rieron, pero yo me di cuenta que estaba fomentando la violencia de forma fea. Cuando tienes un micrófono, una cámara al frente, tienes una responsabilidad grande.

“Entre nosotros nos decimos ‘ñeros’, pero viene otro a decirnos así y ya se siente despectivo”

¿Sabía desde el principio que podría convertirlo en el éxito que llegó a ser, o empezó más como un juego?

El personaje era raro y TikTok premia lo raro. Yo sabía que, tarde o temprano, lo iba a ver la gente. Empecé haciendo blogs; después hice Cosas de ñeros, que son esos rasgos que nos identifican como tal, y finalmente surgió lo de la comida. A mí siempre me ha gustado comer en la calle y como veía mucha recomendación en la red social, pensé: bacano recomendar desde lo ‘ñero’.

Y ese Toxitour empezó en el barrio Santa Fé, buscando unas empanadas que luego ni encontró…

Es que a mí me habían hablado de unas empanadas famosas porque eran de pizza, costaban $1.000 y eran muy ricas. Pero se vendían tanto que cuando llegué, a las dos de la tarde, ya no había. Para no perder la ida empecé a probar otras empanadas, puesto por puesto.

Cuando volvimos a ver a la gente del barrio, me decían: “¡Buena, chino!, ¡por ese video que me hizo llegó gentecita!”. Me di cuenta que eso fomentó la economía de los puestos callejeros, y se vio como un reto: “Si usted es ‘tan más’, métase acá y coma esto”. Después fui a Corabastos, al parque La Mariposa, al Siete de Agosto, a Suba, al 20 de Julio… ¡Lo hicimos por toda la ciudad! ¡Incluso llegamos hasta Miami y Nueva York!


La caracterización del personaje es sencilla: un diente negro, unas gafas, una gorra con juegos de palabras y ropa de rapero callejero.

Es chévere que el Toxitour invita a ver lo interesante en lugares estigmatizados…

Sí, ¡pero tampoco hay que idealizarlo! Mucha gente se lo tomó muy a pecho, entonces no faltaba el que se iba con el iPhone y volvía sin teléfono y sin empanadas. Tampoco el que se comía todo eso en un día, por lo que me tocó insistir en que esto no es un estilo de vida, yo no como así todos los días. Eso es un ‘antojito’ de vez en cuando, ¡pero no se juegue la vida! ¡Ja, ja, ja!

Sí: uno se pregunta cómo hace para ‘zamparse’ esas comidas tan grasosas, tan monstruosas que se ven en sus videos…

En el Santa Fé sí me comí las cuatro empanadas. Había una extraña que me comí la mitad: no me dio el corazón ni el estómago. El de Corabastos lo hice hasta donde pude, y al día siguiente me dobló: no me indigesté full, pero sí me puse ‘Mary Poppins’, como decimos nosotros. Ahora yo voy por la calle, miro una empanada, le doy un mordisquito y la guardo. Si veo que algo es muy grande, digo: “pártame un pedacito”. Y si tal vez veo un habitante de calle, le ofrezco la comida. La idea es no desperdiciar y tampoco fomentar el sobreconsumo.

Contó antes que hacía lives en redes cocinando. ¿Lo de la cocina es, entonces, de siempre?

Siempre me ha gustado. Yo aprendí a cocinar en los centros de rehabilitación. Un ‘calderado’ de arroz, pasta y carne para 50, 60 personas. Luego, en esos lives yo me hice unos frijoles, unos chicharrones, un arroz con huevo... Fue en plena pandemia: quizá alguien con hambre me vería, y un arroz con huevito que es algo básico y delicioso.

Hay un punto en el que la cocina no es un gusto ni una carrera, sino una necesidad. Por eso hay un segmento de mi contenido que le hace contrapeso al Toxitour que es el Ñero Gourmet. Ahí hacemos recetas económicas a bajo costo. Con eso también suavizamos un poco el Toxitour y enseñamos que no todo es empanada en la vida.

¿Cómo fue llevar esas habilidades a MasterChef?

Me dio mucho miedo porque finalmente mis compañeros me llevan mucho bagaje. No es que yo no tenga mundo, pero tal vez un actor, un cantante ha comido en mejores restaurantes que yo. Yo lo básico: mi arrocito, mi guisito, mis lentejitas. Pero dije que sí, de una, porque era una oportunidad muy grande.

¿Y cómo se preparó?

Tomé unas cuatro clasecitas con un chef, pero de resto, veía muchos videos. Aprendí sobre todo técnicas para filetear y cuál es el término de la carne: no tanto recetas, sino técnicas. Estando en Barú le pregunté muchas cosas a mi madre. Ella respondía: “no tienes que meterlo así”, “eso es de cocción lenta” o “échale un poquito de harina antes de meterlo a fritar”. “¡No te pongas a inventar!”, me decía. Lo que pasa es que a mí me gusta mucho la creatividad, las cosas locas, lo impensable. Entonces yo hacía unas combinaciones raras, mezclaba culturas como la italiana, la mexicana, la francesa… ¡y me inventaba cosas extrañas!

¿Cuál fue el que más pena le dio presentar?

Una vez nosotros nos comimos el plato porque el cerdo me había quedado seco. Dijeron: “vamos a llamar a cuatro personas”, y no me pasaron. Pero en el máster lo escuchan todo, y yo empecé a comérmelo con mis compañeros. Se dieron cuenta y los del jurado dijeron: “¡Que pase ‘Estiwie’!” Llegué solo con el carbohidrato, que no me acuerdo qué era: arroz o puré de papa. Y confesé: “Chefs, de verdad qué pena con ustedes: me comí el plato”. Ese fue el momento más vergonzoso. ¡Pero hay otros platos que no merecen ser recordados!

¿Cómo balanceó entre estar a la altura del programa y ser fiel al personaje de Estiwar G.?

Obviamente no podía alejarme mucho de la comida criolla, pero la gente se hizo una imagen de mí: “Este ‘ñero’ va a cocinar empanadas, morcilla, pelanga”. Yo pensé que, si allí había un mar de ingredientes que yo ni había visto, ¿por qué no experimentar con ellos y demostrar otras cosas? Mis emplatados eran chiquiticos, todos bonitos, y los jueces decían que no parecían míos. No por que quisieran decirme algo malo, sino porque mi pinta no se relacionaba con eso.