17 de octubre del 2021
ILUSTRACIÓN LINA NARANJO
23 de Agosto de 2021
Por:
Paola Guevara*

Una escritora valluna reflexiona sobre el colorido vital de esta, una de las ciudades más culturalmente diversas del país. La novelista se empeña en conectar con las vibraciones de la urbe y, dice, en dejar atrás el miedo a los demás.

 

Cali camina de nuevo

EN 2015, el periodista francés Antoine Leiris escribió No tendrán mi odio, un manifiesto, una postura ciudadana, política y personal, ante los atentados terroristas del Bataclan, en París, que cobraron la vida de su esposa y dejaron huérfano a su pequeño hijo de diecisiete meses de edad. “Este niño les hará la afrenta de ser libre y feliz porque no, tampoco tendrán su odio”, escribió.


La filósofa estadounidense Martha Nussbaum, desde su ensayo La monarquía del miedo, nos recuerda que lo más cívico que podemos hacer por la ciudad, el país, el mundo, es estar a cargo de nuestras propias emociones, conocerlas, comprender sus mecanismos y gobernarlas para que otros no logren agitar dentro de nosotros el miedo, el odio, la ira, la envidia, el asco, con propósitos electorales.

Las emociones son políticas, porque nos conducen a tomar decisiones que no nos afectan solo de forma personal sino, sobre todo, colectiva. Y empiezo por aquí mientras salgo a caminar de nuevo por esta Cali, que hace apenas unos cuantos días cambió su olor a guayacanes y árboles de limón, por el de la sospecha permanente. Camino por la ribera del río Cali, como cada mañana; veo que alguien que ha dejado las piedras del río ubicadas en posiciones imposibles que desafían la ley de la gravedad; una garza blanca cuyas alas resplandecen con una luz de otro mundo, o las luces de la ciudad que amanece y cuyo brillo da la impresión de que las Gatas del Río tienen la cola envuelta en llamas.


Si me detengo en una esquina, si bajo la marcha en el centro del puente sobre el río, si me detengo a contemplar un tapete de hojas o una flor, hay alguien a mi lado preocupado, un transeúnte que me advierte los peligros de la ciudad: van a robarte, van a quitarte el teléfono, corres peligro, esta esquina es riesgosa, esta zona es solitaria. Lo dicen al pasar a mi lado, lo sugieren desde los autos que pasan, lo gritan desde las motos, lo anuncian con la mirada y lo señalan con las manos.


Pero sigo caminando en soledad, cada mañana, no porque persiga el peligro sino porque quiero el espacio de mi mente a salvo del miedo a los otros, porque así protejo mi mente contra la desconfianza, me blindo contra las fronteras invisibles que me muestran al otro como una amenaza. Si todos nos vamos de las calles por temor, si perdemos la ciudad a manos del miedo, si renunciamos a la fe y asumimos que el otro que pasa a mi lado es un enemigo potencial, un peligro al acecho, una existencia decidida a desgraciar mi vida, estaremos entregando más que un espacio físico, un espacio mental y emocional.

Pero ¿cómo llegamos aquí? ¿Cómo se convirtió Cali en una ciudad atravesada por el temor? O acaso lo era ya y nos hacía falta reconocer de forma patente la sombra que vive distraída entre tantos discursos que la colorean. Nos han dicho, hemos dicho, que Cali a sus 485 años es potencia en danza, que varios de los principales ballets del mundo tienen en sus filas el brillo de los bailarines de Incolballet; hemos dicho que Cali es salsa, que la salsa que se cultiva y se enseña en sus escuelas es cuna de campeones mundiales.

Que Cali es Caliwood, con sus escuelas de cine y su tradición cinéfila que hasta el sol de hoy nutre a los grandes directores y productores del país. Que Cali es cantera creativa, y su relación con el relato se expresa a través de las letras de escritoras como Pilar Quintana, Melba Escobar, Ángela Becerra, Carolina Andújar, Amalia Andrade, por solo mencionar a algunas de ellas, y poetas por cientos y miles que cada año se congregan en el Encuentro de Mujeres Poetas de Águeda Pizarro.

Hemos dicho que Cali es empresaria, ciudad teatral, ciudad deportiva, ciudad de la moda y protectora de los saberes del Pacífico que se manifiestan a través de la gastronomía, la música de marimbas y el Festival Petronio Álvarez; o que en un aborrajado con una cucharada de manjar blanco se resume este crisol del que venimos, la mixtura de lo indígena, lo español, la fritura de lo dulce y lo salado tan propia de lo africano, y el dulce de leche de la migración árabe que se regó por todo el continente. O que su acento y su voseo son huella de la migración andaluza que se diseminó por todo el Pacífico, desde México hasta Argentina, como explica la lingüísta Ana María Díaz.


Que Cali no es solo una Feria sino muchas que no dan tregua a la vida cultural de la ciudad; que Cali es color, que es diversa y acoge a todos; que tiene siete ríos y es la segunda ciudad con mayor población afrodescendiente de Suramérica después de Salvador de Bahía, con toda la riqueza cultural que eso implica.

Hemos repetido estos discursos, que además son ciertos, y hemos convertido a Cali en un eslogan atractivo que quizá ha silenciado y dejado de lado las otras realidades que no reciben difusión ni se ventilan fuera de los escenarios privados: una brecha social enorme, y millones de jóvenes de bajos recursos que no sienten que tengan un futuro, que se saben fuera de los planes del mañana, entre tantos otros escenarios de complejidad que requieren capítulos aparte. Es hora de avanzar en la tarea pendiente. Hay que caminar.

En el cielo sobrevolaban de noche y de día helicópteros, ascendían los gases lacrimógenos y el territorio que era la calle, la calle de todos los días, se llenó de disputas territoriales, y de debates sobre quién puede o no puede ocupar, obstaculizar, permitir ingreso y salida de los habitantes de sus propias casas, y en general, la sensación de soledad y desgobierno fue total, el miedo creció con los días, y comenzaron a aflorar los demonios que habían sido vestidos y maquillados para parecer criaturas del día.

En los tiempos del tapabocas, las masas gritaron; en los tiempos del aislamiento, las masas marcharon codo a codo; en los tiempos del distanciamiento social, el pacto pandémico se rompió y la ciudad literalmente dejó de hablar de Covid, o al menos este asunto pasó a un tercer, cuarto, quinto lugar en las preocupaciones diarias. Durante los días del paro nacional y los bloqueos en la ciudad, supe de personas acaudaladas que llegaron al extremo de contratar helicópteros para sacar de los barrios del oeste a sus padres ancianos. A eso nos conduce el miedo por los otros, al ataque o la huida, como reacciones instintivas. Y si cada persona que puede contrata el helicóptero para salvar a los suyos; o saca del país su capital, para protegerlo; o envía a sus hijos fuera, para que no sientan como propio el país que les permitió sus privilegios, o cierran las empresas, o se mata y se hiere, ¿quién quedará para seguir caminando?

El miedo es un poder que concedemos primero con la mente, y que luego se traduce en decisiones concretas del afuera. Boris Cyrulnik, padre del concepto de resiliencia, habla de trotar por las ciudades como una forma de heroísmo solitario, pues los caminantes no se definen por el sacrificio, no están cubiertos por el relato del enemigo contra el enemigo, y solo quieren correr la milla extra en confrontación consigo mismo y con sus propios límites.


He vuelto a caminar a solas por las mañanas, y quiero decir, como Antoine Leiris: “No ten
mi odio”, y en este caso “no tendrán mi miedo”.

No incubarán el miedo por los otros en mi alma. Cuando camina uno por la ciudad, intercambia miradas con los otros, uno se mide, se calibra, define su burbuja personal, se distancia o se respalda sin mediación de las palabas, hay pactos silenciosos como el hombre de mediana edad que corre para hacerse frente a mí, y trota suavemente a un espacio prudente, solo porque acaban de llegar a una esquina cuatro habitantes del río, desarraigados, desarrapados, sin patria. Ellos son los desprotegidos, pero nos protegemos de ellos, es paradójico. Si no estamos todos dentro del sistema de lo posible, todos en realidad somos vulnerables.


Mientras camino, repaso el pliego de peticiones a mí misma:

Pido seguir siendo la persona que cami- na en las mañanas sin miedo al peligro.
Pido seguir siendo niña.
Pido seguir siendo samurái.
Pido seguir portando un sable imaginario y una
piel de tigre de bengala en la espalda.
Pido conservar la pronoia que me conduce a interpretar todas las cosas, incluso las malas, como un tremendo golpe de suerte y una oportunidad para crecer. Pido seguir confiando en la firme e incondicional provisión de universo que nunca falla.
Pido seguir creyendo en la magia de los encuentros. Pido seguir confiando de más y de sobra, y hasta en exceso, que el amor es para mí.
Pido seguir creyendo en la perfección intrínseca del caos.
Pido seguir creyendo que el lugar donde me encuen- tro ahora mismo es un sistema pedagógico perfecto. Pido seguir confiando en la bondad de los extraños.
Pido seguir creyendo en la ciudad benigna.
Pido seguir creyendo que el alma de las cosas hermosas se las arregla para trazar una ruta hacia mí. Pido seguir sintiendo que a cada paso una fuerza poderosa me protege.
Pido seguir enamorada de mi oficio.
Pido seguir creyendo en la realización de mi trabajo. Pido seguir pensando que lo que no tuve fue lo mejor que pudo pasarme. Pido seguir pensando que los caminos se abren mientras camino.
Pido seguir convencida de que la ternura y la gratitud son los códigos con los que conmuevo el corazón del universo. Estos son mis sesgos cognitivos,

Estos son mis códigos de supervivencia. El programa instalado en mi sistema por los seres que de niña me amaron. Las ideas que me han permitido llegar hasta esta página.
Las nociones que me han protegido contra la amargura y el descreimiento.

No llevo este pliego de peticiones ante gobierno alguno. Lo llevo ante mí, para recordarme que nos quieren débiles de mente, desprovistos de poder para luego imponerse o desecharnos.

Lo llevo ante mí para exigirme no olvidar lo que es Cali, y lo que soy cuando camino por ella. 



* Escritora y periodista, autora de las novelas Mi padre y otros accidentes y Horóscopo

Artículo publicado en la edición impresa de agosto de 2021.