27 de noviembre del 2021
FOTO CORTESÍA TELEMEDELLÍN
23 de Noviembre de 2021
Por:
Catalina Uribe Tarazona

 

 

El director de la Orquesta Filarmónica Metropolitana de Medellín es el gestor y director de la primera Orquesta Indígena de Colombia. ¿Cómo lo ha hecho y de qué se tratan sus otros proyectos que, en últimas, democratizan el lenguaje sinfónico?

 
 
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“Se cree que la música sinfónica es de élites, pero es todo lo contrario”: Alejandro Vásquez

ESCUCHAR los nombres Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven nos activa un chip de consumo cultural muy particular: el de la llamada “música culta”, aquella que la audiencia asume hecha por y para los muy pocos. El pianista ruso Arcadi Volodos, por ejemplo, le dijo al diario El Mundo de España en 2018: “Creo que la música clásica no se puede consumir como una Coca-Cola. Siempre fue para élites y si se quiere llegar a entender hay que sacrificar toda la vida para hacerlo. Incluso con esa dedicación, hay gente que no llega a conseguirlo. A mis 45 años, creo que no se puede popularizar esta música. El mundo acelerado consumista no encaja con ella”. Sus palabras sugerían, de paso, que esta música es tan compleja que entenderla es una tarea titánica cuyo éxito sería exclusivo a los más doctos. Sin embargo, en la otra orilla estaría casi que el resto del universo cultural contemporáneo, incluido el argentino y también pianista Horacio Lavandera quien, en 2013, dijo en la Universidad de Palermo: “La música clásica no debe ser una cuestión de élite”. Esta postura se ve reflejada en la manera como hoy se diseñan los festivales, que amplían públicos e involucran a ciudadanías diversas, sin aquella prepotencia tradicional.

 

Alejandro Vásquez, violinista, director de orquesta, gestor cultural y fundador de la organización social llamada Pasión y Corazón, hace parte de ese grupo democratizador, el de la música clásica como un género de todos y para todos. El paisa, que dirige la Filarmónica Metropolitana de Medellín, pero cuya batuta ha liderado también la Filarmónica BiNacional, así como otras en Colombia, Panamá y México, crea y difunde música sinfónica a través del desarrollo y el fortalecimiento de orquestas infantiles y juveniles en territorios muy diversos a nivel sociocultural. Su ímpetu llegó al resguardo indígena Marcelino Tascón, de Valparaíso  (Antioquia), donde desarrolló un exitoso, y sobre todo respetuoso, proyecto creativo.

¿Cómo nace la idea de conformar una filarmónica con integrantes de la comunidad emberá chamí?
El objetivo principal de Pasión y Corazón es crear orquestas filarmónicas, sobre todo en territorios donde no hay fácil acceso a la música sinfónica. Empezamos en el oriente antioqueño, donde creamos una escuela de música y la orquesta sinfóni
ca El Santuario para el municipio homónimo y la experiencia fue muy bonita. A partir de ahí nos dimos a conocer como organización social, se nos abrieron muchas puertas y, en el camino de buscar aliados para Pasión y Corazón, encontramos una fundación que trabajaba con la comunidad emberá. Ahí me vinculé con ellos como voluntario y durante el 2017 y parte del 2018 comencé a darle clases de música a los chicos de la comunidad. En ese tiempo, cuando ya tenía un acercamiento, una afinidad y una confianza mucho más construida con ellos, decidí proponerles crear la primera filarmónica indígena de Colombia y aceptaron gustosos, pues ya llevábamos un tiempo trabajando y conociéndonos. Así fue como nos embarcamos juntos en esta maravillosa aventura en la que no intentamos imponer la cultura de la música occidental, sino potenciar la cultura emberá chamí, resaltar su música medicina, sus cuentos de origen y todo lo que me han querido mostrar y facilitar al respecto.

Ampliemos ese punto: ¿cómo logró intervenir en esa comunidad de tradición nativa, llevando allí instrumentación occidental? ¿Cómo hacerlo con respeto y sin esa imposición?
Lo bonito de este proceso es que es un caminar en conjunto. Yo no les impongo nada, todo lo contrario: caminamos, aprendemos y construimos juntos. Por eso, para llegar a consolidar la orquesta, primero me gané su confianza, los conocí, entendí sus dinámicas y ellos, al ver que desde Pasión y Corazón estábamos haciendo un trabajo bonito en pro de sus niños y jóvenes, aceptaron.

Ellos quieren que nosotros los Kapunia –individuos ajenos a su comunidad– conozcamos parte de su música medicina y lo que significa para ellos: una herramienta de sanación. Entonces, partimos de eso. El 90 % del repertorio es música de ellos: cuentos de origen o música medicinal de sus ceremonias, aquella que ellos permiten que los kapunias conozcamos. Incluso, algunas composiciones son de los mismos niños, creadas en clase.

Otra cosa que hacemos es mezclar los instrumentos occidentales de una orquesta con los tradicionales que ellos usan: sus quenas, sus zampoñas, sus cascabeles, sus tambores, sus charangos y otros instrumentos típicos de la música andina. Entiendo que la palabra “filarmónica” está muy relacionada con lo occidental, con lo europeo, pero la raíz griega de ese término significa “apasionados por la música” o “amantes de la música”. Así enfocamos la creación de filarmónicas en los territorios donde llegamos. Por ejemplo, cuando empezamos con nuestra primera orquesta en el oriente antioqueño, el primer concierto fue un ‘parrandero’ sinfónico; con la Filarmónica Emberá Chamí, el primer concierto fue solo de su música medicina y de música andina, que a ellos les gusta. En conclusión, lo que buscamos es utilizar las herramientas de una orquesta sinfónica para potenciar cualquier música y cualquier cultura.

¿Y qué permite, qué puertas abre y qué fibras toca una filarmónica?
Primero, las filarmónicas son las que permiten tener mayor cantidad de personas juntas. Y segundo, nosotros vemos las orquestas como un símil de la sociedad, donde diferentes personajes nos unimos en pro de lograr objetivos en conjunto, y así se lo transmitimos a los niños y jóvenes con los que trabajamos. Les inculcamos que juntos podemos trabajar por montar una obra, desarrollar un montaje, preparar una gira y construir cosas que van más allá de la música y que nos hacen evolucionar a nosotros como formadores y a ellos como aprendices. Entonces, esos niños y jóvenes crecen entendiendo la importancia del trabajo en comunidad y la oportunidad tan grande que hay de mejorar la sociedad a través de ese esfuerzo conjunto.

Además, como te contaba antes, no fue un trabajo de la noche a la mañana ni fue una idea arbitraria. Por el contrario, fue un trabajo arduo: dos años de conocernos y entender las dinámicas de la comunidad, sus prioridades, lo que les gusta, lo que no, cómo veían la idea, entender que para ellos la música es medicina mientras que para nosotros es entretenimiento, ver cómo se desenvolvían con los instrumentos y muchas otras cosas. Ahora, antes de crearla nosotros hicimos la propuesta y obtuvimos la autorización del resguardo, que en este caso es el Marcelino Tascón de Valparaíso, Antioquia.

¿Qué tipo de pedagogía musical se utiliza con una comunidad nativa?
La música es un lenguaje universal y se enseña de la misma manera, la única diferencia es cuando trabajamos con niños pequeños porque ellos solo hablan emberá y, en ese caso, somos nosotros los que tenemos que aprender algunas palabras para que comprendan las clases. Con los más grandes sí se enseña normal porque ellos hablan español. De hecho, lo que nos llevó a involucrarnos más con este proyecto y sacarlo adelante, aun sin tener patrocinio, alianzas o un apoyo contundente, fue escuchar las palabras de los padres de estos chicos cuando les preguntaban qué pensaban de la Filarmónica Emberá Chamí y que por qué involucrarse con algo tan occidental. Su respuesta era que les alegraba que sus hijos fueran parte de algo así porque consideran que ellos merecen las mismas oportunidades que cualquier niño del mundo, lo que es absolutamente cierto: tienen las mismas capacidades y un gran talento por desarrollar.

Hábleme de la democratización de la música. Usted ha manifestado que eso hace parte de su proyecto Pasión y Corazón.
Por mucho tiempo se ha malinterpretado el propósito de la música sinfónica y se ha creído que este género es de élites o de estratos altos y es todo lo contrario. La música sinfónica es patrimonio de la humanidad, entonces nuestro deseo es quitarle esa etiqueta, hacerla de consumo general. La pregunta es cómo, y desde mi punto de vista no es yendo cada año a un territorio a dar un concierto de música sinfónica y listo, sino hacer que la música sinfónica esté en lo que la gente escucha. Y en realidad lo está: por ejemplo, cuando hay un momento de tensión en una telenovela, lo que se escucha es música sinfónica; la banda sonora de una película es música sinfónica; hay intros de algunas canciones de reg- gaeton que tienen música sinfónica; canciones de electrónica igual. Si no nos vamos muy lejos, están los violines de Darío Gómez... Debemos sacarle de la cabeza a los académicos que dicen que la música clásica solo es para el teatro y para los ‘pinchaditos’ y demostrarles que es de todo el mundo. Es tan así que este género es la música tradicional de Europa.

 

La Orquesta Filarmónica Emberá Chamí está compuesta por 47 niños y jóvenes indígenas.
FOTOS CORTESÍA CORPORACIÓN CULTURAL PASIÓN & CORAZÓN 

 

¿De dónde salen los recursos para lograr todos los proyectos que tienen?

Es complicado. Pasión y Corazón no tiene un apoyo contundente ni del sector público ni del sector privado. Sí hay gente que nos ha apoyado y a la que le debemos agradecimiento, pero un apoyo contundente con el que podamos sostenernos durante un año para pagar profesores, viáticos, instrumentos, conciertos y giras, no. Todo sale de mí y de las donaciones que nos hacen o del plan padrino que tenemos, que es la modalidad en la que una persona puede donar mensual, trimestral o anualmente. Sin embargo, eso no ha sido un limitante para hacer grandes conciertos como el que vivimos el mes pasado con Estados Alterados y la Filarmónica Metropolitana de Medellín en el Teatro Metropolitano para celebrar los 30 años de la banda.

 

 

“No intentamos imponer la cultura de
la música occidental, sino potenciar la cultura emberá chamí”. 

 

Yo trabajo con mucha pasión y con mucho amor, por eso la corporación se llama así. El nombre lo construí a raíz de las frases de dos grandes compositores que me gustan mucho: Beethoven decía que es insignificante tocar una nota desafinada, pero es imperdonable tocar sin pasión; y Mozart decía que la verdadera alma del genio es el amor con el que hace las cosas, no el virtuosismo, ni el talento, sino el amor. Por eso nuestro proyecto se llama Pasión y Corazón. A partir de esa filosofía hemos logrado muchas cosas: adoptamos una escuela en el Urabá antioqueño en la vereda Uveros, que es un semillero de bullerengue en una comunidad netamente afro; simultáneamente trabajamos en Medellín con chicos de las comunas y de los otros nueve municipios del Valle de Aburrá con la gran Filarmónica Metropolitana; estamos con el resguardo indígena Marcelino Tascón y la Filarmónica Emberá Chamí; en Amagá trabajamos con chicos que son hijos de mineros para darles también otra oportunidad de aprendizaje; tenemos un festival que se llama el Festival Musical de Antioquia que creamos el año pasado gracias a la virtualidad, y dentro de muy poco nos juntaremos en torno a la música con gente de México, Argentina, Estados Unidos y otras naciones.

Más allá del apoyo económico, ¿cómo ve la proyección de las filarmónicas en Colombia?
Realmente es complicado. En Europa han cerrado muchas orquestas, todo lo contrario a lo que está pasando acá, y a raíz de eso me han citado un par de veces a conferencias en Europa para explicar por qué si allá, que son agrupaciones de tradición, están cerrando, yo aquí ando abriendo orquestas y sin apoyo. Y la respuesta es que yo fui beneficiario de una propuesta muy parecida, pues fui estudiante de la Red de Escuelas de Música de Medellín, un proyecto que nació hace 25 años, y que si no hubiera llegado a mi comuna, ni mi familia ni yo habríamos teni
do la capacidad económica de pagar esa clase de violín. Pasión y Corazón existe porque es como un agradecimiento de mi parte a lo que la vida me ofreció, es un deseo personal que las orquestas nazcan, crezcan y que muchos niños y jóvenes tengan una oportunidad como esa.

En cuanto a la proyección, la Filarmónica Metropolitana, por ejemplo, lleva tres años y ha tenido una aceptación muy grande, nos hemos presentado en eventos de talla mun- dial, hace dos años hicimos el Soda Stereo Filarmónico en el Teatro de la Universidad de Medellín, el teatro con más aforo del país, y fue sold out, ese performance lo llevamos de gira a México. La Filarmónica Embera Chamí está dando de qué hablar en todas partes, y estamos en proceso de que una comunidad afro a la que vamos a llegar a partir del 2022 también tenga su propia filarmónica enfocada a la música afro, caribeña, del Pacífico, el bullerengue y el currulao, pero en versión sinfónica. Entonces vemos un futuro muy promisorio. 

*Artículo publicado en la edición impresa de noviembre de 2021.