04 de diciembre del 2022
Foto de Larisa Birta en Unsplash
Foto de Larisa Birta en Unsplash
4 de Noviembre de 2022
Por:
Emilio Sanmiguel emiliosan1955@gmail.com

Del Renacimiento para atrás, la composición estuvo envuelta en una suerte de misterio. 

TAGS: Colombia, Música

¿A qué se le llama "música antigua"?

HASTA EL ADVENIMIENTO del Romanticismo, la sola idea de revivir el pasado era cosa impensable. Al primero que se le ocurrió hacerlo fue a un alemán llamado Carl Zelter (1758-1832), gran amigo de Goethe, que resolvió exhumar la obra de Johann Sebastian Bach, un compositor virtualmente desconocido, de quien se sabía que había sido un gran organista y una autoridad en contrapunto y armonía. Para conseguir semejante faena, contó con el apoyo del más ilustre de sus discípulos, Felix Mendelssohn (1809-1747), quien se tomó tan en serio esa responsabilidad que, el 11 de mayo de 1829, dirigió en Berlín la Pasión según San Mateo, 79 años después de la muerte del compositor. Y eso no fue tan sencillo: fue necesario someter la partitura a lo que hoy llamarían una curaduría, porque durante ese lapso cambiaron las orquestas y los instrumentos.

El tiempo se encargó de darles la razón a Zelter y a Mendelssohn: quedó en evidencia que Bach había sido el más grande compositor de todos los tiempos. Fueron, pues, pioneros en ese ideal de venerar el pasado, aunque, en plata blanca, no se podría afirmar que la de Bach fuera “música antigua”, cuando ni llegaba al siglo de haber sido escrita.

A partir de ese momento se produjeron dos fenómenos muy interesantes. El primero, que hubo obras, como las sinfonías de Beethoven o algunas óperas de Rossini, que jamás salieron del repertorio. Y el segundo, que la música se sacralizó, se impuso la necesidad de oírla con respeto y hasta se construyeron templos, llamados auditorios, para venerarla.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el asunto fue más lejos aún. Hasta entonces, salvo contadísimas excepciones, casi era un dogma que el repertorio lo conformaban las obras de algunos barrocos, es decir, el siglo XVII y primera mitad del XVIII; los clásicos —Haydn, Mozart y Beethoven— y sus herederos, hasta los modernos. Pero surgió el fenómeno de la musicología, que trajo la resurrección de compositores como Antonio Vivaldi (1678-1741), cuya popularidad llegó a pisarle los talones a Mozart y Beethoven.

Insaciables, los musicólogos se dieron a la tarea de seguir indagando al pasado, con la pericia de agudos detectives, en busca de la verdad. Fueron regresando sobre los pasos y huellas de la humanidad hasta llegar al principio de los tiempos. Sembraron el mundo de dogmas, entre ellos el de superar la exhumación de la Pasión según San Mateo, porque pusieron en evidencia que esa verdad requería de los medios idóneos para conseguirla: es decir, con instrumentos “de época”. A las salas de concierto regresaron clavicémbalos, virginales, espinetas, flautas dulces, oboes d’amore, las violas antecesoras de los violines, que abandonaron las vitrinas de los museos para darle vida a una música que, a falta de otro nombre, resolvieron llamar “antigua”.

Sin embargo, ¿realmente lo era?


Guillaume Dufay y Gilles Bichois en una ilustración del siglo XV. 

GRECIA Y ROMA

No es porque estas dos culturas hayan inventado la música, que al fin y al cabo es una expresión vital de los seres humanos, sino porque, al menos para Occidente, tiene su origen en Grecia, donde reposa la que debe ser la partitura más antigua de todos los tiempos: el Primer himno délfico, un trozo de mármol que forma parte del Tesoro de Atenas, en Delfos. De acuerdo con los musicólogos, en Grecia la música no empezó a ser escrita sino hasta el siglo IV a de C., pero sí formaba parte de su día a día y de la educación. Allí los instrumentos habían alcanzado un alto nivel de desarrollo. La música estaba integrada al teatro, como si se tratara de óperas.

Pero, qué le vamos a hacer. Nada de eso sobrevivió, salvo los Dos himnos délficos, del siglo II a de C. —en honor de Apolo—, y el Epitafio de Seikilos, un canto fúnebre esculpido sobre una columna que reposa en el Museo de Esmirna. Los expertos los han descifrado y circulan por el mundo en grabaciones que nos generan la ilusión de estar oyendo eso que oyeron los griegos. A ellos se le debe la escala musical, trabajada, como todo lo que hicieron, a partir de la proporción áurea, misma de sus templos y derivada de su observación del cosmos.

Los romanos, por su parte, heredaron su música y la enriquecieron con los aportes de Hispania —la actual España—, por ejemplo, así como con los de Egipto. De este último país trajeron el órgano. Y Nerón, aparte de buen intérprete de la lira, también lo era de ese instrumento. Además, dados como eran a lo monumental, integraron la música a los grandes entretenimientos del circo. Inventaron la máxima superproducción de la antigüedad: los triunfos. Uno de los más grandes fue el organizado para celebrar, en el siglo I a de C., el regreso de Julio César de la campaña de Egipto, que contó con centenares de instrumentistas, cantantes y, entre las estrellas del espectáculo, Cleopatra y su hermana Arsinoe.

Se sabe, como lo afirma Giovanni Comotti, que “frecuentes eran también los concier- tos, en los cuales se exhibían imponentes masas corales y grandes orquestas”. Parece que nada es nuevo bajo el sol.

Las primeras miradas estudiosas al pasado las hicieron Zelter y Mendelssohn. 

EL MEDIEVO

Durante la ‘larga noche medieval’, que siguió a la caída del Imperio romano, contrario a lo que pueda imaginarse, la música no desapareció, sino que se enriqueció. La hubo en dos vertientes. La primera, desde luego, religiosa. Los primeros cristianos tuvieron la inteligencia de no pretender borrar el pasado romano y menos aún la tradición de la sinagoga: los fusionaron y lograron su propio lenguaje sonoro, que alcanzó su esplendor máximo, primero en el canto ambrosiano y luego en el gregoriano.

Cuando fue necesario —es decir, después del año 1000, cuando no se acabó el mundo—, sin pretenderlo, revivieron algo de la antigüedad pagana mediante nuevos espectáculos que, a falta de otro nombre, llamaron “misterios”. No eran otra cosa que la escenificación de la vida de los santos, o pasajes de la Biblia: el altar de las iglesias servía de escenografía y los sacerdotes, sin mucho pudor, se vestían de la Magdalena, o de las ‘vírgenes necias’. Actuaban, cantaban y bailaban. Después resolvieron lo mismo pero en los atrios y se produjo el milagro: la otra música, la popular, que jamás había desaparecido del mundo, entró a formar parte de esos espectáculos que buscaban ser edificantes pero, no nos digamos mentiras, debieron ser muy divertidos.

En las cortes, la música entró a formar parte de la vida gracias a Guillermo el Trovador, un poeta, músico y militar que, en Aquitania, instituyó las ‘Cortes de amor’. Luego, las continuó su hija, Leonor de Aquitania, reina de Francia y, cuando así lo quiso, de Inglaterra. A su vez, el placer por la práctica musical lo heredó su hijo favorito, Ricardo Corazón de León. Aportaron algo importante: que la música, gracias a los trovadores, juglares y demás personajes, recorriera Europa de corte en corte. No fue tan oscura, entonces, la larga noche.


Derecha: una pintura de Van Eyck que, se cree, es un retrato de Dufay. Foto: Creative Commons 

DEL RENACIMIENTO EN ADELANTE

Lo que vino después, resulta tan conocido y está tan documentado que difícilmente podría ser calificado de 'antiguo'. Al fin y al cabo, sobre lo anterior al Renacimiento pesa el misterio. Durante este periodo, la música inició un proceso de independencia y desarrollo inusitado, como si las matemáticas hubieran permeado el arte.

La composición se convirtió en ciencia. Las melodías empezaron el proceso —ese sí nuevo en la historia— de trenzarse entre ellas en una especie de nudo gordiano que no hubo otra palabra para denominarlo que “contrapunto”. Textos y melodías al unísono, escritas por seres humanos con rostro. El primero de ellos, primero de quien se sabe todo o casi todo, fue Guillaume Dufay (1397-1474), primer compositor “profesional” de la historia y primero a quien los musicólogos pueden seguirle los pasos sin temor a las especulaciones. ¿Quizás con él terminó la antigüedad?