20 de septiembre del 2021
FOTO @SAKOGRAPHY - CORTESÍA JUANES
25 de Agosto de 2021
Por:
Catalina Uribe Tarazona y Diego Montoya Chica

El cantautor paisa revela qué lo motivó a trinar contra el comunismo. Además, comparte reflexiones sobre la Paz en Colombia, la salud mental de las figuras públicas y las canciones que marcaron su infancia. Entrevista exclusiva.

 

Juanes y su origen

 

AL PRINCIPIO de la videollamada, un pantallazo negro anuncia al interlocutor que se acaba de conectar: “Juan Esteban Aristizábal Vásquez”. La cámara se abre y ahí está la cara amable del músico colombiano que ha ganado 26 premios Grammy, que ha estrechado una mano respetuosa de Barack Obama, que ha cantado para el papa y que ha compartido escenario con Mick Jagger. El mismo al que la ONU y la NASA convocan para promover causas globales y conocimiento de punta. Con todo y su fama, cuesta imaginar a este paisa de 49 años con rigidez de carácter o con enfado: más bien, en esa barba que comienza a aclararse, en su cabellera larga y sus lentes oscuros de tinte cálido, se percibe la explosividad creativa de los años setenta y ochenta; justamente, la de esa sicodelia alegre que él escogió como concepto gráfico para su último proyecto, Origen, una recopilación de covers con exuberante sello personal y que, explica, le permitió “madurar hacia la infancia, volver a conectarme con esa esencia limpia y pura que comenzó en mi casa, con mis papás y mis hermanos”.

 

 

Por la cámara también se cuela un rincón de su estudio en Miami, donde cuelga una enor- me bandera de Colombia: “Nunca me he ido”, se le ha escuchado decir: “Mi cuerpo viaja por el mundo, pero mi corazón siempre está allí”.

En la conversación con REVISTA CREDENCIAL abordamos las ideas de Juanes en el frente político, esas que cayeron en las fauces de la polarización colombiana cuando, a mediados de julio, trinó en contra del comunismo. Pero la charla, sobre todo, devela la manera en que el paisa crea música con la sensibilidad del artista pero, al mismo tiempo, con el rigor de un ingeniero.

Algunos de los covers en Origen son casi que arriesgadamente creativos: incluso, traduce al rock una canción de salsa de Joe Arroyo. Pero, sorprendentemente, logra mantener la esencia de cada una. ¿Cómo es, por dentro, el ejercicio de versionar?
Para mí, se trata de ponerme el vestido de esas canciones y de esos compositores, a mi medida. De desarmarlas y volverlas a armar sobre mi estructura. Y pese a que las canciones son tan distantes en épocas y estilos, vimos que el hilo conductor personal podía tener lugar en la percusión y en el rock. Pero esas canciones eran ya muy personales: de verdad que me marcaron la vida. Cuando las cantas, las escuchas por mucho tiempo y las analizas, las entiendes desde adentro. Es un ejercicio que incluso sirve para desarrollar creatividad: como si estuvieras en la universidad, entendiendo por qué y cómo se hizo una obra musical. Cuando nos enfrentamos a estas canciones tan icónicas lo pensamos así: “Vámonos de frente, con toda y a hacerlo con libertad, como si estuviéramos en una clase de dibujo libre en el colegio”. Por supuesto, con amor y mucho respeto, pero sin miedo, porque eso sería terrible: ¿cómo haces para tomar una canción de Gardel o de Fito, muerto del miedo? Con eso claro, empezamos por lo básico: por coger la guitarra acústica, empezarlas a cantar y a mirar cómo las cantaría yo. A sentir el proceso propio y, de ahí en adelante, armar todas las capas.

¿Y así fue también con Enter Sandman, quizá la canción más icónica de Metallica y que usted versionó para el álbum conmemorativo de los 30 años del Black Album?
Yo soy demasiado fan del metal desde los 13 años y de Metallica ni hablar. Y sí, fue lo mismo que en Origen, porque ¿cómo haces tú para tocar una canción de Metallica y que te suene como Metallica? Eso es imposible, yo me di cuenta hace muchos años que jamás iba a ser James Hetfield (risas). Entonces lo concebí de la misma manera: ¿cómo traer el riff de Metallica de Enter Sandman al Caribe y a Colombia, a esa parte autóctona de nosotros? Así que aproveché ese sonido como de cumbia que tiene el güiro y empecé a sincopar el riff como si lo fueras casi que a bailar. Esa fue la manera de conceptualizarlo solamente, porque después, cuando escuchas la grabación, se oye pesado, agresivo, pero el elemento tan sencillito del güiro le aportó aquello que vemos en nuestra música popular, tan profunda con sus elementos indígenas y africanos. Juan Luis Guerra dice: “Si el güiro no está, yo no puedo hacer un concierto”. De ahí me pegué para desarrollar esa canción y la verdad quedé superfeliz con el resultado.

Cuéntenos: ¿qué lo llevó a publicar el famoso tweet de: “El comunismo es una mierda”?
Cuando entras a Twitter y abres la aplicación, lo primero que esta te pregunta es “¿qué estás pensando?”. Yo puse eso, en una forma coloquial. A mí me parece que perder el poder de tu mente y de desarrollarte como tú quieres y no poder pensar lo que quieres, es muy duro. Y tampoco digo que el capitalismo sea perfecto, no; lo que pasa es que la gente siempre toma todo hacia un extremo: si pongo ese tweet entonces yo soy esto y lo otro. De hecho, cuando ves los programas de gobierno de cualquier país y de cualquier candidato vas a encontrar siempre cosas buenas y malas... Eso me recuerda un test que hizo un diario alguna vez y yo lo tomé con mis hermanos. Yo les preguntaba: ¿quién dijo esto: este, el otro, o aquel? Y todos se confundían. Al final, es como un engaño, esto de la política. Y lo que hace es dividirnos, hacer que peleemos y ponernos a pensar que, si tú tienes una idea diferente a la mía, es un problema. Y yo creo que uno puede pensar lo que uno quiera pensar. Y yo doy mi opinión sobre lo que yo siento: cuando veo que llegamos al punto en el que te están diciendo “no puedes hacer esto”, “no puedes pensar lo otro”, “no puedes ser aquello”, olvídate: para mí eso es muy duro.

¿Qué es lo que nos falta para reconciliarnos en Colombia?
Tiene que ver con lo que hablábamos ahorita: el odio y la rabia que se ve en algunas redes sociales y que es muy fuerte. No hemos sido capaces de perdonarnos, de reconocernos y de entender lo que somos como país. Negamos a nuestros indígenas, a nuestros campesinos, y hay manos y energías oscuras que se aprovechan para revolver todo y confundirnos. Nos falta entender quiénes somos para poder superar esta etapa y seguir adelante. Me acuerdo de cuando salió el proceso de paz y de todo lo que me ‘cascaban’ en las redes porque lo había apoyado. Yo pensaba: prefiero ver a estos tipos en el Congreso, hermano, a que sigan matando. Incluso, en mi familia yo soy el que piensa diferente y hasta me daba la pelea con ellos hablando del tema, pero jamás voy a pensar que mi mamá o que mis hermanos son gente mala porque piensen distinto. Igual con el tema del comunismo: si a ti te gusta eso y lo defiendes, bien: allá tú. Pero a mí no me parece. Creo que todos los extremos son desastrosos.

Que Simone Biles se retirara de la competencia en los Olímpicos generó una relevante discusión sobre la salud mental de las figuras públicas, sujetas a tanta presión. ¿Cómo ha sido ese aspecto para usted?
Es lo más normal del mundo y no solamente las figuras públicas: cualquier persona que tú veas en la calle tiene una cruz y va cargando algo personal, alguna tristeza profunda en el alma. No hay nadie que vaya absolutamente feliz en la vida, eso es imposible. Esta gimnasta, con tanta presión del mundo entero sobre ella, ¡pobre! Yo creo que tiene que ser muy duro para ellas. En lo personal, sufro de eso: he vivido siempre la depresión y es una cosa que es parte de mi vida. Además, cuando vos estás siendo juzgado por cualquier cosa y además la gente no te conoce, es fácil que te frustres. Pero una cosa es la percepción, y otra la realidad. Te doy un ejemplo: hace unos años fui al festival South By Southwest. Bruce Springsteen estaba dando un discurso y decía: no importa quién seas: puedes ser los Beatles, los Rolling Stones, puedes ser Beethoven, quien quieras: siempre alguien va a decir que tú eres lo peor. Solo hace falta que busques la Quinta Sinfonía en YouTube y verás que tiene miles de dislikes y uno dice: “Pero ¿por qué?”. Ante eso también uno tiene que estar relajado. Si vos estás seguro de lo que estás haciendo y amas eso, hermano: que digan lo que les dé la gana, vale tres. Pero, si uno está inseguro, sufre más.

Usted ha dicho que vivió un periodo difícil en Los Ángeles al principio de su carrera, sin trabajo, sin dinero y luchándose un futuro. ¿Por qué cree que esos periodos de dificultad también son necesarios para un artista? ¿Qué enseñanza le dejaron?
El silencio. El silencio es demasiado importante, es increíble. Siempre hay demasiado ruido y nuestra mente y nuestro cerebro son como un disco duro que está descargando información todo el día. Si es un viernes en la noche y tú estás en la casa acostado viendo Instagram, y ves que todo el mundo está rumbeando y pasando bueno, dirás: “Soy un perdedor que no pude salir a parrandear esta noche” (risas). Pero si sueltas esas redes sociales y mejor te pones a leer un libro, seguro se te ocurre una idea maravillosa para una canción, o si te pones a estudiar una parte de la guitarra que te hacía falta, estás alimentando algo bueno. Cuando estaba chiquito, ¡a veces me pegaba unas aburridas!, pero entonces encontré la guitarra y todo cambió. Hoy en día los pelaos están pegados a las redes, con ciertos riesgos para la salud mental, por ejemplo, el efecto de querer compararse siempre con la otra persona: “Soy tan bonita o no soy tan bonito, soy tan exitoso o no soy tan exitoso”. Y ¿ acaso cuál es la definición de éxito o de felicidad? Nos han metido en la cabeza que hay unos estándares y yo no lo veo así. Hay un ideal de lo que es ser feliz, pero luego llegas hasta allá y te das cuenta de que ahí tampoco estaba la felicidad. Lo más importante es sentirse bien con lo que uno hace y punto, independientemente de lo que la gente vaya a decir.


Dicen que tiene algunos rituales diarios para estar tranquilo, para trabajar mejor. ¿Cuáles son?
Lo primero es que solo me meto a las redes sociales un momentico, pongo lo que quiero poner y después me voy porque, si me quedo, me dan tres horas viendo cosas y ya no puedo parar. Por otro lado, hago mucho ejercicio. En él he podido suplir el tema de la meditación, porque yo no soy capaz de meditar como lo hacen las personas que saben, entonces esa para mí es una excelente alternativa. En estos días le contaba a un amigo que como yo era muy gordito cuando estaba chiquito, me mantenía ‘sicosiado’ con mi gordura, entonces me puse a hacer ejercicio como a los 13 años y me volví tan apegado a él que me generó una adicción maravillosa. Incluso, aunque tengo mis dos rodillas operadas de tanto correr –una de ligamento cruzado y la otra de cartílago–, igual lo sigo haciendo. Yo me monto en la bicicleta y esa es mi media hora de meditación, salto el lazo y es lo mismo, igual cuando corro. Cualquier deporte se me convierte en ese tiempo para que la mente descanse. Cuando no hago ejercicio me siento demasiado deprimido. Otro espacio de desconexión y tranquilidad son los ejercicios de canto que hago diariamente, que al final requieren tanta concentración que uno termina como en un trance.

¿Hasta dónde compone según sus gustos más personales y desde dónde empieza a responder a las necesidades o deseos de la industria?
Cuando comencé en el año 2000, hice la música que quería hacer: era mi propuesta y Universal Music, Gustavo Santaolalla y todos quienes hicieron parte de ese momento me apoyaron full. Luego, en 2012 o 2013, ya cansado de hacer lo mismo, me junté con Sky, con Bull, con Mosty, chicos muy talentosos y mucho menores que yo, que venían de otro lugar. Esa ‘incomodidad’ me sirvió demasiado: el resultado de Mis planes son amarte (2017), en lo personal, me encanta. Y luego, en el último álbum, Más futuro que pasado (2019), siento que se estableció el límite de hasta dónde podía llegar trabajando de esa manera: con la computadora y con los beats. Así que después de esa experiencia, pensé: “Ya es tiempo de volver a mi guitarra, a mis canciones, a mis ideas”, con la tranquilidad de no tener que buscar cómo agradar o hacer concesiones para tener que sonar aquí o allá. Quiero seguir haciendo la música que me gusta y que la gente que me quiera escuchar me escuche, y la que no, hay mil opciones más, pero no quiero ponerme a ir a un lugar en donde yo no soy yo.

¿Esas causas e ideas por las cuales lucha han evolucionado con el pasar de los años?
Sí, y yo creo que es normal. Vamos aprendiendo, entendiendo y apreciando más las cosas. Por ejemplo, yo nací en una familia católica; sin embargo, a mis 49 años ya no voy a misa ni sigo la biblia ni nada de eso, pero agradezco a mi mamá que me hubiera enseñado la fe a través de la religión católica. Dios para mí es una cosa muy personal, está por encima del ser humano. Y siento que no puede ser que Dios haya creado al hombre pero su imagen la creamos nosotros: ahí ya, mal. También, hace como diez años estaba en Suiza, y tuve un avistamiento de ovnis de esos increíbles, con una formación de esas luces en el cielo que se mueven y después desaparecen. Eso empieza a abrirte la mente: no todo es como te imaginabas. En la parte alimenticia, a pesar de que en mi casa mataban el marrano y que en Medellín la bandeja paisa con frijoles y garra es tradición, y la respeto, a mí no me gusta: no me puedo comer un animal, me cuesta trabajo. Otro ejemplo: cada que veo la lucha contra las drogas, es como una misma historia que vuelve y juega, una y otra vez: estamos pegados de leyes de tiempos de Nixon, cuando todo lo que se ha hecho no ha servido para nada. Entonces sí, las cosas cambian. 

(...)


*Lea la entrevista completa en la edición impresa de agosto de 2021.