06 de octubre del 2022
Mikhail Glinka retratado por Ilya Repin en 1887. Foto: Creative Commons
Mikhail Glinka retratado por Ilya Repin en 1887. Foto: Creative Commons
20 de Septiembre de 2022
Por:
Emilio Sanmiguel

¿Que prescindamos de ese colosal patrimonio musical solo porque a Putin le dio por apretar el gatillo? Fotos: Creative Commons.

TAGS: Música, Rusia

El absurdo de vetar a los rusos

Andar imponiendo vetos es perder el tiempo. No se consiguió el siglo pasado, cuando Hitler usó la obra de Wagner como fondo macabro de sus andanzas. Un asunto que, sobre el papel, no resultaba tan descabellado: Wagner no es fácil de llevar a escena y hacerlo vale una millonada. Sus hijos y viuda no solo se declararon nazis, sino que establecieron estrecha amistad con el Führer. Para completar, Wagner no disimuló su antisemitismo y escribió un panfleto para justificarlo.

No ha sido un caso aislado. En el siglo XVIII los franceses se enfrascaron en una inútil discusión sobre si era lícito escribir óperas en francés y, en el medievo, la iglesia prohibió el intervalo de tritono, el diábolus in música, por considerarlo demoníaco y siniestro, lo que tuvo sin cuidado, por ejemplo, a Liszt, Wagner, Debussy y Britten que, gracias a él, escribieron obras maestras.

Ahora, por cuenta de Vladimir Putin que —convengamos— es más siniestro que el diábolus in música, arranca un veto a los músicos rusos: intérpretes y compositores. De los primeros encabeza la lista el director Valery Gergiev, íntimo de Putin, tan íntimo que es el músico más poderoso de la Federación rusa, donde no se instala una partitura sobre los atriles de las orquestas ni se alzan los telones de los teatros sin su consentimiento. Poderosísimo Gergiev, pero no un verdadero peligro para el planeta, salvo por esa manía de dirigir con un palillo de dientes en la mano en lugar de una elegante batuta.

En segundo lugar, la soprano Anna Netrebko, favorita de Putin y consentida de las grandes salas de Europa y los Estados Unidos. Salvo la Lady Macbeth, que le queda un par de tallas grande, y que fuerza a los teatros a contratarle el marido, un tenor de segunda, no tiene mucho sentido cobrarle su amistad con el temible exagente de la KGB.

Que la amistad con Putin genere rechazo, vaya y venga. Pero que, por cuenta de nacionalismos mal entendidos, resuelvan vetar, como ya ha ocurrido, a los compositores del país con el mismo argumento, francamente es perder tiempo y energías. Porque la música rusa es una pieza del rompecabezas sonoro del mundo de la cual no se puede prescindir. Y no se puede justamente por eso que le confiere su carácter: que aúna con naturalidad lo occidental, es decir, lo europeo, con lo eslavo, es decir, lo asiático. Veamos:

Glinka: Padre de la música rusa

A nadie le cabe en la cabeza que el ‘Padre de la música rusa’ fue el primer compositor de su país. Aunque sí el primero de la bien o mal llamada música clásica. Cuando Pedro I, en el paso del siglo XVII al XVIII, resolvió occidentalizar su imperio, la música no fue ajena a sus propósitos: solo se aceptaba lo italiano, lo alemán y un poco lo francés. Los pocos que intentaban dedicarse a ella tenían que ingeniárselas y, por su cuenta, tomar clases con los extranjeros que, a su vez devengaban sumas astronómicas. Eso o, sencillamente, irse a estudiar por fuera.

Mikhail Glinka (1804-1857) fue uno de esos que viajaron a estudiar. Lo hizo en Alemania, Italia y Francia. Cuando regresó, traía en su equipaje una ópera de tema nacional, Iván Susanin o La vida por el Zar, que estrenó en San Petersburgo en 1836; no se sabe si a propósito, pero su música mezclaba con extrema habilidad la tradición europea con aires nacionales en una atmósfera patriótica y romántica que sedujo al público y de inmediato lo catapultó a la condición de ‘Padre de la música rusa’.

Glinka fue más que una anécdota. Legó a la posteridad la mencionada obra maestra y otra:  Ruslan y Liudmila, de las que no pueden prescindir los teatros. Con su ejemplo ya no hubo marcha atrás.


Tchaikovsky retratado por Nikolai Dmitrievich Kuznetsov en 1893.

Los cinco y Tchaikovsky: El agua y el aceite

El fenómeno Glinka inspiró a la siguiente generación, los nacidos a mediados de la primera mitad del siglo XIX, contemporáneos de Tolstói y Dostoievski, que, como ellos, pero musicalmente, se debatían entre un clasicismo a la europea y el exotismo eslavo. Una ruptura que, paradójicamente, enriqueció el panorama.

La manera europea produjo al que puede ser el más grande de todos los compositores rusos, Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893); la otra, el grupo nacionalista que pasó a la historia como ‘los cinco’: Mily Balakirev (1836-1903), César Cui (1835-1918), Modest Mussorgsky (1839-1881), Alexander Borodin (1833-1887) y Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908).

De Tchaikovsky no pueden prescindir las compañías de danza del planeta, porque sus tres ballets, El lago de los cisnes, Cascanueces y La bella durmiente, son la cumbre absoluta del repertorio. Las orquestas no pueden hacer de lado sus seis sinfonías, y los teatros tampoco su ópera más reconocida, Evgeny Onegin. Su Concierto nº1 para piano es el más popular de la historia y el Concierto para violín forma parte de la ‘trilogía sacra’ al lado de los de Beethoven y Brahms.

De los cinco, aceptemos que Cui puede ser pasado por alto. Sin embargo, los pianistas jamás renunciarían a Islamey de Balakirev por su bien ganada fama de ser “la obra más difícil del repertorio”. La ópera no puede permitirse el lujo de desdeñar Boris Godunov de Mussorgsky, porque es un monumento al expresionismo musical; muchísimo menos los pianistas engavetarían Cuadros de una exposición y los cantantes jamás harían de lado su ciclo Canciones y danzas de la muerte. Borodin, que por cierto tiene su nicho propio en la historia de la química, se aseguró un lugar en la historia con su ópera El príncipe Igor, cuyas Danzas polovtsianas tienen vida propia. Con Rimsky-Korsakov ocurre lo mismo, gracias a su poema sinfónico Scheherazade, que es un clásico.


Rachmaninov por Konstantin Somov, en 1925.

Stravinsky y Rachmaninov: de cara al nuevo siglo

Igor Stravinsky (1882-1971) y Sergei Rachmaninov (1873-1843) parecen, guardadas las proporciones, repetir la historia de sus antecesores: salvo haber nacido en Rusia y haberla abandonado en su juventud para no regresar, tienen poco o nada en común. Rachmaninov fue el pianista más grande de su tiempo, como compositor no se dejó seducir por el canto de sirenas de la modernidad y dejó para la posteridad cuatro Conciertos para piano y orquesta que se cuentan, especialmente el 2 y sobre todo el 3, entre las obras más interpretadas. El 3 es, de hecho, una especie de reto sobrehumano para cualquier pianista que se respete, una especie de oro olímpico al cual no piensan renunciar los virtuosos.

Stravinsky, a principios de siglo, aseguró su pasaporte a la historia con tres partituras que se encargaron de cimbrar la historia, tres ballets: El Pájaro de fuego, Petroushka y La consagración de la primavera. Los tres hicieron carrera como obras de concierto y el tercero es uno de los retos ineludibles que puede, y debe, enfrentar un director y resolver una orquesta. Stravinsky y Rachmaninov están a salvo de vetos… Prokofiev no cuenta porque era ucraniano.

Shostakovich: el sinfonista soviético

Que por cuenta de las andanzas de Putin no vaya el mundo a ir a vetar al pobre Dmitri Shostakovich, que bastante sufrió durante el régimen soviético y que, si logró labrarse un lugar en la historia, fue gracias a un talento descomunal que le permitió ir sorteando todas las trampas que, día a día, le tendía el sistema. En lo operístico dejó una obra maestra, Lady Macbeth del distrito Mtsensk, que por poco le vale terminar sus días en un campo de Siberia; también, caso único en el siglo XX, 15 sinfonías, que le permiten situarse en la gran tradición de Mozart y Haydn y, en el mismo sentido, su colección de 24 preludios y fugas para piano enlazan la música rusa con Bach.

Pueden rasgarse las vestiduras, o como los antiguos romanos, bañar sus cabezas con ceniza, que, pase lo que pase, de Glinka a Shostakovich hay demasiada música de la cual no se puede prescindir. Lo demás son necedades.