27 de octubre del 2021
ILUSTRACIÓN ISTOCK
11 de Octubre de 2021
Por:
ADOLFO ZABLEH DURÁN*

 

Se celebra el mes del Amor y la Amistad después de dieciocho meses de un distanciamiento social que enrareció todas las relaciones humanas. Ahora que hay vacunas, ¿se puede hablar, realmente, de 'acercamiento'?

 

 

 

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No es fácil decir te quiero

EN ESTA PANDEMIA los precios subieron y los sueldos bajaron, el trabajo aumentó y la gente se quedó ciega de tanto pasar tiempo en el computador. En general, el mundo quedó más revuelto de lo que ya estaba, y al margen de las repercusiones económicas y de salud, la vida quedó muy trastocada, al punto de que no sabemos cuándo volveremos a la normalidad, y si esta llegará algún día. Por otro lado, qué palabra rara es ‘normalidad’, como si toda actividad o pensamiento que no cabe en ella fuera una amenaza al sistema, una aberración del universo, y como si la única forma de encajar en el mundo fuera siendo “normal”. Gente normal, Coca-Cola normal, se dice rápido porque hace rato que tales expresiones calaron en nosotros, pero al decir que algo o alguien es normal insinuamos sin querer que todo lo que no se le parezca es simple y llanamente un engendro.

 

Las relaciones sufrieron también más de la cuenta; las laborales y las familiares, pero sobre todo las amorosas, y en esa categoría caben las sentimentales y las meramente sexuales. Convivencias se acabaron, contratos de arrendamiento expiraron y no fueron renovados, o simplemente se rompieron antes de tiempo con su respectiva multa. Gente que empezó el 2020 dispuesta a meterle la ficha en pareja terminó tirando la toalla con inesperada rapidez. Sin ir más lejos, hace unos meses, en cuestión de semanas vi en mi cuadra tres trasteos sacando muebles de apartamentos vecinos y cargándolos en dos camiones de mudanzas diferentes seguidos de los respectivos inquilinos, cada uno por su lado. Muy desolador todo.

Ahora que las vacunas avanzan, el virus se debilita y la gente ha vuelto a la calle abundan las promesas de retomar la vida tal como la conocíamos. Desde ya se ve un afán generalizado por socializar en busca del último año y medio perdido tal y como lo vaticinaron los expertos, una especie de furor similar al de hace un siglo, luego de la Primera Guerra Mundial y de la llamada ‘Gripe española’. Se conocen como ‘Los locos años veinte’ y vaya oportunidad para repetir el momento justo un siglo después. Hoy sales a la calle y no es como si la pandemia se hubiera acabado, es que se acabó por mucha misa que digan las autoridades. Los restaurantes y bares no dan abasto y dentro de ellos se puede ver gente comiendo y bebiendo como vengándose del virus que la tuvo encerrada, llena de euforia y sin tapabocas ni distanciamiento social. Luego esa misma gente sale al aire libre y por ley debe usar mascarilla, algo que no tiene mucho sentido; con razón es tan difícil hacerles caso a los que mandan.


“Los restaurantes y bares no dan abasto y dentro de ellos se puede ver gente comiendo y bebiendo como vengándose del virus que la tuvo encerrada”. 

 

Nadie le está diciendo que no a ningún plan, y si alguien quiere juntarse con gente que no ve hace rato, este es el momento. Lo digo porque me ha pasado, y de estar más de un año encerrado preso del miedo y de la modorra social, ahora no paro, al punto de que ni el tiempo ni el dinero me alcanzan para todo lo que quiero hacer. Antes de pandemia había desarrollado la habilidad de cancelar planes promesas de retomar la vida tal como la conocíamos. Desde ya se ve un afán generalizado por socializar en busca del último año y medio perdido tal y como lo vaticinaron los expertos, una especie de furor similar al de hace un siglo, luego de la Primera Guerra Mundial y de la llamada ‘Gripe española’. Se conocen como ‘Los locos años veinte’ y vaya oportunidad para repetir el momento justo un siglo después. Hoy sales a la calle y no es a última hora inventándome los míos propios mientras me quedaba encerrado en casa haciendo nada y de todo al mismo tiempo, luego llegaron las cuarentenas y encerrado entendí que la soledad y el aislamiento eran valiosos cuando eran voluntarios, pero que, si se volvían obligación, socializar se convertía en la mayor de las tentaciones.

Igual, no es que estuviéramos teniendo mucho contacto físico antes de la pandemia, ¿Recuerdan cómo era el asunto? Absorbidos por el estudio o el trabajo, presos de los trancones, locos por llegar a descansar a casa y pensando más de dos veces si salir en fin de semana era conveniente. No era solo que la rutina nos estuviera consumiendo, sino que el internet estaba lleno de ventajas y soluciones. Citas y sexo virtual, aplicaciones para conocer personas, el siempre inmediato WhatsApp que hace que extrañar a alguien sea casi imposible, además de toda una variedad de redes sociales: videos en Youtube y TikTok, fotos en Instagram, palabras en Twitter y toneladas de series y películas en Netflix y similares. Todo esto nos hizo acostumbrar a las medianías: estar, pero no estar; coquetear, pero no concretar; conectar, pero virtualmente y a ratos. Mucho show digital, poco acto presencial.

 

“Ni una cosa ni la otra: ni salimos hechos mejores personas ni hallamos a la vuelta de la esquina el tan anhelado amor”. 

 

Pues nos atragantamos de tanta virtualidad durante dieciocho meses que ahora estamos locos por volver a sentir, a tocar, a vivir la vida como corresponde. ¿Será? Es posible que no, piénsenlo bien. Esta pandemia no fue una guerra, solo nos cogió por sorpresa y en nuestras peores pesadillas sentimos que el mundo se acababa, pero ni cerca estuvo. Parece que el coronavirus fue un pequeño contratiempo apenas, así que la evolución y los cambios continúan. La Tierra sigue existiendo y no es la misma que les tocó a nuestros padres y abuelos. Ellos no tenían nuestras facilidades: el internet era una cuestión de ciencia ficción, las llamadas telefónicas valían una fortuna y la vida se hacía en el barrio, en ciudades que hoy son hostiles pero que hace unas décadas eran prácticamente pueblos de tres manzanas. Su afán era crecer para salir a la calle, al mundo, emanciparse del hogar; nosotros, en cambio, hemos hecho de nuestra casa una cárcel y un refugio, al punto de que muchas veces lo que más queremos es terminar nuestras obligaciones y cerrar las cortinas para poder disfrutar de los pasatiempos y emociones que nos brinda la tecnología, cosa que la vida real no puede ofrecer. O quizás sí, pero que demandan mucha logística y dinero.

Por eso veo a la pandemia como la excusa para seguir comportándonos como lo veníamos haciendo durante años, un poderoso pretexto para no tener contacto con los demás porque en nombre de la salud y de la vida somos capaces de lo que sea así no sea cierto. Es que ni para trabajar se requiere presencialidad ya, bendito Zoom. Entonces, así como creíamos que de esta íbamos a salir mejores (tanto que lo volvimos eslogan), estábamos convencidos también de que una vez superada la crisis sanitaria saldríamos corriendo a lanzarnos a los brazos de aquel a quien nos habíamos resistido durante años, de que por fin íbamos a encontrar el amor que tanto se nos había negado.

Ni una cosa ni la otra: ni salimos hechos mejores personas ni hallamos a la vuelta de la esquina el tan anhelado amor. Más bien las cosas tienen pinta de seguir igual así queramos cambiarlas, porque las reformas importantes y las grandes revelaciones no se logran solo con deseos. Hoy todos decimos que queremos a alguien especial en nuestras vidas, y no digo que no lo queramos de corazón, pero ¿qué estamos haciendo para conseguirlo? Así cambien los tiempos, las relaciones humanas que incluyen sentimientos han permanecido prácticamente iguales. En los años venideros muchos se enamorarán o creerán haberse enamorado, otros lo intentaran sabiendo desde el comienzo que están condenados al fracaso, y otros, los menos, culminarán la misión con éxito, si es que triunfar en el amor es posible.

La pandemia nos dejó al mismo tiempo agotados y con ganas de emociones. También nos enseñó la importancia de tener apoyo en los tiempos difíciles. Y aunque muchos no estuvieron expuestos a un riesgo real de morir, en sus momentos más pesimistas se vieron muriendo solos y tal cosa no les gustó. Vivir en soledad es para muchos un gusto más que una imposición, morir solos, en cambio, sin respaldo y sin ayuda, caer en el olvido antes de que llegue ese olvido final que es la muerte, resulta aterrador. Hay muchas razones válidas para querer enamorarse de alguien, mucho más ahora que hemos entendido que no somos eternos: compartir la vida, aprender del otro, dar amor, dejar un legado. Hay varias más que se me escapan en este instante, pero no creo que el miedo a morir solo sea una de ellas.

*Periodista y escritor barranquillero. Acaba de publicar, con la editorial Rey Naranjo, su cuarto libro: Paraísos en el mar