27 de noviembre del 2021
FOTO CORTESÍA BAREKE
16 de Noviembre de 2021
Por:
Catalina Uribe Tarazona

Según la ONU, el sector textil utiliza 93.000 millones de metros cúbicos de agua al año, cantidad suficiente para que cinco millones de personas sobrevivan durante el mismo tiempo. ¿Cómo disminuir ese y otros impactos sobre el medioambiente?

De fast a slow: moda sostenible

EL CAMBIO climático y sus consecuencias no son ocasionados únicamente por industrias como la energética, la alimentaria o la del transporte. La producción de prendas de vestir también tiene un impacto considerable: de acuerdo con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (unctad), este sector ocupa el segundo puesto dentro de los más contaminantes del mundo. A ello se suman las declaraciones de Elisa Tonda, jefa de la Unidad de Consumo y Producción del Programa de la onu para el Medio Ambiente (pnuma). Durante la Asamblea sobre Medio Ambiente, celebrada en marzo de 2019 en Nairobi (Kenya), manifestó que la producción mundial de ropa y calzado genera el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Otros estudios realizados por la unctad arrojaron cifras que demuestran que la industria de la moda es responsable del 20% del desperdicio total del agua a nivel global; que cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura; que cada año se arrojan al mar medio millón de toneladas de microfibra y –para colmos–, que la producción de ropa se ha triplicado desde el año 2000 hasta la actualidad.


¿Cómo comenzó todo? A principios de la década de 1940, los diseñadores experimentaron la confección a gran escala, fuera esta con materiales sintéticos o naturales, con presencia de pesticidas y otros productos químicos que hoy se reconocen como nocivos para el medioambiente.


Por supuesto, también usaban piel de animal, un material considerado de lujo. El uso desmedido de insumos agresivos convirtió a la moda en una gran industria contaminante. Luego, en los años sesenta y tras caer en cuenta de los problemas irreversibles que ocasionaban estas dinámicas, el movimiento hippie comenzó a poner en el ojo público las aberraciones ambientales de la industria. A ello se sumó la investigación de Rachel Carson acerca del uso generalizado de pesticidas, plasmada en su libro Silent Spring, de 1962. La autora resaltó cómo el uso de este tipo de insumos estaba acabando con animales, jardines, bosques e insectos, y denunció que los venenos utilizados se acumulaban en la cadena alimenticia, con enormes riesgos para la salud humana y terribles efectos para la flora y la fauna. Algunos autores ya se habrían acercado a discursos similares, pero ninguno de manera tan elocuente y contundente. Puede decirse que en ese momento nació la moda sostenible.


EL MAYOR CONTAMINANTE: LA FAST FASHION Una de las batallas más grandes con las que ha tenido que luchar el escenario de la sostenibilidad en la industria textil es con la llamada moda rápida. Una estrategia de venta que tuvo sus inicios en el siglo XIX, pero que tomó fuerza con la revolución tecnológica del XX. A partir de mediados de este último, la fast fashion se instauró de la mano de marcas como Topshop (1964), Zara (1975) y Forever21 (1984), pioneras en este modelo de retail: prendas de vestir visualmente agradables, adaptadas a las tendencias actuales, con corto tiempo de vida útil y, lo más impor tante, a un precio muy bajo. Con la globalización y la tecnología este concepto se masificó a tal punto que alcanzó una producción de 62 millones de tone ladas de ropa al año, y con esas cifras aparece el desperdicio, la contaminación en ecosistemas críticos como el marítimo o de agua dulce, la deforestación a manos de la industria y la emisión de CO2 en las cadenas de producción y transporte. El panorama se tornó insostenible también en la esfera social: la industria se cimentó en la explotación de aquellos actores que hacen posible la cadena productiva. Países como China, Cambodia y Bangladesh son ejemplos claros de lo que sucede detrás de esta ‘moda ideal’: sueldos ínfimos, horarios de trabajo extenuantes y condiciones laborales miserables.

LA SOLUCIÓN: MODA ECOLÓGICA O SLOW FASHION
Aunque el consumismo es una enfermedad que parece no tener cura, la consciencia medioambiental crece a ritmos tranquilizantes: un estudio realizado por Boston Consulting Group y Global Fashion Agenda arrojó que el 75% de las personas en el mundo consideran la sostenibilidad como uno de los criterios más importantes cuando se trata de comprar ropa y calzado. Aunque el camino es largo, el comienzo es esperanzador y la conciencia creciente hace que grandes, medianas y pequeñas empresas hagan esfuerzos por preservar los recursos naturales. Uno de los conceptos clave en ese empeño es el de la moda circular o reciclable: una estrategia que pretende elaborar prendas con recursos finitos del planeta de forma más sostenible y responsable, de manera que puedan ser reutilizadas.

La diseñadora británica Stella McCartney, quien puede hacer alarde de que sus confecciones son completamente libres de insumos animales, es una de las pioneras en llevar la moda ecológica a las pasarelas de mayor reconocimiento en el mundo. Sus ideales ambientalistas los comparte también la reconocida diseñadora neoyorquina Mara Hoffman, así como con Ralph Lauren, y nada menos que con el grupo de empresas comerciales francesas Kering –que incluye marcas como Yves Saint Laurent y Balenciaga–. Este promueve, desde 2012, un programa de responsabilidad corporativa con el que esperan reducir las emisiones de carbono del grupo en un 50%, disminuir el impacto medioambiental en un 40% y desarrollar un índice de sostenibilidad para asegurar que sus proveedores respalden los objetivos propuestos en cuanto a trazabilidad y el uso de productos químicos. El grupo tiene ambiciosas metas ambientales para el 2025.

A esta lista se suman marcas como la firma francesa Sézane, que asegura haber multiplicado su proporción de material ecofriendly; Ecoalf, creada por el español Javier Goyeneche, que trabaja bajo el lema “No hay planeta B” y que es partícipe del proyecto Upcycling the Oceans con el que recuperan botellas de plástico del fondo del mar Mediterráneo para crear, con ellas, sus prendas de ropa; Louis Vuitton, que ha manifestado abiertamente su compromiso con el medioambiente y, en consecuencia con ello, cuenta con el programa Carbon Inventory; la marca británica Pepe Jeans, con su línea de zapatillas recubiertas de una película transparente de dióxido de titanio (TiO2), que cuando recibe los rayos del sol elimina hasta un 80% los óxidos de nitrógeno (NOx), y Zara, la reconocida marca de origen español, que ha lanzado colecciones eco, así como sus líneas permanentes Join Life de Zara. Esta última es elaborada con desechos de antiguas redes de pesca, alfombras y retales.

Algunas otras marcas de impacto masivo o de lujo se han adherido a esta ola en búsqueda de un balance entre ética y estética. Se destacan casos como los de dkny, Bottega Veneta, Versace, Gucci, Tiffany & Co y Armani. También h&m, con su esquema de recolección de ropa; Guess, que forma parte de un programa de reciclaje; Coach, que en 2018 se unió a las marcas antipieles; Indosole, que fabrica zapatos con llantas viejas, y Novel Supply, la cual cuenta con un esquema de devolución de prendas para reciclarlas.

¿Y EN COLOMBIA?
La moda sostenible en nuestro país ha tomado una fuerza imparable. Muestra de ello es que cada vez son más las marcas que le apuestan a la moda lenta, donde se prioriza la calidad del producto, el diseño del mismo y la calidad de vida de quienes lo elaboran. Una de ellas es Paloma & Angostura, inspirada en la construcción de paz. Su iniciativa involucra contratación de personas en proceso de reintegración a la vida civil o víctimas de la violencia. Asimismo, un código de conducta basado en la Organización Mundial de Trabajo, el uso de fibras naturales y biodegradables y la evaluación del ciclo de vida de sus productos.

Por otra parte, la marca paisa Fokus Green tiene un mínimo impacto ambiental: en la fabricación de cada camiseta no solo ahorran litros y litros de agua –gracias al uso de algodón y botellas pet recicladas–, sino que no contaminan las fuentes hídricas ni los suelos por ser libre de pesticidas y colorantes artificiales. El resultado: al año, Fokus Green evita el gasto de 30 millones de litros de agua y recupera 50.000 botellas plásticas de los océanos. Otro caso destacable es el de Bareke, una marca sucreña que trabaja con mano de obra local. Su centro de producción, ubicado en el municipio de Sampués, le permite generar oportunidades dignas para indígenas, artesanos y trenzadores de la región. La marca los capacita para trabajar con ellos en la elaboración de bolsos de fibras naturales, a través de un proceso de fabricación sostenible. Finalmente, a esta lista se suma Little Ramonas –una marca slow fashion que exige certificados de origen a sus proveedores, utiliza materias primas recicladas y realiza un proceso ecoamigable para curtir el cuero de sus prendas– y otras diez admirables iniciativas: Religare, Casa Lefay, My Green Life Shop, Tania Rincón, Juan Pablo Martínez, Maathai Organic, Aldea, Alado, Hope Made in the World y Pink Filosofy.

 

CAMBIE ESTO… POR ESTO
Moda rápida y barata por moda lenta y de calidad.
Piel de animal por  cuero vegetal.
Plástico o fibras no biodegradables por

materiales amigables con el medioambiente: pinatex, lenzing tencil, corcho, seacell,
piel de hongo y materiales reciclados.

Confección internacional por confección nacional: así ayudará a reducir las emisiones de CO2 que se producen en
 el transporte de prendas de un país a otro.
Prendas nuevas por prendas renovadas.
Tener cien prendas y usar siempre las mismas diez por  tener cinco y utilizarlas todas.