12 de agosto del 2022
Christian Tappan, en cuyas vivencias está inspirada Primate, comparte set con Natasha Klauss, Juan Pablo Urrego y Diego Cadavid.
12 de Junio de 2022
Por:
Julio César Guzmán @julguz

 

 Series recientes, como Primate, van más allá de la tradicional comedia costumbrista y le apuntan a un mercado internacional. 

 

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Los nuevos humores colombianos

 

LAS RISAS también parecen tener fecha de expiración. Lo que ayer era gracioso hoy puede no serlo, y viceversa. Recordé esto viendo los primeros episodios de la serie colombiana Primate, que reflejan un humor más universal y que envuelve situaciones individuales, en contraposición al tradicional fresco costumbrista que nos hacía reír en el siglo pasado.

Es una natural consecuencia de la apertura de los mercados: hay que pensar en un público internacional, a diferencia de comedias legendarias como Don Chinche, Yo y tú o Dejémonos de vainas, que tenían códigos implícitos que solo se disfrutaban  en nuestro país —y, en algunos casos, solo en Bogotá—.

La plataforma RTVC Play revivió algunas de esas producciones y es triste verificar que ciertas comedias no envejecen bien. Se deslizan a un ritmo cansino, incluyen burlas que hoy no serían ‘políticamente correctas’ y difícilmente hacen reír a los jóvenes del siglo XXI. Por ello, en primera instancia, es un avance que estén saliendo nuevas series de humor más a tono con los tiempos turbulentos que vivimos.

Son ejemplos la mencionada Primate, en Amazon Prime Video, y Juanpis González y Chichipatos, en Netflix. El problema viene más adelante, cuando los hilarantes planteamientos iniciales se van agotando conforme pasan los episodios. Fue mi impresión con Primate: que luego de unos capítulos de apertura, muy bien adobados con ironía, comienza a flaquear cuando se estanca la historia. Al querer desafiar los clichés convencionales, su humor termina cayendo en ellos y, por momentos, bordea el ridículo.

En el caso de Juanpis González, su contundente sátira social y política es un soplo de aire fresco, pero también por momentos se siente que sobran escenas o que se estira de manera innecesaria la trama, cual si fuera una novela en horario estelar.

Llegué a preguntarme si el humor colombiano radica exclusivamente en la exageración facilista y quizás chabacana. Si estamos condenados a que nuestras risas se disparen con las palabras soeces y la falta de elegancia. Los monólogos que ahora inundan las plataformas (stand-up comedies, para llamarlas en un lenguaje más mercadotécnico) parecen corroborarlo.

Pero no lo creo así. Es un fenómeno comercial: la risa fácil es la que mayor taquilla aporta en los estrenos cinematográficos del 25 de diciembre. Los ‘cómicos’ reconocidos atraen más suscriptores en las plataformas. Sin embargo, no son los únicos humoristas colombianos.

Recientes obras teatrales y geniales piezas literarias (por supuesto, menos masivas) demuestran nuestro humor inteligente. Incluso algunas parodias que recorren las redes sociales nos hacen reír y pensar, por partes iguales, aunque no se ajusten al estereotipo del chiste colombiano. Ojalá las series adoptaran también a estos creadores.

En su famoso ensayo sobre la risa, Henri Bergson citaba a los filósofos que definían al hombre como “un animal que sabe reír”. En tal sentido, el humor es síntoma de humanidad y si bien debemos agradecer que las nuevas comedias colombianas nos hagan reír, también sería deseable que nos mostraran menos animales.