17 de octubre del 2021
Fotografías - Shutterstock y Laura Gil
2 de Junio de 2021
Por:
Laura Gil *

 

Acceso inequitativo a las dosis, acaparamiento, desafíos de producción y suspicacias sobre la liberación de patentes: el entramado que hace temer a los analistas de la salud pública internacional.

 

Vacunación mundial , ¿un fracaso moral?

 

“El mundo está al borde de un fracaso moral catastrófico”, afirmó el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la Organización Mundial de la Salud –OMS–, en enero de 2021. Cuatro meses después, la distribución inequitativa de las vacunas se convirtió en el eje de la discusión de la Cumbre Iberoamericana de Andorra.

¿Seguimos al borde del abismo? Las cosas han mejorado algo, pero no lo suficiente. La vacunación masiva y oportuna está atada a tres elementos: el avance del Covax, la liberación de las patentes y la capacidad de producción.

El Mecanismo de Acceso Mundial a las Vacunas contra la COVID-19, conocido como Covax, constituye una iniciativa público-privada de la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación para Epidemias –una red de institutos de investigación y entes financiadores–; la alianza Gavi entre organismos multilaterales, gobiernos, la industria farmacéutica y la sociedad civil internacional; UNICEF, y la OMS. Fue lanzado en abril de 2020 con el apoyo de esta última, la Comisión Europea y Francia.

Se trata de un mecanismo de compra centralizada de vacunas destinada a garantizar el acceso de los países mediante la acumulación del poder adquisitivo de todas las economías participantes. Según la OMS, permitirá garantizar el volumen necesario de un portafolio diversificado de vacunas y así mejores términos de negociación.

Los miembros de Covax se dividen en dos categorías: los que se financian de manera propia y los que no. En América Latina, 14 Estados se autofinancian y solo Bolivia, El Salvador, Haití, Honduras y Nicaragua obtendrán las vacunas vía ayudas. Los países bajo autofinanciamiento deben pagar 15% del costo total de la orden como cuota inicial. Cada país puede comprar vacunas para entre 10% y 50% de su población y ninguno puede recibir más del 20% de lo que necesita hasta que todos hayan alcanzado ese porcentaje. Para asegurar una asignación Covax, los Estados deben presentar un Plan Nacional de Vacunación que cubra la actualización de la regulación, la planeación y coordinación del despliegue, su costeo
y
financiamiento, las estrategias de priorización, la provisión de cadenas de suministro y los programas de comunicación y monitoreo.

El mecanismo pretende distribuir 2.000 millones de vacunas antes del fin del 2021. De ellas, unos 600 millones están reservadas para África. A principios de mayo, había asignadas 35,3 millones para América Latina con entrega antes del fin de junio. Ghana se convirtió en el primer destinatario de las vacunas de Covax, con 600.000 dosis el 24 de febrero de 2021. Una semana después, Colombia –país recientemente nombrado copresidente del mecanismo– recibió el primer embarque hacia las Américas, con 117.000 biológicos Pfizer.

 

LOS PROBLEMAS

Las dificultades del Covax se conocieron desde temprano: falta de financiamiento, incapacidad para suplir la demanda y arreglos contractuales complejos. De hecho, Reuters publicó un memorando del 25 de noviembre que confirmó información conocida desde mucho antes. “El riesgo del fracaso de Covax es muy alto”, señalaba este documento preparado para la junta directiva de la alianza Gavi, que administra el mecanismo.

Covax dio alertas tempranas de peligro. En 2020, recaudó 700 millones de dólares, lejos de la meta de los 2.000 millones de dólares. La confrontación de la administración Trump y la OMS, que llevó al anuncio del retiro de Estados Unidos de la Organización, implicó la pérdida de un importante donante que solo se corrigió cuando, con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, el país se unió a Covax.

Por otro lado, los países más ricos se esforzaron en acaparar vacunas. Según el Centro de Innovación Global de Duke, en noviembre de 2020, los países de altos y medios ingresos habían finalizado de manera bilateral pedidos por 3.800 millones de vacunas y había reservas para 5.000 millones. Canadá resultó el caso más extremo: compró cinco dosis por habitante.

Por su parte, Covax había asegurado dosis solo para 250 millones de personas. Y la sola falta de capacidad manufacturera para suplir la demanda daba muestras de las limitaciones del mecanismo. Las farmacéuticas no daban abasto y el Estado que no se apresurara a comprar se quedaría sin vacunas.

 

 

 

¿Y ENTONCES?

Covax es una buena idea que dio frutos a medias. “La distribución de vacunas no ha sido tan equitativa como nos hubiera gustado, pero ciertamente ha sido más equitativa de lo que hubiera sido de otra manera”, reconoció el doctor Ghebreyesus.

El nacionalismo de los Estados más ricos abrió el espacio a la diplomacia china de las vacunas. La distribución de los tres tipos de inmunizaciones –Sinopharm, Sinovac, y CanSino– constituye una prioridad diplomática: como evidencia, se puede señalar que China ha comprometido 10 veces más inmunizaciones al exterior de las que ha aplicado en el país. El presidente Xi Jinping afirmó que las vacunas chinas van en camino a convertirse en un “bien común global”. En otras palabras, la dependencia de las vacunas chinas consolidará el “soft power” de ese país en la región.

El Gobierno ruso, por su parte, está utilizando la vacuna Sputnik –un nombre lleno de simbolismo–, para acercarse a los países de Europa oriental y, en particular, a los Balcanes. Unos 50 países han hecho pedidos. Al igual que China, Rusia mantiene una baja tasa de inmunización interna, pero aspira, con la vacuna, a mostrar el fiasco de solidaridad de Occidente.

De manera tardía, Washington se lanzó al agua a hacer diplomacia de vacunas. Mientras el Gobierno de Donald Trump se ensañó con la OMS y, de paso, le dio la espalda al multilateralismo de Covax, el Gobierno de Joe Biden anunció 4.000 millones de dólares en contribuciones. Los primeros 500.000 dólares se entregarán relativamente pronto, 1.500 millones le seguirán durante el año y el resto se desembolsará a lo largo de 2022. Biden nombró una funcionaria encargada de explorar cómo asegurar la distribución de los remanentes de los inventarios de Estados Unidos, reveló una alianza de producción entre su país, India, Japón y Australia para el suministro de Asia y prometió cuatro millones de dosis a México y Canadá. A fines de abril, anunció el reparto de 60 millones de vacunas AstraZeneca, el grueso del portafolio de Covax y un producto todavía no autorizado por el Food and Drug Administration (FDA).

El proyecto Covax, una gran idea de escala, resulta, no obstante, insuficiente para responder a las exigencias de las pandemias. No puede constituir la solución completa porque no responde a dos grandes problemas: los derechos de propiedad intelectual y la insuficiente capacidad manufacturera.

Sudáfrica e India propusieron una exención al Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio de 1994, conocido como TRIPS, en reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) del 10 de octubre de 2020. Poco a poco se fueron sumando países patrocinadores y un total de 99 apoyó la iniciativa.

El proyecto de Sudáfrica e India poco tenía de nuevo. Para luchar contra el VIH, los miembros de la OMC concertaron exenciones de salud pública al régimen de propiedad intelectual. La Declaración de Doha, que resultó de la presión de los países en los noventa para lograr tratamientos asequibles, consagra que “cada miembro de la OMC tiene el derecho a otorgar licencia obligatoria y la libertad para determinar las razones por las cuales son otorgadas”. Así, este texto fue adoptado para emergencias de salud pública como la actual. En consecuencia, un acuerdo global sobre propiedad intelectual para las vacunas COVID-19 dista de constituir una utopía irrealizable.

La Resolución 2565 del Consejo de Seguridad de Naciones, del 26 de febrero de 2021, hizo un llamado a los países a asegurar la vacunación en zonas de conflicto y posconflicto, así como los necesarios corredores humanitarios para realizarla. Ante ella, el director general de la OMS señaló: “Estoy contento de que el Consejo de Seguridad haya votado a favor de la equidad en las vacunas, pero si queremos soluciones prácticas, entonces hay que tomar en serio la exención de propiedad intelectual y el Consejo de Seguridad puede hacerlo si hay voluntad política. Votar por la equidad es importante y lo apreciamos, pero hay que dar pasos concretos para aumentar la producción, la vacunación y acabar con este virus lo antes posible”.

En este caso, el argumento de la patente como garantía de la inversión de las farmacéuticas en la investigación y en el desarrollo de un producto pierde fuerza en tanto la financiación de las vacunas proviene en su mayor parte de fondos públicos de los países del norte. Por ejemplo, la investigación de Moderna contó casi en su totalidad con dineros del gobierno de Estados Unidos. En general, la técnica nueva de modificación del RNA que utiliza la mayoría de las vacunas occidentales fue financiada por gobiernos. El portavoz de la organi- zación no-gubernamental Public Citizen, Peter Maybarduk, sostuvo: “Esta es la vacuna del pueblo. Los científicos federales ayudaron a crearla y los ciudadanos pagaron su desarrollo con sus impuestos. Pertenece a la humanidad”.

Dado el déficit de producción, la directora general de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala, solicitó la creación de alianzas para el licenciamiento que abran la puerta a la producción en cada uno de los países, un pedido intermedio entre el statu quo actual y la liberación de las patentes. Se trataría de expandir acuerdos como los de Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Malasia para producir vacunas chinas, e India y Brasil para vacunas AstraZeneca.

El problema está en que la transferencia de tecnología puede durar años –según un estudio de McKinsey & Company, entre 27 y 29 meses– y resultaría necesario acortar tiempos con un esfuerzo similar al que se hizo para las vacunas.

El mecanismo Covax, así lograra acelerar los tiempos de distribución, no tiene cómo solucionar el problema de acceso. Si se pretende vacunar al mundo entero, se requiere
el incremento de la capacidad de producción. A
fines de mayo, la Casa Blanca anunció que apoyaría las exenciones para las patentes. El Gobierno alemán se apresuró a tirar un balde de agua fría: “La propuesta de Estados Unidos para eliminar la protección de patente para las vacunas COVID-19 tiene implicaciones significativas para la producción de vacunas en general; el factor limitante en la fabricación de vacunas es la capacidad de producción y los estándares de alta calidad, no las patentes”.

La pandemia, no obstante, exige que patentes, distribución y producción vayan de la mano. El mundo en desarrollo no parece a la altura del desafío.

*Internacionalista colombo-uruguaya y directora de Lalineadelmedio.com.