28 de octubre del 2021
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20 de Septiembre de 2021
Por:
POR MAURICIO SÁENZ*

Diez años después de escribir un libro sobre los caudillos históricos de América Latina, el autor reflexiona sobre la relación que con ellos tiene el panorama actual de Ortegas, Maduros y Bolsonaros.

Los populistas de hoy ¿los mismos de siempre?

 

EN SU ENSAYO El gendarme necesario, el venezolano Laureano Vallenilla Lanz justificaba la figura del dictador latinoamericano, en su caso personificado en el general Juan Vicente Gómez, quien gobernó su país durante 27 años a partir de 1908. En su texto sostenía que las constituciones de estos países eran superfluas, porque la voluntad del caudillo era la verdadera Carta Política. Afirmaba que solo este podía sacar del caos a unos pueblos demasiado atrasados e ignorantes como para entregarles la responsabilidad de escoger a sus gobernantes. Es increíble, pero en la región siguen resonando las ideas que Vallenilla usó para dar sustento teórico al régimen de su jefe.

Pero es cierto: ya en la primera década del siglo XXI el caudillismo populista avanza de nuevo sobre las democracias de América Latina. Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega mostraban, desde todos los lados del espectro político, que nunca se había ido del subcontinente esa enfermedad mesiánica y providencialista caracterizada por reformas constitucionales dudosas, poderes legislativos y judiciales deslegitimados o capturados, discursos populistas, represión y un largo etcétera.

Para entonces ya era inevitable observar el parecido de esa tendencia con las frases de Vallenilla Lanz. Era imposible no traer a la memoria que, prácticamente desde la independencia, los americanos del sur del río Grande habían confiado en una figura paternalista que los sacara de sus angustias. De esa percepción surgió la idea de escribir Caudillos: en América Latina nada ha cambiado en 200 años, para recordar esos personajes muchas veces marcados por el ejercicio interminable del poder absoluto en maneras excéntricas y no pocas veces sangrientas. Para no olvidar que sus pueblos, luego de adorarlos al comienzo, habían terminado por aborrecerlos. En fin, para no perder de vista que quienes ejercieron el poder de esa forma casi nunca terminaron bien, y que solo dejaron como legado ese desprecio que subsiste, y crece, por las instituciones democráticas.

En México, Porfirio Díaz llegó al poder con la bandera de prohibir la reelección. Pronto olvidó su consigna, se hizo reelegir y se quedó 30 años en el poder.

CON PODER ABSOLUTO

La selección de caudillos que aparece allí abarca personajes de todas las épocas, comenzando por José Gaspar Rodríguez de Francia, el primer presidente de Paraguay, un hombre ascético y sombrío que gobernó con el rango de ‘el Supremo’, remoquete que le sirvió a Augusto Roa Bastos para titular su famosa novela. En nombre del orden, Francia sepultó los derechos individuales hasta sumir a su país en un escenario de pesadilla, convertido en un enclave misterioso e inexpugnable del que nadie pudo salir o entrar, bajo amenaza de muerte, durante al menos 25 años.

Ese ejemplo, así como el del argentino Juan Manuel de Rosas, muestran que el caudillismo apareció incluso antes de que se configuraran los países. Ya avanzado el siglo XIX, en México Porfirio Díaz llegó al poder con la bandera de prohibir la reelección, ese procedimiento clásico usado una y otra vez en su país por el general Antonio López de Santa Anna. Pero Díaz muy pronto olvidó su consigna, también se hizo reelegir y se quedó en el poder 30 años, hasta que la revolución lo derrocó en 1910.

Hizo milagros: convirtió México en una república próspera tras concentrar la propiedad de la tierra a costa de los campesinos, mientras aplicaba el positivismo, la misma doctrina seudocientífica que defendía Vallenilla, según la cual la sociedad discurría por reglas inmutables en su camino al progreso. Según ella, el papel del gobernante era mantener esas condiciones, aunque eso significara reprimir a sangre y fuego cualquier inconformidad y empobrecer aún más a los desposeídos.

América Central contribuyó al caudillismo con personajes como el guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, que gobernó durante 22 años obsesionado con educar a su pueblo, por lo que construyó no solo escuelas, sino templos a Minerva, la diosa romana de la sabiduría. Todo ello en medio de un estado policiaco tal, que el diario The New York Times lo llamó el Nerón de los tiempos modernos. Su cariz siniestro inspiró a su coterráneo Miguel Ángel Asturias la novela El señor pre- sidente, una de las obras más impresionantes de la prolífica literatura sobre los caudillos.

El asedio a opositores, periodistas y activistas por parte del nicaragüense Daniel Ortega no hace sino recordarle al mundo la dinastía dictatorial de los Somoza, esa que él mismo ayudó a derrocar. 


Hay otros nombres igualmente poco conocidos, como el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, el espiritista que inauguró la dupla militares-oligarquía, el hondureño Tiburcio Carías Andino, que gobernó por y para las compañías fruteras norteamericanas, hasta dar origen a la expresión ‘república bananera’. O como el controversial brasileño Getulio Vargas, que instauró el corporativismo, una organización gremial del Estado, 
por el que los ciudadanos debían obligatoriamente pertenecer al sindicato local de su oficio para ganarse la vida, aunque finalmente nunca aplicó la Constitución. Y algunos de esos personajes hoy resultan casi inconcebibles, como los Somoza, la dinastía que dominó a Nicaragua durante buena parte del siglo XX, y el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, paradigma del personalismo y la crueldad.

En mayor o menor medida, esos dictadores caudillistas siguieron un patrón similar: llegaron al poder para salvar a sus países del caos precedente y gozaron de una popularidad enorme, muchas veces favorecida por ocasionales bonanzas de sus productos exportables. Todo esto les permitió modificar la constitución para reelegirse, según ellos la única manera de culminar su obra, mientras atropellaban a la oposición y destruían o capturaban a la prensa.

DE HERNÁNDEZ A BUKELE, DE GÓMEZ A MADURO, DE VARGAS A BOLSONARO
Hoy el positivismo que animó a la mayoría de los dictadores en el siglo XIX y comienzos del XX ya no existe, pero sí el autoritarismo que desprecia las formas democráticas. Del momento del libro hacia acá, el fenómeno permanece, aunque ha mutado en formas nuevas, si se quiere más sutiles.


El venezolano Chávez pervive inmutable en Miraflores, reencarnado defectuosamente en Nicolás Maduro. Uribe sigue ejerciendo una influencia desproporcionada en el Palacio de Nariño, 10 años después de su último gobierno, mientras en el horizonte colombiano aparecen nuevas amenazas. Evo Morales permanece detrás del actual presidente boliviano, Luis Arce, con intenciones claras de regresar al poder formalmente. El nicaragüense Ortega sigue en su silla, ya sin pudor alguno, convertido en un dictador sangriento y tradicional en toda la línea.

Y a ellos se han sumado al menos tres nuevos personajes, el salvadoreño Nayib Bukele y el brasileño Jair Bolsonaro, que alardean de su autoritarismo, y el hondureño Juan Orlando Hernández. Este logró su primera reelección justo en un país que algunos años atrás había destituido a Manuel Zelaya por haberse atrevido a intentar reelegirse en contra de una norma pétrea de la Constitución, adoptada precisamente contra el regreso de personajes como Carías Andino.

¿Cómo no relacionar el pensamiento monolítico, el fervor populista y el irrespeto por los derechos individuales del régimen chavista en el poder desde 2002 en Venezuelacon el autoritarismo de los caudillos del siglo XIX y principios del XX? 

El exmilitar Jair Bolsonaro, elegido democráticamente, llegó al poder montado sobre un discurso alejado de principios democráticos como el del respeto a la diversidad. Hoy el mandatario enfrenta una intensa crisis de legitimidad. 

 

Pero hay agravantes. En los años noventa el sistema democrático repuntó en el continente, entre otras cosas porque casi había desaparecido la tolerancia con los golpes de Estado. Hoy el costo de vulnerar la democracia se ha reducido a un mínimo, al menos por dos factores: el retroceso de la influencia internacional de Estados Unidos, confirmado en Afganistán, y el surgimiento de actores geopolíticos, como Rusia y China, que promueven caminos alternativos basados, cómo no, en despreciar
la democracia y promover el autoritarismo.

En el siglo XIX era comprensible que los pueblos siguieran a su caudillo, cuando todo era incertidumbre y los países apenas aspiraban a consolidar sociedades viables. Hoy, sus seguidores lo rodean porque las instituciones tan difícilmente adoptadas olvidaron a los más desfavorecidos. Las desigualdades resultantes les quitan credibilidad a las promesas de un progreso gradual y luchado y aumentan la de líderes mesiánicos que ofrecen un cambio providencial y absoluto. Una promesa que se prolonga en el tiempo, de reelección en reelección.

En fin, la persistencia del fenómeno en los últimos años sugiere que en realidad nunca se fue. Los neocaudillos no parecen haber llegado a las excentricidades autoritarias de sus lejanos antecesores, aunque sobre todo Ortega y Maduro a veces salen con una que otra. Mientras tanto, la famosa frase de Lord Acton, según la cual el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente, parece confirmarse en América Latina con cada día que pasa.

*Abogado y periodista, fue jefe de redacción de Revista Semana por más de tres décadas.