06 de octubre del 2022
Esta foto fue tomada en 1952, año en el  que murió el padre de Isabel, el rey jorge  VI. Meses despues, en junio de 1953, la  coronación de la mujer fue retransmitida  por televisión, un hecho inédito. Foto: Getty Images.
Esta foto fue tomada en 1952, año en el que murió el padre de Isabel, el rey jorge VI. Meses despues, en junio de 1953, la coronación de la mujer fue retransmitida por televisión, un hecho inédito. Foto: Getty Images.
20 de Septiembre de 2022
Por:
Camilo Uribe Botta *

El mundo echará de menos la constancia que, durante 70 años y pese a múltiples mareas personales y políticas, proyectó Isabel II del Reino Unido. La vara queda alta para el proclamado Carlos III, cuyo estilo de liderazgo queda aún por descubrir.

La poderosa neutralidad: los pasos de una monarca inteligente

 

La reina Isabel II fue, sin duda, una de las líderes más importantes del mundo en el siglo XX. Asumió el trono en 1953 y fue proclamada y coronada con el pomposo título de Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Defensora de la Fe, Jefa de la Mancomunidad de Naciones, todo ello seguido de un largo etcétera. Al momento de fallecer, también era la reina de 14 países más que la reconocían como su jefa de Estado, entre ellos Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Jamaica.

Ya algunos medios y comentaristas británicos hablan del fin de una era, de una segunda era isabelina. Y el apelativo no es para menos, pues ha sido bajo el reinado de mujeres como la reina Isabel I y la reina Victoria que el Reino Unido ha tenido algunos de los momentos más dramáticos de su historia, y el reinado de Isabel II no fue la excepción. Durante las últimas siete décadas, la reina fue una figura central tanto en el Reino Unido como a nivel mundial, por lo que cuesta imaginarse el mundo sin ella.

Nacida como la princesa Isabel en 1926, no estaba estipulado que algún día ocupara el trono. Sin embargo, la abdicación de su tío, el rey Eduardo VIII en 1936, cambió todo, convirtiéndola en la heredera de dicha posición. Luego del fallecimiento de su padre, el rey Jorge VI, en 1952, la princesa Isabel se convirtió en la reina Isabel II mientras estaba de viaje oficial en Kenia, a los 25 años. Su edad parecía ser una desventaja, sobre todo frente a veteranos políticos ingleses como Winston Churchill, entonces primer ministro. Pero la reina rápidamente mostró ser una mujer muy inteligente, ágil y perspicaz, con un gran sentido del humor y, sobre todo, muy consciente de su papel político: el de no hacer nada, o al menos aparentarlo. Analizar dicho rol es difícil por la misma naturaleza de su cargo, en principio apolítico y neutral.

Ese rol de jefa de Estado fue fundamental para los 15 primeros ministros que conoció durante su reinado. Todos tenían una reunión semanal con la reina, cuyo contenido probablemente nunca sepamos, pero de seguro era más que una charla casual sobre el clima. Fue ese papel neutral pero poderoso el que, con rapidez, la convirtió en un símbolo de unidad nacional en las cuatro naciones que hacen parte del Reino Unido: Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte. Este rol le daba certeza al complejo sistema político británico. La reina también estaba presente en la vida diaria de la gente en billetes, monedas y estampillas, no solo del Reino Unido, sino también de muchos países que alguna vez fueron parte del Imperio británico. También se convirtió en un ícono popular, inspirando a devotos y críticos, siendo retratada y fotografiada por famosos artistas y fotógrafos. Es quizás la jefa de Estado con más representaciones, y cada año se publicaban nuevas fotografías y retratos suyos, oficiales y no oficiales.

Su tradicional discurso de Navidad era uno de los momentos de mayor audiencia en el país, una tradición que fue transmitida por televisión por primera vez en 1957. Este era uno de los pocos momentos en los que la reina hablaba directamente a la cámara, pues siempre rechazó cualquier entrevista. Sin embargo, era una excelente estratega de comunicaciones y casi siempre logró manejar las crisis mediáticas y de popularidad ocasionadas por otros miembros de la familia real y sus cuestionadas acciones.

Dentro de esta exitosa estrategia de comunicaciones, la reina permitió que se hicieran documentales sobre la vida cotidiana de la familia real, mostrando que esa mujer extraordinaria y sus parientes eran, aparentemente, una familia ordinaria. La reina, en apariencia distante y seca en momentos políticos, se mostraba cariñosa y carismática en su vida privada y en eventos públicos. En años más recientes se prestó para grandes apariciones, como su icónica llegada a la apertura de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012 junto a James Bond o tomando té con el famoso oso Paddington para celebrar su Jubileo de Platino. Un comentarista real decía alguna vez que la reina no cambiaba, sino que se adaptaba, lo que se evidenció en su manera de acercarse y comunicarse con la gente.

En el plano internacional, la reina rápidamente se convirtió en la mejor carta de presentación del Reino Unido en medio de la reconstrucción de la postguerra y de un difícil, y a veces violento, proceso de descolonización. La reina fue un testigo del fin del Imperio británico, de cuya desintegración nació la Mancomunidad de Naciones o Commonwealth, como se le conoce en inglés, del cual la reina fue su jefa. Durante décadas supo llevar muy bien las riendas de esta comunidad, buscando la integración de las antiguas colonias británicas, dejando de lado la política y promoviendo principios de unidad. De todas maneras, la reina vivía muy interesada en la política nacional e internacional y muchas veces su carisma y habilidades diplomáticas fueron usadas por políticos y primeros ministros para decir cosas que ellos no podían decir, como ocurrió en Irlanda e India. Si bien nunca participó activamente en política, fue muy cercana a muchos líderes mundiales, como Nelson Mandela y Barack Obama.

Rápidamente mostró ser una mujer muy inteligente, ágil y perspicaz, con un gran sentido del humor y sobre todo muy consciente de su papel político.

La muerte de la reina Isabel II marca el fin de una era para el Reino Unido. Su muerte llega en uno de los momentos más complejos para este país en los últimos años, donde temas álgidos como el brexit, la crisis del costo de vida o el independentismo escocés —el cual, vale la pena anotar, nunca vio a la reina o la monarquía como un impedimento para su principal propósito— dominan la opinión pública. La reina daba seguridad ante la incertidumbre, y la discreta popularidad del nuevo rey, Carlos III, en cambio de jefe de Estado luego de setenta años, abre la puerta para debates que llevan años sonando pero que la figura omnipresente, casi mítica de la reina, atenuaba, como el de la pertinencia de la monarquía. Donde el debate es más activo es en los otros países donde la reina era jefa de Estado, especialmente en Australia y Jamaica. En el Reino Unido, quizás el debate se centre más sobre el rol de la monarquía en pleno siglo XXI, la relación entre el Estado y la iglesia anglicana y, en particular, sobre sus derechos y privilegios, todavía bastante amplios.

En cuanto a su relación con Colombia, si bien Isabel II nunca visitó el país, algunos diplomáticos y políticos colombianos que la conocieron dan cuenta de su conocimiento e interés por dicha nación. En nombre de ella, algunos de sus familiares visitaron Colombia. En 1961, su esposo, el príncipe Felipe, estuvo en Bogotá, al igual que su hija, la princesa Ana, en 1973 y 1997. Y su hijo, el actual rey Carlos III, aterrizó allí en 2014. Gestos que luego fueron correspondidos cuando la reina recibió al entonces presidente Juan Manuel Santos en 2016, en visita de Estado, cuando le fueron dados a la monarca algunos objetos y artesanías de Colombia, sin olvidar que ya hacía años había sido condecorada con la Orden de Boyacá. En su discurso reconoció los vínculos históricos entre Colombia y el Reino Unido y alcanzó incluso a bromear sobre el “maravilloso clima de Bogotá”.

Pie de foto: Este es el retrato oficial de la reina Isabel II, en la Abadía de Westminster, tras su coronación en 1953. Al morir con 96 años de edad, partió como la monarca de más largo reino en la historia británica.

*Historiador y candidato a doctor en Historia de la Universidad de Warwick, en el Reino Unido