Ilustraciones: Shutterstock
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3 de Julio de 2024
Por:
Ricardo Silva Romero

¿El arte como herramienta para subyugar, para discriminar? Reflexión sobre el esnobismo y los papistas de la cultura, convencidos de que uno de nuestros goces más naturales necesida de su guía exquisita.

Gente como uno

EN LOS AÑOS NOVENTA. Vivo como un extranjero en el mundillo cultural. He hecho allí amigos extraordinarios que no posan de ángeles caídos ni parecen artistas cuando uno se los encuentra en la calle. He dado con oficinistas de la ficción, como yo, que no se creen cultos, ni presumen de su hartazgo, ni desprecian el talento ajeno, ni andan por ahí decretando cánones y perdonando vidas. No posan. No son clichés encarnados. Su poética es el dicho popular “entre gustos no hay disgustos”. Y, sin embargo, yo he andado en puntillas como cualquier forastero porque sigue habiendo por ahí papistas de la cultura con vocación de policía política —qué pesados e infantiles son— que se sienten más allá de la gente, que se preguntan en voz alta, ante su público, por su “proceso escritural”, y que se consideran herederos de las vanguardias.

En la hora de la verdad no importan. Cuando lleguemos al cielo, previo diligenciamiento de los formularios que nos entregue el sistema de salud del más allá, ni los criticados ni los críticos le veremos sentido a haber sufrido por los textos ajenos. Hay algo de ternura de niño herido en su vocación de antagonistas, “así sea lo último que hagan”, de aquellos héroes que han tenido la fortuna de encontrarse con su público. Son parodias de “los espíritus finos de la época” que osaban atacar a El conde de Montecristo por popular. Son esnobs e irrelevantes en el contexto de la vida y de la muerte, pero en tiempos de redes, como en tiempos de pequeñas cortes y de facultades plagadas de enemigos —Joseph Epstein recuerda, en su magnífico ensayo sobre la envidia, que la academia y la literatura son los pueblitos más infernales que el hombre ha conocido—, no dejan de ser hemorroides, ladillas.

Yo confieso que les veo la gracia a los pretenciosos: los novelistas fragmentarios, los lectores que desdeñan tanto las tramas como los personajes, los filósofos del lenguaje, los cineastas que denuncian la estructura dramática como una jugada del establecimiento, los cinéfilos de cineclub que sienten náuseas en las películas comerciales, los artistas con vocación de pensadores, recicladores e instaladores, en fin. Hay maestros de la pretensión. Hay artistas entrecomados, mejor dicho, que le apuntan a su propia dimensión de la realidad —gente como James Joyce o Samuel Beckett o Luis Buñuel o Stanley Kubricko Lou Reed o David Lynch—, y además dan en el blanco. Son, repito, fascinantes. Son, de hecho, ejemplares. Pero no están por encima ni por debajo de los creadores a los que les basta el oficio de la creación.

En los años noventa de “la posmodernidad”, no obstante, sí se asumió con furia —y con arrogancia de élite— que crear personajes, retratar mundos y tramar novelas no solo era señal de pobreza de espíritu y de arrodillársele al negocio de las películas taquilleras y de los best sellers, sino que era servirles a los poderosos que querían adormecer a sus pueblos: ese modo de pensar, que sospechaba de todo lo que le gustara tanto a “la gente” y que imperaba en las universidades, era el triunfo de una crítica ideologizada, purista, setentera, envanecida, que veía y sigue viendo los relatos exitosos como claudicaciones, como trampas. El arte era una herramienta para despertar a las masas. Disney, en cambio, era el demonio. Y Spielberg era un estafador. Y el ruidoso pop de los 80, de Michael Jackson a Madonna, era el opio del pueblo.


“Hay algo de ternura de niño herido en su vocación de antagonistas”.

Viví como un expatriado esa época, en los salones noventeros de los profesores exquisitos, porque —no me pregunten por qué: quizás mi familia se reía de los presumidos que le decían a uno qué es arte y qué no— me negué a renegar de mi amor por la televisión, por los cómics, por los videojuegos, por el cine de Hollywood, por la literatura de humor. Soporté con cariño a las eminencias que me decían “hay que leer a Peter Handke: tienes un hueco en tu cultura” o “hay que acercarse a historias menos efectistas” con cierta condescendencia: “Hay que...”. Estudié con juicio lo que había que estudiar: Deleuze, Guattari, Baudrillard, Lyotard. Pero nunca me pareció lógico que esos creadores de la línea dura, que habían jurado por su mundo sin Dios que despertarían al pueblo embrutecido, terminaran sus días dedicados a inventarse obras para expertos.

EN LOS AÑOS OCHENTA, Yo entendí, de mi infancia, que la gracia de hacer arte era dar con una lengua nueva que fuera una lengua en común. “Hacer arte”, dicho sea de paso, no era un privilegio, sino un ejercicio que teníamos todos adentro y un oficio con el que dábamos si teníamos suerte. “Hacer arte” no era ser más inteligente que los espectadores, sino reunirlos y pasarles el espejo. “Hacer arte” era lo contrario a subyugar. Había, por supuesto, obras maestras que saltaban a la vista: sofisticados mundos dentro del mundo como los de Velásquez, Quevedo, Bach, Van Gogh, Mozart, Schiller, Whitman, Rimbaud, Dickinson, Kafka, Bergman y Scorsese, por decir los primeros que me vienen a la cabeza; eran la medida de esos oficios milagrosos. Pero despreciar el arte comercial era tan obtuso como despreciar lo que se le sale de las manos a la razón y lo que aún no entiende la ciencia. Despreciar el arte que entretenía, de Shakespeare a Hitchcock, era negarle el beneficio de la duda a lo que establece un encuentro cercano del tercer tipo con el público.

Creo que me negué a usar el arte como elemento de segregación porque era demasiado futbolero, demasiado televidente y demasiado cinéfilo de multiplex para sentirme capaz de semejante gesto. Quien se pasa la infancia en el estadio, “¡Millos, Millos, Millos!”, difícilmente se convierte en un adulto que devuelve el vino en los restaurantes. Aquellos que no se perdían Don Chinche, Dejémonos de vainas, Compre la orquesta, Los magníficos, Profesión peligro y El crucero del amor —y entonces, como yo, sentían verdadera emoción cuando iba a empezar Telesemana—, no tienen hoy ninguna intención de decirle a alguien que tiene huecos en su cultura. Aquellos que vieron películas de Cantinflas, y se murieron de la risa con ¿Y dónde está el piloto?, y se carcajearon mil veces con el mismo chiste de El Chavo, y pudieron ver los espectáculos de Les Luthiers cara a cara, se niegan a tomarse en serio y a desligar el lenguaje del arte del lenguaje del humor.

“Soporté con cariño a las eminencias que me decían «hay que leer a Peter Handke: tienes un hueco en tu cultura» o «hay que acercarse a historias menos efectistas» con cierta condescendencia: «Hay que...»”.

Yo confieso que les veo la gracia a los dueños de la ficción, mitad traumatizados, mitad fascinados con su propia búsqueda, que dividen el mundo en cine arte y cine comercial. De verdad que me gusta escuchar a esas inteligencias elaboradas, astutas, que consiguen demostrar que hay creadores superficiales y creadores profundos. Pero quizás porque me gusta perder el tiempo en las caminatas que damos después de dejar a los niños en el bus del colegio, quizás porque E.T. el extraterrestre es mi película favorita, tal vez porque soy más de centro comercial que de club social, acaso porque disfruto plenamente, como un ejercicio zen, hacer el crucigrama de cada día, y me basta y me sobra con tumbarme en la cama a ver pendejadas, me parece evidente que la profundidad no está en la obra de arte ni en el artista, sino en el espectador —o sea, la sensibilidad— que lo recibe: “Cada cual hace sus cosas...”, decía mi amigo Germán.

Sigue pareciéndome risible la idea de la “alta cultura”. Sigue pareciéndome claro que hay públicos que encuentran las respuestas en las sinfonías y hay públicos que las hallan en las rancheras, y qué. Sigue gustándome que la gente lea El código Da Vinci o Harry Potter y la piedra filosofal: vaya usted y escríbase esas novelas que uno no puede parar de leer. Sigue sonándome a la Nueva Granada, a la aristocracia francesa, la idea de que “la gente” —que nace, crece, duda, se enamora, sufre, pierde, se enferma, anhela y hace las paces con el cuerpo que le correspondió en suerte— necesita que unos cuantos iluminados le revelen los abismos del amor y de la muerte. Sigue sonándome presuntuoso eso de creer que el escritor sabe más o siente más que su lector. “Hacer arte” es fundar tierras de nadie en las que todos somos iguales. “Hacer arte” es servir.

EN LOS AÑOS SETENTA. Cuando mis papás llegaron a vivir en el apartamento 603 del Edificio La Gran Vía, una mole de cemento rugoso que tuvo más ingeniero que arquitecto, mi papá le dijo a mi mamá en pleno trasteo que la gracia de esa casa nueva era que todo el mundo se sintiera bienvenido. Que nadie se sintiera por encima ni por debajo de ese espacio. Me consta que así fue ese lugar. Que dárselas de fino en ese sitio era hacer el ridícu- lo: ser un chiste involuntario. Ni él ni ella nos hablaron de jerarquías en la realidad o en la ficción. Ni ella ni él nos previnieron contra las películas exigentes que al final son un premio o nos renegaron de las películas ligeras que le devuelven a uno las ganas de vivir. Todo valía la pena. Todo tenía su gracia. Si era lo que estaba necesitando, si no lo hacía para adornarse, sino para deshacerse de arandelas, uno podía meterse de cabeza en un partido de fútbol o en una novela experimental de seiscientas páginas.

Repito: no me agrede ni un poco, sino que además me gusta, que haya talentos capaces de relatos protagonizados por el lenguaje, capaces de sinfonías enrevesadas, de postres nitrogenados, de instalaciones que estremecen a quienes están dispuestos a entenderlas, pero mi forma de ser, educada por gente que le veía la belleza a la sencillez, se siente mucho más cómoda en la rutina de todos los días que en los festivales literarios o en los cocteles de los pocos afortunados. Es allí, en lo que hay que hacer hoy, en lo que hay que hacer siempre, en donde yo me siento en mi casa, en mi patria. Qué gloria puede equipararse a leer con Inés, mi hija, los libros de Mafalda. Qué triunfo puede compararse con dormir en paz porque todos los de la familia están durmiendo. Últimamente, me va agarrando el sueño mientras busco con qué película acabar el día. Faltaba más que pusiera un largometraje pretencioso para caer rendido. Las dos últimas noches me he fundido al compás de Three amigos. Y ese es mi secreto.