26 de Abril de 2022
Por:
Melba Escobar @Melbaes

 

La autora de esta reflexión es una madre migrante. Su nuevo entorno le entregó una experiencia significativa: ver crisis distintas a las colombianas —la ucraniana, por ejemplo— a través de los ojos de sus hijos.

 

 

 

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En busca de un lugar en el mundo

 

HACE SIETE meses nos vinimos a vivir a Barcelona con mi familia. Vinimos porque mi mamá era española y me heredó la nacionalidad. Porque también mis hijos la tienen. Porque mi esposo puede estar con nosotros como miembro de familia. Porque la pandemia ha permitido que pueda hacer su trabajo a distancia. Porque yo ya trabajaba a distancia como escritora y periodista freelance. Porque queríamos que nuestros hijos vivieran en una sociedad diferente.

 

Por diferente entiéndase una sociedad donde todo el mundo tiene acceso a la salud y la educación. Donde quienes no tienen empleo tienen derecho a una compensación del Estado. Donde hablar por celular en la calle no es un acto temerario. Donde los estratos no existen y los niños van caminando al colegio más cercano a su casa de la mano de sus padres. Donde no hay niños trabajadores. Donde las fiestas se celebran en los parques públicos. Sin ponis ni castillos inflables. Donde un niño no dirá nunca lo que me dijo una vez una pequeña trabajadora en Corabastos a sus nueve años: “Me pregunto qué se sentirá estar de vacaciones”.

LOS SENTIMIENTOS

Rodrigo, mi hijo de cinco años, va al colegio con la camiseta de la Selección Colombia un día sí y uno no. Él insiste en que la lengua que habla es el colombiano, no el español. Y hasta algo de razón tiene. No siempre compartimos el mismo idioma. Esa es una de las tantas cosas que extraño. Pedir un “tintico”, comprar minutos en la calle, reunirse con la familia para comer ajiaco, para ver el partido, para celebrar los cumpleaños, para rezar la novena. Mi hija Matilde va a cumplir nueve años. Ella extraña El Desafío, los vendedores ambulantes (en especial los de globos metálicos), jugar parqués con las tías, ir al planetario un domingo en TransMilenio y salir los fines de semana a tierra caliente. Yo extraño el empuje, la fuerza, esa vitalidad que tiene la gente en todas partes de Colombia, como si vivir fuera algo urgente que no da espera, algo exquisito, milagroso, algo a lo que tenemos que meterle todas nuestras fuerzas.

Mi esposo extraña la conversación en la calle con el taxista, el panadero, el malabarista de semáforo, el vendedor de paraguas en días de lluvia. Todas esas cosas acaban por ir tejiendo una vida cotidiana. El día a día es ese ritmo que marcan los gritos en la calle vendiendo agua de panela o tamales. El tráfico y su ruido ensordecedor. La peste de las malas noticias. El miedo. La inseguridad. Las ganas de reírse y de llorar. El reguetón a todo volumen. La salsa del Joe Arroyo. Todo eso entremezclado y marcando un latido.


MATILDE QUIERE TRAER UN NIÑO UCRANIANO A VIVIR EN CASA

El plan es vivir dos años aquí. Luego regresar. Todos extrañamos estar en casa. También reconocemos el privilegio de vivir en otra par- te, entender otra forma de organizar la vida. Solo habían pasado seis meses de haber llegado a Barcelona cuando empezó la guerra en Ucrania. Un día Matilde llegó a la casa y me preguntó si podíamos recibir a un niño ucraniano. Me quedé pensando. Al fin le pregunté:

—¿Por cuánto tiempo?
—Mientras todo pasa.
—¿Y si está demasiado triste y no conseguimos alegrarlo?
—Va a estar feliz porque tendrá una familia.
—¿Vamos a ser su familia?
— Al menos por un tiempo.
—Pero ¿por cuánto tiempo, y cómo podremos decirle que se vaya?
—No se lo diremos.
—¿Va a dormir en tu cuarto?
—No, en el de mi hermano.
—¿Y tu hermano estará de acuerdo con esto?
—No creo
—dice Matilde.
—¿Le preguntamos?
—Creo que dirá que no
—contesta Matilde.

—Pero ¿entonces? ¿Cómo podemos ayudar? —se pregunta mi niña.


Nos quedamos en silencio, como si al rato de una caminata por un bosque que parecía espeso e infinito, nos hubiéramos topado contra una pared.

—Podemos hacer una donación —le digo. —¿Y qué les daremos? —pregunta la niña. —El dinero que podamos, algo de
ropa, juguetes, medicamentos.

Matilde parece ensimismada. “Tienes razón”, dice al fin. “No es una buena idea”.

CUERPOS EN MOVIMIENTO

Los ucranianos llegan a Polonia, a Hungría, a Eslovaquia, a Moldovia. Los venezolanos huyen a Colombia, a Argentina, Ecuador, Perú. Los sirios, los de Camerún, los pakistaníes, los filipinos, los mexicanos buscan la vida en un sitio distinto al que conocieron por primera vez. La guerra, el cambio climático, el hambre, la pandemia, la creciente desigualdad, todo pinta un escenario desolador. Inhóspito. Un mundo donde las generaciones siguientes van a vivir peor que las actuales, una información certera que dan los estudiosos del tema. También un pronóstico hecho a la medida de la desesperanza imperante.

Luego de varios días rumiando la pregunta de mi hija, me pregunto si acaso no tendrá ella razón. Porque el mundo nos ha enseñado a pensar desde la normatividad. A tener miedo. A ser desconfiados. A cerrar puertas y ventanas y alejarnos de lo desconocido como quien se aleja de una plaga de la que teme contagiarse. Pero ¿qué pasa si la extinción está justamente en ese aislamiento progresivo? ¿En esa lógica individualista que nos enseña a vivir solo para los más cercanos y temerle a lo desconocido? Los desconocidos, los otros, también somos nosotros mismos. Los desconocidos han sido los más de cinco millones de desplazados internos de la violencia en Colombia. Los desconocidos son los más de cuatro millones de venezolanos que han abandonado su país huyéndole al hambre y el sometimiento de un gobierno maltratador. Los desconocidos son los diez millones de ucranianos desplazados en seis semanas de guerra. Por eso, a lo mejor Matilde tiene la razón. Está en el corazón del ser humano darle asilo a quien lo necesita, pan a quien pasa hambre y agua al sediento. ¿En qué momento pasó eso de ser un comportamiento natural, parte de la vida en comunidad, a ser un acto demente, iluso o irresponsable? Tal vez es hora de volver a pensar como niños, volver a confiar, repensar la convivencia desde la solidaridad, y entender que el mejor lugar en el mundo es ese en donde estamos ahora. De cada uno de nosotros depende hacerlo más cercano a ese lugar que soñamos, para darle tierra firme a través de las relaciones que construimos con los demás. Conocidos y desconocidos. Idos y quedados. Migrantes y locales.

En fin, esos que nos rodean como seres humanos con quienes compartimos el milagro del presente. 

*La más reciente publicación de esta escritora y columnista vallecaucana es Cuando éramos felices pero no lo sabíamos (Seix Barral, 2020).