Foto Cortesía Mábel Lara
21 de Mayo de 2021
Por:
Varios autores

El Ministerio de Cultura declaró este 2021 como el “año de la libertad”, pues se cumple el aniversario 170 desde que fue abolida la esclavitud en el país. Y sí, por eso, celebramos la riqueza cultural de nuestro adn negro, ese que no hemos reconocido ni valorado en merecida cuantía. Pero no podemos quedarnos ahí, ni dejar que pase esta efeméride sin que se suscite una reflexión más profunda en torno a cómo pagar la deuda histórica que colombia tiene con sus comunidades afrodescendientes. REVISTA CREDENCIAL invitó a cuatro personalidades destacadas de la región Pacífico –la de mayor población negra en el país– para que, en estas páginas, reflexionaran sobre la realidad de esa gran comunidad.

Colombia AFRO

 

Foto Cortesía Francia Márquez

I. “NO NOS MATAN SOLO CON LAS BALAS”:
Francia Márquez

Con solo 39 años, esta caucana se batalla una precandidatura presidencial en la que confluyen sentimientos protagonistas en la política contemporánea. Están ahí los reclamos y las conquistas feministas, por ejemplo, así como la protección de los recursos naturales. Pero también la urgencia por erradicar el racismo estructural que, dice, mantiene a los afrodescendientes viviendo en condiciones inferiores a las del resto de colombianos. La ganadora del Goldman Prize en 2018 habló sobre situación de los pueblos racializados.

 

  • ¿Usted cree que el racismo es algo que uno pueda percibir en políticas públicas nacionales? En caso de que sí, ¿cuál es el chip que tendrían que cambiar en su diseño?

Por supuesto que se percibe. El Estado trata de manera diferente y peyorativa a una porción de su sociedad, mediante políticas que son raciales. Eso se puede evidenciar en que las necesidades básicas de los pueblos afrodescendientes e indígenas están insatisfechas y en que, en un sinfín de sus territorios, la gente ni sueña con tener agua potable o educación.

Además, en esos pueblos que han sido colonizados es justamente donde la violencia asociada al conflicto armado se ha dado más fuerte. Así lo reconocieron tanto el Estado como la guerrilla de las Farc en La Habana, y así está siendo evidenciado también en la Comisión de la Verdad. Mire usted el caso de una mujer afrodescendiente que, además de ser violada como tantas otras en este país, fue marcada como en los tiempos de la esclavitud.

El racismo entonces se percibe, sí, en la visión institucional, pero además por parte de los actores armados. Y la raíz de este fenómeno es que está incrustado en la sociedad en general, pues los pueblos afrodescendientes e indígenas siguen siendo vistos con una mirada colonial. Se les somete a vivir de manera miserable porque aún se les ve con la idea de que son ‘esclavos’; ni siquiera ‘esclavizados’, como sí debería decirse, sino esclavos. Como si tuviéramos esa condición natural.

 

  • Justamente, usted viajó a La Habana en representación de las víctimas, de las mujeres y de la comunidad afro cuando el Acuerdo de paz estaba configurándose. ¿Cómo lee usted que, desde la firma de ese acuerdo en 2016, se haya asesinado a más de 70 líderes sociales asociados a organizaciones de afrodescendientes? La cifra es de Indepaz.

El Acuerdo que se hizo entre las Farc y el Gobierno, per se, no es la paz. Es un paso importante en el silenciamiento de los fusiles, pero para que nosotros consideremos que Colombia está realmente avanzando hacia la paz tendría que haber una transformación de la estructura patriarcal, racista y clasista que llevó a ciertas poblaciones a armarse. A armarse para buscar una opción diferente a la del Estado dirigido por una pequeñísima élite blanca de hombres privilegiados. 

Por su puesto pensamos que es importante que se silencien los fusiles. Como le digo, la violencia se expresa con especial fuerza, justamente, en esos territorios que el Estado considera que no importan y donde viven los indígenas y afrodescendientes. Territorios donde la única presencia del estado es cuando llegan las Fuerzas Armadas, pero que nunca reciben inversión social. Un ejemplo es mi propia comunidad: en el corregimiento de La Toma llevamos toda la vida pidiendo un acueducto. Y ahora estamos tomando el agua con mercurio, por lo que nuestras niñas y niños se están enfermando. Esa también es una forma de extinguir físicamente a un pueblo; no solo ocurre con las balas, sino que nos matan de múltiples formas. 

A los líderes afro que asesinan es porque han levantado su voz para exigir a ese Estado garantías para la vida, para vivir en paz, para que nos permitan ser pueblo, ser comunidad. Cuando a mí me amenazan o me hacen un atentado, no es porque quieran matar a Francia; es por la voz que Francia está alzando.

 

  • ¿Y qué efecto han tenido las amenazas y atentados que usted ha sufrido en sus ambiciones o actividad política?

La violencia siempre se da para silenciar al otro, para eliminar a la diferencia, al que piensa diferente y a quien ven como un opositor a ese proyecto de muerte. Esa es la regla de oro en Colombia, donde no solo no hemos sido capaces de construir en la diferencia, sino que tampoco hemos visto en la diferencia una virtud. Y por eso nuestro país se ha bañado en sangre. Yo también estoy alzando la voz y no sé hasta cuándo podré hacerlo, pero toca seguir porque es que, de todas formas, me están dejando morir: estoy sujeta a esas múltiples formas de matar que le comenté. Quedarnos callados no es una opción.

 

  • El posicionamiento de las luchas afroamericanas (incluyendo Norte y Suramérica) pareciera venir en olas periódicas y hoy, en Estados Unidos, esa ola se encuentra en una cresta motivada por los abusos policiales en ese país. ¿Cómo aprovechar ese momento de oportunidad en el debate público internacional para hacer visible la lucha afro, pero aquí en Colombia?

Es que aquí no hay intención de visibilizar el racismo, sino más bien de ocultarlo. Aquí, el racismo se camufla, siendo estructural. A veces, la misma sociedad todavía se pregunta si hay racismo o no. Y hay variaciones entre los dos países. Por ejemplo, es muy poca la gente que aquí se solidariza con la causa de erradicar el racismo y de entender que es responsabilidad de toda la humanidad, mientras que allá no es solamente la gente negra la que está en las calles cuando nos sucede algo a los negros.

 

  • En Bogotá es común oír que no se trata de una ciudad, ni de un país, donde se vea mucho racismo…

Siempre que alguien dice “yo no soy racista”, ahí se siembra la duda de inmediato. Es una regla de oro para reconocer el racismo en la negación.

 

Foto cortesía Mábel Lara

II. LA PANDEMIA, UN PASO ATRÁS
Por Mabel Lara

El coronavirus no se sumó, él solo, a los demás dramas que vive la población racializada, sino que trajo nuevos prejuicios. La premiada periodista Mábel Lara, caucana de nacimiento y valluna de corazón, aborda el ángulo racial de la crisis sanitaria.

“La población negra no se contagia de COVID-19”. Esta frase lapidaria, que se convirtió en un mito urbano, demostró el sinnúmero de prejuicios que acompañan la situación de salud del pueblo afrocolombiano en medio de la actual crisis epidemiológica.

Los expertos así lo vaticinaron: las poblaciones con peores cifras de pobreza y desatención social se llevarán la peor parte en la emergencia sanitaria mundial. En enero de 2020, la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) alertó a los gobiernos de la región sobre las “prácticas discriminatorias y racistas que determinarían peores condiciones de vida para la población, sobre todo en los temas de salud”; y así sucedió.

Lo antes citado se confirmó en la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) hecha en Colombia en diciembre de 2020: en la pandemia nos ha ido mal a todos como especie, pero los más ‘fregados’ entre los ‘fregados’ son los grupos racializados, que asumen una pandemia triple: el racismo estructural, el aumento de la pobreza y la pérdida de vidas humanas.

Nunca como ahora ha sido tan importante entender la realidad del pueblo negro en su verdadera dimensión. Las brechas de la desigualdad social están mostrándonos su mueca más macabra y, si cerramos la lente en la fotografía de la crisis humanitaria, son las mujeres negras quienes se están llevando la peor parte de este episodio mundial.

La GEIH sigue dándonos datos para debatir. David Murillo, investigador de Dejusticia, publicó en un artículo reciente: “Entre agosto y diciembre del año pasado, la población afrodescendiente tuvo más problemas para pagar facturas y deudas que sus pares del mismo sexo. Asimismo, la población afrodescendiente se enfrentó a más dificultades para conseguir alimentos o productos de limpieza, particularmente las mujeres. De igual manera, los sentimientos negativos estuvieron más presentes en la población afro, sobre todo en las mujeres: más de un tercio de ellas manifestaron sentirse solas, estresadas, preocupadas o deprimidas”.

En conclusión: nuestros demonios se han hecho más notables. Mientras se hace el chiste perverso, cargado de prejuicios y sin fundamento alguno, sobre nuestra inmunidad al Covid, el país desatiende frentes claves como el subregistro de muertes, las pérdidas de empleos y la salud mental de miles de personas racializadas.

Si bien es cierto que puede ser incluso inmoral exigir apoyo para solo un grupo poblacional cuando tantos la están pasando mal, es nuestra obligación, desde la ética y los Derechos Humanos, pedir mejores y más contundentes medidas en medio de tanta desigualdad.

Así las cosas, hay poco para celebrar el Día de la Afrocolombianidad, cuando se exacerba el cliché de las mujeres bailando currulao, o los aplausos a los líderes que se han destacado pese a las adversidades y las barreras a la movilidad social. Todo esto es insuficiente ante el futuro que se viene. Los negros en Colombia siguen siendo los más pobres entre los más pobres, y, sin una mirada económica y social diferencial, tal parece que desandaremos el camino recorrido.

Tenemos poco para celebrar, mucho para repensar.

 

  • ANGOLAS Y NO SERGIOS

Escribo el 2 de mayo, aniversario 19 de la masacre de Bojayá. Hace seis años, esa comunidad, como las del resto de las afrocolombias, se ilusionaron con la paz añorada. Hoy enfrentan una revictimización sin precedentes.

Albergo sentimientos encontrados frente al 21 de mayo, Día de la Afrocolombianidad, el cual celebra la promulgación de la Ley 2 de 1851 que abolió la esclavitud en nuestro país. Este gobierno belicoso de hoy ató esa fecha al llamado Año de la Libertad, y lo asoció con  ReactivArte, Año Mundial de la Economía Naranja para el Desarrollo Sostenible y con CoCrea, una corporación mixta que mercantiliza la cultura en función del incentivo tributario que creó el Plan Nacional de Desarrollo. Con todo, las efemérides nos ponen en posiciones favorables frente a Cuba y Brasil que tan solo abolieron la esclavitud en 1880 y 1888, respectivamente.

Estos días de cada año me traen a la memoria al líder afrochocoano Abigail Serna –‘Chonto’–. Con palabras encendidas, tomaba la vocería de su gente para objetar las  indemnizaciones que Sergio Arboleda y demás amos de la aristocracia blanca recibían por la mano de obra esclavizada que la abolición les arrebataba. Serna murió en enero de 2013 abogando para que el Chocó se separara de Colombia, y de esa manera se librara del sistema neocolonial que Medellín y Pereira imponen con proyectos en favor del supuesto desarrollo del litoral, como el del puerto de aguas profundas en Tribugá, cerca del parque natural de la ensenada de Utría.

A Chonto lo conocí en mayo de 1992 haciendo equipo con Rudecindo Castro, Óscar Maturana y Esildo Pachecho, entre otros cimarrones contemporáneos. Para ellos se imponía propender por una ciudadanía basada en la diversidad y por efemérides de la resistencia contra la sujeción violenta. Manuel Zapata Olivella era pionero de ese ideal, y en su máxima obra —Changó, el gran putas— les dio voz a las mujeres y hombres que se rebelaban desde los puertos de embarque, como la isla de Goré, frente a Dakar. Ató la fortaleza del empeño de esas personas al culto a los antepasados de dos religiones: la del Muntu congolés y la de los Orichas nigerianos. De ahí que poco después de que desembarcaran en Cartagena, esos rebeldes tempranos fueran acusados de herejía, sin que apostataran pese a las torturas que les infringían los jueces del Tribunal de la Inquisición.

Ojalá el Año de la Libertad realzara el 24 de febrero de 1694. Mediante su libro San Basilio de Palenque: memoria y tradición: surgimiento y avatares de las gestas cimarronas en el Caribe colombiano, la historiadora María Cristina Navarrete enseña que a partir de esa fecha el palenque de San Miguel Arcángel resurgió de las cenizas, hasta convertirse en el de San Basilio. La saga había comenzado en 1682, por las conversaciones entre Domingo Angola, líder cimarrón de San Miguel, y el padre Baltazar de la Fuente Robledo. Los unía la aspiración de frenar la represión militar que desde 1655 había intensificado el gobernador Pedro Zapata para erradicar liderazgos como los del hoy legendario Benkos Biohó, surgido a comienzos del siglo XVII (Navarrete 2008: 110). Angola y De la Fuente fueron pioneros de los diálogos de paz: los cimarrones se comprometían a suspender la lucha armada y el reclutamiento de más insurgentes, a cambio de ser tratados como vasallos del rey e hijos de la iglesia, así como a “formar población”, con autonomía política y económica. Esa negociación daba cuenta del conocimiento que Angola ya tenía de la política colonial al acordar que en un viaje que el padre De la Fuente tenía preparado para España, les presentara al rey Carlos II y al Consejo de Indias el acuerdo alcanzado. El sacerdote regresó con la cédula de 1691 que rechazó la administración colonial, alegando que lo habían engatusado. La reacción tuvo su clímax en la fecha de febrero ya mencionada con el incendio del palenque y el descuartizamiento de Domingo Angola, cuyos miembros exhibieron en las entradas a Cartagena. Sin embargo, no fue suficiente el escarmiento porque siguieron surgiendo rebeldes. De ellos sobresale Nicolás de Santa Rosa, quien llevó a cabo una negociación de paz aún más intrincada con el obispo Antonio María Cassiani. A comienzos del siglo XVIII, de ella surgió el pacto que transformó a San Miguel en San Basilio, debido a que el primer párroco del poblado era de la orden de San Basilio.

Ideal una conmemoración que de inmediato uno asocie con los Benkos y los Angolas, y no con los Sergios y la economía naranja. * Profesor del Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia. Doctor en antropología cultural de Columbia University de la ciudad de Nueva York. Investigador emérito de Colciencias. Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional de Colombia. Columnista de El Espectador.

* Profesor del Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia. Doctor en antropología cultural de Columbia University de la ciudad de Nueva York. Investigador emérito de Colciencias. Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional de Colombia. Columnista de El Espectador.

 

Foto cortesía de El Tiempo

III. LOS SABORES DE UN PUEBLO
Por Diego Montoya

La primera vez que vi a Maura Caldas en persona fue en su propia casa, en Cali. La visitamos un fotógrafo y yo cuando íbamos de camino a Guapi, en el Cauca, en un intento por rastrear cocineras muy representativas del Pacífico colombiano y hablar con ellas acerca de su relación con los mariscos, el coco, el plátano y las hierbas de azotea, un cuarteto clave en los fogones de nuestra costa occidental. Juliana Duque, la editora del libro para el que hacíamos ese reportaje –y conocedora como pocos de los intríngulis antropológicos de la cocina colombiana– consideraba clave visitar a esta mujer guapireña. Juliana sabía bien que antes de que esa herencia alimentaria fuera popular en los caros restaurantes de hoy en Chapinero, El Poblado, la Ciudad amurallada y El Peñón, a Maura le tocó batallar por décadas desde Los Secretos del Mar, su restaurante de antaño, para visibilizarla.

 

“Es que no se conocía, ni se reconocía, la cultura del Pacífico. Y eso era en parte porque el acceso a esos territorios era muy difícil”, me explicó hace unos días Patricia, una de las hijas de Maura, durante una llamada telefónica. Le preguntaba yo por qué creía que lo negro no había sido más central, más incorporado en la Cali de cuando Maura comenzó; más prominente, siendo que esa, la tercera ciudad más grande del país, tiene tanta relación geográfica y cultural con el Pacífico. “También porque a la gente, increíblemente, le daba vergüenza –recordó–. Vea: cuando yo cumplí 15 años, pusieron un currulao y nadie, pese a que todos éramos negros, se paró a bailar. ¡Y eso que esa era nuestra identidad!”. Ay, si el Valle del Cauca reconociera que es negro: en ese departamento hay 208.775 hogares con jefatura afrodescendiente, casi el doble que en el Chocó, según el DANE. Aquella vez en su casa, Maura sacó para nosotros unas ‘chuculas’ que tenía en la nevera y las mandó a fritar. Se trataba de unas bolas de plátano rellenas con cangrejo, hierbas y varios tipos de queso. Estaban apanadas con coco rallado. También llenó varias veces nuestras copas con brebajes herbales a base de viche, ese destilado de caña con sabor vegetal que debería estar –si no es que está ya– camino a ser reconocido como el equivalente colombiano al mezcal mexicano por su arraigo y particularidad. Aliñado con especias y hierbas, el viche se convierte en pociones que son parte de la alegría del Pacífico, esa que es exuberante y marcadamente erótica: se llaman tumbacatre, arrechón, tomaseca y, como la que bebimos esa tarde: ‘caigamosjuntos’.

 

La segunda vez que vi a Maura fue en el Festival Petronio Álvarez de 2019, en Cali, en una multitud de proporciones prepandémicas. Negra, pero también bisnieta de indígena guambiana –es decir, tan pero tan del Pacífico–, daba una charla sobre una tarima en la que no solo sonaba su aceite hirviendo y sus golpes de cucharón, sino también el acuoso, arrullador sonido de la marimba de chonta. No la saludé por no esperar a que terminara y hoy me arrepiento de no haberlo hecho. Esta semana traté de contactarla para hacer esta nota, pero Patricia, su hija, me contó que a su madre la tenía en cama una dolencia respiratoria –no Covid, por fortuna– y sin energía suficiente para hablar. Así ella no los aparente, tiene sus buenos 83 años, y es normal que le cueste recuperarse de cualquier dolencia. Pero no hay que preocuparse demasiado: quizás esta cocinera vivirá al menos tanto como su abuela Chencha, quien antes de dejar este mundo a los 113 años le enseñó a cocinar a su nieta aguerrida. La importancia de Maura para la promoción de la gastronomía de la costa Pacífica es tanta que otra sería la historia si ella hubiera cedido ante quienes le recomendaban no usar su ajuar africano ni sus turbantes, y que agachara la cabeza para, mejor, adaptarse a lo dominante. No: la cultura del Pacífico, encarnada en sus platos, era lo que era. Con orgullo y sin excusa alguna. Esa convicción hizo que dejara ‘callada’ a una industria que veneraba lo ajeno y que, en cambio, menospreciaba lo propio. Pero lo propio se revela vasto en la región más afrodescendiente de Colombia. Complejo, rico, nutrido en capas y capas culturales que son, no es difícil verlo, claves de lo que somos como nación.

*Editor de REVISTA CREDENCIAL.

 

  • EL DILEMA ESTADÍSTICO

Los resultados del Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018 en relación con la población afrodescendiente fueron materia tanto de fuerte crítica como de debate en torno a cómo realizar ejercicios estadísticos sobre la pertenencia étnica de la población. Después de que el Censo de 2005 había registrado alrededor de 4,3 millones de personas afro en el país, el mencionado ejercicio de 2018 arrojó una cifra difícil de creer: 2’982.224 personas. ¿Qué pasó? Fundamentalmente una cosa, según el DANE: que la etnicidad fue determinada con base en una pregunta referente al autorreconocimiento. Tras cruzar sus datos con los de la encuesta de Calidad de Vida, realizada en 2018 también, el DANE arrojó una cifra, declara, más precisa: 4,7 millones de personas. Para solventar las dudas al respecto, REVISTA CREDENCIAL contactó a Juan Daniel Oviedo, director del DANE, quien nos envió el siguiente escrito.

 

  • El DANE Y EL AUTORRECONOCIMIENTO NEGRO, AFROCOLOMBIANO, RAIZAL Y PALENQUERO

Por Juan Daniel Oviedo, director del DANE
Estoy convencido de que el sincero compromiso del DANE por la visibilidad estadística de los grupos étnicos del país y en particular de la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera, se ve reflejado en una agenda integral étnica que parte de la base según la cual con una pregunta no se resuelve todo. Es en este punto donde es importante reconocer la falla de la pregunta de autorreconocimiento para esta población en el pasado censo de 2018. La etnicidad es un concepto multidimensional referido a un sentido de pertenencia basado principalmente en la historia, las ideas relacionadas con el origen, la cultura, la lengua y los valores compartidos. La discusión global en la materia ha definido retos importantes en esta tarea: (i) la pertenencia étnica puede cambiar de acuerdo con el contexto y (ii) medir la etnicidad tiene inmerso un componente de subjetividad.

Así, se necesita abordar el autorreconocimiento étnico con enfoque interdisciplinario; pero, sobre todo, masificar la visibilización en buena parte de las encuestas sociales del DANE, así como mejorar su calidad en los registros administrativos de los principales programas estatales (los de aseguramiento en salud y educación, p.e.)

Gracias a estas acciones, el erróneo resultado del censo de 2018 pudo ser reemplazado por la estimación del autorreconocimiento negro, afrocolombiano, raizal y palenquero (en adelante autorreconocimiento) a partir de la encuesta de calidad de vida 2018, con un resultado de 4.671.160 personas correspondientes con el 9,34% de la población total en 2018. Adicionalmente, en los próximos días, gracias al aprovechamiento de técnicas de aprendizaje de máquinas, el DANE publicará la estimación de toda la población étnica a nivel municipal, haciendo uso exhaustivo de las fuentes censales, así como de fuentes no tradicionales como las imágenes satelitales.

Sin embargo, los perfilamientos sociales y económicos son muy precisos y coincidentes en el censo y las encuestas sociales. Por eso, podemos ver que aproximadamente 7 de cada 10 habitantes autorreconocidos residen en las cabeceras municipales del país, lo que evidencia una importante exposición a la interacción sociocultural con las dinámicas urbanas del país de esta población.

Además, la comparación intercensal del nivel educativo de la población autorreconocida, así como el acceso a servicios públicos entre 2005 y 2018 muestra importantes avances, aunque aún se reflejan brechas significativas, dentro de las que se destacan: (i) el porcentaje de población autorreconocida y mayor de 5 años que sabe leer y escribir avanzó de 88,7% en 2005 a 90,7% en 2018, (aún está más de tres puntos por debajo del promedio nacional) y (ii) el porcentaje de hogares con acceso a internet en donde el jefe de hogar es autorreconocido es del 26,9% mientras que para el total nacional es de 43,4% según el censo de 2018.

En términos de vulnerabilidad socioeconómica, en la medida que tenemos datos oficiales del impacto de pobreza tanto monetaria como multidimensional para 2019, se evidencian importantes brechas y rezagos para esta población. Mientras en 2019 el 35,7% de la población se encontraba en pobreza monetaria, en la población que residía en hogares con jefes autorreconocidos, la incidencia fue de 43,9%, una brecha de más de 8 puntos porcentuales. En la misma línea, mientras la incidencia de la pobreza multidimensional era de 17,5% de la población en el territorio nacional, el 26,1% (más de 8 puntos) de las personas que residían en hogares con jefatura autorreconocida se encontraban en esa situación.

Finalmente, la calidad de la pregunta de autorreconocimiento en la encuesta de hogares ha permitido evidenciar la brecha en contra de la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera en el mercado laboral. En el período agosto 2020 marzo 2021, la tasa de desempleo nacional fue de 15,2% mientras que para la población autorreconocida fue de 16,8%. Más preocupante aún, las mujeres negras enfrentan una tasa de desempleo del 24,2%, casi 9 puntos de más que el promedio nacional. En consecuencia, lejos del mal denominado “genocidio estadístico”, el DANE está, de cabeza y corazón, comprometido con la visibilización de brechas que orienten políticas y acciones que nos integren en una sociedad pluricultural y diversa, es decir, con información para todos.

 

Foto Cortesía Alexis Play

IV. QUIEREN LA MÚSICA. ¿Y EL RESTO PA' CUANDO?
Por Alexis Play

El nombre de Alexis Play está junto con el de aquellos que han contribuido, con más éxito, a la internacionalización de los ritmos del Pacífico colombiano. A la mezcla, él añade hiphop. Es de destacar el contenido crítico y consciente de sus letras, una verdadera lección de ‘prietitud’.

"Es que no tiene sentido decirlo, si te parece una simpleza lo que pasa con frecuencia, bro. No somos una moda. Por eso se necesita más que un turbante para ser un prieto. Hay que hablar en prieto. Conocer al prieto. Y vivir la lucha que viven los prietos. Somos más de lo que se ha dicho, de lo que se escucha, de lo que se ha visto. Somos los que somos y aunque nos tengan ‘copiaos’, nadie nos quita lo ‘bailao’”Fragmento de Prietitud, canción de Alexis Play, Nidia Góngora y Esteban Copete.

En lo que se refiere a música, la gente en el interior del país sí ha comenzado a reconocer y a valorar a las comunidades afro del Pacífico. A veces se acerca a los ritmos tradicionales, y en otras oportunidades se aproxima a nuestras expresiones más urbanas. De esas ya hay nombres ‘pesados’ en el radar nacional: ChoqQuibTown, por ejemplo, pero también el Grupo Niche y Guayacán Orquesta, y otros como la maestra Zully Murillo, el Brujo, Canalón de Timbiquí y Rancho Aparte, entre otros. Estar en el playlist de hoy en Colombia se lo debemos, en una buena parte, a la tecnología.

Antes era distinto. Éramos muy pocos los que salíamos del Pacífico para recorrer el país con música, y nuestros ritmos eran vistos como un ‘bicho raro’. Cosa que es extraña, si se tiene en cuenta que esos mismos ritmos le pasan por las venas a tantos otros que se consideran patrimonio nacional. Pero en ese frente sí ha habido una evolución.

Lo que sí permanece igual y que yo sigo sin entender por qué no cambia así existan avances en otras cosas, es que todavía sentimos una diferencia en el trato entre cuando estás en el escenario y cuando te bajas de él. Ya abajo, eres como el ‘negro a rechazar’ o a vigilar. Cuando estás en el supermercado, te miran con esa distancia… y lo mismo pasa cuando llegas a los hoteles. Es absurdo que eso siga ocurriendo en un país como este, que es tan infinitamente diverso, tan lleno de mestizajes. Hay personas que cambian la actitud conmigo al oír mi nombre, para no ir más lejos.

La sensación es que las comunidades negras del Pacífico pertenecemos a otra Colombia. Y eso se siente, sobre todo, a niveles de política. Puede ser en cosas sencillas, como por ejemplo en las poquísimas o inexistentes vías de acceso y de vuelos a la región, así como en la conectividad a internet: apenas llegas a nuestros territorios, te das cuenta de que no tienes buena comunicación, ni siquiera en las escuelas.

Pero la exclusión también se hace evidente en cosas más complejas o dolorosas, como en el tema de seguridad. El año pasado se superó el centenar de asesinatos en Quibdó y eso ni siquiera fue noticia, más allá de que el presidente viniera un día a darse un paseo por el malecón, luego de lo cual no pasó más nada. ¡Y ni qué hablar de la salud! La pandemia le reveló al país cómo estamos de mal en ese frente aquí: el coronavirus tiene copados los servicios de salud y en todo el departamento del Chocó hay un solo hospital que no es de primer grado y que presta servicios de segundo. Es imposible no ver, entonces, que ha habido décadas de exclusión a nuestro pueblo. 

 

Artículo publicado en la edición impresa de mayo de 2021.