27 de noviembre del 2021
18 de Noviembre de 2021
Por:
Laura Gil *

 

Este análisis ofrece claves para que, por fin, se dejen de explicar los resultados sobresalientes de las lideresas mundiales en un supuesto halo 'maternal' o 'protector' femenino. Un adelanto: ellas reflejan las sociedades que dirigen.

 

 

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¿Por qué ha sido tan exitoso el liderazgo femenino en la emergencia?

 

PRUEBAS, pruebas, pruebas. La fórmula para derrotar la Covid-19 está trazada: despliegue masivo de tests, aislamiento preventivo del infectado y seguimiento de sus contactos. ¿Por qué, entonces, la lista de los países más exitosos contra el coronavirus está liderada por aquellos gobernados por mujeres? ¿Será que solo ellas entendieron el camino? Si las mujeres líderes se han destacado, más que por una afectividad especial asociada con el genotipo y la feminidad, ello se da porque tomaron decisiones contundentes, de manera temprana, en medio de la incertidumbre en sociedades incluyentes que las respaldaron.
 

 

 

De Nueva Zelanda a Islandia, pasando por Finlandia, Noruega y Alemania, las mujeres han dirigido a sus nacionales a una reducción de la tasa de contagio que llega al punto permisible para reabrir la economía en la nueva normalidad. Según datos del Centro Europeo para la Prevención y Control de las Enfermedades, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Nueva Zelanda y Taiwán son los siete Estados que mejor han enfrentado la pandemia, todos liderados por mujeres. La información tiene valor estadístico en tanto el 90% de los países son gobernados por hombres.

Las mujeres que lideran este selecto grupo se contraponen a la figura del macho autoritario encarnado por Donald Trump, que no usa una máscarilla porque ello se vería como símbolo de la debilidad de Estados Unidos; a la del prepotente Jair Bolsonaro, de Brasil, que publicaba fotos de sus reuniones sociales mientras el 80% del mundo se encontraba en cuarentena, y a la del desafiante López Obrador, que participaba en marchas y saludaba de abrazo cuando todos conocíamos los mecanismos de transmisión. ¿Cómo son ellas diferentes?

La estrella del grupo se llama Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, que –en nombre del Partido Laborista– ha conducido al país desde 2017. A ella le tocó afrontar en 2019 el tiroteo de un radical en Christchurch contra dos mezquitas, que dejó 51 muertos. Ardern condenó los asesinatos, rodeó a la comunidad musulmana y anunció una reforma a la legislación de porte de armas en un lenguaje sin ambages que es el mismo que utiliza hoy para comunicar las decisiones de salud pública.

Los medios destacan la sencillez de Ardern en su sesión de Facebook live, en sudadera, después de acostar a su bebé, más que su determinación. Gabriela Cuevas, diputada mexicana, en entrevista con onu Mujeres, destacó la empatía de la primera ministra. “Veíamos a Jacinda Ardern, hablando de considerar como un trabajador esencial al Conejo de Pascua. Yo pienso que cuando un jefe de Estado es capaz de comunicarse incluso al nivel de los niños, es un ejemplo muy elocuente de las preocupaciones que tiene por los más vulnerables”, dijo. La revista Forbes, por su lado, también señaló el discurso de la primera ministra de Noruega, Erna Solberg, dirigido en exclusiva a los niños y niñas como una muestra de las “innovaciones simples y humanas” del liderazgo femenino. En relación con las mujeres gobernantes, continuó el artículo de Forbes: “es como si sus brazos saltaran de los videos para rodearnos en un sentido y amoroso abrazo”.

 

Tales afirmaciones son anacrónicas y equivocadas: reducen a la lideresa a su condición de cuidadora y no solo banalizan a las mujeres en el poder sino también demeritan las apuestas difíciles que sus contrapartes hombres esquivaron. La empatía cuenta, pero el liderazgo feminino en estos siete países va mucho más allá.

El caso de Estados Unidos demostró que la riqueza no hace la diferencia si no está alineada con la voluntad política. Las mujeres a las que nos referimos la exhibieron con creces. Todas actuaron de forma decisiva y se anticiparon a la crisis.

Ardern dictó la cuarentena desde el 25 de marzo. Hasta el surfeo prohibió porque –aun si este deporte individual no ponía en riesgo el distanciamiento social– podía desviar recursos de emergencia en casos de accidente. Tsau Ing-Wen monitoreó las entradas de personas provenientes de China desde el 31 de diciembre, tomó 124 medidas para contener el virus y, con base en un ambicioso programa de seguimiento, logró evitar la cuarentena obligatoria. Angela Merkel, por vía de la ampliación del número de pruebas y un dispositivo médico que prestó atención antes de que las situaciones médicas alcanzaran la gravedad de cuidados intensivos, consiguió una tasa de mortalidad de apenas un 1,6% comparado con un 12% en Italia, un 10% en España y un 3% en Francia. En Islandia, la primera ministra Katrin Jakobsdóttir, en alianza con el sector privado, se aseguró de que quien se quisiera hacer la prueba tendría acceso a ella y pudo así ordenar un aislamiento selectivo con pago de salario garantizado para los confinados. El cierre rápido determinado por la primera ministra Metter Frederiksen le permitió a Dinamarca convertirse en el primer país europeo que reabrió guarderías y colegios. Sanna Marin, de Finlandia, puso en marcha los motores de la Agencia Nacional de Abastecimiento para asegurar los recursos sanitarios.

Ellas son reflejo de los países que dirigen. Representan a sociedades más diversas, más igualitarias y, de por sí, más sensibles a los desafíos que plantea la enfermedad. En otras palabras, son esas sociedades de hombres y mujeres que las convirtieron en gobernantes las que están en el origen de los logros.

Ellas llegaron al poder no solo por sus méritos, sino porque sus compatriotas reconocen a las mujeres. No importa qué índice de igualdad de género se utilice, en general, Islandia, Noruega, Dinamarca, Finlandia y Alemania puntean entre los diez primeros. Nueva Zelanda se ubica en el sexto lugar del informe de brechas de género del Foro Económico Mundial para 2020, que midió indicadores en 153 países, y Taiwán –según el índice de Naciones Unidas– es el primero en Asia. A modo de ilustración, recordemos que Sanna Marin, de Finlandia, de tan solo 34 años, representa una coalición de cuatro partidos, todos conducidos por mujeres.

En los siete países, las mujeres gobernantes escucharon a los epidemiólogos. Angela Merkel tiene formación científica y Solberg manifestó que cedía la delantera a los expertos. Con humildad y contrario a la posición de los hombres más visibles como Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, las mujeres en el poder valoraron la experticia.

Estados Unidos, país que gasta el mayor porcentaje de pib en salud según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (oecd), no cuenta con un plan universal de atención. Los siete Estados liderados por mujeres sí lo tienen, y eso impidió que el acceso a la salud se convirtiera en un instrumento de disputa política.

Mientras en Estados Unidos predominó la identidad política en la salud pública, con Donald Trump amenazando con el envío de mayor ayuda federal a los estados rojos republicanos en detrimento de los azules demócratas, en los siete países que nos ocupan se dictó de facto una tregua política entre Gobiernos y oposición. Las encuestas muestran que Ardern cuenta con 80% de apoyo, Solberg con 86% y Marin con 84%. Estas cifras apuntan a grados significativos de cohesión social.

El último informe mundial de la felicidad, que publicó la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, afirmó que “las comunidades y las naciones con altos niveles de confianza social son las más resilientes antes los desastres naturales y las crisis económicas”. Nada tiene de sorprendente que los países nórdicos –Finlandia, Dinamarca, Noruega, Suecia e Islandia– estén entre los que se declaran más satisfechos.

Es verdad que, en países relativamente pequeños, la contención del virus puede resultar más fácil. Ardern habla de “nuestro equipo de cinco millones”, una población similar a la de Finlandia, Dinamarca y Noruega. Islandia no alcanza los 400.000 habitantes. Los países más grandes del grupo son Taiwán, con 23 millones, y Alemania, con 83. Pero esto no reduce en nada los logros de las mujeres gobernantes, que combinaron capacidad de decisión rápida, mensajes efectivos y medidas audaces. Sus logros son también los de sus sociedades, que las escucharon y actuaron en consecuencia. De esto está hecho el liderazgo para el progreso social.

 

*Politóloga e internacionalista colombo-uruguaya, directora de La línea del medio