28 de octubre del 2021
FOTOS CORTESÍA GUY ROGER
14 de Septiembre de 2021
Por:
JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO*

Un periodista francés logró responder una pregunta que lo había inquietado desde que comenzó a cubrir las grandes vueltas de ciclismo en los años 80: ¿Qué tiene que ver la cultura colombiana con los grandes ciclistas que surgen en el país?


Seis décadas de secretos sobre el ciclismo colombiano

 

EL 28 DE JULIO DE 2019, mientras Guy Roger estaba en los Campos Elíseos de París viendo el final de aquel increíble Tour de Francia que, contra todo pronóstico, ganó Egan Bernal, supo que por fin iba a poder escribir un libro que contestara una pregunta que se había hecho desde 1987, cuando en una Vuelta a España vio a Lucho Herrera subir como si nada la durísima subida de los Lagos de Covadonga y se convenció de que ese tipo era el mejor escalador del mundo: ¿Por qué de ese país surgen ciclistas tan sorprendentes? “Siempre les había propuesto escribir un libro sobre los escarabajos y el ciclismo en Colombia, pero me respondían: ‘Tienes la carnicería [la información], pero te falta el motor”, recuerda Roger. Sin embargo, ese día, después de que Egan Bernal se trepó al podio en París vestido de amarillo, su editor lo llamó y le propuso escribir el libro. Él no lo dudó y de inmediato le dio la respuesta: “Ya mismo me voy a Colombia”.

 

El francés Guy Roger, el escritor de Egan Bernal y los hijos de la cordillera, lleva el deporte en su propio pellejo. Durante más de 40 años ha escrito sobre deportes para el periódico L’Equipe, jugó más de 15 temporadas en la segunda división de rugby de Francia y desde mediados de los años ochenta hizo entrevistas y reportajes sobre fútbol, baloncesto, ciclismo y boxeo. Muy pronto se encontró con Colombia, no solo por el ciclismo, sino también por personajes como ‘Pambelé’ y ‘Rocky’ Valdez. Pero era tanta su intriga por los pedalistas que cada vez que tenía que viajar para cubrir cualquier evento en Colombia, aprovechaba para averiguar un poco más de lo que sucedía tras bambalinas en el mundo de las bicicletas.

Usted comenzó a cubrir las temporadas de ciclismo a finales de los ochenta. ¿Hablaba con los ciclistas colombianos en ese momento?

Sí, en el Tour de Francia pude entrevistar a Lucho Herrera y a Fabio Parra también, en la Vuelta a España. No era como hoy, que todo es tan complicado. Antes te ibas a las habitaciones de los corredores con permiso del director deportivo –que entonces era Raúl Mesa, una persona muy querida y que dejó muy buenos resultados– y entrabas a hablar con ellos. Yo empecé a escribir entrevistas de una página para L’Equipe: entrevisté a Pablo Wilches en el 86, a Martín Ramírez, a Omar Hernández, a Patrocinio Jiménez... Hablaban de que le daban gracias a Dios, a sus familias y que habían sufrido racismo. Ahora, cuando volví a Colombia y más de treinta años después volví a hablar con Omar, él me dijo: “¿Y entonces?”. ¡Como si no hubiera pasado ni un día!

Con el libro Egan Bernal y los hijos de la cordillera, Guy Roger ganó el premio Louis Nucéra 2021. 

 

¿Qué más le llamaba la atención de los escarabajos?
La ternura, la paciencia, el sufrimiento, la entrega... Ellos nunca se quejaban, pero sí decían que querían volver a Colombia para enfocarse en la tierra y en las montañas. Es algo que no se puede explicar, una energía típica de Colombia. Luego empecé a ir para cubrir la Vuelta a Colombia o el Clásico RCN y pude ver la pasión, el entusiasmo, que es casi como una religión. Me acuerdo que, en el año 87 o 88, conocí un equipo en una Vuelta a Colombia que se llamaba Los Ciclistas de Jesucristo. No tenían presupuesto, solo les pagaban cuando corrían y dormían en cofradías para no pagar hoteles. Eso es excepcional, nunca lo he visto en otro país.

A veces se piensa el periodismo deportivo como un periodismo de datos y resultados. ¿Cuándo le empezaron a interesar las anécdotas?
Cuando estás de reportero en el terreno sabes que detrás del evento deportivo hay una historia. Y a mí eso es lo que me interesa, la historia del vencedor, la historia del que pierde, la historia del héroe del día a día, de la caída... Creo que descubrí eso, no sé, por mi pasión por la lectura y la literatura, es algo que no puedo explicar, pero es una forma de entender el mundo.

Este no es solo un libro sobre Egan Bernal, sino que es casi una historia cultural sobre el ciclismo en Colombia, algo que no se habría podido lograr sin dominar nuestro lenguaje. ¿Cómo aprendió el idioma que le permitió descubrir ese mundo?
Siempre tuve una cercanía con el español. Lo aprendí primero en el colegio, luego lo dejé en la universidad... Pero creo que la clave es que mis papás tenían viñedos en Narbonne, la ciudad de Occitania en la que nací, y cuando yo tenía cinco años, para la cosecha de las uvas, la vendimia, venían familias de Alicante, de Valencia, de Castrillón, y yo me la pasaba con los niños de ellos. Compartía con ellos y sus familias la tortilla, el chorizo, los bocadillos. Y no sé si fue por eso, pero siempre he tenido un cariño especial por ese idioma. Luego, cuando me gradué de periodismo y entré a L’Equipe, el redactor jefe del periódico, que más tarde fue el director del Tour de Francia, Jean-Marie LeBlanc, me dijo: “No tenemos a nadie para cubrir España y América Latina”... A mí me interesó muchísimo.

En su libro usted toma personajes clave –desde Cochise hasta Nairo, López y Egan– para hablar de la evolución y los hitos del ciclismo en Colombia. Sin embargo, en la última parte, intenta explicar el deporte desde una perspectiva cultural...

Es que no se puede pensar el ciclismo en Colombia sin estar inmerso con el pueblo, con la gente y con la tierra. La primera vez que vine a cubrir una carrera de ciclismo en Colombia me quedé fascinado con la cordillera: cuando llegas al alto de la Línea, o a Letras, te da la sensación de estar suspendido entre el cielo y la tierra y quería entender eso, tanto que hice recorridos caminando en los páramos para tener esa sensación de libertad y poder escribir. Yo siempre había dicho: no voy a escribir con archivo, te hacen trampa los recuerdos. Siempre dije: si escribo el libro, me voy a Colombia para escribirlo.

Para eso, claro, tuve que tener a alguien que me acompañara y encontré a Álvaro Pachón, un exciclista que se convirtió en un compañero de viaje excepcional y me acompañó los domingos a San Miguel, al alto del Vino, a todos los puntos donde hay un flujo de ciclistas de todo tipo, con bicicletas modernas o con panaderas. Mi conclusión es que la cordillera no solamente esculpe las piedras y las montañas, sino también las piernas de los campesinos, de los traba- jadores, de los niños que se van al colegio pedaleando. Y también las piernas de los corredores.


Usted habló con directores de equipos, con formadores de ciclistas... ¿Qué le falta al ciclismo de Colombia para seguir creciendo?
En este momento, un corredor colombiano que llega a la élite lo sabe todo. Antes no, ganaba el empirismo y las piernas. Están todas las estructuras para producir muchos jóvenes que podrán pasar a profesionales. No todos llegan a la élite, a equipos del World Tour, pero sí al profesionalismo. Por otro lado, yo no veo en Colombia la empresa o la multinacional dispuesta a invertir entre 20 y 30 millones de euros que se necesitan para tener un equipo profesional en la élite.

¿Hay algún otro viaje que quiera hacer para escribir un libro sobre ciclismo?
Me interesa muchísimo Eslovenia. Me da mucha rabia no hablar esloveno y no haber visto antes el fenómeno que está ocurriendo ahora con Roglic y con Pogacar, porque, la verdad, ya habría ido a investigarlo todo. He ido algunas veces, pero para escribir artículos sobre fútbol, sin imaginar ni un segundo lo que pasaría en el ciclismo. ¡Es que la contrarreloj de Roglic en los Olímpicos! O el Tour de Pogacar... Ahí incluso el mejor Egan la habría tenido muy difícil.

* Periodista y docente. Fue periodista en la revista Bocas y editor de la revista Donjuan.