27 de noviembre del 2021
 
[1] Autor desconocido Luna S. XVIII, plata martillada, repujada y cincelada Reg. 05.1.215 © Museo Colonial / Óscar Monsalve
Octubre de 2021
Por :
Lorena Guerrero Jiménez*

Los plateros coloniales: saberes para labrar el valor de lo precioso

Desde la emergencia de las primeras civilizaciones en diferentes latitudes, a la plata y al oro se les han adjudicado valores simbólicos y espirituales. La plata, asociada a la luna y lo femenino, y el sol, asociado al sol y lo masculino[1], fueron apreciados de diversas maneras durante el periodo colonial. Para la Corona española constituían bienes que permitían financiar su gobierno y proveer a sus ejércitos; para los plateros y sus clientes, el costo del material era el punto de partida para un valor aún mayor que, en una sociedad de prelaciones y fuertemente sacralizada, se otorgaba a través de intercambios simbólicos. Resulta interesante indagar las relaciones entre los conocimientos técnicos y plásticos que amalgamaron los artífices coloniales, los cuales consiguieron aumentar el valor de materiales considerados preciosos en sí mismos (imagen 1).

 

[2] Rafael Jimeno y Planes (1759-1825)
El platero José María Rodallega
1795, óleo sobre lienzo
Colección del Museo de Denver © Daderot 

 


La platería se desarrolló más tarde en el Nuevo Reino de Granada que en la Nueva España o el Perú, ello debido a que la minería intensiva en estas regiones inició con anterioridad y a que el dinamismo de las capitales virreinales estimuló el comercio y la producción de bienes. La implementación del beneficio con amalgama de azogue (mercurio), indica que en el siglo XVIII existió en nuestro territorio un notable interés por el desarrollo de las labores con metales preciosos, tanto para la amonedación como para la orfebrería. Con el paso del tiempo, se integraron nuevas técnicas y herramientas que posibilitaron a los maestros plateros y oribes la ejecución de formas más ricas y complejas. A continuación, intentamos reconstruir el recorrido que los metales preciosos debían seguir hasta convertirse en artefactos capaces de vincular producción, uso y significado.

 

 

 

 

Desde las profundidades: minería y metalurgia en la Nueva Granada

 

Sobre la tecnología minera, el estudio de Páez sobre el centro minero de Mariquita indica que, en términos del conocimiento tecnológico y su aplicación, las prácticas implementadas en el Real de Minas de Santa Ana no distaban mucho de las utilizadas en grandes centros mineros como los de Nueva España y Perú. La menor producción de las minas neogranadinas habría resultado de otros factores como la carencia de mano de obra y la falta de azogue para el beneficio de los yacimientos[2]. En el Nuevo Reino de Granada se practicó la explotación de los metales preciosos tanto en minas a cielo abierto como de socavón, técnica que consistía en la excavación de túneles y pozos en la montaña. El método de socavón exigía mayores conocimientos técnicos e inversiones, pues requería la realización de hoyos y ductos de aireación[3].

 

El segundo momento del procesamiento de los metales consistía en su separación de sus bases minerales. Durante la Colonia, en los territorios americanos se utilizaron dos métodos de beneficio de los metales: la fundición y la amalgamación. Según Páez, durante los primeros años de explotación de las minas en el territorio neogranadino se aplicó la fundición, iniciando hacia finales del siglo XVI la implementación de la amalgama de azogue, método que llegó a ser el dominante en toda Hispanoamérica[4]. Este proceso consistía en la mezcla del mineral nativo molido con mercurio durante al menos tres meses[5]. Dicho procedimiento permitía que después se separase la escoria de los metales preciosos que entonces se fundían en barras, lingotes o tejos. Esta técnica, mucho más efectiva para evitar la merma del material que la fundición, ocasionaba graves deterioros a la salud de los trabajadores.

 

 

[3] Autor desconocido Cruz procesional
S. XVII, plata martillada y cincelada, con apliques en fundición
Reg. 05.1.228 © Museo Colonial / Óscar Monsalve 

 

Del beneficio a los obradores

 

De acuerdo con los documentos de archivo, hacia finales de la Colonia se habían consolidado al menos cuatro centros plateros en el Nuevo Reino de Granada, siendo los más relevantes Santafé y Popayán, seguidos en importancia por Cartagena y Mompox. Según otros estudios, también existían grupos de artífices en las ciudades de Tunja, Girón, Cali y Medellín[6]. Todos los maestros con taller y los oficiales estaban vinculados al gremio de plateros de su respectiva ciudad, institución que no solo establecía normas y controles sobre la calidad de la plata labrada, sino que también regulaba el proceso de aprendizaje del oficio y promovía la cohesión social de sus miembros a través de actividades como las fiestas patronales[7]. Fue justamente en los talleres, u obradores, donde los plateros aprendieron los motivos y símbolos que figuraban en las obras encargadas tanto por la Iglesia como por los civiles más prestantes (imagen 2).

 

[4] Herramientas de platería
© Jesús Molina Bautista

[5] Técnica del repujado
© César Cárdenas Gaitán 

 

Las investigaciones que diferentes expertos han realizado sobre los conocimientos de los oribes y plateros neogranadinos señalan al menos dos grandes campos diferenciados pero que se encontraban estrechamente ligados. En primera instancia se ha identificado la experticia en la interpretación de los motivos estilísticos e iconográficos que viajaban de Europa a América y asumían características diferenciadas debido al uso de herramientas y materiales locales. De otra parte, se ha descrito la variedad de técnicas constructivas y ornamentales, sus procesos y herramientas, que aun hoy siguen vigentes en el oficio de los plateros contemporáneos. El primer grupo de saberes, que podríamos llamar estéticos, cobran vida y materia gracias al segundo grupo, que denominaremos técnicos. Sin embargo, ese acervo de habilidades manuales y conocimientos fisicoquímicos no habría podido circular en la sociedad colonial sin toda la potencia simbólica y comunicativa imbuida en las piezas. Así, podemos afirmar que el oficio de los plateros neogranadinos fue un continuo ejercicio del labrar con sus manos el valor social y espiritual de la plata, el oro y las piedras preciosas.

 

Si bien los estudios refieren que en el Nuevo Reino fue más significativa la explotación aurífera que la argentífera, la mayor parte de las piezas de las colecciones de platería colonial que se conservan en nuestro país están elaboradas en plata. Aunque este hecho podría explicarse por su menor costo, es importante destacar que la plata se asoció a la devoción mariana[8], fuertemente promovida en América como vehículo evangelizador (imagen 3). A su vez, el oro tenía un sentido cristológico[9], debido a lo cual los dictámenes tridentinos lo destinaban de manera casi exclusiva, con excepción de su aplicación en joyería, a piezas eucarísticas.

 

El trabajo del platero iniciaba una vez que se había logrado la ley (aleación de pureza) establecida, que era de once dineros y cuatro granos para la plata y veintidós quilates para el oro[10]. Luego comenzaba el proceso de conformación de láminas de metal, técnica en el que se especializaban artesanos reconocidos como plateros de mazonería[11]. Con las láminas se proseguía a la conformación del cuerpo de las obras: la mayor parte de las piezas coloniales fueron realizadas utilizando martillos, tases y bigornias, herramientas propias de la técnica del martillado (imagen 4). Sin embargo, en piezas del siglo XVIII es posible identificar huellas que evidencian su trabajo en torno de repujado. Para obtener volúmenes complejos se aplicó la técnica del armado, cuyo proceso fundamental es la soldadura. Son de especial interés las piezas religiosas de gran complejidad, tamaño y ornamentación –como las custodias solares–, que evidencian tanto la prestancia social y el poder adquisitivo de los clientes que las encargaron, como la gran habilidad de los maestros artesanos.

 

 

[6] Custodia
La Preciosa
© Arquidiócesis de Bogotá

[7] José de Galaz
Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá, conocida como La Lechuga [Detalle del astil, ángel esmaltado]
1700-1707, oro fundido, martillado, burilado y repujado, piedras preciosas
AP3463 © Colección de Arte del Banco de la República 

 

Los plateros demostraban toda su experticia en las técnicas ornamentales, pues lograban labrar motivos, ornamentos y temas que en cada detalle portaban un significado. El repujado y el cincelado son las técnicas más habituales (imagen 5), en especial en las piezas de uso religioso, las cuales con frecuencia fueron donadas por civiles a iglesias o comunidades religiosas. Los plateros modelaron con martillo y cinceles ornamentos foliares, florales, faunísticos y personajes que componían todo un relato moral. El engaste de gemas, aplicado tanto en joyería como en otras piezas de orfebrería, además del lucimiento tenía un propósito simbólico, ya que cada tipo de piedra preciosa expresaba un significado según su tema compositivo. Por ejemplo, en la reconocida custodia La Preciosa de la Catedral de Santafé (imagen 6), las amatistas representan el vino eucarístico, mientras que una perla en una concha labrada simboliza la santa encarnación[12]. La técnica del calado finalizaba en la mayoría de los casos la ejecución del repujado, mientras que el burilado se usó casi exclusivamente para grabar inscripciones o decoración de herrajes. Durante el siglo XVIII, los esmaltes rompieron la monocromía de la plata labrada, dotando de gran coloración a las mejores obras de la época (imagen 7).

 

La platería era todo un lenguaje que vinculaba a personas de diferentes estamentos, incluyendo a algunos de los individuos más privilegiados de la sociedad del Nuevo Reino de Granada. La riqueza técnica y creativa de este legado colonial se conserva casi intacta en los saberes de los plateros actuales, quienes hoy en día continúan transformando los metales preciosos en admirables obras de destreza y lenguaje personal.

 

* Diseñadora industrial. Magistra en historia, Profesora Asistente de la Escuela de Diseño, Politécnico Grancolombiano. 

 

Biografía
1Manfred Lurker, Diccionario de imágenes y símbolos de la Biblia (Córdoba: Ediciones El Almendro de Córdoba, 1987), 159.

2Orlando Páez, Tecnología minera y metalúrgica en la Nueva Granada, del Siglo XVI al XIX (Bogotá: ICANH, 2003), 27.

3Páez, Tecnología Minera, 9.

4Isabel Galaor et al., Las Minas hispanoamericanas a mediados del Siglo XVIII: informes enviados al Real Gabinete de Historia Natural de Madrid (Madrid: Editorial Iberoamericana, 1998), 37.

5Carlos Serrano, Historia de la minería andina boliviana (Siglos XVI-XX) (potosí: Unesco, 2004), 26-29.

6Marta Fajardo, Oribes y plateros en la Nueva Granada (León: Universidad de León, 2008).

7AGN, Cédulas Reales, Octubre 12 de 1776.

8Andrea Lorena Guerrero, “Plata y oro para la fe: cultura tridentina e iconología cristiana en la platería neogranadina virreinal”, H-ART. Revista de historia, teoría y crítica de arte, n.o 3 (2018), 72.

9Lurker, Diccionario, 179.

10Guerrero, “Plata y oro para la fe”, 55.

11Fajardo, Oribes y plateros, 36.

12Guerrero, “Plata y oro para la fe”, 62.