20 de septiembre del 2021
 
[1] Richard Sennett, El Artesano (Barcelona, Anagrama, 2009), 185.
Agosto de 2021
Por :
LORENA GUERRERO JIMÉNEZ*

El barniz de Pasto en la Colonia: recorrido y encuentro de saberes

Adentrarse en el estudio de los saberes artesanales es una aventura que invita a ampliar las perspectivas desde las que entendemos el conocimiento. Es bien conocida la distinción por la cual el pensar se reconoce como más valioso que el hacer, y, desprendiéndose de esta, el que las personas que ejercen prácticas técnicas reciban una valoración social inferior a la otorgada a aquellas dedicadas a la producción de conocimientos científicamente validados. Al respecto, Richard Sennett en su libro El Artesano introdujo una idea fundamental: la mano piensa[1]. Esta idea se revela como una lente nueva a través de la cual podemos interpretar oficios milenarios, mestizos, históricos y a la vez actuales, como el Barniz de Pasto. En cada una de las piezas que este oficio ha dejado en la historia y en la tradición de los barnizadores de hoy, se revela ese conocimiento tácito, inexpresable muchas veces con palabras, y que corresponde al cuerpo, al tacto, a la percepción de temperaturas y consistencias, al movimiento de la herramienta, a la observación experta del color, etc. Más allá de los cultores de este oficio, el mopa-mopa vinculó otros grupos humanos y una diversidad de conocimientos que aportaron no solo a la pervivencia de las técnicas, sino a la conformación de una identidad regional en los territorios que hoy corresponden a la frontera entre Colombia, Ecuador y Perú.

  1. [2]  Braulio Insuasty et al., “Caracterización fisicoquímica preliminar de la resina del mopa-mopa (Elaeagia pastoensis Mora) Barniz de Pasto”, Scientia et Technica XIII, n.o 33 (2007): 365-368. 

 

La decoración con Barniz de Pasto tiene como materia prima los cogollos de la planta Elaeagia pastoensis mora (imágenes 1 y 2), los cuales al momento de su cosecha presentan una consistencia de goma y que, una vez extraída, adquieren una textura cristalina. De acuerdo con caracterizaciones fisicoquímicas, esta se compone principalmente del compuesto apigenina[2], también presente en otras plantas de uso tintóreo. El mopa-mopa crece silvestre en la zona oriental de la cordillera de los Andes en el departamento de Putumayo, entre los 1000 y 2000 msnm. Los bloques cristalinos de resina son llevados a los talleres de los barnizadores en la ciudad de Pasto, la cual le ha dado nombre al oficio porque hoy por hoy es el único lugar del mundo donde se practica. Allí inicia el proceso de limpieza, que implica sumergir el material en agua hirviendo, macerarlo y amasarlo repetidas veces. Esto se ejecuta para extraer toda la hojarasca e impurezas, obteniéndose finalmente una masa suave y homogénea, la cual puede ser teñida con múltiples pigmentos (imagen 3). Luego se realiza el templado de las telas, estiramiento de la resina, hasta obtener una película delgada, de 70 cm de ancho aproximadamente, la cual se seca al contacto con el aire. Esta puede ser aplicada y recortada sobre los artículos de madera previamente pintados.

[3] Álvaro José Gomezjurado, “El mopa-mopa o barniz de Pasto, comercialización Indígena en el periodo colonial”, Estudios Latinoamericanos, n.o 22-23 (2008): 84. 

 

Gracias a las investigaciones arqueológicas de María Victoria Uribe, pudo establecerse que el uso ritual y decorativo del mopa-mopa es de origen prehispánico. En las excavaciones realizadas de tumbas Protopasto en el municipio de Miraflores fueron halladas chaquiras de mopa-mopa[3]. Por su parte, Clemencia Plazas propuso que el dorado por oxidación de los discos de oro fabricados por la cultura Nariño pudo hacerse con esta resina[4]. Con respecto a su utilización como “pintura” decorativa, se destaca la presencia del barniz en los keros incaicos. Según las crónicas de Juan de Velasco, los pintores de barniz originarios de la zona de los pastos fueron llevados y asentados en Chachapoyas (Perú), y ahí aplicaron sus técnicas y conocimientos en diferentes objetos de uso ritual, que tenían gran reconocimiento social entre la clase gobernante incaica [5].

 

Entre los siglos XVI y XVIII, la pintura de barniz floreció como oficio en el sur de la Nueva Granada. Esto se debió, en parte, a su ubicación estratégica entre el norte y el sur[6] y las zonas selváticas de la Amazonía y el Pacífico[7], la cual convirtió a la región en un activo centro de comercio. Entre los productos intercambiados figuraba el mopa-mopa como materia prima, así como finas cajas decoradas con barniz, las cuales eran encargadas a los artesanos por las élites gubernamentales y religiosas locales y europeas. Al respecto, Gómezjurado destaca el papel de un grupo de indígenas conocidos como mindalas en la circulación de estos bienes. Estos se especializaron en la consecución de productos exclusivos y raros, lo que les permitió excluirse de otras labores y gozar de reconocimiento social entre indígenas y blancos. Los mindalas de Pasto, conocían con gran detalle las rutas para contactar a los indígenas del Valle de Sibundoy, quienes a su vez dominaban los caminos hacia las zonas entre Mocoa y Condagua (actualmente en el Cauca), donde se recolectaba la resina del mopa-mopa. Esta actividad implicaba un conocimiento empírico para determinar el estado preciso en que debía ser cosechada.

 

[4] Édouard-François André (1840-1911) – dibujante / Achille Sirouy (1834-1904) - grabador
Fabricación de objetos en barniz de Pasto 1879, grabado, Le Tour du Monde XXVII

[5] Anónimo neogranadino Escritorio de estrado S. XVIII, madera con barniz de Pasto y apliques de plata
Reg. 04.7.007 © Museo Colonial / Óscar Monsalve 

En el contexto colonial, los productos del barniz de Pasto fortalecieron su valor “como símbolos materiales de diferenciación social”[8]. Los barnizadores, que mantuvieron el oficio gracias a la transmisión intergeneracional, solamente fueron constituidos formalmente como gremio hasta 1796 (imagen 4) . Aunque integrados antes al gremio de pintores, los barnizadores se expresaban de manera diferenciada a través de su técnica: las piezas de barniz se caracterizaban por su riqueza pictórica, suntuosidad y virtuosismo, lejos de toda austeridad. Los artesanos del mopa-mopa daban muestra de su gran habilidad, integrando armoniosamente en marcos, escritorios o cofres la estructura compositiva de origen precolombino –motivo central, guardas y ornamentos– con motivos inspirados en la variedad de la flora y la fauna locales y las modas que iba imponiendo la usanza europea (imagen 5). En palabras de Gutiérrez, esto permitió el “nacimiento de un lenguaje propio en el interior del mundo artesano”[9].

 

[6] Anónimo neogranadino Escritorio portátil Ca. 1684, madera con barniz de Pasto y apliques de plata LS2000 © Hispanic Society

[7] Anónimo neogranadino Cofre
1625-1650, barniz de
Pasto
LS2361 © Hispanic Society 

Este es quizá uno de los aspectos más distintivos del barniz, en contraste con otros oficios coloniales. Los artífices del mopa-mopa se permitieron reinterpretar los modelos que circulaban a través de las estampas y enriquecerlos con un repertorio único de temas, ello en el marco de orden compositivo de origen prehispánico. Respecto a los motivos ornamentales, Álvarez destaca la presencia de escenas de paisaje, vegetación, frutas locales y exóticas, fauna (aves, monos, armadillos), al igual que de emblemas, motivos renacentistas, grutescos, animales irreales y símbolos heráldicos[10]. Las cenefas o guardas podían ser cordones entorchados, líneas compuestas, o zigzags y quingos indígenas (imagen 6). En el universo del barniz todo era posible, cualquier elemento podía integrarse a la obra pictórica a través del juicio y autonomía de los maestros más experimentados, quienes lograron que sus piezas transcendieran las fronteras geográficas y temporales. La presencia de bellas obras del periodo decoradas con barniz de Pasto en colecciones privadas y oficiales europeas así lo revelan.

 

Siguiendo a Álvarez, es evidente que el oficio implicó un gran conocimiento en la preparación de pigmentos. El mopa-mopa tiene la propiedad de permitir su teñido con casi cualquier tipo de sustancia, tanto de origen vegetal (achiote), animal (cochinilla) o mineral. Álvarez ha demostrado el uso del albayalde –óxido de plomo– en la pigmentación del barniz colonial para evitar su transparencia característica y volverlo completamente opaco[11], de manera que los colores pudieran tener mayor cubrimiento (imagen 7). Respecto a las técnicas de decoración propiamente dicha con las telas (películas) de mopa-mopa, Álvarez identifica tres variaciones: la primera es el barniz brillante, que consiste en cubrir una hojilla de plata con una película de barniz coloreada por un tinte orgánico, esto permite conservar su transparencia y darle color a la hojilla (imagen 8). La segunda consiste en la superposición de telas de diferentes colores, una sobre otra, generando relieve (imagen 9). Por último, la extracción de formas en negativo, técnica en cuya aplicación el barnizador trazaba con su cuchilla el contorno de la figura en negativo para dejar el positivo en la decoración. Cuando se trata de una pieza simétrica y completa, es posible voltear en sentido reflejo el corte para generar el efecto de positivo y negativo que ha caracterizado al barniz de Pasto a lo largo del tiempo (imagen 10).

 

[8] Detalle de una flor con motivos dorados cuadrados de una arqueta de barniz de Pasto perteneciente a las colecciones del Museo de América (Madrid, España)
© Yayoi Kawamura 

[9] Textura del barniz de Pasto
© Maestros Gilberto Granja y Óscar Granja

[10] Recorte en la decoración con barniz de Pasto
© Maestros Gilberto Granja y Óscar Granja 

En definitiva, el barniz colonial representa la confluencia de múltiples saberes: de la recolección de la resina a la exportación de los artículos de lujo a territorios europeos. Las manos artesanas modelaron un legado de conocimientos botánicos, químicos, técnicos, artísticos y sociales invaluables. El legado de la tradición del barniz de Pasto es prueba de la relevancia de otras formas del saber, pocas veces reconocidas, y que perviven en la vida cotidiana de los talleres contemporáneos, cuyo patrimonio se sigue coloreando al pie de un volcán.

 

* Diseñadora industrial. Magistra en historia, Profesora Asistente de la Escuela de Diseño, Politécnico Grancolombiano. 

 

 

Bibliografía:

[1] Richard Sennett, El Artesano (Barcelona, Anagrama, 2009), 185.

2 Braulio Insuasty et al., “Caracterización fisicoquímica preliminar de la resina del mopa-mopa (Elaeagia pastoensis Mora) Barniz de Pasto”, Scientia et Technica XIII, n.o 33 (2007): 365-368.
3 Álvaro José Gomezjurado, “El mopa-mopa o barniz de Pasto, comercialización Indígena en el periodo colonial”, Estudios Latinoamericanos, n.o 22-23 (2008): 84.

4 Gomezjurado, El mopa-mopa, 84.

5 Sandra Patricia Gutiérrez, “Los artesanos y los productos del barniz de Pasto: entre tradición y modernidad”, en Mundos de creación de los pueblos indígenas de América Latina, editado por Ana Cielo Quiñones (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020), 150.

6 Gutiérrez, “Los artesanos y los productos”, 155.

7 Gomezjurado, “El mopa-mopa”, 84.

8 Gutiérrez, “Los artesanos y los productos”, 157.

9 Gutiérrez, “Los artesanos y los productos”, 159.

10 María Cecilia Álvarez, “El barniz de Pasto: Reflejo de la naturaleza”, en Naturaleza y Paisaje. X Encuentro Internacional sobre Barroco editado por Paola Maurizio, Maria Cecilia Avegno (La Paz: Fundación Visión Cultural, 2019), 341.

11 Álvarez White, "El barniz de Pasto”, 342.