13 de diciembre del 2018

Tour de Francia

Hace dos años, cuando Colombia permanecía atenta al periplo del boyacense Nairo Quintana por las carreteras españolas, Georgina Ruiz Sandoval fue entrevistada por un periodista, quien la retó: “¿Qué ofrece si Nairo gana la Vuelta a España?”. Ella recuerda que –aunque no dejó de parecerle algo extraña la pregunta y que, incluso, pensó que tal vez la respuesta correcta sería ofrecerle algo a algún santo– respondió: “Si gana, yo subo La Línea”.

 

La última semana del Tour de Francia de 1988, Fabio Parra constató que no había manera de ganar. Tras un esfuerzo monumental en los Alpes, se había ubicado en la tercera posición de la general, por debajo del español Pedro Delgado y del holandés Steven Rooks. Pero en las etapas definitivas, cruzando los Pirineos, las fuerzas no le daban sino para sostenerse. “Era como si yo fuera en carro y ellos en avión; o mejor, como si yo fuera en bicicleta y ellos en moto”, comenta. Luego se vino a saber la razón: Delgado y Rooks habían corrido dopados.

“Uno tiene dos años malos y ya lo olvidan”, dijo Rigoberto Urán tras terminar la etapa 11 del Tour de Francia. Y tenía razón. Porque este año los ojos estaban puestos en Nairo Quintana, en su arriesgada apuesta de correr Giro de Italia y Tour de Francia y tratar de ganarlos ambos. Siete colombianos coincidieron en la que es considerada la carrera por etapas más importante del ciclismo mundial. Urán fue uno de ellos. Pero nadie daba un peso por él. Y sin embargo hoy ha acompañado al británico Chris Froome en el podio de la carrera por etapas más importante del planeta.