25 de noviembre del 2017

Serie

Philip y Elizabeth Jennings son una pareja de estadounidenses corrientes que viven en un suburbio de Washington, D.C. en los años ochenta. Tienen una agencia de viajes y dos hijos. Salen con frecuencia en medio de la noche, lo cual podría explicarse porque tienen que coordinar su trabajo con el de otros agentes de viajes que viven en otro huso horario. La verdadera explicación, sin embargo, es que salen por la noche a hacer trabajos de espionaje: a engañar, a recaudar información y a matar gente.

Cualquiera que haya sido estudiante universitario tiene que sentir desconcierto al ver las fórmulas que predominan en las escenas televisivas en las que se reproduce una clase universitaria: el profesor es a la vez solemne y despistado, atiborra el tablero de palabras, emite grandes sentencias sobre el sentido de la vida, y mira entre curioso y enfadado a la estudiante que llega tarde.

Algunas telenovelas latinoamericanas de los años 80 se alargaban conforme ganaban audiencia, se estiraban como con el único propósito de que pudieran seguir viéndose. La trama se enmadejaba, daba vueltas sobre sí misma, y no era ni siquiera que el argumento se complicara, sino que surgían nuevos ejemplos de un mismo obstáculo y revelaciones sucesivas de un mismo secreto, y se insistía en las reacciones de los personajes, ya conocidas por el televidente. Lo que sucedía, mientras se sucedían los capítulos, era que se ahondaba en la familiaridad.

Parece como si Estados Unidos estuviera diciéndose que debe recordar a O. J. Simpson y volver a leer su carácter, su crimen, su juicio y los antecedentes y ramificaciones de su historia como componentes de un trauma nacional.

Hay un ave del paraíso en medio de la selva. Es un animal espectacular, rarísimo. Tiene las alas negras y rojas, la cabeza y las patas azules, una franja amarilla en la nuca y dos rizos que le salen de la cola. Es un macho y se dispone a hacer su danza de apareamiento. Mira hacia arriba y ve el sol. Entonces busca un claro en el suelo, en medio de los árboles, donde la luz caiga directamente. En cuanto lo encuentra, retira las hojas caídas. Con el pico, arranca las hojas verdes de los arbustos que rodean el claro y las arroja lejos.

El proceso de maquillaje para que Andrés Parra se convierta en Hugo Chávez dura aproximandamente dos horas. Descubra cómo es el proceso.