20 de septiembre del 2017

TV

Philip y Elizabeth Jennings son una pareja de estadounidenses corrientes que viven en un suburbio de Washington, D.C. en los años ochenta. Tienen una agencia de viajes y dos hijos. Salen con frecuencia en medio de la noche, lo cual podría explicarse porque tienen que coordinar su trabajo con el de otros agentes de viajes que viven en otro huso horario. La verdadera explicación, sin embargo, es que salen por la noche a hacer trabajos de espionaje: a engañar, a recaudar información y a matar gente.

Cualquiera que haya sido estudiante universitario tiene que sentir desconcierto al ver las fórmulas que predominan en las escenas televisivas en las que se reproduce una clase universitaria: el profesor es a la vez solemne y despistado, atiborra el tablero de palabras, emite grandes sentencias sobre el sentido de la vida, y mira entre curioso y enfadado a la estudiante que llega tarde.

Hay un público invitado, entre el que se destacan —porque la cámara las enfoca insistentemente— varias reinas de belleza con la corona puesta y la sonrisa congelada (salvo cuando oyen un chiste que ridiculiza a las mujeres: entonces, para complacer con entusiasmo, la sonrisa se les convierte en risa suelta). Hay un jurado conformado por personas que son jueces de humor por algún recóndito motivo. Los maestros de ceremonia son una pareja, hombre y mujer, que repiten sosamente fórmulas sosas.

En marzo y abril, respectivamente, Netflix presentó las funciones más recientes de dos grandes comediantes: Amy Schumer: The Leather Special y Louis C.K.: 2017. Los dos espectáculos de stand-up tienen en común, en primer lugar, que los actores se ven incómodos. Louis C.K. aparece ─de manera insólita en él─ con traje y corbata. Schumer lleva un ceñido enterizo de cuero negro, a cuya inconveniencia alude una y otra vez. El desagrado con respecto a la propia situación (a la propia vida, el propio cuerpo, la propia identidad) parece central en los dos guiones.

Algunas telenovelas latinoamericanas de los años 80 se alargaban conforme ganaban audiencia, se estiraban como con el único propósito de que pudieran seguir viéndose. La trama se enmadejaba, daba vueltas sobre sí misma, y no era ni siquiera que el argumento se complicara, sino que surgían nuevos ejemplos de un mismo obstáculo y revelaciones sucesivas de un mismo secreto, y se insistía en las reacciones de los personajes, ya conocidas por el televidente. Lo que sucedía, mientras se sucedían los capítulos, era que se ahondaba en la familiaridad.

Parece como si Estados Unidos estuviera diciéndose que debe recordar a O. J. Simpson y volver a leer su carácter, su crimen, su juicio y los antecedentes y ramificaciones de su historia como componentes de un trauma nacional.

Hasta hace muy poco tiempo (me atrevo a decir que hasta hace un par de décadas), el humor en el arte era una prerrogativa de los hombres. Con pocas excepciones, entre ellas la de la mordiente Dorothy Parker, la literatura de humor no ha sido escrita por mujeres. Hay destellos de humor en muchas autoras, sin embargo: desde Santa Teresa y sor Juana hasta Clarice Lispector y Virginia Wolf, quien en sus ensayos se sirve a veces del sarcasmo, pero cuyos chistes me resultan demasiado dolientes y ríspidos, demasiado desencantados.

En este año de nuestro desengaño con respecto a la democracia, ha sido oportuno el lanzamiento de The Crown (Netflix), una serie que tiene un cariz tan ensayístico como dramático. The Crown cuenta la historia del reinado de Isabel II de Inglaterra y de la familia Windsor, pero sobre todo se ocupa de mostrar en qué consiste la monarquía. Su primera temporada, de diez episodios, relata acontecimientos de entre 1947 y 1955; va desde el matrimonio de Isabel hasta la decisión sobre el compromiso matrimonial de su hermana Margarita.

Es común que una generación que ha vivido un gran cambio político represente los miedos de la generación anterior (de 30 años antes, aproximadamente) en obras que se construyen desde el punto de vista de los niños. Es natural y honesto que así sea, por la obvia razón de que los autores de las obras que tratan sobre la generación anterior fueron niños durante el período que quieren representar.