14 de diciembre del 2019

Netflix

El título de esta nueva serie documental de Netflix no parece puesto con justicia, y es preferible sospechar que no se debe a una simple ligereza, sino que se pretendía hacer con él una ironía (un tanto simple también), pues en la serie no se trata en absoluto sobre lo salvaje, sino sobre un caso histórico que solo fue posible entre los dobleces más sofisticados de la civilización y las leyes humanas.

Si el monarca contiene a todos los súbditos de una monarquía, el concepto se vuelve más interesante cuando el monarca es una mujer, que no solo contiene por ser reina, sino por la particularidad de su sexo. Si el monarca es, además, ejemplo y parangón para todos sus súbditos, el concepto se vuelve más interesante cuando el monarca es una mujer ─y no especialmente maternal─ en una sociedad patriarcal.

Hay en Netflix dos series nuevas de detección y misterio que, aunque disímiles entre sí en cuanto a su trama y su ambientación, tratan sobre un mismo asunto: la dificultad de comprender el relato que las mujeres cuentan acerca de sí mismas. Son Alias Grace y The Sinner. En ambas, como sucedía también en Gypsy (de 2017, reseñada hace unos meses en este mismo espacio), la protagonista es una mujer cuyos infinitos dobleces parecen imposibles de conocer ─tanto para el espectador como para ella misma─ debido la manera como se articula su memoria.

Acaba de estrenarse en Netflix un nuevo documental sobre Lady Di (Story of Diana), cuando ya parece que la princesa se ha representado de suficientes maneras (en el cine, en la televisión, en libros y en miles de revistas) y cuando la resurrección de su improbable peinado en la cabeza de Donald Trump nos ha hecho un guiño lo bastante explícito para que entendamos que el arco narrativo de la historia contemporánea del espectáculo comienza con la trágica celebridad de una mujer anodina que se convirtió en la más grande reina de nuestro tiempo y llega a su culmen co

No es apologética la serie Narcos, de Netflix, como sí parecía serlo la telenovela nacional Escobar: el patrón del mal, que presentaba a Pablo Escobar como un personaje eminentemente pintoresco, y cuyo mayor mérito, en términos de actuación y dirección, parecía estribar, según la propia defensa de los apologistas de la serie, en que los actores supieran imitar el sonsonete paisa.

En marzo y abril, respectivamente, Netflix presentó las funciones más recientes de dos grandes comediantes: Amy Schumer: The Leather Special y Louis C.K.: 2017. Los dos espectáculos de stand-up tienen en común, en primer lugar, que los actores se ven incómodos. Louis C.K. aparece ─de manera insólita en él─ con traje y corbata. Schumer lleva un ceñido enterizo de cuero negro, a cuya inconveniencia alude una y otra vez. El desagrado con respecto a la propia situación (a la propia vida, el propio cuerpo, la propia identidad) parece central en los dos guiones.

Tal vez nadie entienda muy bien cuáles son las pretensiones ni cuál es la peculiaridad de los hipsters. Sin embargo, todo el público parece reconocer el calificativo, y casi todos los que parecen corresponder a él lo niegan. Los hipsters no tienen una agenda política concreta, ni una filosofía ni una ideología, que se sepa, pero sí tienen una apariencia distinguible. Son vagamente liberales, vagamente artísticos; se visten con una moda sarcástica, con la que evocan aquellos lugares donde no están: otra época y un entorno rural.

En este año de nuestro desengaño con respecto a la democracia, ha sido oportuno el lanzamiento de The Crown (Netflix), una serie que tiene un cariz tan ensayístico como dramático. The Crown cuenta la historia del reinado de Isabel II de Inglaterra y de la familia Windsor, pero sobre todo se ocupa de mostrar en qué consiste la monarquía. Su primera temporada, de diez episodios, relata acontecimientos de entre 1947 y 1955; va desde el matrimonio de Isabel hasta la decisión sobre el compromiso matrimonial de su hermana Margarita.

Acaba de estrenarse en Netflix la nueva temporada de Black Mirror, con más episodios que las dos anteriores; son seis en esta tercera entrega, aunque no sé si sea correcto el término “episodios”, ya que cada uno está hecho como una película singular, con sus propios actores y una trama independiente.

Es común que una generación que ha vivido un gran cambio político represente los miedos de la generación anterior (de 30 años antes, aproximadamente) en obras que se construyen desde el punto de vista de los niños. Es natural y honesto que así sea, por la obvia razón de que los autores de las obras que tratan sobre la generación anterior fueron niños durante el período que quieren representar.