20 de agosto del 2019

Margarita Vidal

 

A Paula Marcela Moreno la criaron para ser líder. Nació en Bogotá, pero su familia es de Santander de Quilichao, Cauca, a donde la mandaban invariablemente a pasar las vacaciones de verano año tras año. Cuenta que los quilichaos fueron pobladores primigenios en un pueblo mitad afro, mitad indígena y mestizo. 

Si bien es cierto que el físico Noboru Takeuchi, ganador del Premio Latinoamericano de Popularización de la Ciencia y la Tecnología de la RedPop-Unesco, trabaja duro como investigador experto en nanociencias y nanotecnología, no lo es menos que vive feliz en un hermoso paraje de la península de Baja California, situado frente al océano Pacífico.

Fernando de Szyslo Valdelomar, hijo de un físico polaco afincado en Perú, que hablaba catorce lenguas y escribía libros de viajes, y de la hermana del escritor Abraham Valdelomar, tiene 89 años y vive a caballo entre Nueva York y Lima.

Llanto, novelas imposibles, sobre Moctezuma y la llegada de Hernán Cortés; sobre Cleopatra, De un salto descabalga la reina; sobre Cervantes, La otra mano de Lepanto, y una novela muy ambiciosa llamada Texas que la dejó en una especie de sequía literaria, hasta que logró volver a juntar las piezas y empezar a escribir una nueva sobre la que se abstiene de hablar, por agüero.

David García Rodríguez, director general de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, es un hombre lleno de conocimientos, de recorridos y de sorpresas.

 

El año pasado, el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Vida y Obra a Maruja Vieira, periodista, relacionista pública, profesora universitaria, y, sobre todo, poeta, quien fuera en los años noventa una de las más firmes defensoras de su creación, con la convicción de que un ministerio del ramo sacaría de su postración a la Cultura, Cenicienta siempre relegada en el presupuesto nacional.

Su reino de este mundo queda en el magnífico edificio art déco de la Biblioteca Nacional de Colombia, diseñado por Alberto Wills Ferro hace 75 años. Su destino estaba marcado porque ya era lectora cuando cambió la fiesta de quince por los siete tomos de En Busca del Tiempo Perdido de Proust, invadida por la peste incurable del amor a los libros. Es filósofa, editora y librera.

Nací en Barranquilla en 1963. Tenía cuatro años cuando mis padres se separaron y mi mamá se quedó sola en Bogotá. Mi abuelo, que ya tenía diez hijos con mi abuela, me dijo que me fuera con mi hermana para Arenal a pasar unas vacaciones que duraron 13 años. Arenal queda frente a Soplaviento, en el norte de Bolívar, a una hora de Cartagena.

Las muertes prematuras de su padre, cuando tenía cinco años, y de su madre, a los once, lo marcaron para siempre. Pero no le arrebataron el placer por la vida ni la curiosidad por el mundo. Desde muy joven incursionó en los ritos amatorios, pero no resistió el tedio de tres matrimonios fallidos, que contrarrestó con otros amores y nuevas conquistas frustradas. Cayó en las tentaciones de la concupiscencia y la rumba, luchó por sobrevivir y miró con desdén la marrullería de los políticos.