25 de noviembre del 2017
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5 de Julio de 2017
Por:
Redacción Credencial

Los dispositivos electrónicos de suministro de nicotina por acción del vapor, que prometen ayudar a dejar de fumar y suponen ser mucho menos tóxicos, han desatado una polémica alrededor de si deben ser tratados con la misma severidad que el cigarrillo convencional.

El cigarrillo electrónico: ¿Sí o no?

A Mark Twain, fumador empedernido, se le atribuye haber dicho: “Dejar de fumar es fácil. Yo ya lo dejé unas cien veces”. Quizás no haya una frase humorística más cierta que esa. Porque a pesar de la abrumadora evidencia científica sobre la nocividad del cigarrillo, cientos de millones de personas en todo el mundo continúan fumando con la ilusión secreta de dejarlo algún día y la frustración de reincidir al día siguiente.

 

Fracaso tras fracaso, acuden a sesiones de hipnosis y a terapias alternativas, mastican chicles y se aplican parches de liberación controlada de nicotina, todo con el ánimo de calmar la ansiedad de la adicción y entregarse a la esperanza de no volver nunca más a encender esas chimeneas bucales que no solo atentan contra la salud propia sino contra la ajena.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, el tabaquismo mata cada año cerca de 6 millones de personas. De ellas, cerca de 600.000 mueren, no como consecuencia del consumo directo, sino por aspirar el humo de los fumadores. En el 2005, 180 naciones firmaron el Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco, que restringió ostensiblemente el consumo de cigarrillos en lugares públicos, limitó la publicidad, obligó a las tabacaleras a imprimir duras advertencias en las cajetillas sobre los efectos dañinos del producto y prohibió la venta a menores de edad. Aún así, la quinta parte de la población del planeta sigue fumando. Y los fumadores, lastimosamente, se renuevan entre la población joven.

 

Vapor en vez de humo

Después de intentarlo todo para dejar de fumar, en el 2003 el químico chino Hon Lik creyó encontrar la solución al problema. Cada vez que uno prende un cigarrillo para ingerir la adictiva nicotina, la combustión libera otra gran cantidad de sustancias tóxicas, tanto para quienes están aspirando el humo como para quienes lo respiran alrededor. La idea de Hon era producir un cigarrillo que no fuera tóxico, o más exactamente, que fuera lo menos tóxico posible; es decir, que solo posibilitara la aspiración de nicotina, que es lo que tanto ansía el fumador. Entonces inventó el cigarrillo electrónico, uno que en vez de humo producía vapor y prometía ser lo suficientemente inocuo como para ayudar a los fumadores compulsivos a dejar el vicio, o al menos a reemplazar el tan dañino cigarrillo tradicional.

 

A partir de entonces, el cigarrillo electrónico no solo ha experimentado grandes variaciones en su fabricación, sino que su uso se ha extendido a lo largo y ancho del planeta. Colombia no es la excepción. El pasado 14 de mayo se llevó a cabo en Bogotá el Vape Meeting Bogota # 1, o primer encuentro de ‘vapeo’ de la ciudad, al que asistieron aproximadamente 130 personas. El evento, organizado por dos comunidades, una internacional y otra local, con presencia en redes sociales: UnionVape y El Cebú Vapeador, cumplió con el propósito de intercambiar experiencias entre los ‘vapeadores’, absolver dudas sobre el cigarrillo electrónico e informarse sobre las nuevas ofertas del mercado en cuanto a dispositivos y líquidos saborizados. El encuentro premió al mejor líquido fabricado por los asistentes (conocido como alquimia) y al ganador del concurso de cloud chasing, el cual consiste en ser capaz de generar la nube de vapor más densa y extensa.

 

¿Cómo funciona un cigarrillo electrónico? A grandes rasgos, el dispositivo está compuesto de cuatro partes: una batería, un tanque de almacenamiento, una resistencia y líquido. La batería, que puede ser recargable o desechable, se encarga de suministrar corriente a la resistencia. Esta calienta un material absorbente (algodón o, en casos específicos, cuerda de fibra de vidrio) impregnado del líquido que contiene la nicotina, y lo vaporiza. El vapor es el vehículo que transporta la nicotina al consumidor que lo aspira. Al acto de usar cigarrillo electrónico se le denomina ‘vapeo’ (del inglés vaping, vapor).

 

Sus promotores dicen que la gran ventaja del cigarrillo electrónico es la ausencia de químicos nocivos en los líquidos utilizados para sustituir al tabaco. Un cigarrillo encendido convencional libera alquitrán, acetona, metanol, monóxido y dióxido de carbono, amoníaco, ácido acético, cianuros y otros componentes, además de la nicotina. Los líquidos que se vaporizan en el cigarrillo electrónico están elaborados, en general, con cuatro insumos: glicerina vegetal, propilenglicol, saborizantes para la industria alimentaria y nicotina.

 

Las concentraciones de nicotina más usadas en estos líquidos son 3 mg, 6 mg, 12 mg y 24 mg. La cantidad puede ser escogida dependiendo del número de cigarrillos que el usuario fumaba antes. El principio del cigarrillo electrónico es ir bajando la concentración de nicotina gradualmente hasta desaparecerla. De hecho, hay líquidos de sabores y aromas sin nicotina.

 

¿Es tan inocuo como lo predican?

Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud, que tanto ha luchado contra el consumo de tabaco, ha puesto el grito en el cielo frente a la promoción de este nuevo estilo de vida. En vez de aliviarse por una alternativa que, se supone, reducirá el número de fumadores en todo el mundo, ha hecho sonar las alarmas ante la posibilidad de que los cigarrillos electrónicos no sean tan inocuos como los intentan vender, y lo que es peor, sean el tránsito entre los no fumadores hacia el cigarrillo convencional. Y recomienda a los gobiernos regular el consumo de estos dispositivos electrónicos de suministro de nicotina con la misma legislación que a los cigarrillos convencionales.

 

En Estados Unidos, la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos) decidió tratar a los dispositivos electrónicos de suministro de nicotina con la misma severidad legal que a los cigarrillos convencionales, mientras no se demuestre científicamente que los cigarrillos electrónicos son inocuos. La norma entrará en vigencia el 9 de agosto. Algo similar está ocurriendo en el Reino Unido, España y Australia.

 

En Colombia, desde el 2014, cursa en el Congreso un proyecto de ley “por medio del cual se regula la comercialización, distribución, publicidad y promoción de sistemas electrónicos de administración de nicotina y cigarrillos electrónicos”, que busca equiparar estos productos con el cigarrillo convencional y hacer regir su comercialización de manera similar.

 

Los ‘vapeadores’, sin embargo, están en desacuerdo. Francisco Javier Ordóñez, fundador de la Asociación Colombiana de Vapeadores, Asovape, argumenta que existe un desconocimiento de las autoridades frente al tema. “Infortunadamente las instituciones públicas no se han dado a la tarea de hacer una investigación exhaustiva de los beneficios del cigarrillo electrónico frente al tradicional. Hay una discusión cerrada enfocada hacia el paralelismo legal con el cigarrillo convencional, lo cual es un error. El mecanismo de funcionamiento de los dispositivos de ‘vapeo’ es totalmente distinto, exceptuando la nicotina que, finalmente, es el único elemento común. Uno de los argumentos que sacan a relucir las instituciones de salud es que el uso de los cigarrillos electrónicos va en contra de la ley que prohíbe el humo en espacios públicos, acusando que era humo y no vapor, cuando se conoce que el humo es producto de una combustión, mientras que el vapor de los dispositivos no lo es”.

 

El quid del asunto es que, si bien no hay evidencia científica de que las sustancias adicionales a la nicotina que utilizan los dispositivos electrónicos sean inocuas, tampoco la hay en el sentido de que sean dañinas. De hecho, la Royal College of Physicians, del Reino Unido, publicó un artículo en el que concluyó que sus estudios certificaban que el vapor de los cigarrillos electrónicos era 95% menos dañino que el humo del cigarrillo regular.

 

Uno de los investigadores que más respalda esta teoría es el médico griego Konstantinos Farsalinos, quien defiende la idea de que los cigarrillos electrónicos son altamente efectivos en el propósito de dejar de fumar. Sin embargo, sus detractores le han criticado que todas sus investigaciones son patrocinadas por los fabricantes de cigarrillos electrónicos.

 

La comunidad científica en general arguye que, por ser tan reciente el uso de estos dispositivos, es imposible llegar tan pronto a conclusiones acerca de los beneficios o daños que estos nuevos productos puedan generar. Sin embargo, son muchos los que advierten que lo mismo sucedió cuando las empresas tabacaleras exigieron comprobaciones científicas del daño que podría causar el consumo de cigarrillo. Y las pruebas llegaron demasiado tarde.

 

Blanca Llorente, asesora técnica de la Fundación Anáas, dedicada a la prevención en salud pública, teme que detrás de la legislación en torno al cigarrillo electrónico se escondan los intereses de las tabacaleras por fomentar el consumo de tabaco. “La publicidad de los ‘vapeadores’ está dirigida claramente a la juventud, y la preocupación es que estos dispositivos sean el canal mediante el cual se invite indirectamente a los jóvenes a probar otras sustancias”.

 

Las tabacaleras, por su parte, ya han metido basa en el negocio, adquiriendo pequeñas empresas dedicadas a la producción y comercialización de los cigarrillos electrónicos. Que sea una estrategia financiera para salvar su reputación con un producto que ayuda a dejar de fumar, está por verse. Por lo pronto, Armando Peruga, director del programa sobre prevención de enfermedades no transmisibles de la Organización Mundial de la Salud, advierte: “Se calcula que ha habido unas 100 millones de muertes debidas al tabaco durante el último siglo. ¿Cómo podemos confiar en las empresas que causaron este desastre humano?”.

 

*Publicado en la edición impresa de agosto de 2016*