12 de diciembre del 2018
Fotografía | Gustavo Martínez
12 de Abril de 2018
Por:
Fernando Gómez Garzón

La columnista de El Tiempo, experta en educación en primera infancia, habla de la propuesta de Trump de armar a los profesores para evitar los tiroteos en las escuelas y, por supuesto, propone otras alternativas, como la de combatir la soledad de los jóvenes.

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Yolanda Reyes: “A los profesores hay que armarlos, pero de herramientas”

Tendría que ocurrir una mutación genética para que la sociedad, finalmente, les haga caso a los pedagogos. Es lo que piensa Yolanda Reyes, con más de 30 años de experiencia en educación en primera infancia. La columnista de El Tiempo, que dirige el jardín infantil Espantapájaros, desde donde les insiste a los padres de familia en la importancia de ponerles atención a los niños y fomentarles la lectura desde la más tierna niñez, es, sin embargo, una convencida de que educar es posible. A propósito del tiroteo en la secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Parkland, Florida, Estados Unidos, que motivó al presidente Donald Trump a proponer armar a los profesores para evitar futuras tragedias, hablamos con ella para mirar qué puede haber detrás del joven que disparó contra sus excompañeros de colegio, y del propio presidente de Estados Unidos, que se atrevió a lanzar una proposición como ésa.

 

¿Qué opina de la propuesta de Trump de armar a los profesores para evitar futuras tragedias de tiradores furtivos en las escuelas?

En primer lugar, es una propuesta que se sale de cualquier lógica. Cuanta más gente armada haya en un lugar, más crecen las posibilidades de usarlas. En otras palabras, si usted y yo estamos desarmados, hay menos posibilidades de darnos plomo. Combatir el armamentismo escolar con más armas es una cosa que a nadie se le pasa por la cabeza.

 

No a nadie. Se le pasó por la cabeza nada menos que al presidente de Estados Unidos.

Sí. Increíble. Claro que también ha habido mucha presión política del otro lado. Los niños y las familias han salido todos los días a protestar. La única posibilidad que veo de presión contra el armamentismo es el movimiento persistente y pertinente de las familias. Fíjese lo que pasó en Chile en 2006, cuando la Revolución de los pingüinos puso en jaque al sistema educativo en Chile. Cerraron los colegios, salieron a la calle, sacaron los pupitres e hicieron cambiar un montón de cosas. Y volvió a ocurrir en 2016. Parece que los niños gringos también se interesan por la movilización política. Es una generación que tiene 17 años, emocionalmente exacerbada con lo que acaba de pasar. Ve que hay una cantidad de aplausos en la calle, que su discurso hace llorar a la gente. Estos muchachitos a la vuelta de dos años, pueden contrarrestar la influencia de la Asociación del rifle en las próximas elecciones.

 

¿Ha reflexionado sobre el hecho de que no se trate de un episodio aislado sino recurrente?

Sí. Yo tendría que compararlo con Colombia. En Colombia pasan muchísimas cosas en las escuelas públicas. Pero no se divulga todo lo que pasa. No ocurren esos tiroteos, pero sí otras cosas: el microtráfico alrededor de la escuela, profesores asesinados por alumnos con un navajazo. Lo de Estados Unidos es un fenómeno en el que tienen que ver mucho, a mi parecer, las redes sociales. Son niños que necesitan ser vistos, muchachos que estarían dispuestos a sacrificar la vida misma por un momento de notoriedad. Y eso es terrible porque ¿qué significa que uno esté dispuesto a todo para que lo vean?

 

¿Qué significa?

Hay un libro maravilloso para niños muy pequeños que se llama Ahora no, Bernardo. Es de un inglés, David McKee, con unas ilustraciones buenísimas. Trata de un niño al que sus papás le están diciendo siempre “ahora no, Bernardo”. Siempre están de espaldas a su hijo. El niño le dice a la mamá que hay un monstruo en el jardín que se lo va a comer. La mamá le responde: “ahora no, Bernardo”. Lo mismo ocurre con el papá. El niño sale al jardín, el monstruo se lo come y los papás siguen en casa, de espaldas a él. El niño gruñe, hace grrrr, y los papás le dicen: “ahora no, Bernardo”. Y el niño después dice: ¡Pero si soy un monstruo! Y los papás: “ahora no, Bernardo”. Creo que es eso. Siento que los jóvenes piensan: ¿qué tengo que hacer para que me mire alguien? En Colombia la mayoría de los casos de reclutamiento de menores se dan en niños que no tienen una casa. Hay un estudio de una colombiana en una zona de conflicto que llega a la conclusión que se llevan al que se ve triste. Porque los reclutadores no se llevan a todo el mundo. Casi siempre los jóvenes se van por su propia voluntad. Les ofrecen zapatos, un arma, cadenas. ¿Y qué hace que tú te quieras ir? El dolor y el vacío de la casa donde vives: la mamá que no te mira, el padrastro que abusa de ti... Es una soledad muy grande. Para volver al problema de Estados Unidos, el caso de ese niño, que ya está descrito es el de una soledad muy grande.

 

¿El combustible de ese tipo de situaciones es la soledad?

La soledad y la enfermedad mental. Y la enfermedad mental se ve. Todo el mundo sabe cuál es el que está triste y cuál es el que no se integra. Cuál es el que tiene problemas.

 

¿Qué tienen que ver las redes sociales? El joven vivía exhibiéndose en las redes. Si estaba tan solo, ¿quiere decir que las redes sociales no son tan sociales?

No son sociales. Es una socialización que confunde. La posibilidad de poder disparar en una pantalla crea una distancia entre lo virtual y lo real. Lo real tiene consecuencias, lo real duele, lo real hiere. En las redes sociales puedes hacer un montón de cosas: puedes amenazar, puedes simular, ves el actuar de grupos extremistas, ves los cuerpos mutilados, pero no te duele. No te toca. Entonces, pierdes la relación entre lo que duele y lo que no duele. Las redes crean esas distorsiones. Hay niños que a los 14 años son perfectos en redes sociales, pero no tienen idea de qué es mirar al otro a los ojos, no saben leer los gestos de la cara del otro, no saben qué significa levantar una ceja o invitar a jugar, o darle la mano. No saben qué significa si uno levanta las cejas, o darle la mano al otro, tocarlo. En las redes sociales uno no toca a nadie. Ya estamos viendo niños pequeños que tienen ese distanciamiento de lo real, de lo concreto. Y yo tiendo a pensar que todo esto de llamar tan dramáticamente la atención es como participar en una película. No sabes que esa película tiene unas consecuencias irreversibles. En la red uno rebobina la película u vuelve a empezar todo. En la realidad, no vuelve a empezar más.

 

¿Hay una distorsión que hace que no se defina la frontera entre la virtualidad y la realidad?

Exacto. Es que esa frontera se aprende. Y se aprende durante unos años que son muy importantes. A mí eso me preocupa mucho qué significa para un niño prescindir de todo lo concreto. Ese hablar sin hablar de las redes. El muchachito del tiroteo se la pasaba disparando. Y uno siempre se pregunta: ¿dónde estaban los adultos?

 

¿Ha pensado en lo que significa armar a un profesor?

Qué miedo. Hay que partir de la idea de que el profesor por lo general no sabe manejar armas; si no, no habría sido profesor. Pero, además, ¿qué diferencia haría que el profesor estuviera armado? No entiendo esa lógica.

 

La lógica, según Trump, es que el profesor que fue héroe, si hubiera estado armado, habría podido interceptar al agresor antes de que ocurriera una tragedia mayor.

Pues ahí hay una lógica de vaqueros. Hay una narrativa muy infantilizadora del viejo oeste. Todos tenemos narrativas de cómo combatir el mal y promover el bien. Y esta es la narrativa más elemental, la del cowboy: si te van a disparar, dispara tú primero. Que es la misma que yo tengo que desarmar en el jardín infantil. Los papás les dicen a sus niños: si te pega, pues devuélvele. Esa es la lógica más elemental. Y lo que hace la educación es decir: hombre, hay otras maneras de resolver los conflictos.

 

¿Por qué estudio pedagogía?

Porque me gustaba la literatura y me gustaba enseñar. Era buena. La formulación fue: a mí me gustan los niños y me comunico bien con los niños. Se me acercaban. A los 17 años pensé que era muy buena para eso. Esa fue mi motivación.

 

¿Y cómo ha sido la evolución de esa carrera, la de enseñar?

Una persona que haya estudiado educación en los años setenta en Colombia, está hecha a la idea de que no es la mejor apuesta personal. No hay un valor social ligado a eso, no hay valor económico. Es simplemente un placer. No hay oportunidades de decepcionarse porque no se espera demasiado. En esa época a uno le pegaban palmaditas compasivas en la espalda. Ahora me impresiona que todo haya cambiado, que me hayan dejado, por ejemplo, tener una columna de educación en El Tiempo. Cuando empecé a escribir de educación, no había mucha gente escribiendo de eso.

 

¿Y qué son los niños para usted?

Son el mayor privilegio que pueda tener en la vida. Yo tengo algo especial para hablar con los niños. No sé es un don o una capacidad. No logro entender bien, pero yo puedo hablar de la vida con un niño de dos años y lograr que me miren y que piensen que realmente los estoy entendiendo, que soy un interlocutor. Es la gran revelación de la vida: esa manera de conversar que tengo con los niños. A veces con los adultos no converso igual. Cada día me gusta más y cada vez recibo esa capacidad como lo que es: como un regalo. Los niños me han dado todo, más que la literatura.

 

¿Y es que a los niños no los escuchan mucho?

Creo que no. Nadie les pone muchas bolas. Pobres papás, están preocupados por una cantidad de cosas que son necesarias: educarlos, que no se lastimen, que coman, que se vistan, es una peleadera con las cosas domésticas. A mí me pasa todo lo contrario: me toca leerles cuentos, mirar cómo escogen los libros, que se embadurnen, que corran, que aprendan, que pregunten, que den volteretas, entonces es interesante.

 

¿Ha notado transformaciones entre los niños de cuando comenzó a enseñar y los niños de hoy?

No. Ahora leen desde más temprano, aprenden más cosas, son niños muy informados y no sé qué quiera decir eso. Tienen mucha información. Pero es muy confusa. Los niños necesitan gente que les ayude a seleccionar cosas, a discernir.

 

¿Y no se ha decepcionado de que, a pesar del esfuerzo, el mundo no es que esté mucho mejor?

Un pedagogo está curado de que le pongan bolas. Nunca ha pasado que la sociedad le ponga atención y es difícil que suceda. Tendría que haber una mutación genética. Pero creo que un educador es alguien que cree, de una manera tozuda e irracional, en que la humanidad es educable, perfectible.

 

Julián de Zubiría, consultor de la ONU en materia de educación, publicó hace poco datos tenaces en cuanto a la educación en Colombia. Según la UNESCO, para 2013 más de la mitad de los niños entre los 3 y los 6 años en América Latina y el 66 % en el Caribe, recibían educación inicial. Por el contrario, en Colombia la matrícula tan solo cubría el 33 % de los niños en esas edades. ¿Qué opina de estas estadísticas y por qué es tan importante la primera infancia?

 

Me llama la atención el 33 por ciento. Es que la primera infancia es un invento muy reciente, de este milenio. En 2005 no sabíamos cuántos niños en primera infancia tenía Colombia. En 2006, Cecilia María Vélez decía que la primera infancia debía tenerla Bienestar Familiar, porque no quería que la primera infancia desatendida bajara los índices de cobertura del Ministerio de Educación. O sea que ha habido una transformación. Cuando yo estudié, la educación era pública y gratuita desde primer grado. Después nos dimos cuenta de que los privados tenían tres grados de educación prescolar: prekínder, kínder y transición. En educación pública, los niños entraban a primero a los seis años. Antes, el que podía, iba a un hogar de bienestar, que eran muy pocos, con una madre comunitaria poco formada. No había muchas alternativas. A finales de los noventa se inventaron el año cero. La primera ley de atención a primera infancia es de 2009. Y la Ley de cero a siempre, que obliga a la educación en primera infancia, es de 2016. Si hay una atención de 33 por ciento en primera infancia, vamos demasiado despacio pero el problema no es que estemos atrasados en relación con el resto de países, sino que estamos atrasados en relación con cada niño.

 

¿Pero no es posible adelantarse después, como ocurre con el estudio?

Esos años nunca más vuelven. Lo que es crítico de la primera infancia es que no se puede reparar nunca más. Gabriela Mistral decía: “la infancia es ya”. Al niño no le podemos decir “ahora no, Bernardo”. El niño necesita que le enseñen hoy. Eso lo descubrieron los holandeses. James Heckman hizo estudios econométricos y demostró cómo los niños que habían tenido educación preescolar eran menos propensos a desertar, a tener problemas de drogadicción y tenían mejor desarrollo emocional. Cognitivamente, eso tenía que ver con el estímulo cerebral. El cerebro de un niño es lo más plástico que hay, pero esa plasticidad va disminuyendo. La diferencia entre un cerebro estimulado y un cerebro no estimulado es muy grande. Heckman dice que a los 3 años la brecha entre los que han tenido estímulo y los que no, es para siempre. Por eso vendió muy bien la idea de que la primera infancia no era un gasto sino una inversión.

 

¿O sea es bueno que sea el 33 por ciento es al menos algo?

Lo que quiero decir es que estuvimos hasta hace muy poco en el peor de los escenarios.

 

¿Cómo ha ido la tarea de promover los libros entre la voracidad de las tabletas y el video?

Ahí volvemos a Trump y lo que pasa en las escuelas estadounidenses. La primera infancia debe estar lo más libre de tecnología posible. Porque los aprendizajes de la primera infancia pasan por el cuerpo y son concretos. Un bebé debe saber qué es meterse por debajo de la mesa. Tiene que ensayar con el cuerpo. Tiene que meterse en un laberinto, tiene que ser acariciado, tocado, caminar descalzo, embadurnarse. Muchos aprendizajes pasan por el cuerpo y lo concreto no se puede reemplazar por lo virtual. La tendencia de estos aparatos es enseñarle que ahí hay un mundo guardado y que ahí está todo. En el aparatico hay gente que canta y baila y puede que, mientras tanto, nadie les hable en todo el día. Pero en esa tableta hay un sucedáneo de la voz, de la cara. Es una realidad sobre la realidad. Y los niños necesitan ver a la mamá, tocarla, mirarla, morderla, enfrentarse con el otro. La realidad te da también la sensación de las consecuencias de los encuentros. En la vida, las cosas tienen consecuencias. En las redes uno puede reparar todo, aquí no. Esa fantasmagoría a los niños pequeños les haría mucho daño, sobre todo porque les quita tiempo para moverse, para saltar, para hacer intercambios. Me gustan los libros porque son reales. Están las páginas, el olor, es el niño sentado en las piernas mirando al papá, escuchando la voz, mirando las emociones. Uno aprende de las emociones cuando alguien le lee. Todo se puede aprender en la pantalla, pero no hay la mediación del tacto, de la cara, del olor, de la cara humana como fuente de significados. Hay algo muy importante en la primera infancia que los profesionales llaman el diálogo tónico. El bebé llora, alguien lo abraza y se relaja. Hay toda una conversación corporal con los niños. Esa conversación en el mundo de las pantallas, es difícil.

 

Eso sucede a cualquier edad, ¿no?

Claro. Ya no hay diálogo tónico. A ningún papá le queda fácil decirle a un niño de 12 años que no tenga un celular. Pero todo ese tiempo antes es un tiempo de tratar de dar contacto físico. Y ahí vuelvo a lo preventivo: si yo te doy contacto físico, te saco al parque, voy a jugar en el campo, pues no están en el celular. Muchas veces pasa que el papá les lanza el celular para que se entretengan porque están en otras cosas. Yo les digo a los papás, cuando se acerca diciembre: no hay show de navidad. El show es traer el libro preferido de sus hijos y sentarse en el jardín. Y los niños son felices de que tengan al papá para ellos una hora. Y pasa otra cosa: los niños cantan y todos los papás sacan el celular. Y yo les digo que para qué los graban, que mejor es mirarlos. Y me dicen que es que quieren ver el video en la noche. Entonces siempre hay un distanciamiento. Para no verlo esta noche, ¡vívanlo ahora! Es raro: la gente graba el concierto para verlo cuando ya no esté en el concierto.

 

¿Ese es el gran problema de la tecnología?

Esas vainas están llenas de fotos que uno no vuelve a mirar. Pero esa cantidad de información nos está quitando tiempo también. No llenan solo la memoria del celular sino nuestra propia memoria. Entonces lo que he visto en Espantapájaros es que los niños son muy felices porque es un lugar libre de tecnología donde los papás van a estar a su disposición. Más adelante, pues hay que ir graduando. Hay celular, pero también hay otras cosas, como comer juntos, como hablar. ¿Qué pensaría yo, para volver al niño del tiroteo y a la propuesta de Trump: un niño que come con los papás, al que se le mira a los ojos, al que se le escucha, es más difícil que caiga. Esta crisis es la crisis de los encuentros personales, una crisis de lo humano. Todo el mundo sabía en qué andaba el niño del tiroteo. Había demasiadas señales de alerta, y sin embargo nadie reaccionó. Yo no armaría a los profesores de revólveres sino de una cantidad de herramientas para mirar mejor a los niños de esas escuelas y a sus familias. 

 

 

*Publicado en la edición impresa de marzo de 2018.