22 de septiembre del 2018
Archivo Particular
6 de Abril de 2018
Por:
Redacción Credencial

Juan Pablo Montejo es el primer colombiano en llegar al Polo Sur. ¿Cómo lo hizo?

Un viaje hasta el fin del mundo

El escalador colombiano Juan Pablo Montejo sacó la cámara de su morral y fotografió a los tres elegantes hombres que posaban sobre la nieve en el punto más austral del planeta, justo donde él se había retratado el día anterior. No pudo evitar la carcajada. Las corbatas, los pañuelos de seda y los finos trajes de tres piezas eran ironía en estado puro. Hacían ver la travesía que acababan de concluir como un juego de niños.

Llegar al sur, es decir al lugar de la Antártida donde coinciden todos los husos horarios, se puede antojar fácil. Cualquier persona que invierta los aproximadamente 70.000 dólares que cuesta el viaje puede escoger entre arribar en jeep, en avioneta y hasta en un vuelo comercial. Con los años, el ‘continente blanco’ dejó de ser un destino exclusivo de científicos para recibir también aventureros y deportistas extremos. Tan congestionado se ha vuelto, que en 1991 se fundó la Asociación Internacional de Touroperadores de la Antártida (IAATO en inglés), que aglutina a 100 empresas, con el objetivo de minimizar el impacto de los visitantes sobre el ecosistema y cuantificar el número de turistas según su nacionalidad y actividad en el área.

Según Amanda Lynnes, jefe de Comunicaciones y Medio Ambiente de IAATO, todas las actividades humanas, ya sea para ciencia o turismo, deben someterse a una evaluación de impacto ambiental. Sin embargo, no hay restricciones para el número de visitantes. Durante el verano pasado (es decir, entre noviembre de 2016 y enero de 2017), la Antártida fue visitada por 484 personas. De ellas, 143 llegaron al Polo Sur. Setenta y uno lo hicieron en avión, 15 en expediciones motorizadas terrestres y 55 en esquís. Entre estos últimos, 12 hicieron el trayecto desde la costa (a unos 1.000 kilómetros) y 43 caminaron el último paralelo (unos 111 kilómetros entre los paralelos 89 y 90).

Montejo eligió el trayecto a pie desde e último paralelo. Si no contaba con los 53 días que se necesitan para alcanzar el Polo Sur desde la costa, el último paralelo sería suficiente para sentir lo que alguna vez experimentaron los pioneros de la gesta, Roald Amundsen y Robert Scott, hace más de 100 años.

La idea surgió en 2013, mientras participaba en el proyecto 7 cumbres, que llevó a que Nelson Cardona se convirtiera en el primer latinoamericano en condición de discapacidad en conquistar la más alta cumbre de cada continente. Al descender del monte Vinson, el pico de la Antártida, él y su compañero venezolano José Francisco Arata se cruzaron con un grupo de exploradores que se alistaban para alcanzar el polo en esquís, y se entusiasmaron.

“Es común que se confunda el Ártico con la Antártida –dice Montejo–. La Antártida es un continente más grande que Europa, cuya superficie es hielo, con un promedio de 2,5 kilómetros de grosor. El 70% de la reserva de agua dulce del planeta está ahí. El Ártico es mar congelado, con un promedio de 2,5 metros de grosor”.

Planearon, sobre todo, documentar su viaje para contribuir a la preservación del Tratado Antártico, que expira en 2041 y que, entre otras, establece que el continente no pertenece a ningún Estado y que es una reserva natural consagrada a la paz y a la ciencia. “Nos propusimos organizar esta expedición –dice Arata– para concienciar a los jóvenes sobre la conservación de los ecosistemas antárticos”.

El tercer miembro de la expedición fue Abbas Jafarian, un empresario iraní que hasta diciembre del año pasado nunca había acampado ni utilizado una bolsa de dormir. “En febrero de 2017, cuando cumplí 50 años, tuve la idea de embarcarme en una aventura única en la vida para demostrarme, a mí y a mis hijos, que todo lo que te propones se puede lograr”. Fue esa la motivación que le llevó a aceptar la propuesta de Arata de unirse a la travesía.

El sur también existe

El Polo Sur queda a 1.000 kilómetros de “Union Glacier”, un campamento que solo opera durante el verano antártico (de noviembre a enero) con carpas gigantes que se desmantelan al final de cada temporada. Ubicada en las montañas del sur de Ellsworth, en la Antártida, esta base se convierte en el destino de muchos excursionistas que viajan desde Punta Arenas, en Chile, a 3.010 kilómetros de distancia, a bordo de un avión Ilyushin Il-76 de fabricación rusa, que opera desde que en 2015 descendió por primera vez sobre una pista de hielo en la Antártida.

Para Montejo, Arata y Jafarian, esta no sería más que una parada técnica. Todavía debían abordar una aeronave tipo Twin Otter (doble nutria), de fabricación canadiense, y sobrevolar los 900 kilómetros que les separaban del paralelo 89, desde donde acometerían el último tramo al polo sobre sus esquís. Cuando la ‘nutria’ despegó, Jafarian tuvo miedo. Lo embargó un profundo sentimiento de soledad, y su mente alcanzó a gritarle: “¡Qué demonios estás haciendo aquí!” Pero el descenso lo devolvió a la realidad. Él, Arata y Montejo estaban a punto de descubrir si el entrenamiento de ocho meses les había servidopara algo. Cada uno, por su cuenta, se había dedicado a correr, nadar, montar en bicicleta y a caminar arrastrando llantas de 20 kilos por terrenos pedregosos; cada uno había preparado sus pulmones, su mente y sus músculos para completar los 8 días que, según lo planeado, les tomaría recorrer el último paralelo. Atrás habían quedado los placenteros cuatro días a -15 °C de “Union Glacier”, donde aprendieron a montar y desmontar un campamento en menos de 5 minutos, jalar trineos, usar los arneses y mover los esquís hasta “cogerle el tiro” a la técnica.

En la Antártida profunda, el clima es un verdugo que solo el movimiento detiene. A -35 °C, detenerse es morir. “No te puedes dar el lujo de estar 10 minutos quieto. Te congelas. Punto” –relata Montejo.

El viaje imposible

Ese fue el riesgo que corrieron el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Scott hace 106 años, cuando se convirtieron, con menos de un mes de diferencia, en los primeros seres humanos en llegar al Polo Sur. Scott llevaba varios meses planeando el viaje desde Melbourne, Australia, cuando en octubre de 1910 recibió un telegrama remitido por Amundsen: “Me tomo la libertad de informarle de que el Fram va camino a la Antártida”. El anuncio tomó por sorpresa a Scott, que estaba convencido de que su colega se dirigía al Polo Norte. El cambio de planes sucedió una vez Amundsen fue notificado de que dos estadounidenses se le habían adelantado.

A partir de entonces la conquista del sur se convirtió en una competencia con consecuencias fatales. Amundsen desembarcó en la bahía de las Ballenas, ubicada frente a la barrera de hielo de Ross, en la cosa de la Antártida, el 19 de octubre de 1911, acompañado de cuatro hombres, 52 perros y cuatro trineos. Y cumplió el sueño de llegar al Polo Sur dos meses más tarde, el 14 de diciembre. Durante el viaje, perdió un trineo y 34 perros.

Scott inició la travesía desde Cabo Evans con 12 días de retraso y coronó el sur el 17 de enero de 1912. Pero de regreso a la costa él y sus tres acompañantes sucumbieron al frío y murieron víctimas de congelamiento, hambre y agotamiento.

La nada blanca

A la orden del guía, un chileno experimentado al que todos llamaban ‘Sebas’, Montejo y sus compañeros calzaron sus esquís y se colgaron el arnés. Cada uno debía transportar comida, carpas, utensilios de cocina, bombonas de gas, ropa, instrumentos de grabación... Amundsen transportó sus equipos en trineos jalados por perros. Montejo, Arata y Jafarian tenían que jalar los suyos ellos mismos. Cada uno arrastraría, mal sumados, unos 60 kilos.

Amundsen cumplía jornadas de 24 kilómetros diarios, y se tomó cinco días para recorrer el último paralelo. Montejo y compañía planearon un itinerario ideal de caminatas de nueve horas al día, a razón de poco más de dos kilómetros por hora, con pausas de menos de ocho minutos para hidratarse y comer algo, antes de montar campamento y descansar. Pero el primer día solamente recorrieron 1,8 kilómetros. “Cuando estás en la montaña –dice Montejo–, a medida que subes, el panorama se amplía, la altura te hace sentir diferente y el objetivo es algo que casi puedes tocar. En esta travesía, el objetivo es únicamente que la brújula apunte hacia donde es. En un momento dado puedes ver a lo lejos la Estación Científica Amundsen-Scott (en el polo), pero todavía te faltan dos días más de camino. La verdad, la vista es un poco monótona”.

Para Arata, esa monotonía blanca reflejaba el sueño que tuvo en 1969 cuando vio a Neil Armstrong caminar sobre la Luna: convertirse en astronauta. “La experiencia que estamos viviendo –escribió en su bitácora de viaje– esquiando sobre un desierto de hielo, donde no vive ninguna especie de fauna y flora, con un clima no apto para los seres humanos y donde en esta época del año no oscurece, es como viajar a otro planeta, el planeta Antártida”.

Jafarian simplemente no alcanza a describir la enormidad y labelleza del continente, aun cuando tanta pureza abrume y aburra. “No tienes idea de cuán malo es el entorno en el que vivimos hasta que experimentas el paisaje de esta magnífica tierra con toda su belleza sin procesar”.

La Antártida tiene una extensión de 14 millones de kilómetros cuadrados, ubicados asimétricamente alrededor del Polo Sur, que se localiza en una meseta llana, helada y ventosa a 2.835 metros sobre el nivel del mar. De ahí la monotonía del paisaje entre los paralelos 89 y 90. Cualquier inexactitud en el trayecto puede hacerlos zigzaguear y sumar kilómetros a los 111 planeados. Mantener la línea recta para evitar pasos extra se les convirtió en una obsesión. Además de verificar constantemente la brújula, ‘Sebas’ revisaba un GPS. El éxito de la expedición depende, en gran medida, de la labor milimétrica del guía. Por eso Montejo y Jafarian sintieron cierto nerviosismo cuando el chileno le cedió el turno a Arata. “El día que nuestro guía me permitió dirigir al grupo hacia nuestra meta –dice el venezolano– fue cuando más tuve que concentrarme para mantener el rumbo. Terminé la jornada agotado, pero feliz de haber experimentado la sensación de los primeros exploradores polares”. No le fue mal. Según el iraní, su compañero no solo los guio a través de las ondas de nieve, sino que no perdió la dirección ni por un instante.

La mente y sus demonios

Juan Pablo Montejo ha alcanzado cuatro de los siete picos más altos de cada continente. José Francisco Arata conquistó su primera cumbre de 4.000 metros a los 13 años de edad. Abbas Jafarian practica esquí nórdico. A pesar de ello, no hay experiencia ni entrenamiento que valgan cuando el miedo se apodera de la mente. “Aunque estás preparado –dice Montejo– muchas veces la situación te hace sentir pequeño. La cabeza se te pone chiquita, flaqueas, te sientes débil, te sientes triste. No puedes poner la mente en magnífico blanco, como la Antártida”.

En el fin del mundo no hay nada. Las horas transcurren como si no transcurrieran, sobre un camino único que no cambia y una superficie que va elevándose sobre el nivel del mar a capricho de lo que el espesor del hielo disponga. El frío es absoluto. Jafarian dice que en la mayor parte del continente, la nieve raramente se derrite y al final se comprime para convertirse en hielo glacial. Debido a los vientos catabáticos, que pueden soplar hasta a 100 kilómetros en el paralelo 89, raramente logran penetrar otros frentes meteorológicos, por lo que la temperatura es casi constante. “La Antártida tiene el clima más frío y seco de la Tierra. A pesar de que hicimos este viaje durante la temporada de verano, la temperatura suele ser de -40 °C. Aclimatarse al aire más fino de mayor altitud empeora por el fenómeno de la rotación de la Tierra, que reduce la presión de aire”.

Y fue precisamente el frío el que le demostró a Montejo que él y sus compañeros no eran más que hormigas caminando por un enorme témpano. La mente le repetía que se congelaría. El miedo le advertía que no lo lograría. “Cuando mis compañeros paraban a hidratarse y comer algo, yo caminaba unos 10 minutos más, para poder grabarles su travesía. Tenía que usar unos guantes más delgados porque los gruesos, que me ponía para la caminata, no me dejaban operar el equipo”. Grabar, guardar la cámara, hidratarse y comer lo obligaban a permanecer inmóvil más de los 8 minutos permitidos. Ese tiempo extra terminó por enfriar en extremo su cabeza, su espalda, sus manos y sus pies. Decidió dejar de grabar y ponerse en movimiento para que la sangre circulara. Pero su cuerpo se negaba a entrar en calor.

De nada valieron los calzoncillos largos de lana de merino, ni los pantalones gruesos que protegían sus piernas; tampoco las dos camisetas de manga larga, el saco, el overol rompevientos, el gorro, los guantes y la parca de plumas que se puso inmediatamente después de detenerse. Ninguna de las capas de ropa que usaba estratégicamente para protegerse de las bajas temperaturas conseguía darle abrigo. “Si no lograba calentarme en las próximas dos horas, me tocaría parar y dañaría la expedición”.

El pensamiento de Montejo no era una exageración. Aunque la jefe de comunicaciones de IAATO dice que no existen estadísticas sobre el número de personas que fallan en su intento por recorrer en esquís el último grado, lo cierto es que no todos los que se embarcan en la aventura lo logran. Dos expedicionarios que seguían los pasos del colombiano y su ‘combo’ tuvieron que ser evacuados antes de llegar al paralelo 90, uno por hipotermia y otro por agotamiento.

El bogotano no quería abandonar. Intentar de nuevo la meta, debido a los costos y a la exigencia física y mental, sería prácticamente imposible. Entonces luchó contra su mente, usó calentadores para las manos y la derrotó. Después de cuatro horas, por fin comenzó a sentir de nuevo la espalda; luego la cabeza, los brazos y las piernas. El cuerpo –a excepción del dedo gordo del pie izquierdo, que sigue insensible– ‘despertó’.

El último aliento

Durante seis días de camino, la cotidianidad parece una espiral de uniformidad. Frío, caminata, descansos cortos, comida deshidratada o congelada, montaje de campamento. Dormir, despertar, descongelar agua, llenar termos, desmontar campamento. Frío, caminata... La imagen, más que repetirse, permanece. Como permanece el día en la Antártida a lo largo de seis meses.

En algunos momentos los recuerdos se agolpan. Jafarian dice que durante nueve horas de camino se alcanza a pensar en la familia, los amigos y en las cosas buenas y malas que se han vivido. En otros, se desvanecen. Arata cuenta que prefería dialogar consigo mismo antes de que la mente le hiciera la pregunta: “¿Cuándo vamos a parar para armar las carpas?”.

Bajo los -40 °C es difícil concentrarse. Simplemente se actúa como un robot y se sigue a la persona de adelante. De repente, un punto interrumpe el horizonte. La meta cobra forma. A menos de 20 kilómetros de distancia se erige la base Amundsen-Scott, la estación científica estadounidense bautizada en honor de los primeros exploradores. A menos de 20 kilómetros está el Polo Sur. “El solo hecho de sabernos cerca –escribió Arata en la bitácora– aunque aún nos deparan dos días de travesía, nos devolvió el alma al cuerpo”.

El 16 de diciembre de 2017, a las 2:30 de la tarde (hora de Chile), Juan Pablo Montejo, José Francisco Arata y Abbas Jafarian se despojaron de sus esquís, se abrazaron y saltaron. El cansancio se desvaneció. Al día siguiente, en el Polo Sur ceremonial, donde se erigió una esfera metálica rodeada por las banderas de los doce países que originalmente firmaron el Tratado Antártico, los tres posaron en grupo, en solitario y con las banderas de sus respectivos países ante la cámara de Montejo. En esas estaban cuando aparecieron los hombres vestidos de traje y corbata. Eran ejecutivos londinenses que habían decidido celebrar la llegada al Polo Sur con sus mejores galas. “No duraron mucho– cuenta Jafarian–. Tuvieron que volver corriendo al campamento a ponerse chaquetas calientes”.

Montejo se convirtió así en el primer colombiano en llegar al Polo Sur. Pero ni siquiera lo sabía. Según las cuentas de la IAATO, entre 2003 y 2013 ocho colombianos sobrevolaron la Antártida. De noviembre de 2016 a enero de 2017, 22 colombianos visitaron la Antártida en barco. “Ninguno se adentró al continente”, aclara Lynnes. Montejo confiesa que cuando surgió la idea no pensó en hacer una hazaña ni en registrarse como el primer colombiano en llegar al Polo Sur en esquís. Simplemente le pareció ‘una machera’ poder regresar a un lugar del planeta único, remoto, prístino y poco conocido. Abbas Jafarian también hizo historia. Antes de él, ningún iraní había completado el último grado hacia el Polo Sur en esquís. Ambos aseguran que es lo más difícil que han hecho hasta ahora. No es para menos. Como les dijo Arata, “siempre valdrá la pena un viaje hasta el fin del mundo”.

 

*Publicado en la edición impresa de febrero de 2018.