16 de septiembre del 2019
Fotografía | Gustavo Martínez
28 de Marzo de 2018
Por:
Fernando Gómez Garzón

Este artista oriental, que lleva más de treinta años recorriendo Colombia para dibujarla y ni siquiera sabe hablar español, dice que el óleo es como Beethoven y la acuarela como Mozart.

Song Xinru, el acuarelista que vino de China

 

“En Colombia muy poquito persona le gusta oriental”, dice Song Xinru mostrándome un cuaderno de dibujos en blanco y negro, o mejor, en diversas tonalidades de gris. Las páginas, del tamaño de un cuarto de pliego y repujadas en un fino relieve, están cosidas en zigzag entre dos tapas duras, de forma que uno, si quisiera, podría extenderlas en el suelo sin que se despegaran. Como un acordeón. Hay siluetas de personas y naturalezas muertas. También hay paisajes. Muchas imágenes son de pájaros y hojas de bambú, pero dan la impresión de ser logogramas hànzi. Los artistas chinos dibujan como si estuvieran escribiendo y escriben como si estuvieran dibujando. Y para ambos oficios despliegan la misma pericia. Quizás por esta asociación entre dibujo y escritura, hay una enorme tradición en blanco y negro. Song acaricia el papel: “Papel china, tinta china. Gusta poquito. Colombia le gusta color”.

 

El maestro me recibió en la puerta de su casa a la hora convenida y, casi con afán, me fue empujando con tierna tosquedad hasta el comedor. “Siéntese –dijo señalando un butaco al pie de la mesa–. Yo espero paisano”. No había sala. El espacio lo completaban varias repisas llenas de libros, artesanías, vasijas de barro, pinceles, herramientas y utensilios de diversa índole. Decenas de acuarelas se arrumaban al pie de las estanterías, entre los nichos o encima de ellas. En el piso, columnas de discos de acetato estaban dispuestos en desordenado orden: música popular, clásica, jazz, en morros que se alzaban hasta la rodilla. Al fondo, un ventanal de vidrio daba paso al estudio, iluminado con luz natural por el techo de cristal. Apareció su esposa. “Soy Catalina”. Era china también, pero se cambió el nombre para evitar problemas burocráticos. En una bandeja, cargaba una tetera de porcelana azul, tres pequeños cuencos de color verde claro y un tazón con trufas que depositó en la mesa con diligencia. Luego nos dejó solos otra vez. “Es té de jazmín”, aclaró Song y se quedó en silencio. El maestro le había pedido a un coterráneo suyo el favor de servir de traductor, pero este confundió el lugar de la entrevista y se estaba demorando. Para ganar tiempo, el acuarelista me empezó a hablar de su trabajo en una sintaxis tan elemental que era difícil seguirlo.

 

Vive hace más de tres décadas en Bogotá, pero en todo este tiempo no ha pasado de los monosílabos en español. Imagino que no le importa: está a punto de cumplir 76 años. Tenía 42 cuando llegó a Colombia, aburrido del régimen de Mao, que a duras penas le permitía respirar sin vigilarlo. Poco más que la respiración y ya estaba un oficial preguntándole por qué ese “poco más”. Nada distinto de lo que les sucedía a todos en la China de la Revolución Cultural, que persiguió cualquier vestigio de arte que no fuera realista. Y realista se traducía en que le gustara al régimen.

 

Durante mucho tiempo dictó en Bogotá clases de acuarela, aprovechando que un estudiante chino le traducía, pero ya no enseña. “Yo tiene clase antes, pero ahorita no joven –explica–. Universidad poquito, clases sí, pero ahora no. Yo año muy viejo. Mucha gente quiere, pero yo viejo. Yo solo quiere viajar, yo solo quiere pintar”.

 

Villegas Editores le acaba de publicar el libro Colombia en acuarelas, que reúne buena parte de su trabajo en el país. El libro es la manifestación de ese deseo: viajar y pintar. Ha recorrido Colombia tomando fotos y haciendo bocetos que luego transforma en acuarela, en obras que han necesitado de toda la paciencia que la acuarela requiere y del color que los colombianos (según él) tanto reclaman. “Acuarela no fácil –se esfuerza Song sobre un paisaje del Amazonas–. Pincel seguro. No puede cambio. Seco pincel. Mancha pincel. Poquito pincel. Más agua. Menos agua. No fácil. ¿Por qué no fácil? No puede solo una noche. No. Necesita más trabaja, más trabaja”.

 

Le entiendo que la acuarela exige un trazo muy seguro porque uno no se puede equivocar, que las capas hay que dejarlas secar antes de sobreponer otras, de manera que la labor no puede ser de un solo día; y que todo depende de cómo esparza el agua sobre el color o el color sobre el agua, con el pincel. “Mucho técnica”, remata Song antes de que llegue por fin el paisano. Se llama Tomás –es su nombre castellano, por supuesto– y nació en Taiwán. A los pocos segundos caigo en la cuenta de que es mucho mejor hablar directamente con Song. Tomás es muy desenvuelto en chino, pero en español es solo un poco mejor que Song. Encima, su traducción no es al castellano sino al portugués. “Portuñol”, aclara Tomás al ver que estoy igual de perdido que con Song.

 

Song y paisano hablan con fluidez entre ellos pero con evidentes limitaciones cuando intentan volcar su diálogo al español. Aun así, entre los tres alcanzamos a hilvanar algo de entendimiento.

 

El maestro nació en Tianjin, a media hora de Beijing en tren rápido, en 1942, pero creció en la capital. Su padre era fotógrafo de una prestigiosa revista de fotografía. Su bisabuelo fue uno de los primeros chinos en ir a estudiar pintura a Japón. Piensa que eso influyó en su destino de artista. Sus hermanos también escogieron las artes. Uno es fotógrafo de cine en Shangai. La otra fue bailarina. “Ahora todos viejos. No joven”, aclara Song.

 

En el gimnasio, las clases de bellas artes eran dictadas por un profesor que ejerció sobre él una profunda influencia. Sin embargo, decidió estudiar diseño industrial porque había que ganarse la vida de alguna forma. La acuarela la dejó para las clases privadas, que además debían ser muy privadas, porque la Revolución Cultural promovía solo la pintura del realismo socialista. “Como Picasso, como Matisse, no puede. Monet, Manet, Renoir no puede –dice Song en su lacónico castellano cuando el paisano no lo traduce fielmente–. Antes solo Rusia puede. Ahora todo puede. Antes no puede. Música también: Chaikovski sí puede. Beethoven sí. Pero jazz no”.

 

Así de estricto era el régimen. Y así de frustrado debió de sentirse Song, que decidió dejar su país a una edad en la que ya no era joven, para aventurarse en Suramérica. Su esposa tenía familiares en Bogotá, que les ayudaron a ambos a montar –cómo no– un restaurante de comida china. Al tiempo, Song pintaba sus acuarelas. Un día, la Fundación Colombo-China organizó una exposición. A los espectadores les gustaron tanto sus cuadros que empezaron no solo a comprar sus obras sino a presionarlo para que les dictara clases. Entonces poco a poco fue dejando a un lado el restaurante y concentrándose en las clases de acuarela.

 

Al principio, pintaba sin conocer. Pero luego un alumno lo llevó de paseo a la sabana, a una finca. Fue cuando comenzó a pintar a Colombia. Lo entusiasmaron las atmósferas de la sabana, pero también las flores y las frutas, los bosques y las selvas. Sobre todo, se encantó con la brillantez de la luz. A finales de los ochenta, justo cuando la imagen de Colombia en el exterior había llegado a los peores niveles de deterioro por cuenta del narcotráfico, Song pudo exponer sus acuarelas en Bejing y se sintió gratificado de poder contribuir a mejorar la imagen del país en acuarela.

 

Es, definitivamente, la técnica que más le gusta, porque es mucho más espontánea que el óleo. Al menos eso es lo que alcanzo a percibir. Al final, su español me vence. “Obregón tiene pintura en Congreso, de pájaro, pero acuarela de pájaro no puede”. Se refiere al mural que Alejandro Obregón le donó al Congreso de la República. “Guayasamín tiene pintura muy profunda, filosófica –continúa. A falta de palabras, quiere ser poético–. Óleo es como Beethoven. La acuarela es como Mozart”. Me he quedado mudo, mirándolo a los ojos tratando de descifrar lo que acaba de decir. Entonces concluye: “Usted perdona mucho cosas. Yo no español”.

 

*Publicado en la edición impresa de febrero de 2018.