13 de noviembre del 2018
Fotografía | Gustavo Martínez
8 de Marzo de 2018
Por:
Ana Catalina Baldrich

La líder comunitaria, ganadora del Premio a la Mujer Cafam en 2015, habla sobre lo que hay que entender para conseguir que su departamento avance.

Josefina Klinger: “El Chocó no solo es víctima; también es cómplice”

Cuando era niña Josefina Klinger no podía imaginar cómo era Colombia. Como no había televisión, su realidad era únicamente la selva de Nuquí, el municipio en el que nació hace 52 años. Define su infancia como ‘trastornada’. Josefina es fruto de una relación extramatrimonial entre un hombre casado y una mujer más joven que él. En su memoria está el mar, los patios y la escuela, en donde las monjas le pedían recitar poemas religiosos. Si le hablaron de Colombia, no lo recuerda. Lo que sí la marcó fue la construcción del aeropuerto de su municipio a punta de minga. “Me tocaba ir con la vasijita a sacar barro, era pequeña acorde con mi tamaño”.

Después de eso su vida transcurrió entre Panamá, Antioquia y Chocó. Quedó embarazada a los 17 años, y a los 25 se separó. Dejó el municipio de Caracolí, en Antioquia, donde vivía con el padre de sus hijos, y volvió a su ‘escampadero’: Quibdó.

 

Reconoce que su anhelo era irse a trabajar como empleada doméstica a Medellín, Bogotá o Cali, y que, por cuenta de escuchar tantas veces que el último sitio en el que podría progresar era Nuquí, volver a su territorio no era una opción. Pero el destino es terco, y por más que ella insistió en alejarse de la selva, el camino la llevó de regreso. Por pura necesidad económica volvió a un territorio que terminó por cambiarle la vida.

 

Josefina entendió que Nuquí, además de necesidades, estaba lleno de oportunidades y decidió aprovecharlas. En 2006, fundó la Corporación Mano Cambiada, desde donde trabaja por el desarrollo social del Pacífico promoviendo el ecoturismo en su municipio. Su trabajo ha sido tan juicioso que el 25 de agosto de 2008 Parques Nacionales Naturales le dio en concesión el manejo del Parque Natural Utría, y en 2015 recibió el Premio a la Mujer Cafam. Admite que no estudió, pero que la lógica le funciona de maravilla, y que la selva, el silencio y la reflexión la guían para promover el desarrollo de su territorio sin perder de vista su identidad.

 

 

¿Qué es lo que Colombia no ha entendido del Chocó?

 

Hay una responsabilidad compartida en la forma como nos vemos y nos sentimos. El país que tenemos hoy es la consecuencia de la forma como nos hemos relacionado. Nuestra gente llegó a sitios agrestes como el Chocó para refugiarse después del periodo de esclavitud. Les dijeron: “ya no son más esclavos”, pero no les dieron apoyo, y el estigma de la esclavitud quedó en el imaginario de la gente. Todavía en Colombia hay adultos mayores que aún nos creen esclavos. Eso está ahí en el ADN de muchos colombianos. Por otro lado, en el ADN de muchos de nosotros hay dolor, rabia y otros temas sin resolver: le tenemos miedo al agua, a los ríos –porque por ahí nos trajeron– y los asociamos con la desgracia. Entonces les damos la espalda. El Chocó tiene dos costas, pero solo se les dice costeños a los del Caribe. Aún no hemos dimensionado semejante ventaja y tampoco lo ha hecho el resto del país. En Colombia parece que el agua y los recursos naturales se asociaran a la pobreza, a la limitación, a la escasez y a la condena de ser ciudadanos de tercera clase. Este país quiso parecer europeo y ha copiado el modelo haciendo réplicas mal hechas. Hay una profunda crisis de autoestima en gran parte de la población colombiana.

 

¿Siente que el país valora su departamento?

 

Somos el patio trasero de Colombia, pero no el único. En este país hay muchos patios traseros. La lógica de Colombia es centralista. Hay ciertas zonas que da miedo asumirlas, comprenderlas y atenderlas. El Chocó es una. Este departamento es una despensa natural que todo el mundo saquea con la complicidad de nosotros, los locales.

Asusta la selva, el agua, el imaginario que se tiene de los negros, pero este sentimiento es de doble vía: nosotros mantenemos prevención de que los del centro son así y el centro tiene prevención de que los negros son asá. Todos tenemos una particularidad que nos hace únicos como individuos, como región y como país, pero no la soportamos. Y el secreto del progreso para este país está en que reconozcamos la complementariedad que nos da el otro, en lugar de vernos siempre como competidores.

 

¿Y cómo es la relación de Chocó con el resto del país?

 

Por ahí arranco para decir qué es lo que pasa en el Chocó. Los historiadores nos cuentan que los negros combatimos en las guerras de independencia y que Simón Bolívar prometió que si ganábamos abolía la esclavitud. Pues nos hizo ‘pistola’. No cumplió y quebrantó nuestra confianza.

 

En este país no hay confianza del uno por el otro y nos miramos como animales raros. Cuando estoy en Bogotá, por ejemplo, quienes no saben quién soy me tratan como a una negra que llegó a la ciudad para trabajar en una casa de familia. Eso no me parece indigno, por el contrario, le saco provecho, porque nunca me atracan (risas). ¿Me entiendes? Me burlo de los estereotipos, ya me liberé de ellos. Pero, ¿cuántos se liberan? ¿Cuántos cargan a diario con el peso del estigma por el imaginario que tiene el otro de él? Nos han dicho que no tenemos alma y nos han impuesto qué roles desempeñar dentro de la sociedad. Crecí escuchando cosas como: “Mija, cásese con un blanco para que arregle la raza”. Pero eso no me lo decía una señora blanca, me lo decía una abuela negra.

 

En el Chocó se sale a Bogotá y a Medellín, no importa a trabajar en qué. Y cuando vuelves lo haces cotizado porque se ha generado la idea de que por vivir afuera del territorio vales más y ya eres exitoso. No es raro que el que está en Bogotá vea con desprecio al que está en el Chocó, y que el que está en el Chocó vea con resentimiento al que está en Bogotá. El ser humano piensa que lo distinto lo amenaza e incluso se siente con derecho a invalidarlo. Pero en este momento de mi existencia no acepto que me presenten como víctima. El Chocó ya no puede jugar ese rol. El Chocó no solo es víctima. El Chocó también es cómplice. 

 

¿Por qué?

 

Creces escuchando que eres pobre; que si te quedas en el territorio, estás condenado a la pobreza, al fracaso; que si eres mujer, tienes otro lastre; que si eres madre soltera, no te van a respetar. El tema no es cómo nos ven los demás, el tema es que de tanto escuchar todo eso, terminamos por creerlo por completo. Ese fue el cuento que me tragué en algún momento de la vida y puedo decir que cuando lo descuaderné y mandé todos esos preconceptos pa’l carajo, me liberé. Entendí que la biodiversidad era el elemento que determinaba mi territorio y que mi negrura le agrega valor. Sobre esos elementos sustento mi proceso de vida. Dejé de valorar mi escasez para darles más valor a mis recursos. Es ahí donde está la gran oportunidad de los chocoanos.

 

Si el problema es cultural, ¿qué necesita el departamento para cambiar?

 

Una nueva generación que se piense distinta, que le dé fuerza a su talento y a su creatividad, que recupere la solidaridad. Sé que eso se va a tomar 60 o 70 años como mínimo, si se empieza a trabajar ya, si se empieza a desaprender el cuento de pobreza y de víctima que nos comimos. Tenemos sensación de escasez y hay una desconfianza absoluta con nuestro propio vecino. Y lo más grave es que, de tanto hacerle homenaje al fracaso, nos cuesta creer que podemos ser exitosos, porque se piensa que el éxito está suscrito a la gente que llega de afuera.

 

En el país, y en especial en el Chocó, la clase dirigente no ha estado a la altura de la circunstancias. Solo a través de liderazgos socioculturales y emprendimientos como los nuestros se han transformado ciertas realidades. Sin embargo, tenemos fuertes limitantes: uno es el económico, porque no manejamos presupuestos suficientes para hacer nuestra labor, ya que no tenemos ingresos propios; y el otro, que no recibimos apoyo de la misma gente por la que trabajamos. Por esto muchos líderes se cansan y desisten.

 

¿Y qué pasa con quienes triunfan sin salir del Chocó?

 

Incomodan, son tratados como los villanos. Pero de nuevo, no solamente pasa en el Chocó, sino en Colombia. La solidaridad en el país solo está suscrita a los momentos de desgracia, pero en el éxito no somos solidarios. Mi mayor desafío ha sido comprender eso, diseñar estrategias para resolverlo y evitar caer en lo mismo, porque en el Chocó, en la época en la que no había dinero, nuestros papás y abuelos se relacionaron desde la solidaridad. Existía el trueque, la minga –que es cuando todos trabajan por un objetivo común, como en la construcción del aeropuerto de Nuquí– y la mano cambiada, que era trueque de oficio, el intercambio de saber hacer. No había dinero, pero la gente era digna. Hoy hay dinero y la gente perdió la dignidad al darle paso a la caridad. Es más cómodo sentarse en el sofá de la victimización para esperar que otro me resuelva lo que me da tanto miedo asumir cuando creo que tengo más derechos que deberes.

 

El año pasado el Gobierno destinó 7 billones de pesos al Chocó. ¿Por qué la plata parece que nunca es suficiente?

 

Con toda seguridad que una gran parte de ese dinero se quedó en el camino, por la corrupción, que es un fenómeno nacional.

Cuando salen los recursos empieza a operar una cadena de depredadores impresionante. Me parece muy doloroso que la gente se ‘mame’ 20 o 25 años estudiando para aprender a robar a un pueblo que está en una crisis profunda.

 

La corrupción arranca desde el origen del recurso. Hay un refrán que dice: “cuando hay un ladrón en un pueblo todo lo que se pierde se lo achacan a él”. Por eso muchos se escudan en el Chocó. Valdría la pena revisar y encontrarían que desde arriba comienza la orquesta de comisiones. Hasta los grupos al margen de la ley entran en esta feria. Los poderes locales y los entes de control, en muchos casos, terminan chantajeando y no vigilan que los recursos no se los roben. Los sobrecostos de las obras están desangrando a este país, y en regiones como la nuestra eso es mortal. Lo que sí tengo claro es que la ética no se le puede exigir a unos y a otros no. Nuestra gente no puede estar amparándose en la falta de oportunidades y en la deuda histórica para saquear sus territorios y seguir perpetuando los modelos que tanto critica. Lo que duele mucho es ver cómo la gente ‘de a pie’ valida esta conducta.

 

¿Y por qué se roban la plata en el departamento?

 

Tenemos una institucionalidad débil y casi inexistente. Todo viene de lo mismo. De que te enseñaron que la oportunidad está en salir despavorido del Chocó y estudiar para tener su manejo y, si regresas, te consideras con el derecho de saquearlo. Todo obedece al imaginario de pobreza y a caer en la trampa de buscar aceptación y de querer resultados inmediatos. Lo grave no es que en una sociedad haya personas que consideran que el fin justifica los medios. Lo grave es que nuestros líderes, que toman las decisiones que comprometen el bien común, tengan ese perfil. No puedo generalizar, pero aunque seamos más los que pensamos diferente, hemos dejado que actúen los otros, perpetuando la situación y la fama que tenemos. Por eso insisto en que nuestra responsabilidad es compartida. Hay una cantidad de seres humanos insensibles dentro y fuera del Chocó. Repito: el chocoano no roba solo. Lo más cruel es que cuando tú robas en el Chocó, lo estás condenando a muchos más años de lastre.

 

¿Qué tan cierta es esa fama de la que habla?

 

En el Chocó existen todas las dificultades, pero el mayor problema es que nosotros mismos contribuimos en la creación de esos imaginarios. Por eso ahora tenemos una oportunidad de oro con las comunicaciones que se han masificado para mostrar esa otra cara. Ahora más gente está mostrando resultados que generan confianza y esperanza. Después de reflexionar sobre nuestra situación, entendí que a mí me ven como yo me veo. El 80% de la responsabilidad de cómo Colombia nos ve está en nosotros, primero porque reforzamos la fama al ventilar todo afuera, segundo porque cuando tenemos la oportunidad, efectivamente la aprovechamos de mala manera, y tercero, porque se nos olvidó trabajar en alianza.

 

¿Cuál es la responsabilidad de la educación en todo eso?

 

La estructura educativa se volvió un lío. Chocó tenía tan buenos docentes que los exportaba, pero hoy el magisterio es uno de los gremios con más poder y viciados con niveles alarmantes de corrupción. Muchos cayeron en la desesperanza y en la actitud de “sálvese el que pueda”. Muchos no están dispuestos a ir a las zonas rurales porque consideran estas como la condena al fracaso. Hay unos docentes excepcionales, pero reciben bullying de sus propios compañeros, y su misma estructura de poder los decepciona. Muchos no son conscientes de que estimulan la pobreza con su discurso de rabia, con su forma de relacionarse, etc. Es una expresión muy fuerte, pero desde muchas escuelas se están fabricando pobres.

 

Esa es una realidad en todo el país, porque la brecha entre los niños rurales y los de ciudad no está únicamente en la condición del territorio, está en muchos casos en la falta de compromiso y de liderazgo del docente. En los pueblos lejanos, como el mío, el docente se volvió ciudadano de primera clase, que enseña sintiéndose arriba del niño y de sus padres, así jamás se establece empatía y mucho menos sinergia.

Hoy en Colombia los adultos somos un mal referente para nuestros niños. ¿Por qué no trabajamos con la generación que viene? No encuentro apoyo porque las ONG, los donantes y la institución no invierten sus recursos en la prevención, creyendo que la educación formal puede hacerlo sola.

 

Pero igual usted trabaja con los niños. ¿Por qué?

 

Un momento difícil de mi vida, en medio de una enfermedad grave, me permitió reflexionar sobre mi forma de trabajar para ayudar a cambiar la realidad de mi comunidad. ¿Tú sabes lo que es ser impecable con el manejo de la plata y tener fama de ladrona o lo que se siente haber ganado un reconocimiento como el Premio Cafam y que nadie en el pueblo lo vea como un logro y una oportunidad para la comunidad?

Me di cuenta de que nada de eso era contra mí. Cuando lo miro desde mi ego, llego a pensar que es personal, pero luego entiendo que obedece a miedos aprendidos. Nos está tragando la desesperanza. Entender eso reafirma mi trabajo y amor por los niños, porque pienso en todos los años que tuve que esperar para mandar todos esos conceptos al carajo. No quiero que ellos tengan que esperar tanto. Si a mí me dijeron que estar cerca de la selva y el agua me hacía peor ciudadano, estoy haciendo que nuestros niños negros e indígenas encuentren en la selva y en el agua su felicidad y sean ciudadanos seguros y comprometidos.

 

Entonces, ¿sí hay esperanza?

 

Sí, creo que hay una ventana. Antes era impensable que en este país la gente valorara los recursos como la selva y el mar. El hecho de que hoy hasta cargo de conciencia sientan con los indígenas y los negros cuando esos recursos están escaseando es muestra de que la gente se está sensibilizando.

 

Hoy, que se están validando los recursos naturales, el Chocó cobra un nuevo aire y es eso lo que tenemos que aprovechar, porque se abre un nicho de oportunidad, es ahora o no es nunca.

 

¿Con qué inversiones se puede aprovechar eso?

 

Tenemos territorios con necesidades básicas insatisfechas, esa es una realidad, pero el desafío no es llenar de infraestructuras que amenacen el buen vivir. Lo primero es definir el modelo y defender en todo momento que el ser es el centro de ese modelo. Si no desempeñamos nuestro papel de anfitriones en nuestro propio territorio, los que llegan ponen las reglas. Uno de los problemas es que a todo el mundo se le ocurre imaginar cómo debemos ser. A las entidades, a los donantes, a los operadores de recursos se les metió en la cabeza que todos los campesinos de este país nos tenemos que asociar. Ojalá un día llegáramos a ese nivel de madurez. Pero hoy nadie que tenga en su imaginario la escasez, la desconfianza y el miedo puede trabajar en alianzas de gran aliento. Y mira lo que pasa. El asistencialismo nos ha marcado un camino que nos conduce cada día más a depender de lo externo. Siguen llegando platas para proyectos que condicionan a las personas que se asocian con ellos. Efectivamente, esos días, mientras dura la asistencia técnica y los recursos de afuera, la comunidad le complace el ego a quienes llegan, y ellos dicen: “estoy impactando a 40 familias”, pero como la relación se configuró desde el “aproveche mientras pueda”, cuando la ayuda se va, se acaba todo el proceso. Tenemos que cambiar la estrategia. Aprendí que lo que da muy buen resultado en mi Chocó es la articulación, por eso promuevo los emprendimientos familiares.

 

¿Por eso su modelo de turismo comunitario?

 

Me dio miedo pensar que a mi comunidad le pasara lo mismo que a San Andrés y a Cartagena, donde la población local no desempeñó su papel de anfitrión y se quedó por fuera. Entendí que el turismo es un sistema en el que lo único importante no es lo económico. Me preocupé por evitar esa combinación del turismo comunitario y la pobreza. En este sentido, hacer que los niños crezcan seguros y valoren su cultura, para que se blinden; monitorear los impactos ambientales y sociales de una actividad que tiene riesgo, y gestionar beneficios compartidos para la comunidad y para toda la cadena de valor. Así como estimular los emprendimientos y la calidad de los mismos; es una estrategia que genera empoderamiento.

 

En la comunidad, unos tienen lancha; otros, posada; otros, restaurante, y otros, artesanías. Lo que hago es articular toda esa cadena de valor, organizo una experiencia de viaje para los clientes y lentamente los emprendedores recuperan la visión de conjunto y cada unidad familiar cuida a ese turista como lo cuido yo. Este proceso ha tomado muchos años, pero su principal herramienta es la confianza. Dejar satisfecho a un cliente es la mejor oportunidad para que tu negocio funcione y los imaginarios cambien.

 

Le pregunté qué no había entendido Colombia del Chocó. Después de entenderlo: ¿qué puede hacer Colombia para ayudarlo?

 

Los colombianos venimos de procesos bien complicados. Debemos descuadernar los miedos, los paradigmas. Ver en el agua, en la selva y en los recursos naturales la oportunidad de construir un nuevo país. Hay que apostar de una manera real por el bien común y evitar repetir el error de la homogeneización. No somos homogéneos, somos complemento. Si hay algo de lo que tenemos que estar orgullosos es de nuestra diversidad, no nos puede seguir asustando lo distinto que nos complementa. Colombia debe recobrar el respeto por nosotros, y nosotros debemos hacer lo propio. Nadie puede hacer por mí lo que yo misma no asumo, es hora de acompañar al Chocó sin asistencialismo.

 

*Publicado en la edición impresa de septiembre de 2017.