20 de noviembre del 2019
21 de Julio de 2015
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Considerado como uno de los médicos más importantes del país de la vieja guardia, se graduó con honores de Yale, diseñó una profunda reforma de la Universidad Nacional que todavía se conserva y tuvo tiempo para escribir una biografía de María Callas.

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José Félix Patiño, decano de decanos

Por Margarita Vidal

 

Fotografías Mario Cuevas

 

Por estos días se ha celebrado el medio siglo de la entrada en vigencia de la llamada Reforma Patiño, que cambió drásticamente la situación de la universidad pública más importante del país: la Universidad Nacional de Colombia, adelantada con indiscutible éxito por su rector de entonces, JoséFélix Patiño, quien ha sido por años una suerte de Papa Negro de la Medicina en Colombia. Considerado como uno de los médicos más importantes que ha dado el país, siguió el ejemplo de su padre, el profesor Luis Patiño Camargo, quien le dio lustre mundial a Colombia con sus descubrimientos científicos.

 

José Félix estudió Medicina en la Universidad de Yale donde se graduó con honores. Allí fue jefe de residentes médicos durante seis años y se dedicó a la investigación hasta completar once años en ese prestigioso campus universitario, donde conoció también a su esposa, Blanca Osorio, que estudiaba Técnica Médica. Una mujer bella, de gran ingenio y sentido del humor, descendiente, a su vez, de ilustres médicos como su abuelo, Nicolás Osorio, cofundador de la Academia Nacional de Medicina y quizá la figura más importante de la Medicina del siglo XIX en Colombia.

 

Posesionado como rector de la Universidad Nacional en 1964, el doctor José Félix adelantó una gran reforma educativa que acaba de cumplir 50 años. Ministro de Salud de Guillermo León Valencia y presidente de la Academia de Medicina, es también coautor de iniciativas como la creación de la Fundación Santa Fe, en Bogotá, y de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes.

 

Hombre de una vasta cultura y humanista integral, Patiño tiene predilección por la historia, el arte y la música culta, especialmente la lírica, a la que llegó una noche del año 1956, cuando cayó como fulminado por un rayo en el ‘gallinero’ del antiguo Metropolitan de Nueva York, mientras enfocaba sus binóculos en la figura de la incomparable “diva de divas” del bel canto, la soprano María Callas.

 

Patiño cuenta que, voluminosa y desgarbada, María lloró sus ojos después de una presentación de Aída, de Verdi, en Londres, cuando el implacable crítico de un importante diario británico escribió su cruel dictamen: “Callas, una magnífica voz, pero sus extremidades inferiores difícilmente se distinguen de las de los elefantes”. Herida en su amor propio, la Callas perdió cuarenta kilos y se convirtió en la espléndida mujer que el mundo aplaudió por décadas y que, para su desgracia, conquistaría años más tarde al rico y voluble armador griego Aristóteles Onassis, del que se enamoró perdidamente y quien le rompió el corazón cuando la dejó para casarse con Jackeline Kennedy.

 

Desde entonces, la cantante le sorbió el seso a Patiño, quien después de coleccionar por años sus discos, artículos e historias por el mundo entero, escribió la biografía que lleva por título: María Callas, La Divina prima donna assoluta, la voz de oro del siglo XX. Allí describe la vida de la cantante griega desde sus tiempos de estudiante hasta su última presentación en Japón, y su muerte, que la encontró desolada y con sus preciosas facultades perdidas, el 17 de septiembre de 1977, en París.

 

José Félix Patiño dedicó también muchas horas y viajes a buscar con olfato de sabueso bibliófilo reliquias como la Historia Natural, de Plinio ‘El Viejo’, en maravillosas ediciones originales como la francesa, de 1507, o la latina de Basilea, realizada porErasmo Holbein y el impresor Froben.

 

¿Cuál es la importancia de los descubrimientos en Medicina de su padre, el doctor Luis Patiño Camargo?

 

Él es una de las figuras paradigmáticas de la Medicina mundial, yo diría que el más importante investigador médico de la primera mitad del siglo XX. A él se debió el descubrimiento de la bartolenosis o Enfermedad de Carrión, en Tobia, Nariño. Fue la identificación de una nueva enfermedad, que le diofama mundial.

 

¿En qué consiste?

 

La produce la Bartonella, un microorganismo que parasita los glóbulos rojos y produce reacciones cutáneas.

 

También identificó su padre el tifo exantemático, que suena extrañísimo. ¿Qué es?

 

Entre 1916 y 1922 él preparaba su tesis en dos laboratorios, el del San Juan de Dios y en la Clínica de Marly, donde el doctor Carlos Esguerra, su fundador, fue su presidente de tesis. El Papa Negro de la medicina en esa época era el doctor José María Lombana Barreneche, quien decía que el tifo exantemático no existía, sino que era una forma de la tifoidea, que él llamaba septicémica. El profesor Patiño Camargo, con una tesis que yo considero una de las obras científicas más importantes de la primera mitad del siglo XX, realizó su tesis laureada y demostró que eran dos enfermedades diferentes.

 

Usted es bachiller del Gimnasio Moderno, y sus compañeros dicen que desde chico supo que seríamédico. Hoy, a los 88 años, sigue trabajando sin descanso. ¿Qué lo anima?

 

Es que la Medicina no es un trabajo sino una pasión, y estar apasionado es algo magnífico. Hoy día en la Academia de Medicina trabajo normalmente de 7 a 7.

 

Se nota que goza mucho porque tiene una piel envidiable. ¿Dicen que el amor mantiene vitales a las personas, tiene usted novia, esposa, amante, amiga, doctor Patiño?

 

Si le contesto, de repente se me ponen bravas algunas (risa).

 

(Risa). No sea presumido.

 

Una vez a mi señora, Blanca Osorio, una amiga le preguntó: ¿Cómo está José Félix? Y ella dijo: “Me resultó un tipo jartísimo: se va a casar”. ¡Qué! ¿Con quién?”. Pues con María Callas”.¿Y quién es esa ‘fulana’?, contestó furiosa la señora (risa). Lo que sucede es que de quien estoy enamorado hace años es de María Callas.

 

Sí, su eterno amor y una bella manera de salirse por la tangente, doctor Patiño. Cuénteme, ¿por qué se fue para la Universidad de Yale cuando cursaba cuarto año de Medicina en Colombia?

 

Estaba en la Universidad Nacional en 1948, cuando vino ‘El Bogotazo’. Mi padre consideró que debía irme para Estados Unidos y entonces apliqué a Harvard, a Berkeley y a Yale. En las tres me aceptaron y yo escogí Yale por la presencia allí de John Fulton, cuyo texto de neurofisiología yo estudiaba yquien había sido discípulo de Harvey Cushing, la figura más brillante de la Medicina mundial en el siglo XX, creador de la neurocirugía como técnica quirúrgica,representante de una tradición que se había iniciado con William Halsted, afinales del siglo XIX.

Otra razón poderosa para irme a Yale fue que, en cierta forma, el ambiente del campus era parecido al del Gimnasio Moderno, donde había hecho mi bachillerato, encontrado libertad de pensamiento y todo se basaba en un código de honor.

 

Y tuvo usted la suerte increíble de que fuera precisamente John Fulton el tutor que le habían asignado en Yale.

 

Así fue, yo era el segundo colombiano que ingresaba a Yale, después del doctor Ezequiel Uricoechea, en el siglo XIX.

 

Fulton era un gran humanista, fanático de la Historia. Su biblioteca era extraordinaria porque era la de Cushing. Tenía el pelo blanco y fumaba pipa. Yo lo veía trabajar en el laboratorio con un rigor científico enorme y una dedicación tal, que despertó en mí esa misma pasión por la Medicina y la investigación. Recuerdo que la noche de mi llegada me prometí ser el mejor estudiante, porque como mis padres no eran personas ricas, tuvieron que hacer un esfuerzo para mandarme a esa universidad.

 

Pues de hecho le laurearon su tesis de grado, que ganó el Premio Bordem.

 

Sí, era sobre el trasplante de tejidos embriónicos endocrinos. Me aceptaron para hacer investigación y aproveché para hacer la tesis. Durante mi experiencia como investigador diseñé una operación que se llamó primero la operación de Patiño y después la operación de Patiño-Glen, quien era el profesor de cirugía cardiovascular, en cuyo laboratorio realizamos esos estudios. Ahora la operación se llama de Glen.

 

¿Y por qué lo extirparon a usted?

 

En América Latina todavía la llaman Patiño-Glen, pero en Estados Unidos casi todos la llaman la operación de Glen.

 

Usted realizó centenares de operaciones de corazón abierto en las que es necesario extraer el corazón del paciente, cambiarlo por el de un cadáver, conectarlo y hacer que esa persona regrese a la vida. ¿Cómo describiría ese momento tan impresionante?

 

Le cuento que, con todos los años que ya lleva la implantación de esa cirugía, ver el tórax de un paciente vivo sin corazón es algo de verdad impresionante. Cuando se conecta el nuevo corazón se le da una suave palmadita; el corazón empieza a latir de nuevo y, créame, la sensación es realmente sobrecogedora.

 

¿Y qué sentía usted ante la posibilidad de que ese corazón no volviera a latir?

La cirugía es fundamentalmente manejo del riesgo del paciente. La responsabilidad es doble porque uno está tomando en sus manos una vida sin poder predecir el resultado. En esos casos hay que tomar las decisiones dramáticas y rápidas, porque la condición del paciente puede cambiar en cuestión de horas.

 

¿Al enfrentar tantas veces situaciones como esa, le tomó miedo a la muerte?

 

Cuando estaba joven sí le tenía miedo porque tenía unas hijas muy chiquitas y muchas cosas por hacer. Pero después me pasó como a Hernán Díaz, el famoso fotógrafo, que estuvo muy enfermo y cuando una periodista le preguntó si le tenía miedo a la muerte, dijo: “La he tenido tan de cerca en los últimos dos años, que hoy es mi mejor amiga”. A mí me pasa igual, Margarita, hace poco estuve tan enfermo que creí que me moría y le cuento que me parecía rico morirme.

 

¿Ya no le gusta vivir?

 

Por el contrario, me encanta vivir, pero creo que ya hice lo que tenía que hacer.

 

Cambiando de tema, ¿cómo surge su pasión por la ópera?

 

Mis padres nos llevaban a mis hermanas y a mí al Teatro Colón a la Temporada de Ópera. Pero en realidad fue en Nueva York donde la entendí mejor, me apasionó y la descubrí como lo que es: la más profunda y bella expresión del sentimiento humano. Surgía con fuerza una cantante nueva, llamada María Callas, que tenía una voz prodigiosa y que hacía giras por muchas partes del mundo. Cuando por fin llegó a cantar en el Metropolitan la oí desde ‘el gallinero’. Me impresionó tanto que durante años coleccioné todo el material posible sobreella y empecé a hacer el borrador de una monografía que se me fue volviendo un libro a medida que reunía más y más información. Hoy creo –perdóneme la inmodestia– que entre todas las biografías de María, la mía es la mejor.

 

Pocas personas saben en Colombia que esa magnífica cantante tuvo una niñez durísima, con una madre exigente, disciplinadora y desconsiderada, que la obligaba a cantar y a trabajar.

 

Eso es cierto. María nació en Nueva York porque sus padres, que habían perdido un hijo en Grecia antes de emigrar a Estados Unidos, estaban esperando otro hijo y cuando llegó la niña –tengo bastante documentación sobre el tema– se dice que la madre no la quiso mirar en los primeros días. Aparentemente fue muy dura con ella, desde el momento de su nacimiento. Más tarde, mientras su hermana mayor se hacía más y más bella, María era fea y gorda, y se dice que la mamá prefería a la otra. Cuando regresaron a Grecia, María ingresó al Conservatorio en Atenas y empezó la carrera con su voz maravillosa, pero tenía una figura terrible: pesaba 98 kilos. Debido a las críticas se puso a dieta rigurosa, bajó a 58 y se convirtió en esa mujer bellísima y elegante que fue durante el resto de su vida. Lamentablemente sus últimos años fueron muy trágicos.

 

Hablemos ahora un poco de su época como rector de la Universidad Nacional, donde hizo una reforma que este año cumple cinco décadas. ¿Qué significó?

 

Cuando uno tiene 88 años y ha tenido experiencias y trajines en tantos y diferentes escenarios, si me pregunta usted de toda mi vida qué es lo queintelectualmente me ha parecido más importante y me ha impactado más, sin lugar a dudas le diría que la rectoría de la Universidad Nacional, porque yo la encontré en un momento en que se pensaba que era ingobernable. Me posesioné en junio de 1964 y encontré que había 27 facultades que enseñaban 32 carreras. Es decir, había casi una facultad para cada carrera y no había interrelación entre ellas. También encontré algo que me impactó: no había vida universitaria. Yo venía de Yale en donde todos los días hay conciertos, danza, teatro, exposiciones en sus propios museos, profusión de conferencias en las facultades, etc. La vida no es solamente ir a estudiar sino, además, disfrutar un ambiente de inquietud intelectual y de gran nivel cultural. Nada de eso existía en la Nacional. Por eso hicimos una reforma de fondo. Yo diría que esa reforma, como dijeron también algunos expertos, es la más profunda y más duradera que se ha hecho desde la Reforma de Córdoba, Argentina, en 1918.

 

En resumen, ¿en qué consistió?

 

Redujimos las 27 facultades a 11, entre las cuales quedaron las tres grandes de lo que llamamos Estudios Generales: las de Ciencias y Ciencias Sociales y las de Artes y Arquitectura. Trajimos la Escuela de Artes a la Ciudad Universitaria, el Conservatorio de Música, le dimos la universidad como sede a la Orquesta Sinfónica Nacional, construimos una concha acústica, arreglamos el estadio, creamos todas las facilidades para deportes, abrimos residencias, en las que llegó a haber hasta 2.200 estudiantes residentes, y cafeterías. Se creó la Semana Universitaria, hubo reinas en cada facultad, había presentaciones del grupo teatral en el Colón. Todo eso le dio dinámica y una gran vida cultural a la universidad, y la cambió por completo. También le dimos preeminencia a la investigación, estudiamos el problema de la deserción estudiantil, hicimos una reforma financiera y una reorganización administrativa, y se especializó elprofesorado. Esa reforma conserva vigencia hoy, 50 años después.