14 de noviembre del 2019
Fotografías | Gustavo Martínez
5 de Diciembre de 2016
Por:
Catalina Barrera

El fantasma de la ópera, Frankenstein, Drácula, los zombies y miles de personajes más han sido, a lo largo de la historia del cine, el resultado del trabajo de grandes maquillistas de efectos especiales. A sus 32 años, el colombiano Andrés Felipe Ramírez quiere conquistar al mundo del cine con su versatilidad en este oficio.

 

El hombre que hace heridas que no duelen

Sangre. A algunos les provoca placer; a otros, fobia. Otros… trabajan con esta. En las manos de Andrés Ramírez las heridas, cicatrices, golpes, rasguños y demás laceraciones del cuerpo no duelen. Pero gracias a gente como él, a los espectadores sí. Es la magia del maquillaje y los efectos especiales, que han sostenido el cine desde los comienzos mismos de Hollywood.

 

Andrés, creador de Rigor Mortis FX y quien actualmente trabaja en Monos, dirigida por el brasileño Alejandro Landes y el argentino Alexis Dos Santos, también ha participado en producciones nacionales e internacionales para Disney, Discovery Channel, Fox Telecolombia y Fox Latinoamérica. Una de sus grandes conquistas fue haber mostrado su trabajo en la productora de Brad Pitt, Plan B Entertainment, para la película The Lost City of Z, dirigida por James Gray y protagonizada por Robert Pattinson. El compromiso no consistió en imitar sangre ni heridas. Tampoco en construir monstruos. “Lo que se hizo allí fue de otro mundo porque tocó elaborar réplicas de piezas arqueológicas, algo que normalmente no tiene nada que ver con maquillaje de sangre y heridas. Eso casi nunca sucede. Conocí personas muy talentosas. Trabajar con grandes profesionales evidencia el buen proceso que uno ha ido construyendo a lo largo de este corto tiempo”, asegura.

 

 

 

El taller donde nace la muerte

De su taller, un espacio que tiene algo de cocina, laboratorio y oficina, salen zombies, conejos gigantes, trolls, manos listas para sangrar, heridas de bala, arrugas para toda clase de edades y hasta vísceras podridas. Algunas de estas obras lo llevaron a ganar el Premio Macondo a mejor maquillaje en 2012, entregado por la Academia Colombiana de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, por el maquillaje de la película El páramo. “Se filmó en el nevado del Ruiz, a más de 4.500 metros sobre el nivel del mar. Un día dejé un segundo mi maleta de maquillaje y no la aseguré bien, así que rodó cuesta abajo desde lo más alto del nevado. Ese día me tocó improvisar con diferentes materiales mientras conseguía un kit nuevo de maquillaje en Manizales”.

 

Publicista, pero maquillista por pasión, este bogotano lleva 8 años en el mundo de los efectos. “Soy publicista, pero nunca me gustó la publicidad, no me sigue gustando. Empecé a estudiarla porque no quería ponerme una corbata nunca en mi vida”. Para Andrés, las caracterizaciones en el cine eran un misterio que deseaba desentrañar.

 

Este oficio artesanal, no muy conocido en Colombia, lo llevó a buscar academias fuera del país. En 2006 viajó a Argentina a estudiar en la Primera escuela argentina de efectos especiales. Duró dos semanas. “Era muy costosa y me sentí medio ‘tumbado’. Pagué por dos semanas 5.000 dólares en esa época y lo que aprendí fue muy poco. Me di cuenta de que esa escuela era más un tema de mercadeo. Llegabas allí y te sorprendías con un Frankenstein de 2 metros, pero te cobraban todos los materiales, que eran muy caros”, asegura Andrés.

 

Estando en Buenos Aires, conoció al experto en efectos especiales Alex Mathews. Con él, en 15 días, aprendió más técnicas que las que habría podido conseguir estando en la escuela de la que se había retirado. Regresó a Colombia con un pequeño portafolio. Trabajó un tiempo bajo la dirección del argentino Gonzalo Pasos, creador de Go Effects. Allí sumó 5 años de experiencia con diferentes productoras colombianas, hasta que la empresa desapareció. “Luego de quedarme sin trabajo, empecé mi proyecto independiente. Al cabo de 3 meses ya tenía el primer contrato”. Así nació Rigor Mortis FX.

 

La compañía cuenta con un portafolio de 11 películas, varios comerciales, cortometrajes y producciones para televisión. “El proceso ha sido increíble. Empezar con televisión colombiana y que te llamen productores internacionales que apuestan por el trabajo que hacemos aquí en Colombia es muy gratificante”. En el taller hay escultores, gente especializada en moldería, en aerografía, en pintura. Es un oficio que necesita conocimientos hasta de anatomía y química. Maquillaje de laceraciones, réplicas modificadas y dummies categorizan la creatividad y las capacidades de quienes se encargan de los productos que nacen en Rigor Mortis FX.

 

Para cualquiera de ellos el trabajo es más serio de lo que muchos piensan. “Una pequeña herida, cuando la persona que la hace es muy detallista, puede demorarse hasta un día”, cuenta mientras señala el molde de una pequeña cicatriz de aproximadamente 5 centímetros. Desde la limpieza de la piel hasta los últimos toques de color requieren cuidado y precisión. Frente a la cámara cualquier detalle puede convertirse en un grave error si no se hace con la rigurosidad y el profesionalismo que exige.

 

¿Materiales de odontología que crean cicatrices? Sí. En su taller los alginatos sirven para todo menos para hacer una prótesis dental. Crean impresiones para hacer positivos sobre los que se esculpen las posibles variaciones o modificaciones en la piel. Diferentes tipos de costosas siliconas se transforman para fundirse con el cuerpo. Los encapsuladores farmacéuticos, indispensables en los efectos especiales, pueden hacer que el ojo humano crea que las heridas son parte de la anatomía del personaje.

 

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Plastilinas especiales (Monster Clay, NSP medium, Chavant) son utilizadas específicamente para escultura. Resinas, fibra de vidrio, masillas epóxicas, siliconas de adición y de condensación, gel balístico (que simula impactos de bala), foam látex (utilizado para prótesis faciales que cambian la apariencia externa de una persona) y el propio látex conspiran en la intención de engañar al espectador.

 

Laca, disolventes y fijadores son la cereza del pastel en cualquier proceso creativo. Jeringas llenas de sangre que, conectadas con pequeñas mangueras a una mano de silicona, están listas para disparar chorros de sangre, son algunas de las tantas cosas curiosas que este amante de los efectos especiales ha llegado a crear. El truco, según Andrés, es convertir la química en su aliada.

 

Y aunque le gusta seguir las pautas que ha aprendido a lo largo del tiempo, intenta salirse de lo convencional. “He intentado desarrollar mis propios elementos básicos con fórmulas propias como las de la sangre, fórmulas para preparar gel balístico y hasta el mismo foam látex, que es un proceso de vulcanización del latex”, asegura. Los grandes desafíos que ha enfrentado en su participación con diferentes producciones lo han convertido en un artista metódico.

 

 

 

Hasta ahora estamos comenzando

El maquillaje de efectos especiales, conocido universalmente como Special Makeup Effects (SPMFX) tiene una historia que empieza hace más de cien años. En 1914, cuando Hollywood apenas despuntaba, Max Factor, un ruso que había emigrado a Estados Unidos, irrumpió en la industria con métodos de maquillaje que hicieron escuela. Factor inmortalizó a varias actrices de la época, como Ava Gardner, Jean Harlow y Marlene Dietrich. Gracias a su contribución, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgó el Oscar honorífico en 1929.

 

En 1917 Lon Chaney, conocido como ‘El hombre de las mil caras’, le dio a la industria cinematográfica (todavía silente) otra manera de ser bajo la magia de los efectos especiales. Su habilidad con el maquillaje le permitió crear personajes emblemáticos, como Quasimodo, el campanero de Notre Dame, e interpretar él mismo el papel protagónico de El fantasma de la ópera en 1925. Luego aparecería Jack Pierce, artífice de caracterizaciones como las de Boris Karloff y Bela Lugosi en Frankenstein y Drácula, respectivamente, a comienzos de la década de los treinta.

 

Pero mientras esta disciplina sigue creciendo a pasos agigantados, en Colombia apenas se conoce. La diferencia entre el mercado nacional y el internacional es enorme. “Pierce hacía los prostéticos con cera caliente –advierte Andrés–. Estamos en 2016 y hasta ahora estamos empezando a descubrir todos los materiales y trucos que han surgido desde entonces”.

 

En sus manos lo grotesco, lo espeluznante y hasta las caricaturas más alocadas se convierten en una obra de arte. La representación de la muerte y sus cicatrices toma forma bajo sus moldes y pinceles. Andrés Ramírez consigue convertir moldes, siliconas, pinturas y miles de materiales en personajes que en la pantalla parecen reales pero no lo son.

 

Aunque Andrés asegura que trabajar con reconocidos directores ha sido una oportunidad única, su objetivo es empezar a crear sus propios guiones, escribir historias que puedan llegar a la gran pantalla y ser financiadas por las grandes productoras de Hollywood. Sin embargo, no quiere irse de Colombia. Más bien, hacer que el mercado audiovisual en el país crezca y que las productoras nacionales tomen conciencia del valor de su trabajo.

 

 

 

*Publicado en la edición impresa de agosto de 2016.