22 de septiembre del 2019
11 de Mayo de 2015
Por:
Margarita Vidal

El historiador inglés, gran conocedor del conflicto colombiano, se confiesa “old fashioned”: explica que en el pasado los conflictos se solucionaban de otra forma, aunque no eran tan violentos, y que esta es una generación arrogante, que cree saber cómo hacer la paz.

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“El Frente Nacional hizo la paz sin expertos, sin académicos y sin justicia transicional": Malcolm Deas

Malcolm Deas nació en Charminster, Inglaterra, en 1941. Obtuvo un título en Historia Moderna en la Universidad de Oxford y en 1962 fue elegido Fellow de All Souls College. Vino por primera vez a Colombia a finales de 1963, se enamoró del país, y obtuvo la ciudadanía colombiana en 2008. Fue cofundador y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Oxford y ha publicado varios libros de investigación y ensayos sobre la historia social y política de Colombia.

Usted llegó al país hace 52 años, ¿qué lo trajo?

Cuando triunfó la Revolución Cubana de golpe los ingleses se dieron cuenta, con sorpresa, de que no sabían mucho de América Latina. Hubo entonces una oportunidad académica e incentivos en las universidades y como yo siempre tuve curiosidad por esta parte del mundo, vi llegado el momento.

¿Qué le despertó esa curiosidad?Me encantó la novela de Conrad, Nostromo, de fines del siglo XIX, sobre América Latina. Me interesaba ese siglo, en parte, tal vez, porque a nadie le interesaba debido a que fue un siglo muy oscuro y algo traumático. ¿Ya sabía algo sobre el país?

Más bien poco. Llegué en un estado de mucha ignorancia porque en Inglaterra solo había unos pocos libros de los viajeros del siglo XIX. Sin embargo, esa desventaja me dio, a la vez, la ventaja de no tener prejuicios.

¿Qué hizo entonces?

Tuve que armar mi visión de este país a partir de la nada y fue muy difícil, al principio, descifrarlo… y no creo haberlo logrado todavía.

¿Qué lo desconcertaba, por ejemplo?

Muchas cosas, los primeros políticos que conocí fueron Alberto Lleras Camargo y Abelardo Forero Benavides, ¡dos hombres sumamente cultos y muy poco tropicales! (risa) Era la época del Frente Nacional y para un jovencito como yo eso era desconcertante. Había una mezcla de aspectos muy democráticos en la vida pública y otros que estaban lejos de serlo. Recuerdo conversaciones con Vicente Laverde Aponte, un liberal al estilo antiguo, radical, anticlerical y muy lúcido. Hay un brillante escrito suyo sobre el Frente Nacional donde dice que “la democracia es más que el gobierno de la mayoría”. Y hay que decir que con el Frente Nacional Colombia dejó de tener gobiernos de mayoría durante cuatro períodos, pero no abandonó las libertades. Yo no creo, como dicen ahora, que ese fuera un sistema tan excluyente. Aquí había un movimiento sindical muy fuerte, y existieron movimientos disidentes y de oposición como el MRL y la Anapo, de tal manera que no he comulgado nunca con la tesis de que aquí hubo, en ese tiempo, una “oligarquía tiránica”. Eso es una exageración. Recuerdo que Laverde me dijo: “La política de este país tiene un gran potencial, pero atraviesa una época de violencia con consecuencias muy duras, y el Frente Nacional la está apaciguando”. Y la verdad es que Colombia nunca regresó a ese tipo de violencia partidista.

El Frente Nacional hizo exclusión de la izquierda radical porque fue un pacto en que solo dos partidos se repartieron el poder.

Sí, pero en ese entonces buena parte de la extrema izquierda estaba intoxicada con el ejemplo de Cuba. La gente olvida que un buen porcentaje creía sinceramente en la necesidad de hacer una revolución al estilo cubano, que de allí surgieron las guerrillas como el Eln y las Farc, y que ese fue un pensamiento que recorrió el continente.

¿Cree que esa sindicación es reduccionista?

Sí, claro, el problema a finales de los 50 era doble. En primer lugar, había que acabar con el gobierno militar y con la lucha sectaria y el único modo de lograrlo fue con la paridad. Una solución realista. Hoy culpan también al Frente Nacional de no haber indagado por los responsables de la violencia. Si eso se hubiera hecho en aquel momento no hubiera habido paz. Es duro decirlo, pero en cierto modo el olvido era necesario.

Hoy en La Habana, por el contrario, se está tratando de fijar responsabilidades.

Así es. Es una labor encomendada a la Comisión de Historia, pero pensar que unos súper sabios colombianos puedan determinar de quién fue la culpa, y a quién le cabe más responsabilidad, no me parece posible.

Se dice que ha surgido un gran interés por conocer de dónde proviene este larguísimo conflicto.

Es cierto, en un país con tantos problemas políticos la gente tiene apetito por encontrar su explicación histórica. Aquí la enseñanza de la historia ha pasado por muchas etapas. A finales de los 60 querían echar a la caneca a la Academia de Historia con sus ‘viejitos patrioteros’ –algunos de ellos muy buenos– y se propendía por una historia radical, marxista, que no daba espacio para estudiar “todas esas pendejadas de los gobiernos oligarcas’. Luego la historia se sofisticó y llegaron historias de moda como la historiografía francesa o la historia de género. Se fundaron varias facultades de historia con gente muy buena pero, curiosamente, hubo muy poco espacio para la historia política, que no ha sido bien mirada por las nuevas generaciones.

¿Y a qué lo atribuye?

En parte ese desprecio por la historia política persiste aunque hay algunos que conservan un interés específico y ya muy pocos se tragan la versión marxista. Claro que existen buenos historiadores sobre la violencia, pero casi toda la historia sobre esa época ha sido escrita por liberales o personas de izquierda, en parte porque los conservadores estaban en el poder. Entonces hay un sesgo liberal de izquierda. Tampoco hay libros sobre los gobiernos del siglo XX. No hay nada sobre el de Enrique Olaya, un personaje tan importante, por ejemplo. El de Álvaro Tirado sobre el primer gobierno de López Pumarejo es muy útil y el de Alberto Donadío y Silvia Galvis sobre el gobierno de Rojas Pinilla es un buen texto. Pero, en general, a los historiadores profesionales no les ha interesado estudiar esos gobiernos. No es que yo sea “dirigista”, ni mucho menos, pero el vacío de la historia política en este país, aunque con excepciones, continúa.

¿Y ese vacío qué peligro entraña?

Me parece que conduce a perpetuar ideas simplistas sobre la historia del país. Creo ser de los muy pocos que ha leído las 809 páginas del informe de la Comisión de Historia hecha por sus doce expertos y sus dos relatores en La Habana. Como esfuerzo político es válido en el sentido de que si uno invita a las Farc a hacer política, estas necesitan tener una versión de la historia para ellos y eso es legítimo. Reconozco que ese es un ejercicio esencialmente político que no hay que mirarlo con ojos de pedantería, porque hacer en dos meses una historia del conflicto es sumamente complicado. Un conflicto humano de esas dimensiones hay que abarcarlo desde muchos puntos de vista y no hay nadie, por genio que sea, que pueda darnos una versión completamente satisfactoria. Es imposible.

¿Cómo le pareció la selección de los miembros de la Comisión?

Me pareció balanceada porque fueron siete seleccionados por las Farc y siete por el Gobierno, de modo que eran equipos más bien balanceados. Y algunos de los escritos son buenos. Otros, me parece, francamente, que se rajan. Ahora, no creo que haya sido un ejercicio inútil, pero lo que le llega al público no corresponde a su importancia. Y no creo que esta opinión sea reaccionaria o conservadora, porque lo que digo es que aun cuando hay trabajos muy buenos, hay otros que traen versiones muy simplistas.

¿Por qué ha durado tanto tiempo el conflicto en Colombia?

Una vez que se forma una guerrilla, le es muy difícil parar. Su utopía es tomarse el poder y la paz la hace imposible. La Comisión tuvo tres temas importantes como son: orígenes, persistencia y resultados del conflicto. En cuanto a los orígenes, en muy pocos escritos se menciona el ambiente que se vivía en los años 60 por el ejemplo de la Revolución Cubana. Y es importante analizar que si no hubiera habido revolución cubana la guerrilla colombiana muy probablemente hubiera desaparecido en esos años. Aquí tuvimos a Chispas, a Efraín González y a otros pequeños bandidos, ellos murieron, pero sin el ejemplo de los cubanos que se tomaron el poder, el Partido Comunista Colombiano no hubiera adoptado la teoría de la combinación de todas las formas de lucha. La coyuntura internacional ha influido más de lo que la izquierda reconoce, porque después de Cuba vinieron los sandinistas, los tupamaros, después el señor Chávez, etc. Por otra parte, otra cosa que desde mi punto de vista no se reconoce, es que este país se demoró mucho en tomar las medidas necesarias para controlar esa situación y mantuvo mucho tiempo unas fuerzas del orden inadecuadas, con un ejército que no era suficientemente capaz, porque no tenía ni las técnicas, ni el equipo necesario y eso demoraba su accionar. No fue sino hasta el gobierno de Pastrana, con el Plan Colombia y después con el gobierno de Uribe, que se rearmó el ejército, se aumentaron sus efectivos, se mejoró la inteligencia y se estructuró una fuerza de combate aérea eficaz.

¿Si el proceso tiene éxito será posible una reducción importante del enorme gasto militar?

Eso piensan algunos sectores, pero eso es una falacia, porque así se logre llegar a unos acuerdos, habrá muchos problemas de seguridad en las regiones.

¿Cómo ve a nuestras fuerzas militares?

El país tiene ahora el ejército más formidable de América Latina y el más grande. Como dos o tres veces mayor que el ejército inglés. Fuera de eso es la institución con mejor reputación y mayor respaldo entre los colombianos. Desde luego, hay que reconocer que ha habido abusos deplorables. Por otra parte, en el enfrentamiento de la guerrilla y el ejército, el ejército casi siempre pierde en términos de relaciones públicas, porque la guerrilla es David y el ejército es Goliat, y la guerrilla se escuda en esa diferencia.

¿A qué abusos se refiere?

Obviamente a los llamados ‘falsos positivos’ que ocurrieron y que son indefensables. Pero hay que enfrentar y resolver el problema y seguir adelante. El país tiene mucha suerte en disponer de un ejército altamente constitucional, que no tiene una tradición conspiradora. Y de una Policía nacional y no departamental ni municipal.

¿Cómo analiza la situación que se presentó recientemente con la masacre de los once militares en Cauca y su repercusión en las negociaciones de La Habana?

Ha habido tanta gente opinando que yo no quiero hacerlo. Pero la verdad es que incidentes de ese tipo han ocurrido en la mayoría de los procesos anteriores. Para decirle la verdad, hace una semana yo pensaba que los diálogos de La Habana habían llegado al punto de no retorno. Pareció que no íbamos a regresar a la lucha sin límites. Luego he pensado que llegar al “punto de no retorno” no significa que va a ser fácil llegar al punto final ni que se llegue allá en tan corto tiempo.

¿Ve factible que las Farc le pidan perdón al país?

Los negociadores de las Farc tienen otro problema muy difícil que toca con su liderazgo y es que para un movimiento de este tipo es muy difícil admitir culpas. Siempre es más fácil para los gobiernos admitir que se han equivocado, porque si se hace en una forma abstracta, no se están haciendo señalamientos puntuales. Pero si los grupos insurgentes se ven obligados a admitir fallas, peligra su liderazgo dentro de la secta, porque una guerrilla es una secta. Ahora, ellos podrían admitir que no van a tomar el poder por las armas, pero van a declarar que jamás han sido vencidos.

¿En eso tienen razón?

Sí, creo que tienen algo de razón porque todavía son capaces de producir mucho daño. También hay que entender su insistencia en establecer los orígenes del conflicto, que a algunos puede parecerles un poco juego de colegio: “Ustedes empezaron”, pero también significa la comprobación de que han sobrevivido muchos años, que son parte de la historia de este país y que por eso necesitan su tajada de la historia. Así que no creo que sea importante forzarlos a admitir ciertas cosas, sencillamente porque no pueden hacerlo.

¿Hasta dónde llega su escepticismo?

Yo soy old fashioned, si se quiere, lo confieso, no me trago entero todo aquello que dicen sobre memoria y verdad, pero tampoco quiero ser demasiado escéptico porque hay gente que sí lo cree. Recuerdo que durante un seminario hace unos años con un grupo de liberales y otro de godos para discutir sobre el Frente Nacional, los liberales resultaron como los Borbones, en el sentido de que ni habían olvidado ni aprendido nada. Hablaron contra Laureano, los chulavitas, en fin, y una señora empezó a hablar de la memoria. Yo, que trataba sin ningún éxito de moderar esa discusión, dije: “Hay muchas memorias, memorias diferentes”. Ella se levantó y me dijo: “No señor, la memoria es nuestra”. Eso ilustra uno de los problemas de “la memoria”.

Un porcentaje muy alto de colombianos exige que haya un mínimo de justicia.

Sí, pero también los jefes de las Farc tienen una autoimagen de líderes, como también la tenían los “paras”. Yo reconozco que eso ya es entrar en complicaciones inevitables, pero también habría que preguntarse cómo terminaron las guerras civiles en Colombia. Claro que eran otros tiempos y que la mayoría eran menos violentas, pero si se llegaba a un tratado todo el mundo se iba a casa y trataba de arreglar su propia conciencia. Eso ya no es posible, pero yo creo que somos una generación arrogante, que cree saber cómo hacer la paz y que nuestros antepasados eran unos tipos cuyas habilidades políticas dejaban mucho que desear. El Frente Nacional hizo la paz sin expertos, sin académicos y sin justicia transicional.

¿Entre el proceso del Caguán y el actual ve usted diferencias que lo lleven a pensar que esta vez, a pesar de todo, hay posibilidades?

Sí, creo que este es un proceso mucho mejor estructurado y que hay más credibilidad en él porque hay muchas posibilidades de que no se “caguanice”. La limitación de la agenda está bien pensada, porque el propósito principal es terminar el maldito conflicto. Punto. Eso de arreglar el país es secundario. Segundo, aun cuando algunos tratan de hacerlo, hay un mínimo de show. Por otra parte, el equipo del Gobierno me parece muy bien escogido. También me parece acertado que haya militares sentados a la mesa de negociación, pero lo básico es que se logren unos acuerdos aceptables para la gran mayoría de la gente. Colombia es un país bastante libre donde hay mucho debate, eso es inevitable, pero también depende de cómo se maneje. Y no es la gente de La Habana la que está manejándolo. El debate se maneja aquí en Colombia con los políticos y con el Presidente.

Fotografías Mario Cuevas