22 de septiembre del 2019
Fotografías | Julián Rojas
9 de Junio de 2017
Por:
Catalina Barrera

El bogotano Julián Rojas dejó la buena vida de su ingeniería industrial cuando descubrió que la buena vida estaba en otra parte. Se montó en una bicicleta en Nueva York en 2014 y no ha parado. Llegó a Colombia y su meta es seguir hasta Argentina. Un espectacular viaje por América en 30 paradas.

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Dos años a bordo de mí mismo

Mi papá tenía una bicicleta vieja guardada en el garaje. Decidí usarla para ir de la casa al trabajo. Ese día alguien me contó la historia de un colombiano que se había ido a Argentina en bicicleta y pensé que yo podía hacer lo mismo, que pedalear me llevaría mucho más lejos que a una oficina. Tenía 26 años y una carrera recién estrenada de ingeniero industrial cuando renuncié y salí de casa el 11 de julio de 2014 con un boleto de avión y algunos ahorros hacia Nueva York. Ahora tengo 28 y los últimos dos años los he pedaleado, con una ‘bici’ propia, de regreso a Colombia por las vías más inverosímiles: desde el norte de Estados Unidos, bordeando la frontera de Estados Unidos con Canadá hasta el Pacífico, y luego descendiendo hacia el sur por la costa oeste, cruzando México y Centroamérica. No quiero parar, seguramente llegaré a Bogotá y seguiré hasta Argentina. Pero no quiero adelantarme.

 

Llovió más adentro que afuera

La primera noche de mi pedaleada busqué un sitio dónde dormir. Las distancias eran enormes y lo único que encontré en medio de la carretera, luego de salir de Brooklyn, fue una tienda. Se veía algo acabada, de esas donde solo podías comprar tabaco y marihuana. Entré con una sonrisa –porque creo que esa es la mejor manera de ganarse la confianza de alguien–, contándoles a los que estaban ahí algo de mi aventura. No iba ni en la mitad de mi relato cuando me trataron de loco. Dijeron que atrás había una casa abandonada, que me podía quedar allí. Parecía una pocilga. Había latas de cerveza, vidrios rotos, muebles acabados, hierba que rodeaba las puertas y ventanas y rastro de lo que alguna vez fue un techo. Estaba lloviendo a cántaros. Ese lugar parecía un escondite para las personas que se drogan y pensé que en algún momento llegarían un par de esos. Nadie llegó, menos mal. ¿De verdad estaba preparado para este viaje?

 

Un oasis llamado McDonald’s

El primer día oficial de ruta empezó con mi ropa totalmente mojada. Fue como un bautizo. No había comido. Me bañé en un McDonald’s y puse a secar mi ropa en una gasolinera. Esos sitios públicos eran buenísimos porque tomaba agua gratis. A veces hasta me afeitaba.

 

4 de julio

Al salir de Nueva York, me estrellé contra un carro. La bicicleta quedó inservible. Era 4 de julio, día de la Independencia de Estados Unidos, y la ciudad estaba imposible. Yo había guardado una aplicación en mi celular que era para ciclistas (warmshowers) y tenía muchos consejos para quienes hacían lo mismo que yo. Busqué hospedaje en el mapa que aparecía allí y pude contactar a una familia que me acogió mientras reparaban mi ‘bici’ en el taller. Con ellos me quedé varios días y hasta me regalaron un espejo retrovisor que todavía conservo.

 

Cali es Cali

Salí hacia el norte en busca de las cataratas del Niágara, pero todavía no entendía muy bien los mapas. Algunos me daban consejos de ruta. Mientras pedaleaba, encontré un sitio que se llamaba Cali-Go. Estaba lleno de colombianos que llegaban a acampar. Me recibieron con aguardiente, cerveza y frijolada.

 

Aguapanela para el alma

Cuando salí de Cali-Go, una señora me regaló un bloque de panela. Pesaba mucho pero era de las cosas que menos me importaba cargar en mi equipaje. Se volvió vital. Cada vez que quería recordar algo de Colombia, la mordía. En México, El Salvador y Guatemala pude hacer varias veces aguapanela con limón. A la gente le encantaba. Nadie la conocía y me preguntaban todo el tiempo cómo la podían conseguir.

 

El Niágara en bicicleta

Llegué recordando esa típica canción de Juan Luis Guerra: “bajé los ojos a media asta y me agarré la cabeza, porque es muy duro pasar el Niágara en bicicleta”. Solo habían pasado tres semanas desde mi primer día. Me perdí un poco porque tenía diferentes mapas. Supe que había llegado porque el agua me pegaba en todo el cuerpo y luego vi esa majestuosidad. Crucé pegado a la frontera con Canadá. No pude atravesarla, no tenía la visa, pero había llegado. Fue mi primer gran logro.

 

Navidad todo el año

Durante el viaje tropecé con Kimple, un cincuentón soltero que coleccionaba árboles de navidad de todo el mundo. Recibía viajeros de cualquier parte porque le gustaba sentarse a escuchar sus historias y contar las suyas. Caminaba desnudo por la casa. Hasta consiguió salir en una postal de esas que entregan a cada propietario con una vista cenital de su casa. La cámara lo había capturado sin ropa, acostado en su jardín.

 

Sillín, altura y líquido sinovial

Ya había pedaleado un buen tiempo. Llegando a Indiana me empezó a doler la rodilla. Pasaron varios días sin que le pusiera mucha atención hasta que se inflamó y alcanzó el doble de su tamaño. Tuve que ir a un hospital, donde me inyectaron. Me explicaron que se había acumulado en la articulación algo que se llama líquido sinovial. Fue un descanso obligado de 15 días. Finalmente me había dado cuenta de que la altura del sillín no había sido la adecuada. Eso fue lo que causó la inflamación.

 

Golpe de suerte

Tuve que usar la aplicación móvil para conseguir a alguien que me hospedara esos 15 días. Era mucho tiempo y cualquier hotel en Estados Unidos resultaba imposible de pagar. Si lo hacía, perdía un mes de comida. Apareció Jenny. Tenía una casa al lado de un lago en Fort Wayne, y además era enfermera. Tuve atención médica 24 horas al día. No pagué ni un peso.

 

La miel de Chicago

En Chicago me hospedé en la casa de Jenna Kinsman. Trabajaba con abejas, vendía miel y hospedaba a viajeros como yo. En ese momento había llegado a Chicago. Tenía panales en medio de la ciudad y, además, un criadero de mariposas monarca. Allí vi cómo salieron de sus crisálidas y abrieron por primera vez sus alas.

 

Fiesta de mensajeros

En Estados Unidos hay un encuentro típico en el que se reúnen los ‘mensajeros’ que viajan en bicicleta por todo Estados Unidos. Ese año el encuentro era en Minneapolis, justo por donde yo pasaba en ese momento. Ahí conocí a Allan Shaw, un escocés que también viajaba en bicicleta. Era gay. Iba hacia Vancouver, pero teníamos una ruta en común, así que decidimos viajar juntos por varios días. Creo que fue uno de los recorridos más enriquecedores. Nunca sabes lo que puedes aprender de otros. Con él abrí mi mente, dejé muchos prejuicios a un lado.

 

Por fin un baño

Cuando llegué a Idaho, iniciaba la cosecha de algunos sembrados. Los cultivos, que parecen parches en Google Maps, son más grandes de lo que uno se imagina. Un granjero me dijo que la gente iba a recoger lo que las máquinas de las multinacionales no habían sacado y que muchas familias se alimentaban varias semanas de eso. Yo hice lo mismo. Ese granjero, además de haberme dejado entrar a rastrillar sus tierras, me hospedó en su casa esa noche. Llevaba como cinco días sin bañarme.

 

Las arañas de Idaho

Los parques eran ideales para acampar. Lo hice hasta que supe que era ilegal. Armé la carpa cerca a una zona residencial de Idaho, comí y fui a dormir. Cuando desperté, noté  que algo me había picado en el pie. Me molestaba mucho pero no le di importancia. Luego supe que había sido una araña. La infección y el dolor fueron creciendo a lo largo del día –para esa época ya no tenía seguro–, me vi obligado a regresar al hospital. Pagué por un antibiótico cerca de 100 dólares y tuve que dejar de pedalear por un buen rato.

 

Debajo del puente en el río

Cuando a uno le dicen que todo está mal si resulta debajo de un puente, efectivamente todo está mal. Cruzaba el estado de Oregon y me faltaba un día para llegar al Pacífico. Traté de armar mi carpa esa noche debajo de un puente. Mientras lo hacía, empecé a escuchar a un gringo gritar. Salí y me di cuenta de que estaba armado: “¡Ni un paso más o disparo!”. Creo que algo así decía. Seguramente pensó que yo era un ladrón. Tuve que salir corriendo de ahí. No quería una bala en la cabeza luego de haber pedaleado por tantas horas.

 

El saludo del Pacífico

Después de cuatro meses viajando en mi ‘bici’, no puedo describir la sensación que tuve al ver la majestuosidad del océano ondulante entre la costa de Oregon y California diciéndome: “Calma, llegaste”. Me encontré con unos viajeros con los que me había cruzado antes. Con ellos recorrí varios kilómetros hacia el sur.

 

Como en Braking Bad

¿Recuerdan esa famosa escena del desayuno gratis en Denny’s que se ganó Walter White por su cumpleaños en Breaking Bad? Bueno, yo la recuerdo perfectamente. Siempre recuerdo algo si se trata de comida. En este caso, era comida gratis por mi cumpleaños. Entré a uno de esos restaurantes y dije lo mismo: “Es mi cumpleaños, ¿podría tener desayuno gratis como Walter en Breaking Bad?”. Ese día no tuve que pagar por mis huevos con tocineta.

 

Curubas en San Francisco

Una mujer colombiana que vivía en San Francisco me hospedó por un par de noches en su casa. Supe de ella por unos amigos. Tenía un árbol de curuba en su jardín. Sí, en San Francisco crece la curuba. No había tomado jugo de curuba en mucho tiempo, me supo a casa. Eso y un ajiaco que preparó el primer día me hicieron pensar que estaba en Colombia.

 

De hamburguesas a tacos

Duré 6 meses recorriendo Estados Unidos. Dejé California para cruzar la frontera hacia México. Viajaba con 7 personas con las que bordeé la costa Pacífica. Llegamos a Baja California. Apenas pude ver el muro que separa a Tijuana de Estados Unidos y el contraste entre los latinos y los gringos. Me despedí de agentes de caras con el ceño fruncido y saludé a policías sonrientes. Hasta los billetes resultaron divertidos, eran más coloridos que esos aburridos dólares verdes. Fue el primer día que probé verdaderamente un taco mexicano.

 

El cartel de las empanadas

Había llegado a La Paz, Baja California. Ya no estaba con mis 7 compañeros de ruta, solo quedaba uno. Los otros habían decidido trabajar un rato en una finca que encontraron en el camino. Mi amigo y yo nos quedamos un mes ahí. Tuvimos la suerte de volver a hablar con una familia que habíamos conocido unas semanas antes y que tenía un apartamento vacío justo donde nosotros estábamos. No pagamos ni un peso por ese hospedaje. Yo tenía lo último que quedaba de mis ahorros, las tarjetas de crédito ya eran inservibles; así que Kevin y yo decidimos vender empanadas. Él era el experto, yo solo sabía fritar huevos y hacer arroz. Ahora hago unas empanadas deliciosas.

 

El dopaje de los camioneros

Teníamos que pasar a Mazatlán para poder seguir la ruta al sur y la única manera de hacerlo era en ferry. Pudimos pagar el pasaje con lo que habíamos conseguido de la venta de empanadas. También viajaron varios camioneros, los mismos que compartían la carretera conmigo todos los días. Uno de ellos me contó que para soportar varios días de viaje y climas hostiles consumían cocaína o metanfetaminas. No solo para mí el camino era largo y desafiante, para ellos también. Increíblemente, los de México son los camioneros más amables y respetuosos en las vías.

 

Al ritmo de las monarca

¿Recuerdan a Jenna, la mujer en Chicago que coleccionaba mariposas monarca? El día que salí de su casa, las mariposas también. Justo cuando llegué a Michoacán, luego de haber recorrido 5.000 kilómetros, las vi sobrevolar la ciudad. Era la noticia del momento en los medios locales. Llegamos al tiempo, parecía que nos habíamos puesto cita. Había migrado al ritmo de las monarca.

 

 

Una vida en el D.F.

Ya iba en la mitad de mi viaje y creí que merecía descansar. Pero no imaginé que descansaría tanto. Me quedé seis meses. Fue una parada muy larga. Allan, mi amigo gay, me había contactado con unas personas que tenían un restaurante de comida vegana en Ciudad de México. Ellos me emplearon como mensajero. Con eso pude pagar un cuarto, ahorrar un poco de dinero y comer.

 

El mejor amanecer de la historia

El Paso de Cortés me recibió a las 11:00 p.m. Hacía mucho frío pero vi el amanecer desde ahí. Tal vez, el mejor amanecer que he visto en toda mi vida. Estaba rodeado por volcanes en el centro de México.

 

El amor en Oaxaca

En Oaxaca conocí a una mujer. Fue la relación más intensa que he tenido durante el viaje y durante toda mi vida. Estuve dos meses a su lado. Había viajado solo por mucho tiempo y ahora tenía compañía, estabilidad, al menos por un rato. Me dejé tatuar de ella. Tengo en mi pierna algo con círculos y triángulos, creo que en esas dos formas geométricas se puede resumir el mundo. No me arrepiento, no me tatué su nombre pero es algo que me recuerda que estuve entregado a alguien por primera vez en mi vida. Una noche no me quedé en su casa y eso hizo que peleáramos. Nunca alguien me había amenazado con llamar a la policía, ella lo hizo. Ahí acabó todo.

 

La desnudez de la libertad

Mis últimos kilómetros en México acabaron con el poco dinero que me quedaba. Durante todo el viaje he cargado mi iPhone, he guardado contactos, he alumbrado varios caminos con la linterna, he usado los mapas y la brújula. Ha sido, después de mi bicicleta, el elemento más importante del viaje. La biblioteca de fotos está repleta y, bueno, no soy el mejor fotógrafo, pero a veces no se necesita ser el mejor fotógrafo para capturar los mejores paisajes. Tenía buenas fotos que podían convertirse en postales. Empecé a vender mis fotos mientras trabajaba en un bar nudista. Todos los días iba desnudo a la playa. ¡Qué libertad!

 

De Guatemala a guate…mejor

Mi primera experiencia en Guatemala fue pasar la noche mientras veía un volcán activo. Había pedaleado todo el día y logré subir una montaña que me dejó ver claramente el espectáculo. El amanecer estaba pintado con los picos de varios volcanes entre las nubes. Quisiera despertar así todos los días.

 

¿Me cuida la pistola?

Surqué El Salvador en cuatro días. Nunca vi ninguna amenaza de los maras. Honduras lo atravesé en tres. Era más fácil que cruzar de un estado a otro en Estados Unidos. Pero recuerdo que antes de llegar a Nicaragua entré a una tienda y dejé mi bicicleta afuera por un momento. En Bogotá la gente entra a los supermercados y deja a sus perros afuera, yo dejé mi ‘bici’. En esa tienda vi cómo muchos dejan sus armas en manos de los vigilantes. Luego salen y las reclaman.

 

Un ‘mojao’ en Nicaragua

En Nicaragua trabajé como bicitaxista, aprendí a hacer pasteles de yuca, viví en la playa y hasta pensé en entrar a Costa Rica como ‘mojao’, es decir, ilegal. Mi visa estadounidense estaba vencida y no quería quedarme estancado con esos miles de migrantes africanos y cubanos que, a diferencia de mí, intentaban cruzar hacia el norte. Pero la idea seguía ahí, hasta tenía un punto identificado en el mapa para poder cruzar. Dije: “Si me atrapan me hago pasar por un gringo perdido”. Pude contactarme con el embajador de Colombia en Costa Rica y finalmente conseguí una visa de cortesía.

 

Cholado en Costa Rica

Costa Rica parecía Colombia. No estaba en Cali pero un colombiano me recibió con cholado. Allá le llamaban ‘churchill’. Hasta la policía decía que era el mejor de los mejores. El negocio del cholado en San José era todo un éxito, había sido idea de un caleño que tenía en su negocio fotos hasta con la expresidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla.

 

Las gallinas en Panamá

Cuando llegué a Panamá había roto mi propio récord de pedaleo: 850 kilómetros en 10 días, antes de parar en una granja en medio de la selva. Funciona como un hostal para viajeros que trabajan para comer o viajar en barco a Cartagena. Solo hay pasta, lentejas y arroz, pero eso se vuelve un manjar desde el primer día. A veces llegan gallinas. Ya soy un experto atrapándolas. Tengo que trabajar tres semanas para poder cubrir el viaje en velero que dura cinco días pasando por las islas de San Blas. Después de dos años, estoy a un mes de tocar la costa colombiana.

 

Como salir de la matrix

Antes de viajar en bicicleta me veía como una hormiga en una burbuja. Ahora estoy convencido de que cada minuto, en cada lugar, con cada cosa que haga voy a sumar una más de las tantas experiencias que he vivido hasta ahora. Afuera hay muchas cosas ocultas que vale la pena descubrir. Después de dos años aprendí lo más importante: a compartir con la gente y hacer las cosas sin esperar nada a cambio. Y curiosamente, he recibido de cada una de las personas que he conocido más de lo que imaginaba. Viajar en bicicleta es como salir de la matrix.

 

 

 

*Publicado en la edición impresa de noviembre de 2016.